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Reportajes

Ricardo Fernández y su papel en la adaptación chilena de Druk: “El alcohol funciona como catalizador, pero también como excusa para no hacerse las preguntas”

A días del estreno teatral de “Druk” -"Otra ronda"-, Ricardo Fernández reflexiona sobre la crisis de los 40, el paso del tiempo y su vigencia en una industria cada vez más incierta. “No puedo creer que esté a punto de cumplir 50”, admite el actor, quien también aborda la transformación de las teleseries chilenas y cuestiona duramente los recortes al sector cultural. En Teatro Mori presentará la adaptación a las tablas de la película que se centra en el experimento con el alcohol de cuatro amigos.

Por 20 de Junio de 2026
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En una banca del Parque de la Casa de la Cultura de Ñuñoa, el actor Ricardo Fernández espera con un café en la mano el inicio de esta entrevista. El sol de otoño ilumina la enorme casona que sirve como espacio de ensayo para la adaptación teatral de “Druk”, la exitosa película danesa ganadora del Óscar a Mejor Película Extranjera, protagonizada por Mads Mikkelsen.

Fernández es parte del elenco junto a Jaime Omeñaca, Álvaro Espinoza y Luis Cerda, en una obra de la compañía The Cow Company y dirigida por Álvaro Viguera. El texto es la adaptación realizada en Argentina y tiene en el centro la historia a cuatro profesores que comienzan a experimentar una teoría absurda pero provocadora: mantener un 0,5% de alcohol constante en la sangre podría mejorar el rendimiento, la creatividad y la confianza.

Pero el alcohol funciona como un catalizador de preguntas más complejas: las de hombres adultos que se enfrentan a lo rutinario, a la sensación de que sus mejores años han quedado atrás y al desgaste cotidiano. Esas preguntas que alimentan la ficción también son las que Fernández se hace fuera de su personaje.

Han pasado 26 años desde su debut televisivo, cuando su figura se levantó como una de los galanes juveniles de inicios de siglo en la era dorada de TVN. Hoy transita los 48 años y las cinco décadas están a unas copas de distancia.

Fernández sigue vigente en la televisión: forma parte del elenco de la nueva teleserie nocturna de Mega, “Prohibida obsesión”, protagonizada por Diego Muñoz, Fernanda Finsterbusch y Sigrid Alegría. Además, participa en teleseries verticales que buscan darle un aire fresco a una alicaída industria de la ficción nacional. La época dorada de las teleseries quedó atrás y, junto con ella, sus figuras de inicios de siglo buscan nuevos espacios donde diversificar su trabajo.

—¿Cómo es la adaptación teatral y qué cambia respecto de la película?

—Esta es la versión teatral de la película. Thomas Vinterberg originalmente la pensó como una obra de teatro. Y la versión que estamos trabajando es la adaptación que hicieron los argentinos. Es una síntesis. La adaptación teatral aborda la historia de estos cuatro profesores. Son solo los cuatro, pero es un montaje que incluye también al público. El público en algún momento son los alumnos, pero estamos siempre los cuatro en escena; no están los otros personajes importantes de la película.

La película logró traspasar los límites escandinavos y abordar temas universales —como la cultura del alcohol y las preguntas fundamentales de la vida adulta—, quizás por eso llamó la atención del mundo. ¿Cómo se explica que una historia tan situada en su contexto logre ser tan extrapolable a otras culturas, incluso cuando plantea una idea tan cuestionable como la de beber antes de ir a trabajar y mantenerse en un estado constante?

—Lo que habla la obra es súper universal. Esta locura tan absurda como humana es algo que podría perfectamente ocurrir en cualquier cultura. Pero no es que la película diga que los daneses sean secos para tomar; en el fondo, todo el tema de la experimentación con el alcohol es una excusa para hablar de otras cosas.

Son preguntas más fundamentales que se puede hacer no solo un profesor. Lo que pasa es que en esta historia son cuatro profesores de planta, ya apolillados en un colegio: el de filosofía, historia, gimnasia y música. Se conocen hace 30 años, llevan haciendo clases en el mismo colegio, son amigos, y dada la edad que tienen, son acechados por grandes preguntas propias de ciertas crisis vitales.

—¿Cuáles son esas preguntas?

—Esas preguntas son: ¿Estoy viviendo la vida que quise vivir? ¿Me gusta la vida que tengo? ¿Cómo he llegado hasta este punto?

Tienes 48 años. ¿Estás en ese período en que aparecen esas preguntas fundamentales que también toca la obra? ¿Te sientes en ese momento de la vida?

—Sí, es bueno estar haciéndose preguntas. Y por supuesto que estoy en eso. La crisis de los 40, al menos para mí, fue súper concreta, pero además tiene que ver con las circunstancias.

Mis circunstancias me hicieron preguntarme cosas. Yo creo que muchas veces, cuando la vida no te azota, no te hace esas preguntas. Hay personas que efectivamente no se las hacen, pero creo que la vida inevitablemente te lleva, te fuerza a hacértelas, independientemente de si las circunstancias son buenas, malas o regulares.

Porque, claro, las tragedias y los azotes de la vida te hacen hacerte preguntas difíciles de responder, preguntas importantes, que muchas veces no tienen una respuesta concreta… o porque ya es demasiado tarde.

—¿Cuáles son tus preguntas?

—Mira, sobre todo me pasa a mí que no sé muy bien cómo llegué hasta acá. Lo que más me impresiona —y creo que una de las características de lo que ocurre después de los 40 años— es que te das cuenta de que la vida pasa demasiado rápido. Porque uno ya sabe más cosas, tiene más información, y eso es un poco lo que también plantea la obra: cuando hay ausencia de nuevas experiencias, el tiempo se percibe distinto.

Cuando uno es niño, todo es nuevo, todo es una experiencia, por lo tanto el tiempo pasa de otra manera. En cambio, después de los 40 ya es más difícil sorprenderse, cuesta más, hay más información. Pero lo que más me llama la atención es la velocidad.

—¿Y sientes que hubo como un corte después de que cumpliste 40 y vino un tobogán de tiempo?

—O sea, voy a cumplir 48 años pronto y no puedo creerlo. Pasado mañana puedo decir “tengo 50”, como que hay algo que no calza. Uno dice: “¿Cómo soy un caballero de 50 años?”, ¿cachai? Algo que en algún momento era súper lejano, uno siempre lo siente lejos.

Como que la mente se queda detenida en un momento de la juventud que uno decide dejar paralizado, pero el tiempo avanza y uno se va volviendo viejo. Y de repente estás comprando en una tienda, crees que estás coqueteando con la vendedora joven y te dice: “¿Y usted qué va a querer?, ¿qué se va a probar?”. Y ahí cagamos. Iba todo bien, hasta que te tratan de usted.

—¿Pero crees haber sido en algún momento encasillado o etiquetado como galán de teleserie y galán juvenil? ¿Eso hace más difícil la progresión de envejecer o de ver tu cuerpo envejecer?

—O sea, yo creo que ese tipo de encasillamiento, más allá de mí, la fama en general, impide que las personas se vean a sí mismas, creo yo. Por eso, cuando a alguien “se le suben los humos a la cabeza”, son cosas difíciles de vivir. No sé, la gente que tiene mucha plata o la gente muy famosa tiene existencias difíciles de manejar.

—Y bueno, está este cliché de los hombres de los 40, de que alguien se compra una moto o se pone a vestirse como cabro joven. ¿Cuál crees que fue tu crisis o cómo se materializó esa crisis en tu caso?

—Es que, claro, la crisis tiene que ver con la angustia que producen esas preguntas. Para mí fue eso, sobre todo porque te das cuenta de que las cosas cambian. La vida no es una foto, se mueve, para bien o para mal, y es muy cierto eso que suena tan elemental, pero es así.

Ese tipo de “caídas en cuenta”, como comprarse un auto descapotable, una moto o vestirse como un cabro joven, me parece un ridículo. Me parece de muy mal gusto ese tipo de decisiones. No me gustaría verme en una Harley Davidson cuando cumpla 50.

Y bueno, en Druk pasa algo parecido: el alcohol funciona como catalizador, pero también como excusa para no hacerse las preguntas o no responderlas.

—¿Y cómo te sostienes en esos momentos de crisis?

—Bueno, de muchas maneras, pero yo creo que la gracia de nuestro oficio es que también te obliga a preguntarte esas cosas.

Yo creo que siempre los montajes, en general, las obras de teatro son invitaciones a pensar. Y tenemos esa suerte los actores, que nos hemos enfrentado a ciertas situaciones donde, por los temas que se tratan en las obras, te obligan a eso.

En mi caso, sí, soy muy aficionado a ese proceso; siento que tener un trabajo psicológico es importante. En mi caso ha sido necesario, digamos.

—¿Pero qué haces? ¿Te refieres a terapia, por ejemplo?

—Sí, sí, claro.

—¿El trabajo también es clave?

Siento que el trabajo es el mejor antidepresivo. Claro, hay trabajos y trabajos, ¿no? Hay trabajos de mierda, pero el nuestro, el de actor, puede ser muy bello y tremendo también, aunque a veces puede ser terrible. Sobre todo cuando uno enfrenta los primeros fracasos o cuando hay ausencia de trabajo. Es muy, muy doloroso.

De la época dorada de TVN a las verticales

Fernández fue parte de la época gloriosa de TVN, la cual ha abordado en extenso en distintas entrevistas. Su debut televisivo fue en 2000 en “Romané”, y a partir de ahí tuvo una seguidilla de apariciones en “Pampa Ilusión”, “El circo de las Montini”, “Puertas adentro”, “Los Pincheira” y “Los capos”, por nombrar algunas.

A 26 años de su debut en teleseries, el actor sigue vigente en una industria que ya no es la misma. Continúa en el radar de Mega y ya tiene asegurada su participación en la próxima teleserie del canal. En paralelo, ha sido parte de las teleseries verticales impulsadas por TVN, que buscan revivir su área de ficción, aunque muy lejos de lo que fue su época dorada.

—¿Qué te provoca, al comparar la TVN de antes, con grandes producciones, hartos recursos y elencos gigantes, con las teleseries verticales de ahora?

—Es curioso cómo el proyecto, en el fondo, trata de sintetizar las cosas. A mí me costó entenderlo al principio. De repente estábamos grabando y el camarógrafo nos decía “júntense un poco”, y yo pensaba: “qué raro los planos”.

Los monitores para revisar las escenas también son verticales. Son formatos interesantes que dan cuenta de cómo se consume el producto audiovisual hoy. Están pensados para verlos en el paradero, o si estás esperando algo y sabes que te quedan cinco minutos, puedes ver varios capítulos, porque cada uno dura un minuto y medio o dos.

Entonces es muy pasajero. No diría desechable, porque tiene otras connotaciones.

—Pero sí son productos hechos para scrollear y que quedan perdidos. No es como una teleserie que se repite o que tiene un cierto alcance o una épica.

—Tiene que ver con la forma de consumo actual, que es vertiginosa, como la locura de Instagram, ese scrolling delirante, casi enloquecedor. Son formatos que buscan detenerte un poquito más, pero no más de dos minutos. Y desde cierto punto de vista es casi terrorífico.

Porque antes ver una teleserie era un acontecimiento cotidiano: la gente se organizaba para llegar a una hora determinada a casa, tomar once, verla en familia. Era un momento. Ahora todo eso se perdió, y me imagino que también hay algo más individual en el consumo, pero bueno, todas las teorías que se pueden hacer al respecto.

—En alguna entrevista dijiste que para la gente que estudiaba teatro, estar en televisión o en teleseries era mirado con distancia. ¿Sientes que hoy pasa algo similar con los formatos verticales o digitales, algunos actores más tradicionales los ven como algo de medio pelo?

—Mira, no necesariamente. Yo creo que hoy todos los formatos se han democratizado mucho, ya no existen esos prejuicios que existían antes. Antiguamente los actores eran más puristas y había mucho prejuicio con la televisión en general, porque también se hacía otro tipo de televisión.

Pero creo que eso ha desaparecido, porque es una fuente importante de trabajo; la televisión sigue siendo lo que más sostiene el trabajo de los actores, salvo algunos proyectos teatrales muy solventes que generan más economía, más lucas. La televisión sigue siendo el formato que más deja. Pero tampoco hay tanta continuidad. Las teleseries ahora son muy cortas, con menos personajes, es un solo canal el que produce, entonces se agotan un poco las posibilidades que antes había. El trabajo audiovisual era más prolífico.

—¿Qué significa para ti poder seguir haciendo teleseries y que te llamen a hacerlas?

— Estar en el radar siempre es importante. Los actores vivimos de esto, nuestro trabajo está dedicado a la gente, a las masas.

Me siento afortunado de estar en el radar, de ser convocado, pero la convocatoria es cada vez más intermitente, no solo en mi caso, sino que lo veo en mis colegas: los llamados no son tan frecuentes. No sé si tendrá que ver con el fruto de mi trabajo, no sé.

—¿Qué tienes ganas de hacer, qué crees que te falta en tu carrera y que te gustaría cumplir?

—Más cine.

—¿Y sientes que te falta que te llamen o acercarte más a esos castings?

—Es difícil. Hay gente que logra armar carrera en el cine, pero no es fácil, no tiene tanto que ver con los castings. Hay cosas que no podemos controlar.

Recortes en Cultura

Los recortes del gobierno de José Antonio Kast golpearon con fuerza al mundo de la cultura. Fue uno de los ministerios más afectados, con un 10% de recorte presupuestario, una decisión que Fernández observa con profunda molestia. El actor no solo cuestiona la magnitud del ajuste, sino también el mensaje político que, a su juicio, hay detrás de la medida.

“Me parece que es un gesto que retrata al gobierno”, afirma. Y va más allá: “Lo que hace la cultura es generar pensamiento crítico, una masa crítica. Mientras más ignorantes sean las personas, mientras más hipnotizadas estén y más empobrecidas desde todo punto de vista, es más fácil controlarlas”.

Para el actor, el recorte no es casual. “El arte y la cultura son peligrosos porque son capaces de romper ciertos discursos. Por eso no me sorprende para nada el recorte. Cuando la ignorancia tiene una lógica y un propósito, es súper peligroso”, sostiene.

Fernández también apunta sus críticas al ministro de las Culturas, Francisco Undurraga y al rol que ha tenido la cartera frente a las demandas del sector. “¿Cómo un ministro que debiera ser nuestro aliado nos recorta un 10%? Es impresentable”, dice. “Es muy desalentador. Nunca había estado tan decepcionado de un gobierno por la forma en que se hacen las cosas”.

El actor asegura que el desencanto no es solo suyo. “Yo creo que la gente que votó por este gobierno también está súper desencantada. Ese es el sentimiento que queda”, concluye.

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