Opinión
7 de Junio de 2026
Columna de Kike Mujica y Pablo Zeballos: Larry, el sucio
Esta semana la Fiscalía y la PDI desmantelaron una red del Tren de Aragua que lavó activos por US$80 millones. El capo di tutti de la organización en Chile fue por años Larry Changa, uno de los fundadores y líderes del grupo terrorista. Asesino y CEO de la banda, Changa vivió cuatro años en Santiago en el más absoluto anonimato. ¿Sigue operando? ¿Es buena idea que lo extraditen a Chile?
Compartir
Larry Amaury Álvarez Núñez paseaba por el Paseo Ahumada, conducía por la Alameda y bailaba en Bellavista. Era un venezolano más dentro de los cientos de miles que llegaron. No arribó como ilegal: aterrizó en 2018 en el aeropuerto Arturo Merino Benítez. Se instaló en Santiago. Vendía marraquetas, hallullas, arepas y hamburguesas. También invirtió en una discoteca. Era un migrante más en busca de oportunidades.
Eso parecía.
Cuando no estaba en su panadería, Álvarez era su identidad más conocida en la mafia: Larry Changa, asesino de fuste, uno de los tres líderes del Tren de Aragua, organización delictual que EE.UU. sitúa al nivel de Al Qaeda, el Ejército Islámico o el Cartel de Jalisco.
Un criminal. También CEO.
Changa fue vértice de la pirámide del Tren en Chile. Esta semana, la Fiscalía y la policía dio un duro golpe a la banda: detuvo a 18 miembros por lavar activos por casi US$80 millones.
¿Estuvo Changa involucrado?

La cárcel es mi empresa
Changa nació en 1977 en Maracay, estado de Aragua (Venezuela). Se inició tempranamente en la delincuencia: en la adolescencia fue vendedor de piezas robadas de automóviles. A los 25 años, en 2002, lo detuvieron por primera vez. Cumplió pena en la cárcel de Carabobo.
En 2006 asesinó a un vendedor de repuestos de autos: no soportó que el fulano no quisiera hacer negocios con él. Lo condenaron a 17 años de presidio.
Este hito es clave. Changa fue enviado al penal Tocorón, en Aragua. Ahí encontró su destino. Forjó cercanía con otros dos delincuentes: Yohan José Guerrero -alias “Johan Petrica”- y Héctor Guerrero -“Niño Guerrero”-.
Los tres son los padres el Tren de Aragua, la banda internacional más peligrosa que haya llegado a Chile. Un reducido y cerrado grupo creado tras las rejas -jaula de oro para criminales proactivos-. Ahí diseñaron la organización, fraguaron negocios y tejieron redes para crear un ejército de abogados, contadores y asesinos.
En 2015 Changa escapó de la cárcel. O lo dejaron escapar. Su libertad era la estrategia: el clan requería potenciar en terreno sus tentáculos y exportar un modelo de negocios.
¿Su próximo destino?
Chile.
EL TREN S.A
El Tren de Aragua nunca fue una banda de organigrama escolar, con casilleros perfectos y líneas limpias de mando.
Posee una cúpula histórica, jefaturas territoriales, franquicias locales, enviados que actúan como auditores o jueces, operadores financieros, sicarios, tratantes, coyotes, extorsionadores y una red de colaboradores que no siempre parecen delincuentes.
A veces tienen tatuajes, armas y acento carcelario. Otras veces visten camisa, tienen computador, cuenta bancaria y hablan como hombres de negocios.
En la cima aparece Héctor Guerrero, “Niño Guerrero”, figura central y simbólica del pranato nacido en Tocorón. Junto a él, entre los nombres fundacionales, aparecen nuestro conocido Changa y Johan Petrica.
Bajo esa cúspide no opera una pirámide rígida: existe una constelación de brazos, células y marcas criminales que se adaptan al país donde aterrizan.
En Chile, dicha lógica tomó nombres propios: La Compañía, Los Gallegos, Los Piratas, Los Hermanos Cartier, entre otros tentáculos. Algunos subordinados, otros autónomos, otros simplemente autorizados a usar la marca del miedo.
Ese es precisamente uno de los errores más frecuentes al mirar al Tren: creer que todos reciben una orden diaria desde un mismo escritorio.
No.
La organización funciona como una mezcla de cárcel, empresa, franquicia y ejército informal. Hay mandos, sí. Hay disciplina, sí. Hay castigos, tributos, permisos y lealtades. Pero también existe autonomía operativa.
Cada célula recauda, extorsiona, trafica, secuestra, mueve migrantes, explota mujeres o lava dinero. El mercado manda.
Las une la violencia expresiva, control territorial, reputación de crueldad y capacidad de convertir el miedo en flujo de caja.
Nuestro pedacito de cielo
En 2018 Changa llegó al aeropuerto Arturo Merino Benítez.
¿Por qué Chile?
Los capos de la banda vieron aquí campo fértil para lavar activos. La fama de una institucionalidad financiera robusta y respetable les jugaba, paradójicamente, a favor: para la policía internacional Chile no figuraba como un país de riesgo extremo para ilícitos.
Sumaban una sociedad con poder de consumo -pese a la economía deprimida-; escasa o nula inteligencia policial respecto del crimen organizado transnacional; y bandas locales de poca monta.
En un audio que se filtró hace algún tiempo, los jerarcas del Tren, muy agradecidos, definían a Chile como su “pedacito de cielo”.
Changa ingresó con identidad real, pese a antecedentes por homicidios y de la fuga de la cárcel. Es muy probable que, aun siendo prófugo de la justicia venezolana, supiera que no existía ninguna orden de detención o alerta roja emitida en su contra por su país.
Sin ponerse rojo ni sudoroso entró como un turista más.
El capitán en Chile
Aquí se convirtió en una sombra anónima pero activa. Su célula se llamó “La Compañía”. Instaló y diversificó fuentes de ingreso: lavado de dinero, cobros de “peaje” para ingresar ilegalmente a Chile -con un ejército de coyotes-, extorsión y secuestros a lo largo del país. Fue el autor intelectual, articulador y jefe remoto de operaciones del tren de Aragua en Chile.
En 2022, la policía lo asoció con dos homicidios. Salvó ese embrollo judicial, pero como buen capo olfateó peligro y se sintió asediado.
Mejor era huir de Chile ipso facto.
¿Por qué en ese momento no se prendieron las alertas sobre la presencia en Chile de un líder de peso de una organización criminal?
Changa, como narramos, llegó en 2018. Recién en 2021 el Tren de Aragua apareció en el radar del Ministerio público chileno.
En 2021, al entonces fiscal de Tarapacá, Raúl Arancibia, se le cruzo la banda mafiosa. En una entrevista a Reuters contó que “a fines de ese año, dos mujeres fueron detenidas al cruzar la frontera con ketamina, una droga poco común en Chile en aquel entonces”.
Arancibia concluyó que la droga provenía de Pisiga, la ciudad boliviana vecina a Colchane. El Tren de Aragua controlaba dicho lugar: manejaban el tráfico de drogas y el cruce ilegal de inmigrantes.
Arancibia asegura que envió la alerta a Santiago pero que sus advertencias no fueron escuchadas.
En agosto del 2022 el subsecretario Manuel Monsalve llamaba a la calma: “no construyamos mitos en torno de la presencia en Chile del Tren de Aragua”. Coincidía Sergio Muñoz, director de la PDI: “En muchos delitos que se cometen hoy y donde intervienen ciudadanos venezolanos, hacen alusión al Tren de Aragua también a veces para causar temor, para exacerbar a lo mejor una situación”
La caída de Changa
Luego de huir de Chile, Changa escapó a Quindío, al interior de Colombia. Víctor Miguel Moreno Álvarez fue su nueva identidad.
Incursionó en el negocio de las pizzas. Abrió una carnicería. Continuó lavando dinero. La misión era fortalecer el brazo armado de la organización en Colombia. Y no perdía de vista a Chile: seguía moviendo sus hilos.
Pero desde hace rato que era objetivo de policías en el continente.
«Buscado por Venezuela y Chile con orden de captura en 196 países por la Interpol. Así cayó Larry Changa, uno de los tres fundadores del Tren de Aragua en Colombia, capturado por la Policía Nacional», escribió exultante en X el presidente colombiano Gustavo Petro.
Era lunes 4 de julio del 2024.
La policía colombiana así lo informó a los medios:
“En un operativo de la Policía Nacional de Colombia, ‘Larry Changa’, uno de los señalados cofundadores del grupo criminal transnacional ‘Tren de Aragua’, fue capturado en una zona rural de Circasia, Quindío. Esta persona era buscada por Venezuela y Chile, tenía una orden de captura emitida por la Interpol en 196 países por delitos graves, entre ellos terrorismo, financiamiento al terrorismo, tráfico de armas y municiones, extorsión agravada y secuestro”.
“La captura de ‘Larry Changa’ se logró gracias al intercambio de información con autoridades chilenas, quienes rastrearon su círculo familiar hasta Colombia. Además, fue identificado gracias a imágenes de un dron que proporcionó la ubicación exacta de su escondite. Álvarez Núñez intentó escapar al ser sorprendido en su casa, pero fue perseguido y detenido por los uniformados colombianos”.
Changa tiene una orden de captura internacional que fue solicitada por la Fiscalía regional de Tarapacá en 2023.
En julio del 2024, La Corte Suprema de Justicia de Colombia aprobó extraditarlo a Chile. Lo acusa por delitos como terrorismo, financiación al terrorismo, tráfico de armas y municiones, extorsión agravada y secuestro.
Changa y la operación Tokio
¿Está Changa detrás del lavado de activos recién detectado en Chile?
La respuesta responsable no puede ser un sí automático. Con los antecedentes públicos conocidos no es prudente afirmar que Changa dio la orden directa, firmó la operación o condujo la ingeniería financiera descubierta esta semana.
Sí hay algo más importante: este lavado no parece un accidente, anomalía o un negocio paralelo. Calza con la arquitectura económica del Tren de Aragua que Changa instaló en Chile: diversificación criminal, uso de fachadas comerciales, traslado internacional de dinero, explotación de vulnerabilidades bancarias y conversión de delitos violentos en patrimonio limpio.
El golpe de la Fiscalía y la PDI no apunta sólo a delincuentes con pistola: apunta a la segunda piel del crimen organizado, la financiera.
Detrás de una extorsión en Bellavista, de la mujer explotada sexualmente, de un migrante cobrado en la frontera, de un secuestro o una venta de droga, siempre habrá una pregunta: ¿quién recoge el dinero? ¿quién lo ordena?, ¿quién lo disfraza?, ¿quién lo saca del país?, ¿quién lo transforma en empresa criptoactiva, remesa, vehículo, casa, carnicería o discoteca?
Ahí aparece el verdadero rostro contemporáneo del Tren y del crimen organizado. No solamente como pandilla violenta, sino como ueconomía criminal transnacional. Una organización de sangre, pero también de contabilidad. La violencia produce caja. La caja compra protección. La protección permite expansión. Y la expansión exige lavado.
Por eso cuando el fiscal Héctor Barros dice que por primera vez se les pega donde más les duele —en el patrimonio— apunta al nervio correcto. A un sicario se le reemplaza. A un cobrador se le sustituye. A un soldado se le abandona. Pero cuando se golpean las rutas del dinero, se toca la respiración del negocio.
Las huellas de Changa
¿Siguió operando Changa en Chile desde la cárcel en Colombia?
La historia del Tren obliga a mirar esa pregunta con sin ingenuidad.
El Tren nació en una cárcel. Tocorón no fue solo un penal: fue oficina, santuario, cuartel, centro logístico y escuela de gobierno criminal. Para este tipo de estructuras la prisión no siempre significa desconexión.
Puede ser encierro físico y continuidad operativa.
No podemos afirmar, sin prueba pública suficiente, que Changa dirigió desde la cárcel La Picota cada movimiento financiero reciente en Chile.
Pero tampoco sería serio suponer que su detención lo volvió irrelevante. Un líder de ese calibre no deja de ser útil porque esté encerrado. Puede ser símbolo, árbitro, garante de marca, fuente de autoridad, custodio de secretos, amenaza latente o pieza de negociación.
En el mundo criminal, hay hombres que mandan por presencia; otros por memoria. Changa pertenece a la segunda: incluso preso, su nombre ordena, intimida y recuerda de dónde viene el negocio.
¿Bienvenido a la cárcel?
Si Changa pisa una cárcel chilena, no sólo recibiremos a un imputado de alto perfil: importaremos un problema penitenciario completo.
La llegada no puede ser tratada como el ingreso de un preso más al sistema. Sería un error técnico y político. Un líder criminal transnacional como Changa no necesita tener un teléfono para ser peligroso. Le basta una visita mal controlada, un mensaje oculto, una conversación de patio, un funcionario vulnerable, un abogado usado como canal o un interno dispuesto a ganar reputación acercándose al mito.
El peligro de Changa en una cárcel chilena no reside en su violencia personal. Es su capacidad simbólica. En prisión, los liderazgos criminales no sólo mandan: también magnetizan. Atraen subordinados, ordenan jerarquías, producen miedo, generan pertenencia y reorganizan mercados. Su presencia podría activar solidaridades internas, disputas entre facciones, intentos de rescate comunicacional, amenazas contra testigos o nuevas formas de coordinación desde el encierro.
La pregunta no es solo en qué cárcel estará. La pregunta real es bajo qué régimen, con qué aislamiento efectivo, con qué monitoreo de comunicaciones, con qué control de visitas, con qué segregación inteligente, con qué análisis penitenciario y con qué estrategia de explotación de información.
Porque Changa también es una oportunidad. Si el Estado actúa con inteligencia, su llegada puede permitir reconstruir redes, vínculos, rutas financieras, mandos intermedios, operadores dormidos y conexiones regionales del Tren de Aragua.
Si actúa con rutina, en cambio, puede terminar entregándole una nueva oficina.
Chile no puede ser inocente: las cárceles latinoamericanas dejaron hace rato de ser lugares de castigo. Son nodos de gobierno criminal.
Larry Changa aprendió eso. Lo aprendió en Tocorón. Lo practicó en libertad. Y si el Estado chileno no lo administra con máxima inteligencia, podría intentar repetirlo desde una celda chilena.
*Pablo Zeballos es investigador en crimen organizado, autor del libro Virus entre sombras



