Los claroscuros de Matías Claro: perfil al presidente de la UC en la semana que tuvo que concretar el despido más doloroso del siglo en el club
Antes de sentarse en la presidencia de Cruzados, Matías Claro fue gerente general del CDF, pasó por el Estado y por el holding familiar. También fue, desde niño, un hincha de Católica que acompañaba a su padre, Jorge Claro, entonces presidente del club. Hoy, a meses de asumir el cargo, enfrenta su primera gran decisión: poner fin al ciclo de José María Buljubasich. Esta es la historia del empresario, dirigente y fanático cruzado que heredó una pasión y ahora tiene que demostrar si puede convertirla en gestión.
Por Sebastián Palma 29 de Agosto de 2026
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Matías Claro, elegido por unanimidad el 20 de abril para reemplazar a Juan Tagle, enfrentó su primera gran decisión como presidente de Cruzados: poner fin al ciclo de José María Buljubasich. El artículo repasa su historia como hincha, dirigente, empresario y exgerente del CDF, y cómo pasó de decir que no correspondía pensar en el cargo a asumirlo.
- Claro fue elegido presidente de Cruzados por unanimidad el 20 de abril, en reemplazo de Juan Tagle.
- Su primera gran decisión fue terminar el ciclo de José María Buljubasich tras la eliminación en Libertadores.
- Antes había dicho que no correspondía pensar en tomar puestos así en Cruzados.
- El artículo repasa su paso por el CDF, el Estado, el holding familiar y el directorio de la UC.
- La familia Claro volvió al club como accionista y hoy es el principal accionista individual.
El artículo perfila a Matías Claro como nuevo presidente de Cruzados y repasa su trayectoria antes de llegar al cargo. Muestra su vínculo de toda la vida con Universidad Católica y cómo, ya en la presidencia, debió tomar una decisión compleja: cerrar el ciclo de José María Buljubasich. También resume su paso por el CDF, el Estado y el mundo empresarial.
Meses antes de que le tocara enfrentar la crisis más dura de su gestión, a Matías Claro le habían preguntado en un pódcast si algún día le gustaría ser presidente de Cruzados, como lo había sido su padre. “Difícil pregunta, especialmente teniendo a Juan (Tagle) de presidente”, respondió entonces.
“Realmente, lo encuentro muy entretenido. Le tengo un respeto a la exposición que significa estar de presidente de un club. Pero yo creo que hoy día tenemos un muy buen presidente en Cruzados, y no corresponde para nada estar pensando en tomar puestos así”.
No pasó mucho tiempo antes de que el cargo le correspondiera de todos modos. El 20 de abril, el directorio lo eligió por unanimidad en reemplazo de Juan Tagle, que se iba tras una década al mando y dieciséis años en el club.
Cuatro meses después, la mañana del pasado martes, en una de las salas de prensa de San Carlos de Apoquindo, le tocó concretar una decisión que ya había comenzado a madurar durante los últimos años de Tagle: terminar el ciclo del hombre que, junto a su antecesor, había construido la época más ganadora de la historia reciente de la UC.
José María “Tati” Buljubasich: arquero campeón en 2005, gerente deportivo desde 2010, siete títulos nacionales, cuatro Supercopas y una Copa Chile. Afuera.

A Claro le temblaron las manos al anunciarlo. Estuvo a punto de quebrarse en algunas ocasiones. El hombre que meses antes decía que no correspondía siquiera pensar en el cargo ahora tenía que sostener, en vivo, una de las decisiones más difíciles que podía tomar desde que llegó a la presidencia.
Afuera del club se leyó como una salida forzada, precedida por semanas de cánticos desde la tribuna, una eliminación en octavos de Copa Libertadores ante Estudiantes de La Plata que la barra no perdonó y un gerente deportivo defendiéndose en rueda de prensa.
Puertas adentro, dicen quienes conocen el club, no fue una guerra. Fue un quiebre de ciclo, pero sin ruptura personal; de esos que duelen incluso –o especialmente– cuando ambas partes saben que hay que hacerlos.
Había una razón adicional para que la despedida resultara incómoda. Cuatro meses antes, en su primera conferencia como presidente, una de las primeras preguntas que recibió Matías Claro había sido precisamente por la continuidad de Buljubasich.
“La gerencia deportiva cuenta con el total apoyo de este directorio”, respondió. Luego fue más lejos: calificó como “realmente histórica” la gestión deportiva de Cruzados y aseguró que su intención no era reemplazarla, sino potenciarla.
Ese mismo día había anunciado dónde pondría el foco de sus tres años de mandato. El estadio estaba terminado, en gran parte gracias a los aportes económicos de la familia Claro. Después de años concentrados en levantar el Claro Arena, dijo, había llegado el momento de trasladar esa misma energía al fútbol.
No alcanzó a pasar un semestre antes de que esa promesa comenzara a cobrarle un precio.
En aquella primera conferencia, sin embargo, Claro dijo otra cosa que sirve para entender mejor lo que ocurriría después. Le preguntaron hasta dónde soñaba con llevar a Católica internacionalmente. Su respuesta comenzó haciendo una distinción: “Como hincha, siempre uno anhela, ojalá, poder ganar todo, pero en una posición como presidente uno tiene que ser responsable”.
Hincha y presidente.
En esas dos palabras cabe buena parte de la historia de Matías Claro con Universidad Católica.

Porque su relación con el club había comenzado bastante antes de que pudiera imaginarse sentado en esa silla. Antes incluso de que su padre fuese presidente.
Claro creció yendo al estadio y siguiendo a Universidad Católica desde niño. Quienes lo conocen desde esos años lo describen como un hincha especialmente intenso, incluso dentro de una familia donde el fútbol ya ocupaba bastante espacio.
Y durante algunos años tuvo además un privilegio difícil de dimensionar para un niño fanático: su padre era uno de los hombres que tomaban las decisiones del club.
Fueron los años de Alberto Acosta y Néstor Gorosito, de las tardes en San Carlos de Apoquindo y de una Católica que peleaba campeonatos mientras los hermanos Claro podían mirar el fútbol desde bastante más cerca que el resto. Pero había un límite. Su padre procuraba mantenerlos fuera del camarín. Entraban algunas veces, saludaban a los jugadores, pero no crecieron instalados entre ellos ni convirtiendo la posición paterna en un pase libre hacia el plantel.
Las presiones de Claro
Matías Claro tampoco era nuevo en eso de tomar decisiones impopulares. Ni en el fútbol ni fuera de él. Mucho antes de que llegara a la presidencia de Cruzados, su familia ya llevaba décadas vinculada a la Universidad Católica.
Claro estudió en el Colegio Apoquindo, luego Ingeniería Comercial en la PUC y después un Magíster en Economía. Más tarde vendría Harvard, donde cursó un Master in Public Administration.
Su padre, Jorge Claro Mimica, había sido alumno, profesor y luego vicerrector económico de la PUC a mediados de los setenta. Fue compañero de José Piñera y Eduardo Aninat y entre sus estudiantes figuran nombres de peso como Sebastián Piñera, Ernesto Silva y Miguel Kast, a quien años más tarde terminaría pidiéndolo como asesor del ministerio de Educación durante la dictadura de Augusto Pinochet. A mediados de los años 80 fundó Claro y asociados.
Años después esa relación saltaría al fútbol. Entre 1994 y 1996 presidió el Club Deportivo Universidad Católica. Eran los años de Alberto Acosta, Néstor Gorosito y compañía. Los hermanos Claro podían entrar al camarín, aunque poco. Jorge prefería mantenerlos afuera. Saludaban a los jugadores, los conocían, pero no crecieron instalados entre ellos.
La presidencia de Jorge Claro estuvo marcada por la ambición y por la muerte del ídolo cruzado Raimundo Tupper. Durante su período llegaron algunos de los refuerzos más importantes de la historia del club, aunque esa apuesta también tuvo costos: en una entrevista con Don Balón habló de terminar, como piso, entre los dos primeros lugares del campeonato. Dos décadas después, en 2016, sus palabras volvieron a circular como prueba de una supuesta mentalidad segundona de Universidad Católica.
Jorge Claro dejó la presidencia de la UC en 1996 y nunca volvió a tener un rol digirencial en fútbol: “El que se quema con agua caliente, después no quiere una gota de agua helada. Fue muy difícil esa cuestión”, dijo en una entrevista en la que además mencionó que su hijo Matías heredó “las malas costumbres de su papá”.
En 2003, Jorge y Matías Claro se embarcaron en un negocio que cambiaría para siempre el fútbol chileno: el Canal del Fútbol. Matías tenía 27 años cuando asumió como primer gerente general del CDF.
Hasta entonces su trayectoria había sido meteórica. En 2000 había entrado a Claro y Asociados, la consultora de sus padres, y luego pasó por Moneda Asset Management como analista de inversiones. Allí coincidió con Fernando Tisné, quien muchos años después terminaría también convertido en accionista relevante de Cruzados y quien hoy comparte directorio con Matías Claro.
En diciembre de 2003, cuando el CDF vivía sus primeros días, El Mercurio entrevistó a Claro y lo presentó como “el joven gerente general del Canal del Fútbol”. El comienzo de la nota daba cuenta también del momento que atravesaba: decía que no había dormido en los últimos días. El canal estaba a punto de lanzar una nueva estación satelital y su gerente recorría el primer año del proyecto defendiendo las transmisiones, proyectando lo que vendría y enfrentando una pregunta que por entonces marcaba la relación con la televisión abierta: si podía reaparecer la llamada “Guerra de los Goles”.
Claro no esquivaba la pelea. Ante las críticas a la calidad de las transmisiones respondía que no las compartía, aunque reconocía errores. Para 2004 prometía cámaras detrás de los arcos e incluso invitados que ayudaran a explicar las decisiones arbitrales. Pero el conflicto más importante estaba en otro lado: en quién podía mostrar los goles y bajo qué condiciones.
La pelea, según la visión de los Claro, fue desigual, al menos comunicacionalmente. Al otro lado estaban prácticamente todos los canales abiertos, con sus noticiarios, programas deportivos, comentaristas y periodistas cuestionando a diario al CDF. Claro era su gerente general y uno de los hombres que tenía que poner la cara. Quienes conocieron esa época recuerdan ataques particularmente virulentos. Claro aprendió temprano que tomar decisiones en esta industria significaba ganar enemigos.
En esa misma entrevista ya advertía que algunos canales no habían respetado los acuerdos y que, si durante 2004 volvían a incumplir los horarios establecidos, el CDF endurecería las condiciones. “Es cosa de ver los noticiarios”, decía entonces.
La obsesión por controlar cada imagen no era una anécdota. Juan Cristóbal Guarello lo publicó este año en su propio medio, La Hora de King Kong, y quienes vivieron de cerca ese período recuerdan una política deliberada: los propios Claro llegaban hasta los estadios a supervisar en persona que los canales abiertos no grabaran las imágenes del CDF. No delegaban esa tarea. La vigilancia era directa en algunos casos.
Claro estuvo más de cinco años en la gerencia general antes de pasar al directorio. En paralelo, la familia desarrolló Zap, su operación de televisión satelital, que terminó vendiendo a Telmex en 2007. La operación les dio además oxígeno financiero después de los primeros y complejos años del CDF.
Según señaló su propio padre, Jorge Claro Mimica, en una entrevista radial, así resume la familia el valor que tuvo el CDF: “Fue una salvación para el fútbol chileno. No sé dónde estaríamos, en relación con la evolución del fútbol brasileño y argentino, si no hubiéramos tenido esos ingresos.”
Un hoyo en uno de un mal golfista
Después hizo algo menos previsible: se fue al Estado.
Durante el primer gobierno de Sebastián Piñera, en 2010, llegó a Mideplan como jefe de la División de Planificación Regional. Luego asumió como secretario ejecutivo de Campamentos. Parte importante consistía en recorrer campamentos.

Ministro de la Vivienda, Rodrigo Pérez en Concepción presentando a Matías Claro como nuevo delegado presidencial para Aldeas y Campamentos. Foto: Agencia Uno.
Su trabajo se dio con su amigo y excompañero de universidad Felipe Kast, quien le ofreció el trabajo luego de que Matías Claro lo felicitase por haber sido nombrado ministro en el primer gobierno de Sebastián Piñera.
“Me tocó mucho conectar con una realidad, porque la verdad que cuando uno viene de la vereda de los privilegios no es tan fácil tenerla. Uno viene de un colegio particular pagado, estudios en la Universidad Católica, después trabajo en una empresa de primer nivel. De ahí que siempre le digo a mis amigos: ‘cuando se vayan al aeropuerto no se vayan por la autopista, crucen al otro lado del río para que vean lo que es el verdadero Chile'”, comentó Matías Claro en Betterplan.
En 2014 volvió al mundo privado y asumió la conducción de Grupo Prisma, el holding familiar. Al año siguiente, junto a su esposa, Anne Traub, creó Niños Primero –hoy Familias Primero–, dedicada a programas de intervención temprana en la infancia. También se metió en el mundo gremial: fue segundo vicepresidente de la Sofofa, participó de Un Nuevo Equilibrio y llegó a plantear públicamente algo poco habitual en esos círculos: que existía una desconexión entre la élite y el resto del país. Hasta comienzos de 2023 presidió Cadem.
El fútbol, mientras tanto, no desapareció.
La familia había dejado pasar los años después del CDF antes de volver a involucrarse directamente en Universidad Católica. Cuando regresó lo hizo comprando acciones. En 2022, Inversiones Financieras Prisma Chile adquirió cerca del 11% de Cruzados y Matías entró ese mismo año al directorio.
Un antiguo dirigente del club reconoce que se buscó a los Claro para el aumento de capital para el estadio. Su dinero aportó en gran medida a la construcción del estadio.
Conocedores del entorno de los Claro aseguran que su negocio en Universidad Católica tiene que ver más con pasiones que con dinero y que han hipotecado millones de dólares en ello.
La participación siguió aumentando: 12,3% al cierre de 2024 y cerca de 21,3% un año después. En una propiedad fragmentada como la de Cruzados, los Claro terminaron convertidos en el principal accionista individual, aunque lejos de tener por sí solos el control de la sociedad.
En abril de 2025, Matías fue confirmado como segundo vicepresidente de Juan Tagle. Un año después, el 20 de abril de 2026, el mismo directorio lo eligió por unanimidad para reemplazarlo. Habían pasado más de treinta años desde que acompañaba a su padre al estadio.
Claro había asumido con una promesa bastante concreta. Con el Claro Arena terminado, dijo en su primera conferencia, la energía que durante años se había puesto en levantar el estadio ahora debía concentrarse en potenciar el área deportiva. Quienes conocen al nuevo presidente aseguran que esa sigue siendo su prioridad: menos proyectos institucionales y más fútbol.
Los primeros meses, sin embargo, dejaron una contradicción. Católica avanzó de fase en la Libertadores y llegó al mercado de invierno con la posibilidad de reforzarse para los octavos. No llegó ningún jugador. La eliminación ante Estudiantes aumentó las críticas y, pocos días después, Claro tuvo que tomar la decisión más dura desde que asumió: terminar el ciclo de José María Buljubasich.
De todo ese recorrido –ingeniero comercial, Harvard, CDF, funcionario público, empresario, dirigente gremial y finalmente presidente de Cruzados– hay un dato más personal. Matías Claro juega golf.
Según él mismo, no demasiado bien.
“Trato de jugar golf, pero… ahí sufro”, ha dicho. Tiene, sin embargo, algo que muchos golfistas bastante mejores pasan toda una vida intentando conseguir y que algunos podrían tildar de suerte: un hoyo en uno.
En el golf, Claro ya consiguió una vez ese golpe improbable. Falta ver si, en su primer año al mando de Cruzados, la fortuna o el trabajo le regalan otro.



