Opinión
29 de Agosto de 2026
Columna de Jaime Mañalich: ¿Es el regreso del Sarampión una política?
Por Jaime Mañalich
Entre el higienismo del siglo XIX y el neoeugenismo del siglo XXI, el sarampión vuelve a matar niños.
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En 1980 la humanidad hizo algo que ninguna especie había logrado nunca: borró a un asesino de la faz de la Tierra. La viruela mató a 500 millones de personas en tres milenios, más que todas las guerras del siglo XX juntas, y la aniquilamos con una aguja. Como descripción novelada de una parte de esta lucha, es recomendable la lectura del libro “A flor de piel”, de Javier Moro, que narra la historia de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que partió del puerto de La Coruña en 1803, para llevar la vacuna de la viruela a las colonias americanas y Filipinas. Desde entonces las vacunas han salvado 154 millones de vidas. Solo el sarampión, 94 millones. Es el logro más grande de la medicina humana. Y estamos a punto de perderlo.
Hace 150 años, cuando Jenner recién empezaba a pinchar brazos, ya existía gente que se le oponía. Los higienistas naturales Isaac Jennings y Herbert Shelton juraban que el cuerpo tenía una “fuerza curativa” propia que la vacuna, lejos de reforzar, envenenaba y debilitaba. Eran ingenuos, no cínicos: creían de verdad que dejar actuar a la naturaleza era más sabio que la aguja. Perdieron el argumento porque la evidencia los aplastó: la viruela desapareció, el sarampión casi, y sus herederos espirituales quedaron reducidos a curiosidad histórica.
Error, porque el virus volvió, y no por accidente: volvió por decisión. En 2026 Estados Unidos acumula miles de casos y está a un paso de perder, en noviembre, el estatus de eliminación que ostenta desde el año 2000. América Latina perdió el control. 47.500 casos en lo que va del año, el triple que en todo 2025, 44 muertos y un continente donde solo un tercio de los países vacuna a tiempo. Europa, que había mejorado, tiene ahora 19 países con transmisión endémica reinstalada. Y Chile, que no ve un caso local desde 1993, ya tiene 143.000 niños con la vacuna a medias y una cobertura de segunda dosis que cayó de 93% a 77% en siete años. El cordón sanitario se está deshilachando en todas partes a la vez.
Lo distinto ahora es que ya no es solo negligencia ni ingenuidad naturista. En Estados Unidos, quien dirige la política sanitaria del país llegó a ese cargo repitiendo que las vacunas causan autismo y describiendo a los niños autistas como vidas ya perdidas. Su comité asesor restringió la vacuna de hepatitis B al nacer: ya no es universal, solo para quien “corre riesgo”. Críticos lo llamaron por su nombre correcto: lógica eugenésica. Donde los higienistas del siglo XIX querían fortalecer a todos por igual, la nueva mirada sanitaria ya ni finge universalismo: acepta que hay cuerpos protegibles y prescindibles, y llama “libertad individual” a soltarle la mano a los segundos.
No hace falta compartir la fe mística en la “fuerza vital” de Shelton para sospechar hacia dónde vamos. Al menos aquellos naturistas del siglo XIX creían, aunque equivocados, en una humanidad igualitariamente resistente: su error era ingenuo, no jerárquico. Lo que asoma hoy es distinto y mucho más frío: no una filosofía sobre el cuerpo, sino una calculadora sobre quién merece protección. Y esa calculadora, disfrazada de “elección individual”, cunde más rápido que cualquier virus porque no necesita convencer a nadie de una teoría: solo necesita que el resto mire para otro lado mientras la cobertura de vacunación sigue cayendo, número tras número, en cada informe.
El sarampión no está de vuelta porque sea invencible: fue derrotado con una tecnología barata, segura y probada. Regresa porque, con o sin higienismo natural de por medio, decidimos que ciertos niños pueden esperar. La viruela no volvió a matar a nadie porque no le dimos esa segunda oportunidad. Al sarampión sí se la damos, con los ojos abiertos.



