POR MACARENA GALLO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES

El autor de “La Remolienda” y “Tres tristes tigres”, piezas claves del teatro chileno, vuelve a la actuación en «Pana», exitosa obra que reúne a un joven y exitoso gerente, un ex juez, un ex abogado, un ex policía y un ex gendarme ahora mudo -papel interpretado por Sieveking-. La obra propone una reflexión sobre la justicia, el poder y la culpa, a través de un juego que se va tornando cada vez más perverso. Acá, Sieveking habla de su amor por Chéjov, de educación y de lo siúticos y arribistas que nos hemos vuelto los chilenos.

¿Cómo fue su proceso formativo antes de llegar al teatro?
-Estudié en un liceo municipal en Talca, un liceo de hombres. Antes estuve en un colegio jesuita, el Manuel Blanco Encalada, pero nos echaron con mi hermano.

¿Qué pasó?
-Alguien dijo que mi mamá era divorciada y por lo tanto era una puta. Y mi hermano se terminó agarrando a puñetazos. En esa época era terrible separarse, muy mal visto. A mi mamá no la dejaban entrar a la iglesia. Nosotros pensábamos que por estar en un colegio jesuita no nos iban hacer notar que éramos hijos de madre separada, pero igual los curas terminaron echándonos.

Tal vez por eso usted es ateo…
-Yo no creo en Dios ni en que nos vayamos a ir al cielo. Creo que hay algo, pero de seguro no es un caballero de barba blanca que tiene a san Pedro en la puerta. ¡ES UNA TONTERA CREER ESO! Son cosas simpáticas, que corresponden a una historieta bonita, pero nada más.

¿Y cómo le fue en el liceo?
-No me tocaron muy buenos profesores, había algunos que estaban en las últimas haciéndonos clases… Y además fui tan mal alumno que mejor ni te cuento.

¿Tan así?
-¡Uff! Era porro, bien distraído. Y seguí siéndolo hasta que un día casi me morí.

¿Cómo?
-Un día con mi papá y mi hermano salimos a esquiar al Llaima. Íbamos por una loma y se nos vino la nieve encima. Quedamos los tres enterrados. Salimos bien de ahí pero a mí me dio una sinusitis, que derivó en una nefritis. Pasé seis meses en cama y un año en tratamiento. Ahí me volví un buen alumno y dejé de ser una bala loca. Curioso.

Pablo Oyarzún dijo en The Clinic que “es insostenible el esquema mercantil de la educación chilena”. ¿Qué piensa usted sobre la calidad de la educación hoy?
-¡Que es carísima! ¡Es un robo! Cuando estudié había que pagar solamente la matrícula y nada más. Era otra cosa. A lo mejor ahora no habría podido estudiar.Y si es tan mercantil, al menos deberían poner buenos profesores. Nosotros pagábamos la nada y la calidad era irregular, tirando para buena. Me parece que el problema tiene que ver con la preparación de los profesores. Y también con que los niños se educan por la televisión y aprenden puras siutiquerías… Por ejemplo, dicen: “vamos a cenaaaarrg”. En todas partes se dice comer, pero la tele fomenta esas siutiquerías.

¿Y qué le pasa con los garabatos? En sus obras no hay muchos.
-No los uso mucho. Me parece que siempre son una reducción del lenguaje. El otro día me subí a un ascensor y había dos tipos conversando. Y uno de ellos dice: “Oye hueón, ¿y cómo está la hueá?”. Y el otro responde: “Como las hueas, ¡puta la huea!”. Entonces, lo único que quedaba claro es que algo andaba mal, jajaja. Me gustan los garabatos cuando están bien usados. En “La Remolienda”, que la gente ve como una obra picaresca, hay sólo uno. ¡Uno!

En “La Remolienda” usted retrató la mente cochina del chileno y el gusto por el doble sentido.
-Retraté mi mente cochina, jajaja. Yo soy esa mezcla: una persona con una ingenuidad casi de clínica siquiátrica que se divierte con los chistes cochinos y el doble sentido, siempre que no sea obvio. Me parece brutalmente atractivo. Si lo popular es muy sano. Pero el garabato usado indiscriminadamente pierde el valor. El uso del «huevón» es indiscriminado en Chile.

Dicen que el garabato alivia el dolor…
-¿Sí? ¿Ayudan? Uyy, entonces, los chilenos debieran tener una salud de fierro. Sin embargo, no hay país que tenga más farmacias que Chile.

CHÉJOVIANOS Y ARRIBISTAS

En los ‘70 un crítico dijo que a usted no le preocupaban los problemas sociales, sino las relaciones íntimas de sus personajes. Pero eso cambió con el tiempo, ¿no?
-Inicialmente me influyó mucho Tenneesee Williams. Pero luego, en los ‘60, sentí que eso se había agotado y empecé a meterme con Brecht, un autor muy comprometido, muy político. Y dejé de escribir obras sobre problemas familiares, como “Mi hermano Cristián”, sobre un tipo que le dispara con una escopeta a su hermano y queda parapléjico. Había pura mente y problemas sicológicos en mis obras. Mientras escribía esto, que eran dramas, puras cosas importantes creía yo, miraba en menos a la comedia, y en eso se me agotó la cuerda.

¿Cuándo comenzó su amor por Chejov?
-Todos los actores estamos enamorados de Chejov. No hay que hacer nada, hay que pensar nomás. Eso tienen las obras de Chejov. Sus personajes femeninos son espectaculares. Es maravilloso, por ejemplo, como retrata la inmadurez. Tú estás seguro que el personaje tiene la razón hasta que te das cuenta que está mal de la cabeza. Y el espectador ve cómo esos personajes se van al diablo.

Usted ha dicho que el chileno es chejoviano: “tiene esa cosa triste, lenta, un poco tímida, y de repente nos ponemos a hablar durante horas, como los personajes. de Chejov”.
-Los personajes de Chejov tienen la gracia de ser representantes de cualquier país. A los chilenos nos gusta conversar y contar anécdotas, pero en general somos timidotes. Frente a argentinos, colombianos o peruanos nos quedamos mudos, para empezar porque ellos tienen una riqueza mayor de lenguaje.

Usted se fue exiliado a Costa Rica y cuando regresó a Chile quedó sorprendido de lo arribistas que estábamos ¿En qué lo notó?
-En todo. En el tipo que hablaba por el celular de madera en la calle o del que te hablaba de cosas importantes en lugares públicos en voz alta. ¡Una rotería tremenda! Antes un chileno jamás habría hecho eso. ¡JAMÁS! Yo estuve 12 años fuera y cambiamos para peor. La gente se llenó de cosas que no le sirven nada. ¡Consumistas totales! Chile era un pueblo muy simpático y no engreído. Ahora somos famosos por ser los argentinos mal vestidos. Esa frase es muy acertada. Cuando llegué el 95, mucha gente estaba embarcada en el súper departamento, el súper auto, una cosa enloquecida. Si la gente no iba al mall todas las semanas y se compraba algo, se sentía fracasada y pobre.

¿Cómo refleja «Pana» ese cambio, ese arribismo nuevo?
-¡Ésta era mi clase! Yo quería entender por qué existía el arribismo. Mi intención era hacer un retrato descarnado de esa gente que viene de provincia porque aquí está la papa. La misma Lucía Hiriart de Pinochet era una mujer muy arribista y muy siútica que marcó una pauta en el país.

«PUTEANDO POR EL LADO»

Además de ese arribismo, ¿qué más le molesta de la clase media chilena?
-El doble estándar. Esa gente que juega doble, ¡me enferma! La gente que se hace la santa y anda puteando por el lado, ¡me enloquece! Me hace perder los estribos cuando los descubro. Por eso me llevé varios encontrones de esa onda cuando volví a Chile. Me pillé con varias personas que eran de un nivel y fingían ser de otro… esos no quieren perderse nada ¡Los piérdete una son muy desagradables!

¿Cómo ve la política actual a pasos de las elecciones presidenciales?
-Yo soy bastante bacheletista, simpatizante socialista, a pesar que hay tipos como Nuñez o Letelier que están más desubicados que no sé qué cuando dicen que el arte es del pueblo. El arte es PARA el pueblo. ¡Una cosa muy distinta!

¿Qué le parece Frei?
-Una persona sólida, que no trata de dárselas de lo que no es. Justo lo contrario de Piñera, que ha desgastado su imagen a fuerza de metidas de pata, como en Arica, cuando se corrió de a poco hasta quedar delante de todos. Si hace eso ahora, qué no hará si sale Presidente… Y tiene asesores terribles que lo hacen ir a entierros donde lo sacan a patadas.

«PANA»
Teatro de la Universidad Católica
Hasta el 8 de agosto
Informaciones: www.teuc.cl

LA POLÉMICA POR “LA MANTIS RELIGIOSA”

En enero próximo, el Festival Teatro Mil celebrará el Bicentenario remontando obras clásicas del teatro chileno, entre ellas «La mantis religiosa», de Sieveking, quien ha aparecido últimamente desmitiendo que haya autorizado el montaje de su obra. Aquí aclara todo.

¿Por qué no ha dado la autorización para que Teatro a Mil lleve a escena su obra “La mantis religiosa?
-¿Cómo no le voy a dar permiso a alguien para que dé la Mantis Religiosa? Ellos nunca han pensado en hacerla. La idea de Luis Ureta es hacer obras que tengan inspiración en otras obras, como el caso de “La Mantis religiosa”. Lo que haría sería crear otra obra motivada por mi obra. Se llamaría de otra manera, con otros personajes, otros argumentos, con todo distinto. Es decir, ¡no es mi obra! Y para eso no tienen por qué pedirme autorización. Se supone que es una cosa de homenaje, algo simpático. No sé de dónde salió todo este enredo. ¡Si no soy un tirano! Y para mí es fantástico que alguien se motive por mi obra.

Tal vez el enredo se debe a que el año pasado le rayó la cancha al actor farandulero Felipe Ríos por su adaptación de «La Remolienda».
-¡Ayyy! Es que le cambió el final y nunca me pidió permiso. ¡Y eso no se puede hacer! Ni siquiera me invitaron al estreno. Yo me enteré por el diario y ni siquiera hablé con él. Todo eso lo vio la ATN (Sociedad de Autores Nacionales de Teatro, Cine y Audiovisuales) y le dijeron si acaso estaba loco de no pedir permiso. ¡Eso va contra la ley! ¡No, no y no! Las obras son de quien las hace y no de cualquiera. Por eso hay que rayar la cancha cuando sea necesario.