Foto Agencia UNO

Cómo podría un extranjero hinchar por Chile si en los estadios, tribunas, playas, calles y la arboleda del internet estos vecinos se han dedicado, una y otra vez trinando y sonriendo, a cantar su fraternidad hipócrita en himnos como “Argentinos, maricones, les quitaron Las Malvinas por hueones”. Repiten alegres con la sonrisa malsana de quien sabe que ha ofendido.

Y sí y no y da igual, porque si era boliviano el rival, los hermanos del cómo quieren al amigo extranjero le recuerdan el trauma con cancioncitas malparidas como “Vamos a la playa oh oh oh oh oh”. Si no, los he escuchado, cambian el ole por ola, las olas de la mar ausente.
¿Podría uno hinchar por los Ingleses, los jaguares, los pumitas? Leopardos dijo su premio nobel del analfabetismo disfrazado con la bandita tricolor. Se burlaron algunos del error, sin leer entrelíneas: en Leopard tanques iremos montados a Lima, de vuelta, volviendo a saquear lo que saqueamos y devolvimos a medias.

Que no gane Chile que para beligerantes los vecinos de la estrellita, que dicen, ufanos, somos el único país con un planeta en su bandera: el lucero del alba es venus y somos los dueños de la Luna. Todo queriendo ellos que al tomate con cebolla le dicen chilena, que el trompo español, chileno, que la rayuela, juego típico, que los caporales y diablada de La Tirana, los tiranos.

¿Qué por qué beligerantes? Hagamos memoria que siempre es bueno: no hace un mes dijo el jefe del desalojo y la defensa de los chilenos que sus soldaditos obedientes estaban todos preparados firmes mar para hacer cumplir tratados, sin reconocer la corrida de cerca en el manantial del Silala.
Hay cosas de este Chile difíciles de querer. Viene uno y saluda y dice que de afuera llegando anda y le dicen bien pueda siga y ¿cómo cuántas casas quiere limpiar? ¿A pegar ladrillo vino? ¿Cómo se ve desde un teléfono llamando y llamando que lo saludarán con amor cuando ofrezca planes y minutos?

Porque si no vino a eso no es extranjero, alegan.

Que no gane Chile que sus ciudadanos cambiarán entonces de tema y la educación a otra parte y se seguirá cobrando y se seguirá lucrando contra la ley que una alegría vana saca de la mesa hasta la muerte de hambre y frío.

Triste que ahora que el Chile pensante, en las calles marchando, le trata de decir al otro Chile que la ley que tanto respetan la armaron entre una gorrita militar y un solideo rojo, con un golcito de rebote y pataleado de Paredes quede fuera de la pauta y los títulos y las voces. Campeones de América. Los non plus ultra.

Que no gane Chile, que los goles de la roja, placebo de tontos, hacen que los pedidos por otro Chile, uno que no gaste más en misiles y submarinos y gases lacrimógenos que en pizarrones y bibliotecas, quedan en el olvido de la alegría a corto plazo y el pasado que no fue para ser reemplazado por el plasma de la tarjeta de crédito.

Que no gane Chile que una victoria de los 11 servirá a uno como lo hicieron antes 33 para hacerse el de las gafas negras, el del acá lo puse y ya no lo encuentro, para decir que es obra suya y que la salida infame del argentino que les estaba enseñando ética fue lo correcto. Porque a estas alturas al otro lado de la cordillera ya nadie recuerda la operación del presidente “de la inmensa mayoría”. Con dos goles se olvida que el día que en Chile votaban un presidente de la asociación de fútbol, otro presidente, de brazos cortos, le prometió una cancha nueva y millones de millones a uno de los equipos del golpe de estadio.

Que no gane Chile que no hay agrado en escuchar que 11 buenos jugadores bajaron del Olimpo y están a punto de ser los campeones del mundo mundial de los mejores de los mejores hasta que pierdan y los mismos voceros del estultismo digan que son los peores del universo universal. Que si más de un rebote se mete en el arco ajeno, permiso mediante, veremos en la cajita las noticias de que así se vio el fútbol en el mercado, que así lo vivió la marea mareada de marihuana en las tribunas, que así lo vivió la mamá de alguno, que en Plaza Italia, que ce hache i ¡chi! Como en rutina rota el jueguito del cliché. Plaza Italia, qué alegría. Plaza Italia, los desubicados de siempre.

Que ni si quiera empaten, que con eso el viejito canoso dirá en sus televisores que fueron errores propios, sin reconocer los méritos del tercero del mundo, alegando siempre desde afuera, como si fuera fácil soportar la presión de millones -de pesos y personas- pidiendo lo imposible a muchachos con talento que, como todo talento, también tiene sus límites.