De todos los ministros parece Hinzpeter el único que porta en sí un relato coherente, una épica propia. Sabe por qué esta ahí. Le recuerda al presidente, cuando éste lo olvida, que son la derecha diferente, la que fue amordazada y acallada por la UDI, la que no pudiendo convencer no tuvo otra que vencer. Ante Alberto Fuguet en la revista “Que Pasa”, es decir ante un escritor, ante una versión de la cultura que está dispuesto a oírlo, Hinzpeter hace gala de toda su ingenua voracidad, de toda su torpe astucia, de toda su incontenible necesidad de ser admirado y querido por esa gente culta y de izquierda, por esos sabelotodos con guitarra en la mano que lo humillaron y que aún lo humillan por ser él quien es.

Hinzpeter, que lo logró todo solo, que es mucho más de lo que cualquiera esperaba de él, siente la necesidad de demostrarle a Fuguet que se sabe de memoria el comienzo de “La guerra de Galio” y que prefiere la prosa de Philip Roth a la de Andrés Allamand. Lee más, dice, que muchos de esos intelectuales de izquierda que se las dan de cultos. Su obsesión, dice, confiesa, subraya, es arrebatarle la cultura, es decir la estrella de muchos colores, es decir el charango tipo Illapu en el jingle de Piñera, a la Concertación para ver si ésta inventa algo nuevo. Se venga, y usa él mismo la palabra venganza, contra todos los que no creen que es posible ser de derecha y escuchar Silvio Rodríguez, amar la ecología, y tener el retrato de Allende en la oficina. Doble venganza porque también vive en lucha con los suyos, la derecha de Carlos Larraín y Miguel Otero, para quienes siempre será un empleado de Sebastián, para quienes será siempre un sabelotodo judío (y Dios sabe lo que eso significa para la derecha chilena).

Hinzpeter sueña así reconciliar al fin lo irreconciliable, el prestigio, el aura, la superioridad moral de la izquierda, con la eficiencia, con la riqueza, con el desparpajo, con la falta de escrúpulo de la derecha. No está solo, toda su generación, la de Fuguet y la mía, ha vivido en ese sueño, el de los años de Frei Ruiz Tagle, la política de los acuerdos, la cocaína barata, los tigres del Pacífico, la Bolocco entre el Kike y Álvaro Salas. El mundo mental de Hinzpeter, y en parte el de Piñera, nace y muere en ese ambiente confuso y primaveral donde algunos se cansaron de la gente que hace muchas preguntas inútiles, y se calienta la cabeza, y se complica cuando las cosas son muy simples: o se hacen bien o se hacen mal. Y ser rico es una prueba de talento que sólo los envidiosos cuestionan, y andar separando los negocios privados con la actuación pública es pura mezquindad de los resentidos de siempre, y ser culto es leer todos los libros que llegan al mesón de novedades de la librería Ulises y ni preguntarse, a la luz de esos libros (como los de Roth, que hacen un verdadero requisitorio contra el modo de vida a la norteamericana que Hinzpeter defiende) qué sentido tiene hacer política desde los focus group, o no entender en qué consiste la separación de poderes, o el absurdo que significa mandar un operativo tipo Medellín a arrestar vendedores ambulantes y borrachos varios una noche a Bellavista.

Hinzpeter quiere ser culto y está condenado a no serlo. Esa es su tragedia. Lee a Roth pero trabaja para el presidente más kitsch de la historia, uno que piensa en lugares comunes (quizás porque no puede vivir de un manera siquiera medianamente común). Un gobierno moralmente kitsch de valores y visiones prestadas, de ideología de papel couché. Su derecha, la derecha sonriente y no pinochetista, carece de densidad cultural porque teme los fantasmas que habitan en ella. Ese humus que permite entender cómo surgen las plantas nuevas de la descomposición de las antiguas. No puede ser culta, porque ser culto es lograr ser el que uno es. Nada más y nada menos. ¿Pero quién es Hinzpeter? No lo sabe. Quiere ser Antonio Varas, Sótero del Río, Kissinger, Roy Cohn, Clark Kent, Superman, Batman, Robin y el ayudante del Guasón. Buen empleado de un especulador nato, sintetiza los cien años de historia de la izquierda chilena con el charango tipo Illapu. Cree que puede reducir los treinta años de lucha y extravíos de la Concertación a un arcoiris. Sus problemas ideológicos se resuelven en la mesa del diseñador. Hijo de esa orfandad que los pedantes llamaron posmodernidad, confunden los zapatos de la amada con la amada misma, porque sabe que los zapatos puede poseerlos y la amada, esacultura que nace de todas las dudas que no se puede permitir, se le escapa irremediablemente.