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Consuelo Holzapfel

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28 de Agosto de 2026

Consuelo Holzapfel: “Siempre pensé que tenía que juntar platita para la vejez, para no ser una actriz sin dientes”

Tras más de 20 años viviendo en Concón y alejada de los grandes ritmos de la televisión, la actriz vuelve al teatro con "Siempre encuentra casa nueva, un mueble antiguo en la basura" en el Ictus. En conversación con The Clinic habla de su retiro voluntario de Santiago, de su preocupación por la vejez y las jubilaciones, y aborda sin filtro el escenario político actual: “A cada rato me acuerdo de la canción del ‘No’: ‘No lo quiero, no, no me gusta, no, no lo quiero’”.

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Consuelo Holzapfel dice que en los últimos años ha optado por no tomar muchos proyectos ni dar entrevistas, a pesar de que los requerimientos existen. Hace más de 20 años se fue a vivir a Concón y, desde la ciudad costera, aparece por Santiago de manera excepcional.

Una de esas excepciones son los últimos ensayos de “Siempre encuentra casa nueva, un mueble antiguo en la basura”, obra dirigida y escrita por Felipe Zambrano, que tiene en su elenco también a Nicolás Eyzaguirre.

Sentada en una de las butacas del Teatro Ictus, donde se estrena la obra el próximo tres de septiembre, la actriz que fuera emblema y pilar de la época dorada de TVN, advierte que está en una fase deslenguada y ante la pregunta si es necesario censuar alguna parte de la entrevista remarca que no.

Primero, la obra. Consuelo Holzapfel explica que, para aceptar ser parte del elenco, su hija, Maira Bodenhofer, fue clave.

Fue ella quien la llamó para advertirle que Zambrano la quería en su próximo proyecto. Avergonzada, Holzapfel le reconoció que no sabía quién era, pero Maira le recordó “El traje del novio”, obra ganadora en la categoría Emergente de la Muestra Nacional de Dramaturgia, que había emocionado profundamente a su madre.

Uno de sus últimos proyectos en el teatro fue “Mamut“, obra escrita y dirigida por Maira, que Consuelo protagonizó.

—Pareciera que su hija es la que la empuja bastante a participar de proyectos, ¿no?

—Ella quiere verme activa. Todavía me ve con energías y le entusiasma que yo esté en algo. Yo soy la que de repente decide que no, que quiero mirar los atardeceres y pasear a los perros. Pero cuando me meto en un proyecto, me enamoro. Me apasiona mucho el teatro.

El director Felipe Zambrano se adaptó a la vida en la Región de Valparaíso de la actriz, así como a la de Eyzaguirre, quien vive en Valparaíso. Ambos actores se juntaban en la ciudad puerto para ensayar, mientras Zambrano viajaba a la costa para participar de los ensayos.

Eso, hasta que sufrió un accidente en Avenida España, que terminó con su auto volcado en medio de la ruta. Por suerte, el hecho no tuvo consecuencias físicas para nadie, pero la preparación teminó realizándose por Zoom.

—¿Cómo es su vida en Concón cuando no está trabajando en proyectos u obras?

—Es como la vida de una persona retirada. Así me siento y me encanta. A mí me quedó eso desde la pandemia. Como a todo el mundo, se me detuvo la vida, pero después me costó mucho recuperarla. Yo creo que tuve el síndrome de la cabaña. ¿Has escuchado hablar del síndrome de la cabaña? Creo que ahí se me manifestó. Antes era totalmente patiperra, con la mochila al hombro y para cualquier lado, pero con la pandemia me encerré y me dio mucho miedo. Después me costó salir.

—¿Y qué hace en esa vida de retirada?

—Agarré unos hábitos que me gustaron. Camino mucho, veo muchos atardeceres en el mar y tengo dos perros que amo. Siempre los he amado, pero ahora más todavía, porque los fui a rescatar de distintos lugares durante la pandemia. Cuando empezó la pandemia, dije: “No, yo esto no me lo vivo sola”. Estaba sola y me hice de una gatita y de dos perritos. Y ahí quedé clavada, esclava de los animales. Soy una esclava. Dormir es como estar en un zoológico.

—Claro. Y cuando decidió irse, ¿fue algo que tenía pensado o fue una decisión que simplemente se dio?

—Esta decisión de salir de Santiago me costó dos años organizarla en mi cabeza y empezar a desprenderme. Viene de un alma provinciana. No lo digo ni con orgullo ni con desprecio; soy así nomás. Soy valdiviana de corazón y me gusta la vida en pueblos chicos. No me gusta la vida en una ciudad tan grande, a pesar de que reconozco que Santiago, por ejemplo, ahora —bajarme del metro y caminar hasta acá—, dije qué lindo.

—¿Qué le gusta de Santiago?

—Los barrios activos, todo abierto. Como que uno se traslada a otro mundo. Pero en la época en que yo vivía en Santiago, yo me fui el 2000. El smog era una cosa realmente insoportable. Yo creo que hoy día está un poco más controlado con los autos híbridos, las micros eléctricas y las restricciones. Pero en esa época era muy, muy, muy fuerte. Y los tacos, bueno, supongo que eso también sigue hasta el día de hoy. Era muy tremendo.

—¿Ahí se aburrió?

—Siendo una provinciana, me empecé a cabrear de esto. Y coincidió también, ¿por qué no decirlo?, con que tuve un amor en ese período, un amor muy apasionado, que vivía en Ritoque. Entonces, empecé a ir mucho a la zona y mis hijos también armaron mundo allá, con sus amistades. Ellos estuvieron felices de irse. No me pusieron obstáculos, sino que, al contrario, les encantó la idea de partir porque ya tenían amigos y hasta habían escogido un colegio al que querían llegar.

—Se la jugó

Eso facilitó todo y partí nomás. Bien atrevida, igual, porque renuncié a trabajos que tenía. No paraba de trabajar en teatro y en televisión, y pensé: “Allá me inventaré, me reinventaré”.

—Me imagino que, después de que se fue, la seguían llamando para hacer teleseries. ¿Le preguntaban por qué no se venía a Santiago? ¿Qué hace allá?

—En un momento, claro. Porque uno se tienta, porque es rico trabajar, porque ya venía con ese ritmo, por las lucas, por los compañeros… Y acepté estar en una teleserie ya estando allá, y fue horroroso. Me lo empecé a cuestionar arriba de los buses: “¿Qué me pasa? ¡Qué estupidez más grande lo que estoy haciendo!”. Me iba y después volvía por el día, llegaba a mi casa a las 10 de la noche agotada, no veía a mis hijos. A las cinco de la mañana me sonaba el despertador para llegar a las ocho al canal

—¿Y cómo ha vivido todos estos cambios del último tiempo: pasar del gobierno de Piñera a Boric, el estallido social y ahora el paso a Kast? Pero estando en Concón y quizás un poco afuera, mirando desde cierta distancia, sobre todo a Santiago, que es donde se concentra todo este caldo de política y manifestaciones, ¿cómo lo ha vivido desde allá?

—Lo sufro, yo sufro. Yo voté por Boric y lo amo. Es uno de los amores de mi vida. Lo amo, lo admiro y siento que se la jugó e hizo todo lo posible. Y lo que no pudo hacer fue porque es muy difícil avanzar en este país con esta oposición. Y ahora lo sufro nomás. A cada rato me acuerdo de la canción del “No”: “No lo quiero, no, no me gusta, no, no lo quiero, no, no”.

—¿Qué es lo que más le preocupa de este nuevo escenario?

—Es bien impactante. Mira, a veces, cuando amanezco enrabiada y veo “Kastigo” en la tele hablando alguna estupidez del porte de una catedral, de la Catedral de Colonia, me lleno de rabia y digo: “País de imbéciles”. Digo: “¿Qué país tan ignorante?”¿Cómo tan desmemoriados? ¿Cómo no sumamos dos más dos? Y otros días estoy más benévola y más pacífica, más acompañada del mar, y digo: “Bueno, es tan fácil engañar a la gente y meterle miedo. Es tan fácil”. A la gente es muy fácil aterrarla. Y yo creo que aquí funcionó el miedo, mucho miedo. Miedo a que no tengas estabilidad, a que lleguen los narcos y se apoderen de todo.

—¿Cómo es para usted transitar este período de la vida respecto del trabajo y la jubilación? Creo que es algo que le pasa a usted, pero también es un tema común para los adultos mayores y los jubilados.

—Bueno, es lo que es, nomás. En realidad, ¿qué te diga? Encuentro que este es un país súper caro. Está disparado este país, disparado. Encuentro que es demasiado… ¿Cómo se encareció tanto? Yo trabajé toda la vida y siempre supe —no sé si será por mi educación alemana, por mis antepasados de posguerra, no lo sé— que tenía que ahorrar, porque una actriz vieja puede ser muy lamentable. Siempre pensé: “Yo tengo que juntar platita para mi vejez, para no ser una actriz sin dientes”. Esa era como mi imagen.

—Una idea fuerza.

—La imagen de una actriz sin dientes. Entonces fui previsora porque, claro, con lo que yo me imponía…

—Como en buena parte del rubro.

—Sí, como a todos. Fueron algunos, de repente, los que empezaron a aparecer con contratos donde te pagaban imposiciones, etcétera. Pero la mayoría trabajamos a honorarios. Y tú debes saber mejor que yo que al tercer mes de renovarte un contrato a honorarios deberían hacerte un contrato.

—Claro.

—Bueno, yo estuve 30 y tantos años a honorarios.

—Y, como dice usted, era una práctica totalmente generalizada en el rubro.

—Totalmente generalizada. A mí, en un momento, un abogado me ofreció sus servicios. Tuvimos una conversación y me dijo: “Oye, pero es cuestión de que tú te pongas las pilas. Yo te hago todo el tema, los demandamos y te ganas unas buenas lucas”. Y yo le dije: “Ya, ¿y después no trabajo nunca más?”. Porque el medio es muy chico.

De hecho, le pasó a un par de actores. Así que nunca lo hice. Preferí darme el gusto de poder trabajar en lo mío y crear personajes antes que ganarme unas buenas lucas y quedarme en mi casa. Pero, claro, es muy difícil el tema de la jubilación.

—Es irrisorio pensar que alguien pueda vivir solamente con lo que recibe de jubilación.

—No, pues. Entonces no queda otra que haberse preocupado, tener tus ahorritos o, no sé, contar con familiares que te ayuden. Cada uno va buscando el cómo. Pero es complicado el tema, además, en un país que está envejeciendo tanto. Creo que se viene cosa seria en unos años más, porque la gente joven está desestimando tener hijos. Entonces, no falta mucho tiempo para que seamos un país bastante mayor. Vamos a ser un porcentaje altísimo de personas mayores.

—¿Y le parece que Chile está preparado para eso?

—No.

—¿Para que los adultos mayores puedan convivir, salir de sus casas, moverse, compartir entre ellos?

—No. Lo que yo veo es que no es un país preparado para eso. Al menos Santiago no es una ciudad preparada para los adultos mayores.

El momento cultural

—¿Cómo ve usted este retroceso, o —no quiero decirlo yo— este momento de la cultura durante el gobierno actual?

—Es que es parte de… ¿Qué beneficio económico inmediato te aporta la cultura? ¿Qué beneficio se le puede sacar a los humedales? ¿Qué beneficio se le puede sacar a instituciones, ponte tú?

Yo tengo un amigo que trabaja mucho con adultos mayores, y particularmente con adultos mayores LGBT. Luego de todos los recortes: nada, ni una actividad. No les interesa, no nos interesa ese mundo. Y son personas que han aportado también, que forman parte de una sociedad.

—¿Y qué significa para usted ese desinterés por la cultura?

—Bueno, ¿y qué decir? La cultura, llámese teatro, cine, todo lo que tiene que ver con la expresión del ser humano… Es muy lamentable, porque un país sin cultura, ¿qué es lo que somos entonces? ¿En qué nos podemos transformar? Yo no lo tengo tan claro.

¿En qué se puede transformar un país que no desarrolla y no le da importancia a la cultura? No sé, no sé qué puede pasar, porque encuentro que las expresiones culturales son esenciales para el desarrollo de la sociedad, de los jóvenes, de los niños. Es muy lamentable.

—Y, obviamente, acá aparece algo que hablábamos antes: este miedo a la inseguridad, al narco, a todo lo que vemos en los medios de comunicación. Pero, más allá de eso, ¿cuáles son sus preocupaciones personales respecto del momento que vive el país?

—Retroceso. O sea, retroceso de apertura de mente, de abrir los corazones, de aceptarnos. A eso le tengo mucho miedo.

—¿A qué tipo de retroceso se refiere?

—A que, de pronto, no sé, un amigo que tenga una inclinación de otro tipo, por decirte, un amigo gay, pueda ser agredido, que empiece a ocurrir eso. Esa especie de persecución, de maltrato, que puede manifestarse desde segundo o tercero básico en los colegios, apoyados por estos padres.

Que se pueda desarrollar esa discriminación tan fuerte, tan potente, que tiene un sector de este país y que puede ser tan violenta, tan brutalmente ofensiva. Eso me da mucho miedo: que los niños puedan sufrir ese tipo de cosas. Los jóvenes también. Como que le temo mucho a ese retroceso de mente.

—¿Siente que todo lo que se ha avanzado en materia de inclusión y diversidad podría ser reversible?

—Sí. Y es que todavía está en todo un sector de este país. A veces uno cree que hemos avanzado más, pero nada. Avanza uno un poquito más hacia otro sector y te das cuenta de que es muy fácil que perdamos tantas cosas logradas, ¿no?, para ser un país más amable, más cariñoso.

Estamos siempre como al borde de esa especie de discriminación y de violencia. Porque no es solamente: “No, yo no me meto con esa gente”, sino que “esa gente yo la aborrezco, la odio, ojalá no existan”.

—Para terminar, ¿con qué conectó de su personaje en la obra?

Conecté con esto mismo que estamos hablando, en realidad: ¿qué va a hacer de mí cuando yo sea mayor? Cuando yo sea —que ahora dicen que hay que decir “más grande”— una persona mayor. ¿Qué va a hacer de mí cuando llegue a esa edad?

Con eso conecté, porque yo pude —y agradezco que tuve trabajo, que fui ordenada y que pude ordenar mi vida— y estoy tranquila. Además, no soy una persona derrochadora. Entonces tuve esa suerte. Y ahora conecté con eso: con esa edad a la que llegan las personas y que, en muchos casos, no pudieron prepararse porque no pudieron, porque la vida no les dio esa oportunidad. Tuvieron que preocuparse primero de sobrevivir mes a mes y los pilló la tercera o cuarta edad casi con lo puesto.

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