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Opinión

10 de Agosto de 2010

Corvalán y su tiempo

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POR ENRIQUE CORREA RÍOS.

Ha dejado el reino de este mundo Luis Corvalán. Partió al reino de lo ignoto, de la historia, de la memoria.
Fue uno de los grandes jefes de un tiempo potente. Lleno de ideas, de sentidos, también de pugnas, también de confrontaciones, también de trincheras.
Fue uno de los grandes de su tiempo. Como grandes fueron Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende o Jorge Alessandri.

Fue uno de los que dibujó la época en la que nosotros crecimos y elegimos el camino de la política como una pasión que no se deja jamás y nunca nos abandona.

Fueron esos años muy distintos de los actuales. Grandes pensamientos y grandes poderes luchaban, casi hasta el punto de la guerra, por el dominio absoluto del escenario global.

Cada fuerza en pugna abrigaba la convicción de ser portadora de la verdad en lucha contra el error. Era el tiempo en que nos creíamos protagonistas de la lucha secular del bien contra el mal. De fieles contra impíos. Unos y otros, frente a frente, radicalmente opuestos y mortalmente parecidos.

Sin embargo y a pesar de ello, fue también el tiempo de la post-guerra y la derrota mundial del fascismo (con la excepción de la España de Franco) y fueron también los años y la década en que nuestros mayores, Luis Corvalán entre ellos, construyeron en Chile una república más que razonable.

Corvalán fue hijo y constructor de todas esas circunstancias que constituyeron el espíritu de la época.

La certeza que los países socialistas, especialmente la Unión Soviética, constituían el anticipo del futuro y que el capitalismo estaba condenado a su crisis terminal convivían paradojalmente con la experiencia de la guerra contra Hitler y el crimen Institucionalizado sobre el que fundó su régimen, cuya derrota sólo fue posible por la unidad de potencias e ideologías inmensamente diversas.

La misma era también la paradoja chilena: por un lado la certeza de la revolución como necesidad, por otro el valor de la convivencia, de la tolerancia, de la paz, de la democracia.

Eso fue Corvalán. El intento incansable porque tanto enfrentamiento y tanta convivencia fueran posibles. La vida demostró que no era viable y todo terminó en Chile con la tragedia más grande de nuestra historia, el golpe y la dictadura.

Pero, y ésta es la mayor grandeza de Corvalán, él y su partido hicieron todo lo que estuvo a su alcance para evitar el hundimiento de la república.

El partido que Corvalán dirigió y que transformó en una gran fuerza política, esencial para la democracia chilena, fue un factor de moderación, de apoyo al Presidente Allende y condujo la búsqueda de una solución política que evitara el apocalipsis.

No fue el PC de Corvalán el responsable de la catástrofe, sino el sueño ultra izquierdista que toda transacción, toda negociación, todo pacto es deshonesto y ensucia la pureza de las ilusiones.
Ese fue el escenario en el que Corvalán desplegó todos sus talentos, su inteligencia y sencillez, sus convicciones y su pragmatismo.

En ese espíritu, con ese mar de fondo se formaron las generaciones que más tarde gestaron la transición democrática.

Por eso Chile, ahora en paz, debe un tributo a ese gran líder de tiempos terribles.

Cuando sobrevino la persecución y el espanto, lo enfrentó con dignidad y con valentía.

Así fue Corvalán, nunca distinto de cualquier hijo de nuestro pueblo, jefe cuando tuvo que serlo, luchador cuando fue necesario, testigo silencioso y respetuoso cuando llegó la hora que otros tomaran la delantera.

Nuestros tiempos son ahora muy distintos de aquellos. Pero hay algo más allá de la política que sobrevive entre nosotros.

Tal vez, la fuerza de las convicciones, tal vez el apego a la realidad, tal vez el amor a la libertad o la búsqueda de la igualdad.

Probablemente es el espíritu de Corvalán y de sus camaradas de entonces que habita en nuestras almas

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