La muerte del Miguel Serrano el año 2006 generó un notable pesar en un sector del mundo cultural chileno. Esas manifestaciones de devoción por parte de un grupo de destacados escritores e intelectuales obviaron la filiación nazi del escritor que fue considerada como un aspecto exótico e intrascendente en la vida de un poeta fundamental, como fue definido por sus amigos, algunos filiados a la izquierda chilena. Tampoco pareció importante que en el curso de su funeral varios jóvenes actuaran de manera pública toda la ritualidad hitleriana y, menos importante aún, que en las redes circularan numerosos comentarios de sus fieles adeptos, los neonazis chilenos, lamentando la muerte del exponente local más importante de esta doctrina.

En ese tiempo, las bandas neonazis realizaban sus feroces barridas nocturnas en contra de travestis y homosexuales. Pero las denuncias no consiguieron atraer un ápice de atención pública ni se generó solidaridad social con las víctimas de las frecuentes palizas. De hecho, la prensa de la época consignó los ataques de manera ultra lateral.

Desde luego no pretendo afirmar aquí que el movimiento neonazi chileno haya surgido con o por Miguel Serrano. No. Se trata en realidad del fascismo popular que cruza parte de la sociedad chilena. Grupos de oprimidos sociales que internalizan cada uno de los presupuestos excluyentes que emanan de las voces dominantes. Ellos se apropian de esas voces discriminatorias y las ejercen contra sus pares sociales y así reproducen, en sus espacios, una idéntica jerarquización a la que experimentan en sus transcursos de vida. Ese es el fascismo popular. La violenta conjunción del mesianismo y una asentada noción de superioridad. Esas creencias se alojan en los hijos de la carencia, en sujetos periféricos, despojados de recursos pensantes y cuyo único acceso al poder es el ejercicio primitivo del golpe artero.

En ese sentido, sujetos letrados como Miguel Serrano sirven como referentes o como sustentos –es un decir– conceptuales para estas prácticas destructivas que actúan materialmente desde la paliza a ciudadanos y migrantes indefensos.

El patrimonio de la exclusión ha sido un territorio de la derecha: racismo, machismo, nacionalismo, homofobia, pechoñería, entre otros factores, han impulsado políticas represivas sobre la población y han implantado sus imaginarios en vastos sectores pertenecientes a clases medias y populares. Pero también los centros y las izquierdas han contribuido a esta exclusión por su falta de preparación en materias sexuales y por su sorprendente debilidad en temas culturales y estéticos. Los centros y las izquierdas son, en parte, coincidentes con la derecha porque, en definitiva, los lineamentos generales son producidos desde la derecha (económica) aliada al poder militar, jurídico y eclesiástico.

Sin duda Chile tiene hoy un terrible retroceso cultural en materias de libertades por los 40 años de control de la derecha. Eso no está en cuestión. La derecha y sus aliados han sido nefastos en temas de alta importancia para la convivencia social como son las legítimas y necesarias diversidades. Pero, sin embargo, (se) han dado toda la libertad (del mundo) a la ganancia empresarial sin límites, entre ellas la educación y la salud como empresas. Esas ganancias, generadas a costa del cuerpo más concreto de la población, aunque no están revestidas de ningún freno valórico, son destructivas, obscenas e impúdicas.

La discriminación a la mujer chilena en materia laboral y en los ámbitos de participación pública es ya una caricatura. En la esfera privada las golpizas y el maltrato son abrumadores. No es que la mujer “preste el cuerpo” porque carece aún de esa posibilidad. Lo que ocurre es que su cuerpo le es expropiado por la conjunción entre los poderes fácticos, el machismo y el capital que junto con explotarla la niegan y la someten.

La infortunada muerte del joven Daniel Zamudio a manos de una serie de cretinos filonazis forma parte de lo previsible en los ejes sociales en los que habitamos. El circo mediático se apropió del cuerpo agónico del joven para establecer un superficial, incesante espectáculo macabro. Hasta allí llegaron los protagonistas de la coerción social: representantes de la UDI cuyo capital más fuerte de intransigencia se centra en la obsesión por los controles genitales. Acudió también el ministro del Interior, responsable por las feroces agresiones policiales a las legítimas protestas sociales y que en Aysén causaron diversas lesiones y la pérdida de visión en varios trabajadores. Y también hay que sumar la intervención insólita de la iglesia chilena, que es abiertamente homofóbica y que niega y reprime hasta la asfixia la existencia de un contingente significativo de sacerdotes homosexuales.

Y por qué no polemizar con las estrategias de Rolando Jiménez, dirigente del Movilh, un dirigente bastante misógino (debería tener al menos una vocera mujer), que buscando que se legisle una ley antidiscriminación (colmada de sacarina) establece acuerdos, como él señala, “transversales” y, con un paternalismo extremo e inconvincente, termina hablando del “coraje” del presidente Piñera por presentar la ley de unión libre que, él lo sabe bien, antes no hubo ninguna posibilidad de activar por los cercos de la derecha. Hay que recordar que Jiménez aprobó el lema enfermo del Sernam: “Maricón es el que golpea a una mujer” que fomentaba la homofobia y disculpaba al golpeador heterosexual.

Es la hora de establecer un nuevo momento político-cultural más claro, inteligente y correcto. Me parece que el medio artístico cultural debe dejar de alabar el fascismo de sus (mediocres) escritores de clase alta o con inscripción pública. Es ahí cuando, en un arranque de cursilería intelectual, se pasan de largo. Porque esos espacios de alta confusión favorecen el mortal palo en la cabeza.