Me cae bien Iván Fuentes. Es como el tío campesino y buscavida de Camila Vallejo. Más cerca de los torneos de fútbol que de los Congresos Ideológicos; de los Charros de Lumaco que de Sol y Lluvia; de la malta con harina que de los cafés cortados. Lo suyo es el hablamiento simple. Nada de “correlaciones de fuerza”, “agudización de las contradicciones”, “hegemonía hegemónica” u otras perlas que gustan repetir quienes van de “revolucionarios de manual” por la vida. Fuentes, sospecho, no necesita hablar usando conceptos de otros. No necesitó leer a Marx para saber lo mal pelado que está el chancho. Y lo bien que lo pasan los de arriba en desmedro de la mayoría de los de abajo. Tampoco los ladrillos del pelado Lenin para cachar que la unión hace la fuerza. Le bastó fijarse en los cardúmenes. O en las manadas australes. Lo señaló el mismo en su ya histórica conferencia en la ANEF. Y es que esas y no otras son sus referencias; la vida, su vida y la de sus pares. He allí su escuela política. Ya lo reconocía el propio Guevara, poco amigo de los revolucionarios de salón. ¿Qué es el hambre intelectual frente al hambre material? La pregunta, era que no, se la hizo en el Congo.

Habla bonito Iván Fuentes. Como si lo hiciera en mapudungun. Es simple, poético, digno. De seguro habría hecho buenas migas con mi abuelo Alberto, lonko y eximio orador de asambleas, casamientos y velorios. Lo escucho en CNN Chile hablar de “Vivir Bien” y de inmediato pienso en el Küme Felel, el “estar bien”, de mis ancestros. “Y no, no se trata de ganar más lucas o la marca de tu auto. Vivir bien es vivir en una sociedad en paz, armoniosa. No es simplemente acumular lucas”, explica Fuentes a su arribo a Santiago. En 2008, junto a un puñado de corresponsales extranjeros, acompañé en una de sus giras al presidente Evo Morales. Iván Fuentes es lejos, pero lejos, lo más cercano a su tipo de liderazgo que conozco en Chile. Morales, para disgusto de los puristas, jamás citaba en sus discursos a los teóricos de izquierda. Mucho menos a los de derecha, si es que los hubiera. Sus referencias eran la vida del boliviano común y corriente, del indígena, del productor cocalero, del colonizador de las Tierras Bajas, del sufrido habitante de El Alto. Su voz, para disgusto de sus opositores, era una voz para la mayoría cercana y reconocible. Amigable, incluso. Tal vez por ello, donde llegaba, lejos de todo protocolo, simplemente lo presentaban como “el Evo”. Sí, el Evo. Como cuando jugaba pichangas de fútbol en Chimoré.

Tras el triunfo político de Fuentes y su cardumen de valientes espartanos, ¿habrá tierra fértil para una eventual carrera política suya? Lo dudo. Capacidad, inteligencia y carisma tiene de sobra. Pero el entorno es sumamente hostil. Y no solo en la vereda del frente. “¿Por qué la gente humilde tiene que odiar a los ricos?… Necesitamos el capital, bienvenido el capital a Chile y a la Patagonia”, señala Fuentes en la ANEF y varios de quienes lo acompañan, el incombustible Jaime Gajardo entre ellos, ni siquiera disimulan su incomodidad. “No tiene nada de malo ganar plata”, subraya Fuentes y varios, consternados, hojean el Manifiesto Comunista (edición de bolsillo) a sus espaldas. Aún ni regresaba al sur cuando, desde las páginas de El Ciudadano, el biólogo Héctor Kol ya lo estaba haciendo pebre públicamente, tildando de “autodesignada” a la Mesa Social por Aysén y de “comerciantes de derecha” al propio Fuentes y sus pares. ¿Las razones de Kol? Una supuesta “traición” de la Mesa Social a los pescadores artesanales, las cuotas de pesca de la merluza y otras vainas del mismo tipo. Gremialismo puro y duro en boca de un (¿autodenominado?) ferviente militante anticapitalista. Hasta Jaime Guzmán debe estar sonriendo en su cripta.

Para qué estamos con cosas. Ya no sorprende que desde cierta izquierda se intente deslegitimar un movimiento social amplio, inclusivo, transversal y regionalista como el de Aysén. Sobre todo porque no lo controlan. Ni pautean. Como diría mi abuelo, hay gente muy palo de gallinero. No hay por dónde agarrarlos. Bien lo sabemos los mapuches. Todavía se recuerda en mi comunidad, entre risas, a los militantes del Frente que llegaban en los 80’ predicando el marxismo, la revolución y el fusil. Poco y nada duraba la visita. Se largaban a poco de llegar, indignados con esos indios “pequeñoburgueses” solo interesados en su tierra y en danzar a pata pelada a sus “inexistentes dioses”. Ganas tengo de invitar a Iván Fuentes a mi comunidad, en Entre Ríos. Y bajarnos, con mis tíos, unas cuantas garrafas de chicha junto al fogón. Sin duda mucho que parlamentar. Y sin duda mucho en lo cual coincidir.