POR JORGE ROJAS G. • FOTO:ALEJNDRO OLIVARES

Es de las obras más significativas de la presidenta Michelle Bachelet. Pretende rescatar la memoria de las víctimas de las violaciones a los Derechos Humanos, pero sobre todo educar a la generación que no vivió la dictadura, esos jóvenes que hoy tienen 20 años. Su creación estuvo a cargo de Marcia Scantlebury, que aquí cuenta cómo fue reencontrarse con esa época en la que ella fue detenida, torturada y exiliada. “Esto es un desmentido tremendo a la derecha que dice que la gente no quiere recordar”, afirma.

¿Qué te pasó el primer día que se abrió el museo?
Me emocioné profundamente, porque trabajé dos años en esto. A mí me tocó conocer las historias de la gente que donaba cosas y muchas veces traían fotos o cartas que eran el único recuerdo de los parientes o amigos que sufrieron violaciones a los derechos humanos. Recibir eso fue muy doloroso y muchas veces me emocioné, pero ver a la gente dentro del museo me compensó todos los desvelos. He visto a muchos visitantes llorando y la gente que viene sola le cuenta a las guías sus problemas e historias.

¿Las Fuerzas Armadas donaron material para el museo?
Sí, una semana antes de la inauguración fui al Ministerio de Defensa y nos dieron muchas cosas, entre ellas un tubo de cañería con una proclama donado por unos militares democráticos que estuvieron presos en la cárcel pública. Ellos escribieron en ese tubo su historia, lo guardaron en la pared de una celda y mucho tiempo después lo rescataron y estaba intacto.

¿Por qué la muestra del museo sólo abarca de 1973 a 1990?
Porque ese es el período en que hubo una violación sistemática de los derechos humanos de parte del Estado de Chile. Eso es en cuanto a la muestra abierta, pero también hay aulas de capacitación donde esperamos que la gente común y corriente se informe sobre estos temas, porque de lo contrario los scouts van a seguir siendo totemizados, los escolares van a seguir sufriendo bullying y las mujeres van a seguir recibiendo maltrato doméstico. La idea es que la gente salga de este museo con más preguntas que respuestas, porque lo peor que podría pasar es que salieran diciendo: “qué terrible lo que pasó. Menos mal que ahora no pasa nada”. Y eso es falso, porque siguen pasando cosas.

¿Hubo muchas críticas al museo por no incluir el período de 1973 hacia atrás?
No. Lo que pasa es que hay tantas memorias como personas, de manera que esto es un tema polémico y de debate. Por eso creo que este museo es una muestra de coraje de la presidenta Michelle Bachelet, porque ella podría haberse quedado sin mover las aguas, pero enfrentó el tema no dándole la espalda al pasado, porque en este país la dictadura creó la negación absoluta y el borramiento total de lo ocurrido. Este museo es un desmentido tremendo a la derecha que dice que la gente no quiere recordar. Vienen a visitarlo desde abuelos que le cuentan las historias de la dictadura a sus nietos, hasta casi tres mil personas diarias que visitan la muestra permanente y lloran y se abrazan.

¿La derecha no cree que la gente quiera recordar?
No es que no crean, sino que a ellos les sería más práctico que la gente no recordara, porque la derecha tuvo que ver en esto. Lo que pasó es que, por un lado, a un grupo de víctimas se les borró la identidad, se los tomó presos, se los hizo desaparecer, y, por otra parte, los medios de comunicación nunca informaron lo que pasaba. Entonces, el museo lo que hace es poner las cosas al descubierto, mostrar lo que se invisibilizó. Tenemos un archivo visual con cien testimonios y no recuerdo que alguien se haya negado a hablar. Al final de la muestra hay unas cabinas donde el público puede reflexionar sobre lo que vio, porque este no es un museo donde se entregue la memoria oficial, sino que está siempre en construcción. Por eso donde están las fotos de los detenidos desaparecidos hay espacios en blanco, para que la gente nos diga si falta alguno.

UN MUSEO PARA EDUCAR

¿Tú crees que Chile sea un país sin memoria por el hecho de que la derecha haya llegado al poder?
No, no creo eso. No nos olvidemos que el 50% de los chilenos no había nacido cuando ocurrió el golpe. Es muy interesante ver a los jóvenes paseando y preguntándole a sus padres o abuelos sobre la dictadura. Los abuelos seguramente han querido contarle antes a sus nietos, pero no han tenido referentes. Este museo sirve de vehículo para que las nuevas generaciones se eduquen. Lo peor que le puede pasar al Museo de la Memoria es que la gente quede indiferente.

¿La derecha debe seguir pidiendo perdón?
Sí, y no es nada personal. Se ha avanzado mucho, pero acá falta seguir haciendo reconocimientos, porque hay gente que incluso dice que no supo de las violaciones a los derechos humanos. Muchos dicen que es necesario analizar el período de Allende para saber por qué se terminó en una dictadura, pero no estoy de acuerdo con eso, porque, pese a que antes hubo cosas muy reprobables, nada justifica lo que ocurrió en Chile.

¿Al decir que la dictadura es culpa de Allende tratan de empatar la situación?
Por supuesto, y este museo no es para empatar las culpas, sino para condenar las violaciones a los derechos humanos por parte del Estado de Chile, que era justamente quien debía protegerlos. Yo sé lo que es ser torturado y la humillación que eso significa para la persona. ¿Cómo la gente que perdió familiares, las mujeres que fueron violadas o los que sufrieron tortura van a hacer como que nada ha pasado? Las víctimas en este país han sido tremendamente generosas, nadie pide venganza, sino simplemente justicia y verdad.

La historiadora Patricia Arancibia dijo que los derechos humanos iban a pesar muy poco en la historia de Chile ¿Imagino que no estás de acuerdo con eso?
Existe esa posibilidad, pero si eso pasa quiere decir que no hemos aprendido nada y sería una tragedia tan grande como lo sucedido. No quiero para mis hijos y nietos un país como el que yo viví.

LA DETENCIÓN Y LA TORTURA

¿Qué recuerdas del primer día que te detuvieron?
El pánico, el horror y la perplejidad. Caí el 3 de junio de 1975, cuando estaba en mi casa con mis hijos. Sabía que estaba la posibilidad de la detención, porque fui parte de la resistencia a la dictadura y estuve mucho tiempo clandestina. Me hice militante después del Golpe de Estado y participé en el MIR. Ayudé a mucha gente, dormía casi todos los días con miedo y por eso se me cayó el pelo.

¿Te detuvieron con violencia?
No tanta al comienzo. No nos decían por qué estábamos detenidos, incluso por orden verbal me condenaron a muerte y después por Ley de Seguridad Interior del Estado, hasta que al final salí en una amnistía de navidad, sin cargo alguno. A cada rato me decían que me iban a matar si no decía tal cosa. Esas eran las presiones, y yo me las creía porque todos hablaban de los detenidos desaparecidos y de los fusilamientos falsos. Había horas que de verdad eran de terror. Cuando llegué a Villa Grimaldi lo primero que escuché fueron los gritos de la gente, que eran como de animales. Pensaba que esto no podía estar pasando, que eran estrategias para asustarnos, pero resulta que era verdad, que todo lo que pasaba allí era serio.

¿Qué pasó después?
Me revisaron las cosas de la cartera y me desnudó una mujer, lo que me pareció bien, porque era una deferencia que te registraran las cosas para devolvértelas, pero resulta que después me torturaron en esos catres con electricidad y las mismas mujeres que me desnudaron fueron las que me hicieron cosas horribles. Fue una locura total.

¿La misma persona que te trató bien en la entrada te torturó?
Era una cosa doble, una esquizofrenia. Había una mujer siniestra que era la que más gritaba y torturaba. Un día ella me sacó de la celda y me pidió si la podía ayudar con un tejido, y al sacarme la venda me di cuenta que ella estaba embarazada y que la ropa era para su hijo. En una situación tan absurda como ésta le ayudé con los puntos.

¿Esa mujer que te pidió que la ayudaras a tejer fue la única a quien viste torturarte?
No, vi a mucha gente y he sabido qué pasó con ellos. De hecho me he encontrado con algunos en la calle.

¿Qué te pasó cuando los viste?
Imagínate lo aterrante; es violento, porque la memoria es dolorosa. A un siquiatra le pregunté si se acordaba de mí, que yo me llamaba Marcia Scantlebury y que lo había visto en los centros de detención. Él me miró y no me dijo nada. Quedó tremendamente confundido. Pero uno aprende a vivir, incluso sin odio.

¿Qué otras cosas así te pasaron mientras estuviste detenida?
Había un cajón con ropa en la pieza, pero nunca me había cambiado porque no sabía de quién era. Me imaginaba que era de gente que no la necesitaba porque se había muerto o había salido de allí, hasta que un día me pillé cambiándome la venda como quien se cambia de vestido. En los centros de detención a mí me torturaron con la parrilla, que es donde te ponen corriente, y sufrí maltrato sexual, pero no fui violada. Los tipos eran muy abusadores con las mujeres.

¿Es distinta la tortura que se le hace a un hombre de la que se le hace a la mujer?
Es muy distinto ser una mujer torturada que un hombre torturado, porque te amenazan con los hijos y se aprovecha la sexualidad en el caso de las mujeres. Hubo muchas mujeres que fueron violadas y que terminaron embarazadas. De hecho, un año nuevo, los que nos cuidaban se emborracharon y violaron a unas compañeras que después fueron madres. Las mujeres tienen esa fragilidad, sobre todo porque te sientes muy humillada y sucia.

¿Se piensa en algo cuando te torturan?
Sentía mucho dolor físico, y pensaba que sería fantástico desmayarse para no sentirlo. Pero eso no pasa nunca. Lo otro que pensaba era en que me podía morir, y de hecho muchas veces quise morirme. También hay mucho humor negro. A la sala donde estaba la parrilla le llamábamos la discoteca, porque nos ponían música de Julio Iglesias.

En el museo se exhibe la rejilla del desagüe que tiene un caballo de mar, ¿Por qué tú asocias el caballo de mar con la libertad?
Esa es una historia muy bonita. Resulta que teníamos tan pocos espacios de libertad cuando estábamos detenidos que cuando nos llevaban al baño, que no tenían puerta, había siempre un tipo frente a nosotras con una metralleta. Ese era el único momento en que podíamos ver algo diferente y todas nos fijábamos en el caballo de mar que adornaba la rejilla del desagüe, la que se convirtió en sinónimo de libertad, de decir: ¡qué ganas de irse por ahí junto al agua!

¿Cuál es tu relación con el odio?
La menor posible. Creo que nunca he sentido odio y mientras me torturaron sólo pensé en lo increíble que era la situación. Odio que exista un sistema que permita que crezcan personas capaces de hacer cosas horribles, pero no sé lo que es el odio específico sobre alguna persona. Alguien una vez me preguntó cuál había sido el peor escenario de mi vida, y creo que el peor también fue el mejor: ése en que estuve detenida.