Opinión
5 de Agosto de 2010Las brutas, la bruta
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Por Natalia Aravena
Hace unos años, un amigo me comentó que la empresa que por esos años comenzaba con dos socios más pronto pasaría a re-configurarse una vez que ella, la única miembro femenina y pareja del “socio” se embarazara y se fuera para la casa a cuidar a la guagua. Me pareció que hablaba de una especie de exilio, que además se prolongaría indefinidamente ya que una vez que nacido el primer hijo tendrían que ir pronto por el hermanito, y tal vez un tercero, lo que la sacaba de las pistas profesionales por un buen tiempo. Me sorprendieron sus palabras, porque después de todo era un buen tipo al que yo además consideraba progresista, pero por sobre todo me asustó que correspondiera a una confesión de una conversación banal masculina que me pareció profundamente malvada. Entre los dos habían ya resulto los próximos diez años de la susodicha, y eso implicaba el hecho de que uno de ellos, la pareja, la embarazara.
Esta actitud que en su momento me pareció particular y reprochable, hoy me comienzo a dar cuenta es una manera de pensar más bien sistemática para algunos grupos adinerados y de la clase media alta en Chile. Es lo que se espera de una mujer y el camino al que muchas se entregan aparentemente felices como, si en efecto, esa fuese la relación natural de las cosas.
Pero qué pensarán ellas?
Que pasará por sus cabezas cuando están en Estados Unidos acompañando a sus maridos mientras ellos terminan sus doctorados? Seguramente, como buenas hijas que son, estarán pensando en Chile, en la madre y el padre de los que no soportan separarse, porque la familia es ante todo lo más importante.
Ese es el rol que les grabaron en la cabeza desde niñas, porque el mundo es algo conocido -todas estuvieron en Europa, en Estados Unidos, algunas hasta se fueron de luna de miel a Asia (Uhh)- pero añoraron siempre su Chile, su campo y sus trajecitos de huasitas para el dieciocho de septiembre.
Probablemente, sus propias madres les dijeron como estar seguras, les enseñaron quienes eran iguales, quienes eran más iguales y cuales definitivamente diferentes. Seguramente lo hicieron repitiéndoles sobre los hombros palabras muy agresivas pero demasiado habituales en nuestro vocabulario: roto, suelta, ordinario, picante, resentido. Ellas vienen de una cultura familiar en donde la mujer debe ser pasiva y abnegada, y sin embargo ejercer poder desde su lugar, silencioso y al fondo.
En esta manera de pensar se encuentra profundamente arraigada la idea de que las mujeres, antes que nada, son vientres. Muy inteligentes podrán haber sido, generalmente muy buenas alumnas, muy lindas y siempre bien cuidadas, estas mujeres increíbles se casan y se encierran a tener hijos, a hacer pasteles y dedicarse a sus intereses, usualmente “arte”. Las más curiosas terminan como dueñas de alguna tienda en Vitacura o dirigiendo alguna fundación que organiza maratones de rezos, pan con queso y café para los pobres.
Me pregunto para qué le sirve a un país un ejército de mujeres con título universitario vendiendo ropa, por muy fina que sea. Cómo sería el Chile donde ellas ejercieran un rol importante desde una perspectiva más amplia, un poco más allá del lugar que les entregaron. Con esto quisiera aclarar que no pienso que tener una fe sea algo de por sí malo, como no lo es tener respeto a ciertas tradiciones o el amor a la familia. Pienso en esta cultura machista y sin solidaridad de género, y en lo que pierde Chile cuando parte de sus mujeres educadas y capaces, prefieren vivir en una burbuja.
Supongo que es más simple y seguro vivir en su propio país -que es ese Chile imaginario y pequeño que cabe entre Vitacura y Las Condes- sin ver nunca lo que pasa en el otro, donde tener más de tres hijos es una calamidad y donde las mamás que venden en la feria seguramente no se van a tomar un café con las amigas o unos tragos después de su “jornada laboral” abusando del servicio público de las guarderías, como sospechaba Ximena Ossandón, vicepresidenta de la JUNJI, madre ejemplar y resuelta imponedora de la moral y la disciplina desde su cargo.
Ella es el ejemplo más ilustrativo de que toda una vida “al servicio público por los más pobres” no vale nada, si ni siquiera se entendió la realidad social de una mujer que vive de trabajar en la feria. Si nunca cuestionó su país imaginario. Ximena, la misma que antes que nada desconfía de la otra, de la madre a la cual supone está ayudando. Asume que se está divirtiendo en lugar de cuidar a los hijos (porque además los pobres no deberían divertirse) de que esa madre genérica representa a ese otro tipo de mujer genérica que no se comporta como ella, la madre perfecta cuya inspiración es seguramente la mismísima virgen …Y aún detrás de Ximena hay alguien, tal vez su propia madre, susurrándole al oído a la niña asustada: la rota, se va a tomar a la playa y deja los críos botados…



