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Iaán Calderón tiene 11 años, le encanta Sonic, aprendió inglés por su cuenta y sueña con ser profesor. Es el primero de su curso y tiene una sonrisa que parece desafiar las dificultades que ha debido enfrentar desde que nació. Vive con osteogénesis imperfecta, una enfermedad que vuelve sus huesos extremadamente frágiles. Ha sufrido cerca de 60 fracturas y conoce desde muy pequeño el dolor, las terapias y los hospitales. Pero cuando habla de su futuro, lo hace con el entusiasmo de cualquier niño que tiene toda la vida por delante.
Iaán será el embajador de la Teletón 2026. Su historia nos conmueve porque habla de perseverancia, del amor de una madre y de la importancia de contar con personas e instituciones que acompañan cuando el camino se vuelve difícil. También nos recuerda algo que como país parecemos haber olvidado. Para avanzar necesitamos confiar en otros, aceptar ayuda y comprender que hay objetivos que merecen un esfuerzo compartido.
En cinco días comenzará una nueva Teletón. Durante 27 horas, Chile volverá a encontrarse frente a una causa común. Habrá diferencias políticas, económicas y culturales entre quienes participen, como las ha habido siempre. Pero por un momento esas distancias perderán importancia frente a las historias de miles de niños y familias que necesitan apoyo para construir una vida con mayores oportunidades.
Llevamos años discutiendo desde la desconfianza, la polarización ha terminado por instalarse incluso en nuestras relaciones cotidianas, sin embargo, la Teletón conserva un valor que trasciende su extraordinaria obra de rehabilitación. Nos demuestra que todavía somos capaces de reconocernos como parte de una misma comunidad.
Desde 1978, esta iniciativa ha convocado a generaciones de chilenos y ha logrado transformar la solidaridad en una obra concreta. Hoy cerca de 32 mil niños, niñas y jóvenes reciben atención en sus centros. Detrás de cada uno hay historias que conmueven, familias, profesionales, voluntarios y miles de personas anónimas que han contribuido a sostener un esfuerzo colectivo durante casi cinco décadas.
Ese es quizás es el mayor aprendizaje para Chile. Los grandes propósitos necesitan continuidad, confianza y la voluntad de sumar capacidades. Requieren instituciones que funcionen, liderazgos capaces de convocar y ciudadanos dispuestos a comprometerse más allá de sus propios intereses.
Nuestro país enfrenta desafíos que también demandan esa disposición. Mejorar la educación, recuperar la seguridad, crear empleos de calidad, enfrentar el envejecimiento y ofrecer oportunidades a las nuevas generaciones son tareas que ningún gobierno ni sector político puede resolver por sí solo. Sin embargo, demasiadas veces las urgencias nacionales quedan atrapadas en disputas que terminan siendo más importantes para sus protagonistas que para las personas.
La Teletón ofrece una lección digna de ser replicada, sencilla y profundamente política. Cuando existe un objetivo claro, las diferencias pueden convivir con la cooperación. Es posible discutir, discrepar y mantener convicciones propias sin perder de vista aquello que anhelamos.
Sería ingenuo pensar que 27 horas de solidaridad pueden reparar los problemas de nuestra convivencia. Pero también sería un error desconocer la fuerza de esta experiencia. Los chilenos necesitamos recuperar espacios de encuentro y construir acuerdos que sobrevivan a los gobiernos, a las elecciones y a las controversias del momento.
Pienso nuevamente en Iaán, en sus ganas de aprender, en su madre acompañándolo y en todos quienes han hecho posible que siga soñando. Su historia nos invita a mirar más allá de las dificultades presentes y a preguntarnos qué futuro queremos construir juntos.
Confío en que esta Teletón nos deje algo más que una meta cumplida. Y que nos ayude a recordar que somos capaces de grandes cosas cuando dejamos de mirarnos con sospecha y volvemos a mirar en la misma dirección. Necesitamos recuperar la confianza en nosotros mismos y en los demás y avanzar unidos.
