Un verdadero caballero es alguien que nunca golpeará a su mujer sin provocación.
    Sententiae H. L. Mencken

POR HERMÓGENES PÉREZ DE ARCE*
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En su libro “Chilenos en su tinto”, Hermógenez Pérez de Arce analiza, sin cinismo y desde la perspectiva de la gente bien, a la gente bien. He aquí el origen, los códigos, las conductas y las formas de hablar del cuiquerío chileno.

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Sí, en Chile hay una aristocracia, junto con una amplia clase media. Esta última abarca desde los burgueses ricos (muchos son más ricos que los aristócratas), cuyos ancestros fueron casi todos inmigrantes recientes, hasta las capas de empleados de cuello y corbata, de ancestro mestizo suavizado. Y en la base de la pirámide social hay una clase baja aún más numerosa, caracterizada por un mestizaje más acentuado.

Hablando en confianza, los chilenos diferencian a estos distintos grupos recurriendo a sus apelativos. Los aristócratas tienen varios: “pijes” (estos dos términos vienen de hace medio siglo o más), “pirulos” o “cuicos” (éstos son más actuales). Los miembros de la burguesía que están fuera de la aristocracia son denominados “mediopelo” o, si exhiben pretensiones de figuración y ascenso social, “siúticos”. Pero la propia clase media se designa a sí misma como “gente decente”, para distinguirse de los de más abajo. Y en la base de la pirámide están los trabajadores de ocupaciones menos calificadas y los desempleados pobres, todos ellos llamados comúnmente “rotos” y, recientemente, “cuajos”, por supuesto que en privado y cuando no hay ninguno oyendo.

Pero el apelativo “roto” no es necesariamente peyorativo. Se puede ser muy caballero y encumbrado y, al mismo tiempo, ser descrito elogiosamente como “un roto muy encachado”. Otro elogio aplicable a los de cualquier clase social es el de “roto muy hombre” o “roto muy franco” o, incluso, “roto muy rico”.

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Pero el término es empleado también muchas veces con énfasis despectivo, para describir a personas mal educadas o groseras. También se usa en confianza para referirse, entre los de la clase media, a la clase baja; y entre los de la clase alta, a los de la media y la baja, haciéndose en este caso el distingo entre “roto” propiamente tal y “roto de lo último”, que está reservado para el sujeto desaseado, mal vestido y presuntamente analfabeto.

La aristocracia, por su parte, está muy bien definida y es bastante notable. La constituye un número exiguo de personas, que, en realidad, tiene escasa importancia como fenómeno nacional y acerca de las cuales las gran mayoría de la población sabe muy poco, salvo que existen.

Ella no arranca de la nobleza europea, con excepción de dos o tres familias. En los registros de Eton y Oxford, hace cien años, a casi todos nuestros aristócratas les habrían anotado al lado del nombre cuatro letras: “s. nob”, abreviatura de “sans noblesse”, como tradicionalmente lo hacían con los alumnos que no provenían de la nobleza.

Los que en Chile odian o envidian a la aristocracia, que abundan, se preocupan de revelar que los ancestros de las personas de apellidos distinguidos desempeñaban tareas de escaso coturno en España u otras naciones, y que sus actuales parientes lejanos del otro lado del Atlántico todavía trabajan en oficios modestos y no tienen posiciones sociales relevantes.

Las referidas envidia u odiosidad generan periódicamente vitriólicas publicaciones o libros denostando a familias de la aristocracia, generalmente escritos por quienes han procurado incorporarse a ella sin éxito.

Pero hay un sentido en que la aristocracia chilena sí lo es de la sangre. Es en cuanto está estructurada en un riguroso, preciso y definido escalafón social, determinado por los apellidos y el parentesco. Algunos, y especialmente algunas, han logrado perfeccionarse en el conocimiento del mismo a tal grado que han concebido una verdadera ciencia no escrita. Son tan expertos que pueden ubicar la posición social exacta de cada miembro de la aristocracia o de quienes aspiran a pertenecer a ella y la rondan en su entorno cercano.

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De partida, esta clase alta de la sangre perfectamente delimitada es absolutamente consciente de sí misma. El listado de los que pertenecen a ella no está, como se señaló, en ningún texto. El dinero puede poco para hacer posible la pertenencia a ella, pero siempre, como en todo, algo ayuda, sobre todo para enlazarse con sus miembros y salir de la clase media. Por lo demás, patrimonialmente están, en su mayoría, consolidados, aunque no sean dueños de la mayor parte de la riqueza del país, que poco a poco ha pasado a pertenecer a la pujante burguesía de inmigrantes de primera, segunda o tercera generación.

En todo caso, los burgueses muy ricos y, en general, los individuos más informados e influyentes de la sociedad tienen en alta estima la pertenencia a la aristocracia. Uno puede con alguna frecuencia sorprenderse de encontrar a un magnate de las finanzas, pero socialmente sólo burgués y mesócrata, comportándose con servilismo ante un interlocutor mucho menos rico e incluso intelectual y físicamente menos dotado, pero con dos buenos apellidos aristocráticos.

Cerca de la clase superior o alrededor de ella merodea otra clase, también alta o aún más alta, desde el punto de vista patrimonial, que no es aristocrática pero aspira a serlo, y que se entremezcla e interactúa con la anterior en muchos aspectos. Y procura hacerlo lo más posible.

Ambos grupos forman, para los efectos estadísticos, uno solo, el denominado A-1 en las encuestas, pero son perfectamente distinguibles entre sí para los expertos genealogistas a que me refería antes.
Lo notable es que este distingo es casi desconocido para las mayoritarias clases nacionales medias y bajas, es decir, para el noventa y cinco por ciento de la población. Para éstos, “los ricos” son un solo lote.

Los miembros efectivos de la aristocracia y muchos de quienes aspiran a incorporarse a ella llevan una especie de Gotha no escrito grabado en “su disco duro”. No se trata de un caudal demasiado grande de información. En total, pueden ser unos mil y hasta dos mil apellidos los que es necesario almacenar. No hay más. El conocimiento de ellos se transmite vía tradición oral. Es algo que, simplemente, “se va aprendiendo”. Desde luego, los que llevan esos apellidos saben la nómina completa desde, probablemente, la adolescencia o, a veces, un poco antes o un poco después. Lo que un miembro de la clase alta oye en su casa, en el colegio, en la universidad, en los primeros años de trabajo (si lo desarrolla en su mismo nivel social), le permite graduarse en el conocimiento del escalafón e incorporar a su “disco duro” el quién es quién de la alta sociedad chilena.

La gente de ésta da por sentado que lo que “se debe hacer” es unirse (en matrimonio, en amistad, en negocios) con otra gente de la aristocracia, a cuyos miembros describen, en general, como “gente bien” o “gente como uno”. La “gente bien” a su vez se subdivide en “gente de los mejor” o gente simplemente “bien”. Claro, a veces le hablan a alguien de la burguesía no aristocrática simulando considerarlo también a él entre la “gente como uno”, para hacerlo sentir bien u obtener algo de él. Nada de esto, naturalmente, se atrevería nadie a manifestar en público. Yo sólo me atrevo a mencionarlo en un libro tan confidencial como éste. Pero los padres de familia se lo enseñan a sus hijos, generación tras generación, con un sentido conminatorio: el de ligarse, en lo posible y en especial matrimonialmente, sólo con “gente bien”. Y así la aristocracia se ha mantenido, sin informarlo públicamente, por supuesto, bastante indemne y cerrada. Por eso es una buena aristocracia, desde el punto de vista de la permanencia y del éxito en las cosas que sus miembros emprenden. Está más libre que otras clases sociales de la relajación moral que ha tenido lugar en las últimas décadas en la sociedad chilena, porque es una clase de gente muy cercana a la Iglesia Católica, que respeta más el matrimonio indisoluble, tiene más hijos y los educa mejor.

Pero no se crea que es una clase absolutamente cerrada. Admite cierto grado de mezcla, y cuando ésta tiene lugar ello no constituye ningún drama. Aunque, claro, el que se mezcla “hacia abajo” cae en el escalafón, poco o mucho, y lo sabe. O debiera saberlo. Puede quedar al borde de salir, es decir, de caer a la clase media. Y el que entra, producto de la mezcla, sabe que su origen medio o mesocrático lo sitúa precariamente en la base del escalafón, pero confía en que, con el transcurso de las generaciones, los suyos se van a ir afirmando y subiendo.

Después, en la estructura social, está el ya referido círculo amplio que hay bajo la aristocracia, muchos de quienes siempre están pugnando por ingresar a ella. Algunos de los integrantes de este círculo incluso creen haber sido admitidos, pero eso es lo que creen ellos. Pues dentro de la aristocracia se les identifica perfectamente y no son considerados “miembros de número”, aunque nadie se los diga. Un sujeto puede creer que ha sido admitido de pleno derecho y comportarse, hablar, vivir y gastar como si fuera un aristócrata, y nadie le va a decir que no lo es. Podrá ingresar (con ciertas dificultades, en algunos casos) a los clubes y negocios de la aristocracia y será convidado a sus salones. Podrá hacerse amigo de aristócratas, sobre todo si se comporta con prudencia y tino (virtudes que la aristocracia valora y practica), pero entre los miembros de número de ella indefectiblemente se comentará en voz baja que no es uno de ellos, y que está loco si se ha creído que lo es.

Como antes señalé, la aristocracia tiene reservado un nombre para los de ese nivel de aspirantes: los llama “siúticos”.

Pero jamás, salvo en algún arranque extremo de alcoholismo o de ira, se lo dirá a alguno de ellos.
Con el paso de las generaciones, sobre todo si los siúticos que se mezclan lo hacen bien, las familias de los nuevos ingresados pueden finalmente pasar a ser miembros de número, admitidos y respetados. Aunque nunca dejarán de tener un asterisco en el Gotha de los expertos y expertas más celosos de la integridad de la aristocracia, que no permitirán que se borré. Pero esto, reitero, no tiene importancia nacional ni práctica. Sólo tiene importancia dentro de club, y el club es muy chico…

Cabe consignar que el paso más importante para llegar a ser parte del club es parecer un aristócrata. Y para eso, lo primero es aprender a hablar como tal.

Hay muchas palabras que ningún aristócrata no dice jamás. Por ejemplo, nunca “escucha”, sino que sólo “oye”; no usa “lentes”, sino “anteojos”; menos tiene “deseos de nada, sino “ganas de” lo que sea. Es gente que “se pone colorada” y jamás se “coloca roja”. Más aún, nunca “se coloca” o “coloca” nada, sino que “se pone” o “pone” de todo. Va al “biógrafo” y no al “cine”. “Cine” está particularmente vetada como palabra. Si a usted le da vergüenza decir “biógrafo”, por último diga “teatro”, aunque no sea muy exacto, o “fui a ver una película”, más largo, pero aceptable.

Los hombres son casados con “su mujer” y no con su “señora”, ni mucho menos con “su esposa”. No “invitan”, sino que “convidan”. Jamás dirán “dama” palabra considerada execrable y que sólo podría emplear un siútico. Otras atrocidades, pero no tan grandes, son las de despedirse diciendo “chao” o, peor, “chaíto”, en lugar de “adiós” o “hasta luego”; y decirles al padre o madre “papi” o “mami”. Lo más comme il faut es hablar de “el papá” o “la mamá”, pero si alguien dice “mi papá” o “mi mamá”, tampoco caerá a la clase media por ese solo hecho.

Los prismáticos no deben llamarse así, sino “anteojos de larga vista”. La “hora de once” de la clase media se debe llamar “hora del té”… Uno nunca debe “devolverse” sino “volverse”, ni nunca debe decir “me recuerdo” sino “me acuerdo”. Por lo demás, muchas exigencias idiomáticas de la aristocracia coinciden con las de la ortodoxia gramatical.

Los hombres de esa clase rara vez usan bigotes. Las mujeres son reacias a los aros grandes, los dorados y los brillos. La sobriedad es una exigencia.

Jamás la “gente bien” habla de su fortuna o de sus bienes. Los que comienzan a hacerlo revelan o que no son o que están dejando de ser aristócratas por algún lado. Pues el de verdad nunca dirá “tengo tantas acciones de tal compañía” ni “me compré un auto último modelo”. Jamás mencionará sus acciones y dirá “se cambió el auto”. Tampoco dirá “arreglé la casa”, sino “se arregló la casa”, como si viviera en una prestada.

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Esta gente llega a ser, a veces, risiblemente sobria. Por ejemplo, suele poner avisos de defunción de algún familiar tan austeros que parecen referidos a personas extrañas: “Ha fallecido don… Sus restos serán sepultados en tal parte, después de una misa en tal iglesia. La familia”. En cambio, los obituarios de la clase media son llenos de expresiones de sentimientos y los suscriben siempre personas que se declaran públicamente inconsolables.

Así como para la clase alta mientras menos expresiones públicas de dolor, mejor, para la media, mientras más, mejor. Y para la baja los entierros son verdaderas catarsis de sufrimiento público, donde se llora y gime sin límites, a la par que se come y se bebe…

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La Vida Social de los diarios es una sección muy delicada.

Es preciso decir que las mujeres de la aristocracia chilena tienen un encanto muy particular, que no igualan las de ninguna otra clase social. Pues hablan con cierto desenfado natural y elegante muy atractivo, tienen con frecuencia lindas voces, la mayoría son cultas, irónicas y agudas, y entre ellas se dan comúnmente rasgos de gran belleza.

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Como en esta clase y su entorno los apellidos están rigurosamente catalogados, el empleo de los mismos en la vida diaria se maneja en consecuencia. Hay apellidos que son muy comunes, pero al mismo tiempo pertenecen a la aristocracia. Un apellido corriente, como Pérez, por el solo hecho de serlo, no indica nada, pues no incluye ni excluye a su portador de ninguna parte. Pero los conocedores(as) saben casi siempre de qué Pérez se trata, y si no lo saben lo averiguan en la primera ocasión.

En la ciudad de Talca, que es muy orgullosa y tradicionalista, y en cuya aristocracia abundan los Silva, hay un antiguo dicho: “Hay Silvas que silban bien y Silvas que silban mal”.

En cambio, apellidos como Errázuriz, Larraín o Yrarrázaval constituyen presunciones fuertes, aunque no de derecho, de pertenencia a la aristocracia. Pues admiten prueba en contrario. Entonces, si usted es Sánchez Errázuriz, siempre se presentará y será presentado o mencionado con ambos apellidos, pero si usted es Errázuriz Sánchez, o probable es que rara vez se mencione el segundo, salvo que sea indispensable.

También es preciso saber pronunciar los mejores apellidos, lo que no siempre es fácil, porque los hay de raigambre no hispana. Por ejemplo, el apellido aristocrático “Walker” nadie lo debería pronunciar como se escribe en castellano, sino “Wokar”…

Entre la aristocracia, el apellido “Larraín” tampoco se dice como se escribe, sino “Larréin”. Pero sólo entre la aristocracia. No sé el origen de esa pronunciación, pero posiblemente se encuentra en el afrancesamiento de muchas familias chilenas de fortuna en el siglo diecinueve que residían por largo tiempo en París. Pero, repito, dicen “Larréin” cuando están entre sus iguales. Si hay presentes elementos de otras clases o de dudosa clasificación, les resulta más prudente decir “Larraín”.

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Por último, si quiere mejorar su apellido ¡cámbieselo! Un gran poeta comunista, Neftalí Reyes Basualto, probablemente encontraba que su nombre y sus apellidos eran demasiado vulgares y corrientes, y se cambió a “Pablo Neruda”. Curiosa preocupación por distinguirse de los demás, siendo que el credo comunista predica la igualdad. Obtuvo el Premio Nobel, lo mismo que otra gran poetisa chilena, Lucila Godoy Alcayaga, que a su turno creyó mejorar de estatus cuando pasó a llamarse “Gabriela Mistral”.

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*Fragmentos de un capítulo del libro “Chilenos en su tinto” (El Mercurio-Aguilar, 2007). Agradecemos la gentileza del autor al autorizar la publicación.