Foto: Agencia UNO

Duele la muerte del sargento del GOPE, Hugo Albornoz Albornoz. Duele porque ninguna vida está demás en territorio mapuche. Y ningún crimen debiera quedar en nuestro suelo impune. Padre de tres hijos, me cuentan era oriundo de Lonquimay, corazón del indómito territorio de nuestros hermanos pehuenche. Allí, en los cajones cordilleranos, se refugiaron nuestros bisabuelos tras la invasión militar chilena, acontecida hace poco más de un siglo. “Quinquen”, un bello paraje de dicha comuna, significa de hecho “tierra de refugio”. ¿Lo sabría el sargento Albornoz? Puede que sí, puede que no. Vaya en su favor que a nadie se lo enseñan en la escuela. No se lo enseñaron a él y, de no cambiar Chile el rumbo, tampoco lo enseñarán a sus hijos y nietos. Es mi esperanza que esto cambie. Es la lucha que dio el 2011 la Federación Mapuche de Estudiantes, demandando educación gratuita, de calidad e intercultural para todos. Y es que rica es la empanada chilena, lo sabemos. Pero si le ponemos merquén, ¿acaso no mejora? ¿Y si le agregamos algo de piñón, changle o digüeñes? Lo mismo sucede con la imperfecta democracia chilena. ¿Y si le agregamos algo de mapuche, rapa nui, aymara o kaweskar? ¿Acaso no tendría mejor sabor, aroma y color? ¿Cómo habrá sido para las empanadas el sargento Albornoz?, me pregunto. Sospecho, como buen habitante de la zona pehuenche, que lo suyo eran más bien los corderos al palo. O los asados de chivo. Gastronomía sureña de montaña. Chilena y mapuche, dicho sea de paso. Bendita y triste paradoja.

Duele la muerte del sargento Albornoz. Como duelen las pateaduras, los palos y los perdigones que, en la última década, los miembros de la comunidad Wente Winkul Mapu han debido soportar -a diestra y siniestra- por parte de las denominadas “fuerzas del orden”. Duele su muerte, como las balas policiales que, por la espalda, acabaron con la vida de los jóvenes Matías Catrileo y Jaime Mendoza Collio. O el escopetazo con que el oficial Marco Aurelio Treuer destrozó el cráneo del adolescente mapuche Alex Lemún, también en la comuna de Ercilla. ¿Estoy empatando situaciones o dolores? En absoluto. Que nadie se intente pasar de listo.

Para quien escribe, tanto el sargento Albornoz como Catrileo, Lemún y Mendoza, son víctimas que merecen el mayor de mis respetos. ¿Víctimas de qué o de quiénes? De la derrota de la Política. Así como lo lee, de la derrota de la Política y, por añadidura, de los políticos. “Los señores políticos”, como los bautizó en su tiempo un capitán general de infame recuerdo. ¿Quién, sino ellos, son los mandatados por la ciudadanía para resolver estos conflictos de larga data en los campos del sur? ¿Quién, sino ellos, son los responsables de que el diálogo político se imponga a la lógica de los camiones quemados, los juicios por “terrorismo” o la tortura a medianoche en sucios y pestilentes calabozos? ¿Quién, sino ellos, son los responsables de evitar el dolor de la muerte a familias trabajadoras de uno y otro lado del entuerto? Silencio de grillos en ministerios, gobernaciones e intendencias.

Hoy, desde esta tribuna pública, Yo acuso. Acuso al Estado y sus instituciones, sobre todo a los Poderes Ejecutivo y Legislativo, de ineptitud inexcusable y criminal al sur de la frontera del Biobío. Yo acuso, a los presidentes y sus ministros, a los parlamentarios y sus asesores, a los alcaldes y sus concejales, de tener todos sus manos manchadas con sangre. De Bernardo O´Higgins en adelante, incluido por cierto Salvador Allende, para que no salten los que gustan de clasificarnos que “si son de derecha” o “si son de izquierda”, sin advertir ni mucho menos sospechar el carácter colonial de nuestra situación como pueblo. “Un conflicto se puede resolver o bien se puede administrar. Muchos optan por lo segundo, sobre todo por cálculo político”.

La cita anterior es de Gerry Adams, líder del Sinn Fein y tal vez el principal gestor político del proceso de paz en Irlanda del Norte y, ahora último, del País Vasco en España. Cuanta razón tiene Adams. En el caso chileno, por décadas, los sucesivos inquilinos de La Moneda solo se han dedicado a administrar el mal llamado “conflicto mapuche”. Algunas veces por simple desidia. Otras, la mayoría, por evidente cálculo político. Quienes vivimos en el sur lo observamos en cada elección; los mapuches como cautiva clientela electoral, a punta de subsidios estatales, pan con mortadela y garrafas de tinto barato. Lo hizo por 20 años la Concertación, responsable política e intelectual del crimen de Lemún, Catrileo y Mendoza.

Hubo quienes vieron en Ricardo Lagos, sí, en el señor del dedo acusador, al estadista que sería capaz de abordar, en su real dimensión histórica y política, el conflicto chileno-mapuche. Como diría Homero, estadista mis polainas. Lagos, para los desmemoriados, no solo fue incapaz de hacerlo, le importó en verdad un soberano pepino, al punto de inaugurar la infame aplicación de la Ley Antiterrorista contra los dirigentes y miembros del pueblo Mapuche. ¿El primero? Víctor Ancalaf Llaupe, año 2001, post 11 de septiembre, las Torres Gemelas y un saudita de nombre Bin Laden. Pues bien, antes que George Bush, Barack Obama y las operaciones “Libertad Duradera” o “Democracia y Pascua Feliz Para Todos”, fue Ricardo Lagos el mandatario que primero asestó un duro golpe al terrorismo internacional.

Al “terrorismo mapuche”, habría que precisar, para sorpresa de la CIA, el FBI, el Mossad e Interpol, que ni en sueños habían oído hablar de tan peligrosa amenaza a Occidente. Ancalaf, por su apoyo a las comunidades que se oponían a la Central Ralco, fue condenado a 10 años de presidio. Con pruebas rebuscadas y testigos sin rostro, se lo responsabilizó de la quema de tres camiones de la multinacional Endesa-España. Cumplió la mitad de su condena en la cárcel de Concepción. Hoy su caso se encuentra ad portas de sentencia en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. La condena al Estado chileno, se comenta, es cosa segura.

“Daños colaterales”. Así llaman los gringos a los efectos poco gratos -y casi siempre mortales- de su mala puntería bélica en el Tercer Mundo. “Daños colaterales” puede que llamen, hoy en La Moneda, a los muertos en el marco del conflicto chileno-mapuche. Una vez, cierto personero de la administración Bachelet, sí, la señora de la sonrisa empática, usó el concepto aquel para referirse al crimen policial de Matías Catrileo. Obviamente lo hizo, cobardemente, “off the record”. Su frase, tenebrosa, terrorífica, rondó en mi cabeza por largo tiempo.

Luego, cuando acribillaron con el mismo método a Jaime Mendoza Collio -es decir, por la espalda mientras corría a campo traviesa indefenso-, no pude dejar de sentir escalofríos. “Daños colaterales, así le llaman en otros países a los civiles caídos en una guerra”, comenté al padre de Jaime en su velorio, en la comunidad Requen Pillan. “Pero mi hijo no estaba guerreando con nadie”, me respondió, sereno. Es verdad. Ni Jaime ni Alex ni Matías estaban guerreando con nadie y el mapuche que así lo piense que mejor pida hora urgente al psiquiatra. O a la machi más cercana. Lo de Jaime era un acto de protesta, a lo mucho de desobediencia civil, por él, por su comunidad, por la memoria de sus abuelos y sobre todo por el futuro de su hijo, hoy de siete años. No nos perdamos con eso, estimado peñi. Ni mucho menos pisemos el palito.

¿Estaría el sargento Albornoz “guerreando” contra los mapuches en Ercilla? Lo dudo. Y es que por más que algunos parlamentarios, como el senador Espina o el diputado Edwards; o dirigentes gremiales como José Villagrán, líder de los camioneros; o fiscales como Francisco Ljubetic o Miguel Velásquez, busquen a diario convencernos que lo que se vive en La Araucanía es una particular “guerra de baja intensidad contra el terrorismo” (“batalla” fue el concepto que repitió de manera insistente el ministro Hinzpeter en su reciente visita a Temuco), la realidad dista mucho del delirio. En lo personal, me niego a creer que el sargento Hugo Albornoz haya estado “guerreando” contra los mapuches de Wente Winkul Mapu. Sé, porque he reporteado por casi una década sus abusos, que hay carabineros que cotidianamente confunden Ercilla con la selva de Vietnam. O con un campo de refugiados afganos.

Quiero pensar que el sargento Albornoz no pertenecía a ese grupito de delincuentes de uniforme, adictos a la adrenalina y el pillaje rural. Me quedo con las declaraciones, serenas y conciliadoras, de uno de sus familiares. “Era un buen hombre y un buen padre. Simplemente cumplía allí con su pega”. Señores del gobierno, al menos hagan una cosa bien entre tanta embarrada junta: que su crimen sea investigado debida e imparcialmente. Y que sus eventuales responsables sean llevados ante la justicia. Aquello fue lo que, en su momento, demandamos como mapuches para los nuestros. La mayoría de las veces sin respuesta.