He seguido con poquísimo interés la controversia desatada por Roberto Ampuero con una columna donde se queja de las injusticias cometidas contra él por la crítica local y alguno(a)s escritore(a)s de la plaza.

Hasta hace poco había estado más interesado en los poetas, porque la histeria impúdica que exhiben es más entretenida. A los prosistas, en cambio, los encuentro algo serios, y tienen una relación con el mercado libresco y editorial que va más allá de las especificidades textuales, lo que los hace mucho más sospechosos.

Antes de continuar debo aclarar que lo más democrático que tenemos los chilenos es la práctica del desprecio y la descalificación. Todos somos despreciables. Todos somos basura humana en permanente reciclaje. Por eso aquí –en el ejercicio textual– no hay ni víctimas ni victimarios, sólo operadores del odio y del resentimiento escritural.

No cabe duda que Ampuero ocupa un lugar en el mercado del libro. Lo que pasa es que la validación crítica le es esquiva porque tiene que pagar “con sangre” su candor bestselleriano, no puede pretender ocupar ambas rutas del deseo. ¿Cómo vas a Lo Vásquez, caminando o en vehículo?

Los que no vendemos, y que por lo mismo estamos fuera del mercado, o los que somos malos escritores –aunque de pronto tengamos alguna validación crítica– y que además, para colmo, tenemos que trabajar en la economía “real”, y que para peor somos de provincia, solemos entrar en conflicto con la ocupación del campo cultural en general. Y de ahí la opción por el resentimiento que hace funcionar operaciones críticas que tienden a mejorar nuestra inserción laboral.

Para un operador de escrituras es un lío si no transa con el mercado o con los lugares comunes narrativos. Y para paliar ese déficit nos dedicamos a ejercer en zonas limítrofes, como en el delirio político-cultural (que es mi caso) o en el periodismo culturoso, o en la crítica.

Gracias al gurú Roland Barthes la crítica cuenta con un estatuto estético-cultural súper potente, por lo que nuestros críticos no tienen porqué tener esa sensación minusválida que les da el orden cultural local, que es tan presemiótico que da lata.

No cabe duda que para Ampuero el orden está dado y la crítica tiene un rol segundo, y más allá de la verosimilitud clásica no hay más. Él tributa a un canon conservador y de derecha (valga la redundancia) que ya tenía más o menos instalado cuando adscribía al paradigma stalinista.

Lo que violenta es que un sujeto que cambió una doxa por otra, ambas muy parecidas, se queje y le dé cuerda a la neurosis de reproche sin asumir el costo de ser un chileno meteco y ordinario, que al no entender los signos del extrañamiento, debió convertirse, creo, en un candoroso y pervertido siútico de la cultura, que tiene un muy buen lugar en el mercado de la huevá literaria.

Ampuero me recuerda a esos ex PC que gracias a lo que aprendieron pudieron armar sus negocitos. ¿Y qué aprendieron? La conducta administrativa y de obediencia, que en la práctica no es otra cosa que un leninismo operativo. Ampuero utiliza el género novelesco para corregir la historia, su historia. Es por eso que tiene más voluntad de verdad que de ficción, y eso suele ser premiado por el mercado político. Probablemente pronto lo tengamos de escritor oficial.