El artista Norton Maza y el éxito del pabellón chileno en Italia: “Nunca pensé que iba a representar al país en una bienal tan importante, imagínate de Lautaro a estar en Venecia”
El artista que representa a Chile en la Bienal de Venecia habla sobre “Inter-reality”, una instalación que explora la violencia, la fragilidad y el caos del mundo contemporáneo. Desde su historia en Lautaro hasta su mirada sobre el medio ambiente, la educación y el recorte cultural, Maza reflexiona sobre el papel del arte como una forma de comprender y enfrentar la realidad. "Una sociedad sin cultura es un espacio con un vacío"; dice.
Por Isabel Plant 10 de Octubre de 2026
Compartir
Para entrar, hay que sacarse los zapatos. La obra tiene una estructura blanca, llena de ángulos, al centro del espacio. Al acercarse, se notan pequeños agujeros y recovecos que permiten mirar al centro: por mirillas el ojo descubre paisajes, música, caos, pequeños rincones donde todo sucede en paralelo.
Un incendio, una ciudad, naturaleza, el canal de Ormuz, un astronauta cuyo traje lleva cruces católicas, en algún rincón, hasta una figurita que parece Donald Trump jugando golf.
Como siempre, Norton Maza (55) plasma los problemas que lo preocupan del mundo de hoy -como el cambio climático o las crisis geopolíticas- con una instalación que tiene violencia, pero también humor. Que juega con las perspectivas y también con la experiencia de quienes la contemplan y, esta vez, hasta la experimentan. “Inter-reality”, en honor a la fragmentación de realidades que experimentamos hoy, es la muestra del artista que hoy representa a Chile en el Pabellón de la Bienal de Venecia, y que ha recibido aplausos y excelentes críticas, además de más de 230 mil visitas y contando.
“Yo vivo la realidad, incluso yo diría la realidad supera la ficción. Por lo tanto lo que hago yo es una traducción, una interpretación de lo que acontece ahora”, explica él a The Clinic, en su casa-taller de Barrio Yungay, donde algunos pedazos de sus obras más famosas lo rodean: una enorme rueda, de cuando instaló un tremendo “guanaco” o camión antidisturbios en el hall del MAC, en una obra que desafiaba la gravedad; las gárgolas que acompañaban a una encapuchada de piel tatuada con mariposas, que ascendía al cielo en “El rapto”, que impactó en el Museo Nacional de Bellas Artes; o cuadros sus versiones de El Bosco o Vermeer contemporáneos, donde las imágenes del arte clásico son actualizadas con estallidos y armas y personajes pop. Una foto de una escultura de 2013, “Del paisaje y sus reinos”, donde un Jesucristo está en punta y codo en el suelo, arma en mano, mientras un misil irrumpe en su búnker.
Además, en la pared, hay una serie de nuevas pinturas, donde animales selváticos como orangutanes o perezosos son rodeados por naturaleza, pero también llamas. Se llaman, en conjunto, “Pinturas de urgencia”.
Norton Maza ofrece agua, café, y galletitas de chocolate para las visitas. Pregunta si nos gusta Pink Floyd, que suena por los parlantes.
—No te ves una persona sombría, sino con humor. ¿Te deprime el mundo en el que estamos insertos hoy en día o eres un optimista de que vamos a salir bien de esto? Tus obras tienen esas dos patas, de está la cagada….
—Está la cagada, pero también hay que reírse. Mira, yo tengo la suerte, de verdad, si yo no hiciera arte, estaría deprimido, debo ser honesto. Yo tengo la suerte de que el mayor terapeuta es el arte. Me ha permitido a lo largo de mi vida asimilar, intentar comprender cosas, pero sobre todo me ha permitido botar lo que uno de pronto piensa o siente.
El arte me ha permitido liberar, lo cual no quita que yo no tenga conciencia de la fragilidad de las cosas, tal vez por eso inconscientemente en muchas de mis piezas utilizo el “a punto caerse”. Cuando estuvo el guanaco en el Museo Arte Contemporáneo, estaba anclado en una punta nada más y como siempre al borde de que algo sucediera, que se produjera la catástrofe. Y eso es el día de hoy que estamos viviendo. O en el rapto que está abduciendo a la encapuchada en este retablo, también nos habla de una fragilidad del ascender, también eso habla de la realidad hoy en día.
Entonces obviamente a todo eso uno le tiene que poner un poco de humor, es como sazonar un poco la tragedia”.






El caos, el arte y la cultura
La historia de Norton Maza parte en Lautaro, al sur de Chile; luego de la detención de su padre tras el golpe, sigue unos años después en el exilio Francia en 1975 y luego en Cuba. Estudió arte en esos dos países y luego, a mitad de los 90, volvió a Chile, donde ha armado una carrera artística sólida, con varias exposiciones individuales y, como guinda actual de esa torta, el haber ganado el concurso para representar a Chile en la Bienal.
Para su propuesta -armada por un equipo numeroso, y curada por Marisa Caichiolo y Dermis León-, se requirió partir armando una parte en el patio de la casona de Yungay, mandar piezas por aire y por mar, y ensamblar allá, cruzando los dedos y esperando lo mejor.
“Yo creo que la primera situación más difícil es la distancia en que estamos de la Bienal, ya eso es como un Fitzcarraldo”, dice él, sobre los desafíos de su montaje. “Luego el desarrollar el proyecto a distancia también es complejo, porque tampoco conoce el espacio físico. Casi como ir a la luna y ver cómo aterrizamos, hacemos alunizaje y nos instalamos y sacamos las latas de lo que sea para tomar”.
Maza ha contado que se enteró que estaba abierto el concurso por un amigo, y que él tenía “una visión y una necesidad de hablar de ciertos temas”, dice. “Y calzó bien, porque tiene que ver con el mundo en el cual estamos, en donde está la ficción y la realidad, está la violencia y la no violencia. Hay montones de artilugios y modus operandi que están aconteciendo a nivel global, que incorporé a la obra”.

Maza se entusiasma hablando del recorrido que amerita “Inter-reality” al espectador: el entrar y chocarse con la estructura fría y blanca, y luego descubrir, descalzos, este mundo interior, acompañado de música que fusiona sonidos de aviones bélicos con cantos de pueblos originarios y más. Afuera, una escultura humana finge ser un espectador más, nuevamente haciendo chocar perspectivas.
“Yo hablo de lo que pasa hoy en el sentido del territorio, de la deforestación, de la migración, en el sentido de la fragilidad. Entonces el paisaje pictórico en un momento se convierte en un paisaje bélico, es un espacio ambiguo de ambos territorios”, dice. “La naturaleza tiene que ver con sacar los recursos naturales y sobre explotación. Entonces tienen muchas miradas que nos llevan al día de hoy, a lo que estamos viviendo”.
—Estás muy conectado con lo que está pasando a nivel noticias o procesos mundiales importantes. ¿Cuál crees tú que es el rol del arte dentro de aquello? ¿Cómo has metido tú la coyuntura dentro de las obras que quieres mostrar de manera poética?
—Es una necesidad que inconscientemente se me vino a la mente cuando niño. Cuando fui al Louvre, estaba muy pequeño y ver las pinturas, por un lado era una belleza increíble, pero al mismo tiempo era una brutalidad impresionante.
El museo, con los años me fui percatando, que es un espacio de poder, de violencia. Habla de una humanidad en un caos permanente. Entonces uno dice que increíble, mientras más busca la belleza de punto, más te adentras al caos.
El oficio del maestro o de la maestra artista de la pintura clásica, por ejemplo, el cuerpo contorsionado, tiene que ver con mucha mitología, con mucha violencia subjetiva o real de las cosas. Entonces es como Medusa, te seduce, te atrapa, pero igual te liquida y te hace ver el universo o el mundo de un modo diferente. Mientras más te acercas, más empieza a tomar noción de lo que está a tu alrededor.
El arte te da esa posibilidad, que de pronto uno puede hacer una obra que las personas se van adentrando y están disfrutando, y llegan hasta el final, y en el final se percata que todo es una ilusión, o que tal vez todo eso es una idea de cómo nosotros como sociedad estamos viviendo en muchos aspectos brutales.

—¿Cuán importante era sentir que estabas representando a un país completo?
—Siempre es importante estar en un lugar en el cual debería ser transversal, digamos. Porque estamos en un país, represento el país. Hay gente de distintas miradas, distintos lugares que se sienten contentos del resultado de la obra, cómplices también que viven la obra. Tiene que ser un espacio muy bien cuidado en ese sentido.
Lo cual no quita que uno pueda tener un planteamiento crítico sobre las cosas. Siempre el arte te permite tener esa mirada.
Es un espacio que es muy valioso. El hecho que nosotros, todo el equipo que colaboró y trabajó, estemos siendo destacados, yo creo que es algo muy importante, no tan solo para mí, sino para el país.
—El concurso se ganó durante la administración anterior, pero te tocó viajar durante la administración actual. ¿Tuviste apoyo del Ministerio actual de las Culturas? ¿O algún tipo de intercambio? Porque igual obras de tu catálogo te hacen un artista más controversial, quizás.
—Sí, puede ser. Quizás habría sido tal vez más complejo que hubiera quedado seleccionado ahora. Pero eso es muy subjetivo, porque eso habla también de la transparencia del jurado, debe ser autónomo.
Y cuando ya el proyecto quedó realizado, no hubo nada que lo impidiera; al contrario. Sí siento que hubiera faltado un poquito más de empuje emocional, tal vez, digámoslo así. Pero nunca hubo una traba ni nada, al contrario, se llegó a buen destino.
—¿Cuáles son tus mayores preocupaciones hoy en día? ¿Qué es lo que hoy día crees que es una amenaza del caos para nuestro país?
—Aquí en Chile creo que hay un tema serio que es con el medio ambiente. El tema también educación, yo creo que si no hay educación, no hay cultura, no hay conocimiento, tenemos un vacío profundo y quedamos a merced de todos los vientos.
Que tiene que ver con el ser, el convivir y perder el vínculo entre hombre y naturaleza, esa interconexión. Entonces yo creo que a veces con el afán de poder tener más empresas, y que puede devastar y puede permitir leyes para construir en un lugar de mucha fragilidad, en pos del mercado, por ejemplo. Ese tipo de fragilidad me preocupa.
Y la educación, ahora mismo: el sacar oportunidades que tienen niños y niñas de tener un computador de estudio, por ejemplo, para mí es un tema sumamente importante y doloroso, porque yo no puedo entender que eso suceda. ¿Cómo se debe recortar situaciones que son esenciales para un país?
La cultura también es otro problema. Una sociedad sin cultura es un espacio con un vacío. Es como si uno sellara al vacío las cosas, no tiene una vida propia, queda contenido. Eso es sacar recursos en cultura, por ejemplo.
Y eso me duele mucho, porque toda esa información también se produce, porque la gente ha creído en lo que se le informa, y ya gran parte de aquello no es cierto. La gente perdió la noción de lo que se puede tomar como discurso y lo que no, porque no sabe qué es real o cuál no es.
Entonces también el hecho que me duele mucho, que eso ya más global, que la gente ya no sabe con qué herramientas seguir avanzando, con qué herramienta caminar, o en qué apoyarse para caminar.
—¿Cuánto te preocupa lo que está pasando hoy día con cultura en Chile? ¿O sientes que siempre se ha estado al debe? ¿Te preocupa que haya un 10% menos de presupuesto para el ministerio?
—Que haya recorte, sí, por supuesto que es un daño. Que haya recorte a ese nivel nunca va a ser una buena noticia. Yo creo que hay que hacer correcciones en determinados puntos, es cierto, como todo en la vida, pero cortar cosas no es un buen modo de avanzar.
Mucha gente y espacios que dependen, son estructuras que necesitan financiamiento o parte de su financiamiento les permite generar una pequeña base para seguir construyendo un proyecto. Muchos de sus espacios hoy día están quebrándose, se van a cerrar.
Chile tiene una imagen país cultural muy potente y eso ha sido a cuesta de esfuerzo. No estoy diciendo que todos los gobiernos han hecho bien, porque de hace rato que no veo que hay un resultado importante en cultura, pero ahora yo creo que nos fuimos a un lugar muy complejo. No puede ser posible que pongan recursos en una media luna y quiten recursos que deben ser un anfiteatro.
Es triste, porque la cultura es un medio muy importante, no tan solo de que la gente pueda sentir una sensibilidad, sino que también la gente pueda madurar, pueda darse cuenta de sus capacidades. Y además mucha gente que está en sectores muy desfavorecidos también que puedan acceder a espacios donde la cultura tenga un mayor acceso.

—Quizá ese es el mayor problema de lo que mencionas, de que la cultura en Chile pareciera ser siempre algo como un gusto. ¿Como puede un cabro de Lota o de donde sea hoy día soñar con ser pintor? Que realmente pueden tener ese acceso más universal.
—Uno mismo, yo nací en Lautaro, Región de la Araucanía. Nunca pensé que iba a representar al país en una bienal tan importante. Imagínate de Lautaro, el río Cautín, a estar ahora en Venecia, los canales de Venecia que representa Chile.
Es una locura, el lado del agua siempre, pero en dos mundos distintos. ¿Cómo llegué acá? Por la vida, por distintos encuentros, espacios que se me han dado. Ir a ver un museo me marcó el dibujo, me ayudó a convivir con uno mismo.
Y eso es lo terrible, que eso no se puede perder, esa posibilidad de decir igual con el arte se puede hacer cosas. Y hay muchas familias que además el apoyar a sus hijos artistas o hijas en todo ese desarrollo cultural es una decisión muy fuerte, en un país muy duro en donde el espacio, el arte se está limitando más.
Es una pena que un país no sienta lo importante y de qué modo oxigena la cultura en términos globales a cualquier sociedad. Como la alimenta, activa a un país.



