Tiempo Libre
14 de Octubre de 2026“Cocaína Negra”, el documental sobre Eugenio Berríos, el químico de la DINA: “La imagen de monstruo se convirtió en la de un tipo corriente y banal”
El cineasta chileno Cristóbal Valenzuela reconstruye la figura de Eugenio Berríos, bioquímico vinculado a la DINA y al gas sarín, a partir de archivos, testimonios y cintas inéditas que cambiaron el rumbo de la investigación. La película se estrena en FICValdivia.
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El documentalista chileno Cristóbal Valenzuela vuelve a explorar una historia marcada por los secretos, la violencia y las zonas oscuras de la historia reciente del país.
Tras dirigir Robar a Rodin (2017) e Isla Alien (2023), el cineasta presenta este miércoles Cocaína Negra, un documental que reconstruye la trayectoria de Eugenio Berríos, bioquímico vinculado a la DINA y relacionado con la producción de gas sarín, a partir de archivos, testimonios y registros sonoros que permiten aproximarse a una dimensión menos conocida del personaje.
El hallazgo de cerca de 40 cintas de audio vinculadas al caso, seis de ellas grabadas por el propio Berríos, cambió el rumbo de la investigación y obligó a Valenzuela a replantear la película.
En las grabaciones, el bioquímico aparece en situaciones cotidianas, discutiendo con su esposa, viendo televisión y consumiendo drogas. Ese material desplazó la imagen de un supuesto genio del mal hacia la de un hombre corriente, contradictorio y marcado por sus adicciones, sus deudas y su participación en los aparatos represivos de la dictadura.
En conversación durante el Festival Internacional de Cine de Valdivia (FICValdivia), donde “Cocaína Negra” tendrá su primera exhibición ante el público chileno, el director aborda el impacto de las grabaciones, la investigación detrás del documental y las preguntas que todavía le genera la figura de Berríos.
El estreno en FICValdivia
Valenzuela conoce bien el festival. En sus años universitarios participó con sus cortometrajes y recuerda que, por entonces, coincidió con el estreno de películas que más tarde serían asociadas al llamado “novísimo” cine chileno.
“Vine cuando se estrenaron Play, de Alicia Scherson; La sagrada familia, de Sebastián Lelio, y En la cama, de Matías Bize. Fue histórico, muy emocionante. Me acuerdo de lo increíble que fue vivir ese momento”, recuerda.
Ahora regresa a FICValdivia con “Cocaína Negra“, documental que forma parte de la sección Gala Chilena. La película tardó seis años en realizarse, un período que, según el director, ha sido habitual en sus trabajos.
“Nunca imaginé que se estrenaría en un contexto como el actual, con un gobierno de ultraderecha en Chile. Creo que Berríos habría votado sin duda por Kast, o por alguien de ese sector. Entonces, estar en este contexto con la película hace que me interese todavía más la respuesta que pueda generar”, afirma.
—Después de seis años trabajando en la película, ¿Cómo fue tu aproximación al personaje? ¿Cuánto tiempo ocupó la figura de Berríos en tu vida y cómo es llegar a este punto, en que la película ya está terminada y comienza a mostrarse al público?
—Yo investigo de una forma muy inmersiva: me leo todos los libros, veo todas las películas y todos los reportajes. Al principio tenía a Berríos como una figura de vampiro, como un monstruo. Pero, a medida que fui investigando, esa imagen se fue diluyendo hasta convertirse en la de una persona muy banal, muy corriente. Siempre había escuchado que era un genio, el genio del mal. Pero vi sus notas de la universidad y era un porrazo, un tipo del montón. Le costó años sacar su tesis, era muy bueno para el carrete, muy fanfarrón. Poco a poco, esa figura empezó a colapsar.
La película se construye, en parte, a partir de las cintas que registró el propio Berríos, un material que transformó la imagen que Valenzuela se había formado de él. “Ese monstruo se convirtió en un tipo corriente, que podría haber sido tu amigo loco de la universidad, ese que te invita a carretear. Se me bajó esa figura a una escala humana”, dice el director.
—¿Por qué una persona tan corriente logró tener tanta presencia dentro de la dictadura y alcanzar un lugar de poder y decisión?
—Hablé con compañeros de universidad de Berríos y me decían que, para un químico o un bioquímico, hacer drogas, explosivos o venenos no es complicado. Yo les mostraba la fórmula del sarín y me decían: «Bueno, esto lo puedo hacer yo». Creo que Eugenio Berríos era un tipo un poco adicto a las emociones fuertes: la noche, las mujeres, las drogas, el alcohol. Pienso que también había algo de aventura y que, finalmente, eso fue lo que lo llevó a la DINA.
—Durante la investigación revisaste archivos históricos, documentos y testimonios. ¿Qué elemento novedoso o desconocido aporta la película a la historia de Berríos?
—Encontramos mucho material gracias al proceso judicial y al detective del caso. La investigación por la muerte de Berríos fue larguísima, de más de 20 años. Lo más increíble fue encontrar estas cintas de audio. Berríos se escondía una grabadora de mano en el bolsillo de la camisa, pero no están claros los motivos por los que lo hacía. Las cintas son una locura.
Me encerré un tiempo a escucharlas todas para ver qué había. Eran unas 40 cintas y la mayoría correspondía a interrogatorios de los detectives que no tenían mucho valor para la película. Pero había seis que había grabado el propio Berríos. De repente, escuchaba a Berríos consumiendo cocaína, peleando con sus esposas o incluso defecando en el baño. Me preguntaba: «¿Qué es esto? ¿Por qué alguien hace esto?».
—¿Por qué se grababa?
—Se dice que grababa para tener una especie de respaldo que lo protegiera de los prestamistas, porque estafaba a familiares, amigos y otras personas mediante cheques. Sin embargo, en las cintas que escuché no se habla de eso.
También hay quienes creen que sabía que su vida estaba en una cuenta regresiva y que quería dejar un testimonio. No sé si era eso, pero sí parecía haber un apego a lo que le quedaba de vida.
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Una de las ideas que marcó la investigación de Cristóbal Valenzuela fue la de la banalidad del mal, desarrollada por Hannah Arendt. Al acercarse a la historia de Eugenio Berríos, el director encontró un paralelo con la experiencia de la filósofa alemana al estudiar a Adolf Eichmann, uno de los principales responsables de la logística del Holocausto.
“Ella esperaba encontrarse con un monstruo y se encontró con un tipo corriente. A mí me pasó algo parecido con Berríos”, dice el director.
“Creo que ahí está el peligro: cuando la cabeza de un régimen autoritario es sádica o psicopática, esas características se van permeando hacia el resto. Las personas terminan siguiendo a esa figura sin cuestionarla demasiado. Eso ayuda a explicar cómo gente común y corriente puede terminar haciendo cosas horribles”, agrega.
—¿Tú definirías a Eugenio Berríos como un psicópata o un sádico?
—Tengo dudas. Hay gente que me dice que sí y hay testimonios que hablan de que le pegaba a su mamá. Pero también hay otros que dicen que era muy empático y bueno con la gente. Entrevisté a una vecina que lloraba de emoción al recordar lo bueno que había sido Eugenio con ella. También hay cintas de audio que no están en el documental en las que demuestra preocupación por otras personas, por ejemplo, cuando alguien estaba enfermo.
Creo que era más bien un tipo arrastrado por las emociones extremas. Eso lo llevó, en parte, a la DINA. Llegó muy joven, cuando estaba en la universidad. Lo observaron y lo reclutaron. Antes también había estado en Patria y Libertad. Era un tipo de ultraderecha, pero creo que se dejó arrastrar y terminó involucrado en todo eso.
—¿Qué aporta la película para entender el ocaso de Berríos, tanto en su círculo personal como en los últimos años de su vida y su muerte?
—La película se sitúa en la frontera con la democracia. Esa es la parte más dura. Entre 1989 y 1991, Berríos estaba acorralado por todos lados en Chile.
Por un lado, trabajaba con grandes narcotraficantes peruanos que lo tenían sometido. También traficaba por su cuenta y era perseguido por la policía antidrogas. Se abrió el caso relacionado con el asesinato de Orlando Letelier, y también estaba el antecedente de su participación en la casa de Lo Curro, según lo que él mismo cuenta. Además, estaba endeudado con bancos y prestamistas ilegales, tenía problemas con su esposa y su situación era cada vez más insostenible.
Finalmente, el Ejército decidió sacarlo de Chile. Se fue a Uruguay y, en un principio, eso fue su salvación. Pero también estaba consumiendo drogas, incluida la cocaína que él mismo fabricaba, y tenía problemas con el alcohol. Pasó un par de años en Uruguay y llegó un momento en que quiso hablar. No sé si fue por culpa, porque estaba aburrido o por otra razón, pero pasó de estar protegido por el Ejército en democracia a ser secuestrado.



