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31 de Agosto de 2026José Pulgar (UNAB), la historia del científico chileno que estudia cómo la contaminación lumínica de origen humano está alterando la vida en la Antártica
El investigador de la Universidad Andrés Bello lleva más de una década estudiando cómo la iluminación artificial altera a los organismos marinos. Ahora, junto a un equipo internacional, busca entender qué ocurre cuando este contaminante interactúa con el aumento de la temperatura en los ecosistemas costeros antárticos. Los primeros experimentos, realizados en Punta Arenas, ya muestran cambios en la actividad y el gasto energético de distintas especies.
Por Victoria GarcíaCompartir
Hay formas en las que el cambio climático se hace más evidente para los seres humanos. Olas de calor, épocas de sequía, menos nieve… Sin embargo, hay impactos gigantescos en la forma en que otras especies viven, debido a la acción humana.
Esto es algo que José Pulgar ha investigado por más de diez años, cómo la contaminación lumínica afecta la vida de la flora y fauna de las zonas costeras en Chile. Esta vez, quiso ir más allá, y estudiar cómo afecta la contaminación de origen antropogénico en la Antártica.
Los investigadores del Instituto One Health de la Universidad Andrés Bello, José Pulgar y Cristián Duarte, se adjudicaron un proyecto Anillos de ANID para estudiar el fenómeno. La investigación, denominada DIPOLE, busca determinar cómo la contaminación lumínica nocturna y el aumento de la temperatura asociado al cambio climático interactúan y afectan a los ecosistemas costeros antárticos, con especial foco en bahía Fildes, una de las zonas con mayor presencia humana del continente por la concentración de bases científicas.
José creció en la zona precordillerana cercana a Valdivia, en lo que él describe como “naturaleza en la forma más brutal que te puedas imaginar”.
Llegó a Santiago desde el sur cuando estaba en segundo medio, a principios de los 80, y cuenta que fue un choque cultural gigante. Luego de rendir la Prueba de Aptitud entró a Ciencias Biológicas, donde estudió en la sede regional de la Católica, en Talcahuano. Un profesor le dio la oportunidad de trabajar como ayudante de proyecto en la Casa Central.
Ahí, conoció los peces intermareales, lo que captó su interés por el mundo marino. Terminó su pregrado, hizo el doctorado, y, en 2004, llegó a la Universidad Andrés Bello, donde está hasta hoy, como profesor titular. Al preguntarle por su trabajo en la Unab, detalla que lo “trataron muy bien, ha sido un buen lugar para trabajar”.
“Acá tenemos laboratorios marinos, traemos a los animales para acá. Trabajamos con agua de mar, con fotoperiodos particulares, con temperatura, con nutrientes… Es súper interesante lo que hemos logrado hacer”.
“Este trabajo, cierto, que nos lleva a Antártica tiene que ver con contaminación lumínica. Pero nosotros hemos venido mirando, por ejemplo, lo que ocurre en la costa chilena (…) Chile es un país privilegiado por las condiciones fisicoquímicas del agua que tiene”.
José Pulgar conversa con The Clinic sobre el desarrollo de su última investigación, los primeros trabajos de campo en Punta Arenas como previa al viaje antártico y su larga historia con el mundo natural.

—¿Cómo nació la idea para investigar la contaminación en la Antártica?
—Con mi equipo de trabajo, colegas de acá de la Universidad Andrés Bello, hemos estado estudiando hace más de 10 años el impacto de la contaminación lumínica en organismos marinos costeros. En distintos ambientes, en playas, rocas, ambientes costeros en general.
Y hemos visto cambios que son muy importantes en cómo los organismos ajustan sus actividades a la iluminación permanente que hay en la costa. Este es un contaminante de origen antropogénico que no se considera como dañino, porque para nosotros la luz es sinónimo de seguridad. Pero el impacto para la fauna, para la biodiversidad es tremenda.
—¿Y por qué investigarlo en la Antártica?
—En algún momento, hace meses atrás, conversando con Cristian Duarte, que es mi colega con el que armamos la investigación, empezamos a preguntarnos qué pasa con lugares que se consideran prístinos. Realizamos una búsqueda super extensiva y no hay evidencia. Eso nos llevó a generar esta idea, dadas las actividades que se realizan en Antártica. Es decir, hay contaminación lumínica y, además, las actividades que se desarrollan en esos lugares han ido incrementando con el tiempo.
—¿Cómo cuáles?
—Veíamos cómo llegaban los cruceros con turistas y los bajaban, cierto, y los llevaban, no sé, a mirar pingüinos y volvían al barco, pero el barco estaba completamente iluminado 24/7; y las bases, por las propias actividades de investigación que se realizan, están siempre iluminadas. Yo entiendo que es una cuestión de seguridad, pero es luz de origen antropogénico.
Lo que estamos tratando de entender es el problema de la contaminación lumínica en el planeta antártico.
—Tengo entendido que también deben evaluar cómo afecta el cambio climático y la subida de temperatura en el Antártico debido a eso…
—La Antártica es uno de los lugares donde el incremento de la temperatura ha sido más rápido a nivel mundial. Dos grados sin ningún problema. Por lo tanto, hay dos factores, el incremento natural de temperatura del planeta, pero además cómo esto interactúa con la contaminación lumínica. Nosotros no sabemos si son efectos sinérgicos o aditivos… No sabemos cómo la contaminación lumínica podría incrementar los efectos de la temperatura, podrían ser efectos opuestos. Eso no lo sabemos.
—Estuvieron hace poco en Punta Arenas, ¿cómo fue el trabajo?
—Ahí logramos generar ciertos tratamientos de la contaminación lumínica y de incremento en la temperatura y la interacción de ambos. Y esos datos se están analizando ahora. Hay muestras que nosotros analizamos en Chile, otras que se analizan en Estados Unidos.
Tenemos una red de colaboración super grande, Estados Unidos, Italia, Portugal, el Reino Unido que nos permiten no solo tener la corrección o de nuestros referees sino que además nos apoyan, en la parte analítica de esto que es tan nuevo y disruptivo. Nosotros no sabemos con qué nos vamos a encontrar o cuáles son los efectos.
—¿Cómo se ve en la práctica el estudio?
—Nosotros generamos condiciones de temperatura y luminosidad contrastantes. Generamos un mesocosmos [sistema experimental controlado que simula un entorno natural], y generamos ciertas condiciones de un gradiente de temperatura y además un gradiente de luz. Y lo que nosotros hemos logrado ver hasta ahora es que hay incrementos en la actividad metabólica, costos energéticos, patrones de actividad completamente alterados.
—¿Cómo por ejemplo?
—Cuando trabajamos con peces, que es lo que yo he trabajado en el último tiempo, se encontraban absolutamente quietos, no se movían, los tipos de peces que estaban expuestos a la contaminación lumínica no se movían. Y eso es solo una cuestión visual, pero los costos energéticos eran absolutamente incrementales comparados con los animales que estaban en condiciones de control. Entonces, hay respuestas biológicas que te hablan de este impacto. Ahora, la interacción de los dos factores es una cuestión que todavía no la estamos viendo, estamos tratando de entender qué es lo que le está pasando a los animales, con el incremento de la temperatura y con la contaminación lumínica.
—¿Cómo se escogen las especies a investigar?
—Hemos trabajado con peces costeros, con invertebrados, con algas… Son grupos taxonómicos representativos de muchas especies, aunque no todas responden de la misma forma, pero esto nos va a dar señales de qué es lo que podría estar pasando con todos los organismos que habitan en esta zona.
—¿Qué impacto concreto podría tener los hallazgos de la investigación?
—Es bien complejo, pero es muy interesante porque si bien es cierto que Chile tiene normas que regulan la iluminación, la Antártica está bajo el Tratado Antártico, es un consorcio de países, y esta información que nosotros podemos generar desde Chile podría producir o ayudar a generar una norma que pueda ser aplicada por otros países que tienen dominio en la Antártica, y poder decir, “esto es lo que está ocurriendo con la iluminación que ya hay en la noche”. Podríamos generar una norma internacional para regular la iluminación, los tipos de luces, en Antártica.





