Si se parte desde el fin, la imagen es la de Jaqueline Vera rezando, esperando en la casa a que el segundo de sus cuatro hijos, el que quiere estudiar modelaje, el que trabaja en una tienda de ropa china -Daniel- vuelva.

Jaqueline todavía no sabe que está tirado en el parque, que una parte de su oreja está cortada, que tiene esvásticas en el pecho y en los brazos hechas con el cuello de una botella, que unos neonazis le pegaron y lo arrastraron por la tierra hasta que las heridas se llenaran de hormigas.

-Hueones desgraciados-, sentada afuera de la Posta Central, dice Jaqueline y no reza.

Ahora sabe casi todo. De la sonda en la cabeza de Daniel para que bote el coágulo, de las marcas en la piel, de los fierros para unir los huesos, su hijo en coma.

Pero todavía quedan cosas difíciles de rastrear: Daniel parte a trabajar a la tienda de ropa china a las siete y media de la mañana, llama a su mamá a las once y algo para decirle que va a la casa de una amiga,pero no vuelve a llamar, no llega a la casa y Jaqueline no sabe nada hasta este momento en el que por fin puede empezar a hacer encajar en su cabeza las piecitas del puzzle:

-Antes él había ido a la disco a la Blondie -a mediados del año pasado- y unos nazis lo habían amenazado de muerte. En especial a mi hijo. El tipo le dijo: “Yo sé donde trabajai y donde te pille te voy a matar”.

Si se parte desde el principio, tiene que hablar Naty, 24 años, compañera de puesto de Daniel desde los ocho:

-Cuando chico el Dani siempre decía que no era gay y yo le preguntaba: ¿Eres gay? Y él: “Noo, noo”, entonces yo le decía: “Dani, te conozco hace tantos años. Yo sé”. Si hasta dormíamos juntos.

Daniel puede aceptarlo a los 17.

Ninguna novedad para su mamá:

-Siempre nos dimos cuenta-, dice.

Ninguna novedad para su papá, Iván:

-Siempre nos dimos cuenta-, dice.

Son los gustos, piensa Jaqueline: Daniel cocina desde chico (la comida china es su favorita), se mira al espejo una y otra vez (“es que es muy pretencioso”, dice su mamá), le gustan las cremas (una vez viaja especialmente a Buenos Aires a comprarlas) y le encanta dibujar (cuando chico sólo dibuja, dibuja y dibuja al Titanic partido por la mitad).

Pero a pesar del desde siempre, Juan Francisco Miranda -amigo de Daniel cuenta que uno de los dolorcitos en el corazón del chico, perdonando la cursilería, es la separación de sus papás. Y, otro dolorcito, es pensar que su papá no está contento con que sea gay.

Iván explica:

-No es eso. Se parece a cuando tengo una hija que tiene diecisiete años y me dice: “papá estoy embarazada”. Chucha, qué le vamos a hacer. Una onda así. No la voy a rechazar ni echarla de la casa. Qué diablos, mijita. Hay que asumirlo no más.

Se detiene, mueve la cabeza como negando y sigue:

-Él vivió un mundillo. Yo siempre le explicaba: Dani, nosotros somos de allá. De San Bernardo, de la villa donde hay poblaciones. Pero se enamoró de un cabro con poder adquisitivo que fue bien bueno con él, pero ahí había trago y toda esa onda. Y lo que pasa es que el Dani tenía una parte que es bonita y tenía otra parte que se rebelaba: por causa del copete perdía trabajos. Esa parte era la que agarraba yo entonces era como resentido porque como yo me enojaba con él y lo retaba “que cómo podía ser esto, que erís irresponsable”, él pensaba que yo lo rechazaba por lo otro. Y nunca fue así. Yo le decía: “Dani, cómo se te ocurre hueón que yo voy a desearte algo malo a ti. O rechazarte porque erís así o asá. No cabro, estai mal”. Pero él igual se me acercaba y me decía: “Papi, hazme cariño”.

Lindo. Ésa es la palabra. Su mamá dice que es cariñoso, que es tranquilo. Su papá dice que todos lo quieren. José Francisco dice que es solitario. Otro amigo, que es dulce. Pero todos -hasta lo que los conocen poco- dicen que es lindo, donde lindo significa bonito y bueno; donde lindo significa que después de haber pasado cosas difíciles -la pena que le da terminar con su novio, la pena que le da ver a una de sus grandes amigas muerta, colgada en su pieza, la pena de que todo parezca triste- empiece a estar contento.

De eso van dos años.

El Daniel nuevo hace muchas cosas: va a terminar cuarto medio, trabaja, junta plata para estudiar modelaje.

El papá de Daniel cuenta:

-El jefe es chino. Tú sabes que los chinos son medios machistas y el chino lo adora. Lo adora. Tremendo grandote y lo adora, y lo vino a ver.

La vida va bien y, contra la teoría de que -lluviecita de mierda- todo lo malo llega junto; la noche, madrugada, tarde, o quién sabe, en la que a Daniel lo terminaron arrastrando por la tierra después de pegarle fue justo en los días en que las cosas parecían tener futuro.

Entonces Naty, su amiga desde los ocho años, se acuerda del pasado. De un detalle del pasado que hoy día, esperando afuera de la Posta Central, bajo el sol a que no pase absolutamente nada, parece triste.

Parece la historia de siempre:

-Igual lo molestaban harto en el colegio. Le decían que era hueco, cosas así. Pero él siempre se reía. Se reía, no más. No les decía nada.