Alberto Leguina (25) llevaba cinco días trabajando en su tesis doctoral en el laboratorio del Departamento de Nefrología, de la Universidad de Columbia en Nueva York, cuando recibió un mensaje de texto en su celular de un número no identificado: “¿Quieres salir con un hombre mayor?”, le proponían. La invitación había sido escrita a través de una red social a la que Leguina se había suscrito en su Iphone para detectar quiénes de los que estaban a su alrededor eran homosexuales. Pasaron pocos segundos y su celular volvió a vibrar. Era otro mensaje, pero esta vez había una foto de la persona que le había pedido la cita.

En la pantalla se desplegó un retrato de Qais Al-Awqati, su jefe, un bagdadí que es médico cirujano y que tenía a cargo el laboratorio donde Leguina hacía su tesis. Sin dar crédito a la seriedad del mensaje, y pensando que se trataba de una broma de sus amigos en Chile, el alumno de doctorado respondió con risas. Y agregó: “súper buena broma. El dueño de este mensaje quiere darme un infarto”. A los segundos, le llegó otro mensaje: “he estado con muchos chicos bellos y jóvenes como tú. Por lo tanto, no es una broma. Es necesario que aprendas mejores modales en Nueva York.

Tal vez en Argentina o Chile, eres un mamma’s boy”. Leguina no entendía lo que pasaba, estaba tratando de procesarlo cuando Al-Awqati apareció por detrás de su escritorio y le dijo: “usted está fuera”. La escena fue presenciada por Rosemary Sampogna, médico cirujano con doctorado en biofísica, que era algo así como su tutora de tesis.

-Entré en crisis de pánico, mi primera reacción fue llorar. El martes anterior le habían dedicado una sesión para honrarlo por todos los años trabajados en Columbia, imagínate cómo iba a pensar que me mandaría un mensaje preguntándome si quería estar con él. Mi supervisora me preguntó qué había sucedido y le mostré todos los mensajes. Ella quedó impactada y desconcertada. Trataba de consolarme, porque no paraba de llorar. Me dijo que me fuera a mi casa, que ella iba a ver qué hacían –cuenta Leguina.

Esa noche él llamó a su familia y le contó lo que sucedía. Al poco rato recibió un e-mail de Qais Al-Awqati. El mismo correo iba con copia a Rosemary Sampogna: “Mañana me voy a Costa Rica para ver a mi hijo y no volveré hasta el próximo jueves por la noche, así que te veré el próximo viernes”, decía el mensaje, que no hacía referencia a lo que había sucedido en la tarde.

-Ese fin de semana fue horrible, estuve en cama, no sabía qué hacer. Lloraba porque esto iba a terminar mal. Pensaba que mi carrera y mi estadía se iban a las pailas, que esto iba a cambiar para siempre mi vida –dice Leguina.

El relato de esta historia está contenido en la demanda que Leguina presentó en contra de Qais Al-Awqati el 27 de julio pasado. Allí, él y su abogado exponen los hechos del acoso sexual, los mensajes y también todas las situaciones que sucedieron en los meses siguientes, y que complicaron más su estadía en Columbia. Tanto, que la demanda también es contra Rosemary Sampogna -quien finalmente se cuadró con el profesor- y contra la propia universidad, por encubrir el hecho.

HOSTIGAMIENTO LABORAL

Alberto Leguina estuvo ocho meses analizando en cuál laboratorio haría su tesis sobre el desarrollo del riñón y los genes del ciclo circadiano. Él es alumno de segundo año del doctorado de ciencias médicas de la Universidad Católica (UC), misma institución donde se tituló de biólogo. Eligió ir a Columbia porque -según cuenta- allí trabajaba Qais Al-Awqati, quién hasta ese momento era su referente y alguien a quien admiraba.

-Lo admiraba por su historia de lucha. Dejó su país luego de terminar medicina para venir a Estados Unidos, donde construyó su carrera. De alguna manera quería seguir su ejemplo, y para mí era un honor trabajar con un científico de su nivel -relata Leguina.

Gran parte del 2011, lo dedicó a tramitar con las autoridades de Columbia una beca para financiar sus estudios. La logró después que varias comisiones revisaron su currículum y múltiples entrevistas, algunas de ellas con el propio Qais Al-Awqati. La UC también aportó con una parte del financiamiento.

En febrero de este año Leguina partió a Estados Unidos. Su familia le pagó el arriendo de un departamento pequeño. El lunes 5 de marzo fue su primer día de trabajo. El viernes 9 de ese mismo mes ocurrió lo de los mensajes de texto.

Al lunes siguiente, volvió al laboratorio. Al-Awqati seguía Costa Rica. Ese día Rosemary Sampogna le dijo que había hablado con el jefe del departamento de Medicina, y que éste sugirió seguir el conducto regular para hacer este tipo de quejas. Algo así como un sumario interno, con un plazo máximo de 30 días hábiles, que consistía en hacer la denuncia con la directora de operaciones del departamento y esperar a que ella redactara un escrito que debía ser firmado por las dos partes. Después de eso, un investigador se encargaría de comprobar la denuncia y sancionarla.

Leguina dice que al día siguiente habló con Mayra Marte-Miraz, la directora de operaciones:

-Le conté la historia. Me prometió una investigación y que llegaría hasta las últimas. Dijo que Columbia tenía tolerancia cero frente al acoso sexual y me aseguró que mi trabajo no estaba en juego, que creía en mí, porque existía evidencia. Además, dijo que Rosemary Sampogna había testificado a mi favor y que estaba muy impresionada con mi trabajo y la fuerza de voluntad para hacer todo esto.

Leguina cuenta que después de eso las cosas cambiaron. Según él, la universidad intentó bajarle el perfil a la acusación. A los pocos días se volvió a juntar con Marte-Miraz, pero ella ya no tenía la misma actitud.

-Le pregunté cuándo iba a recibir el escrito y cuándo iba a juntarme con el oficial, pero ella decía cosas como “tenemos mucho trabajo” o “estamos muy ocupados”. Lo estaba tomando como para el chacoteo. En un momento me dijo: “te apuesto que si este profesor fuera joven y guapo tú ni siquiera estarías haciendo un reclamo”. Yo le dije que eso era extremadamente inapropiado, que no correspondía que ella me dijera eso. Además, me amenazó. Me dijo: “tú no puedes comunicarte con nadie de la UC, ni puedes traer un abogado, porque si lo haces vas a estar en Chile en una semana”. Esa reunión terminó con un “pretendamos que nada pasó”.

Un par de días después, Al-Awqati volvió de Costa Rica y retomó el contacto con el chileno. El 23 de marzo Leguina recibió un MacBook de aproximadamente 5 mil dólares que Al-Awqati había ordenado comprar con fondos de la universidad. Ese mismo día -cuenta el becado- el profesor se le acercó y le dijo: “te ofrezco disculpas por lo que pasó, no va a volver a pasar, tú cuentas con mi apoyo, vas a seguir trabajando acá, es una situación desagradable, pero hagamos como que nada pasó”. Sin embargo, las cosas empeoraron. No sólo estaba en mala con el profesor que le había enviado los mensajes, sino que también Rosemary Sampogna, quien en un principio lo había defendido, ahora estaba con una actitud hostil.

-Rosemary se volvió extremadamente agresiva. Cada vez que yo hacía algo, ella me decía que estaba malo. Al punto que empezó a llamarme inútil, a tratarme con garabatos “esta mierda”, “esta basura”, una agresividad insoportable. Por ejemplo, yo estaba haciendo un experimento y ella lo tomaba y lo tiraba al suelo, botaba cosas y pateaba muebles. Y ella no era así. Además, yo no llevaba ni siquiera un mes trabajando, y uno necesita un entrenamiento al principio.

¿Había más gente en ese laboratorio que veía esta actitud hostil?
-Una paquistaní y un francés. Ellos notaban la mala onda, me preguntaban qué pasaba, porque notaban la agresividad.

¿Por qué crees que hacían eso?
-Nuestra hipótesis con el abogado es que mi supervisora depende financieramente de Qais Al-Awqati, por lo que estaba haciendo el trabajo sucio.

¿Qué pasó después?
-En paralelo yo seguía mandándole mensajes a Mayra Marte-Miraz por lo de la denuncia, porque quería que ese trámite siguiera. Pero siempre me decía que la llamara la próxima semana. En un momento le mandé un e-mail diciéndole que ocurrían cosas muy extrañas, que en el laboratorio me estaban tratando con mucha agresividad y que no estaba bien emocionalmente. Le pedí también que me dijera cómo manejar esta situación. Me reuní con ella en su oficina y lo primero que me dijo fue: “eres muy emocional, porque eres latino. Tienes que aprender a manejar las cosas en Nueva York, así funcionan las cosas acá en Estados Unidos, The American Way”. Después de manera muy violenta me dice: “Rosemary te trata así porque tú has hablado mal de ella en Facebook”. Yo le pregunté a ella por qué la universidad invadía mi privacidad, eso pese a que nunca había hablado de mi trabajo en Facebook.

¿Nunca trataste de aclarar las cosas directamente con Qais Al-Awqati o con Rosemary?
-Ella evitaba cualquier contacto conmigo, pero ese mismo día volví al laboratorio y me acerqué a Qais Al-Awqati para preguntarle qué pasaba. Me dijo que no estaba trabajando como ellos esperaban, que no estaba al nivel de un alumno de doctorado, ni al nivel de un alumno de Columbia. Dijo, además, que no tenía hábitos laborales, que no iba a trabajar, que era un incompetente. Básicamente me dijo que era un flojo. Según él, yo estaba maravillado con esta ciudad porque venía de un país chico, y me estaba dedicando a pasarlo bien en Nueva York sin tomar en serio mi trabajo. Yo quedé helado. En el laboratorio no hay horarios para trabajar, pero yo siempre llegaba temprano. Recuerdo a una española que llegaba con caña a trabajar, pero a ella nunca le dijeron nada. Para ellos era como un campesino que venía de Latinoamérica y se había maravillado con las luces de Manhattan.

¿Se pusieron racistas también?
-Por supuesto. Yo estaba muy asustado. Viví con miedo a que en cualquier momento me cancelaran la visa. Después hablé con Rosemary y le conté todo lo que había dicho Qais Al-Awqati, y que quería escucharla a ella. Pero no me dijo nada. Me hicieron la ley del hielo.

Quedaste a la deriva.
-Por supuesto, no sabía con quién hablar, porque no podía contarle esto a nadie de la UC, porque estaba amenazado. La ley del hielo es súper trágica para un alumno de doctorado, porque uno necesita un guía. No sabía qué experimentos hacer y cada vez que me acercaba a Rosemary ella me decía que estaba ocupada y que no le hablara.

¿Llegabas al laboratorio y te quedabas sentado?
-Muchas veces me tuve que quedar sentado sin hacer nada o le preguntaba a otras personas algunas pautas e improvisaba, porque si me quedaba les daba la opción de que me echaran por mal rendimiento. Emocionalmente estaba muy mal. Varias veces me fui al baño a llorar. Era una vergüenza horrible, porque el nivel de presión y estrés era demasiado.

¿Recibiste ayuda médica?
-Sí, fui una vez al siquiatra, pero no pude volver porque no tenía seguro, así que no pude pagar. Sólo me dieron pastillas para dormir y me diagnosticaron estrés post traumático.

Entre medio de todos estos problemas, Leguina se ganó un premio en un congreso de la sociedad de hipertensión de Nueva York. Allí recibió buena crítica de varios profesores y además muchos se mostraron interesados en trabajar con él. Eso -dice- lo fortaleció para volver al laboratorio. Sin embargo, a su regreso -el pasado 7 de junio- se encontró con una sorpresa: la UC había decidido cancelar su tesis por bajo rendimiento y debía retornar a Chile lo antes posible.

“El doctor Al-Awqati nos informó el 17 de mayo que tu rendimiento en su laboratorio está bajo lo que él esperaba para un estudiante de postgrado. No nos queda duda de que tu estadía en el laboratorio del Departamento de Nefrología de la Universidad de Columbia no es viable y debe terminar a la brevedad. Para realizar una tesis es indispensable que exista una fluida relación de confianza y de interacción científica entre el tesista, su tutor y su grupo de laboratorio, relación que objetivamente está seriamente malograda”, decía la carta que la UC le mandó a Leguina.

LA DEMANDA

Alberto Leguina no podía creer todo lo que estaba pasando. La carta que le enviaron de la UC, y que iba firmada por el doctor José Chianale, director del programa de doctorado de ciencias médicas, también iba con copia a Al-Awqati, quien al día siguiente le escribió un e-mail a Leguina: “Alberto, acabo de ver el correo electrónico de tus supervisores en Santiago. Creo que esta es una decisión innecesaria. Hablemos el lunes en la mañana. Creo que usted está respondiendo a las críticas que le hemos hecho… Queremos que usted tenga éxito y no se debe dar por vencido después de sólo unos pocos meses”.

-Ese correo era otra mentira para encubrirse. Básicamente, lo que logró Qais Al-Awqati fue despedirme, pero haciendo la vuelta larga, generando este reporte falso para que la UC tuviera la peor imagen de mí y me mandaran de vuelta a Santiago. Así que le escribí a un abogado para contarle lo que me pasaba y dijo que me iba a ayudar, que había que hacer una demanda contra Qais Al-Awqati, contra Mayra Marte-Miraz, contra Rosemary Sampogna y contra Columbia.

Paralelamente decidió contarle todo a las autoridades de la UC. El doctor José Chianale, el mismo que había firmado la carta cancelando su tesis, le respondió por correo electrónico: “lamento sincera y profundamente la situación que te ha tocado vivir en USA. Es claro que no hay ninguna posibilidad que tu tesis se desarrolle en Columbia y tendremos que reanalizar tu proyecto de tesis doctoral. Como esta es una situación administrativa nueva, que nunca me había tocado vivir, le he comunicado a la Directora de Investigación, de quien dependo, para ver administrativamente el tema de los plazos solicitados por ti”. La solución que encontró la UC para el caso de Leguina fue que éste congelara el semestre y se dedicara a resolver su problema judicial.

-No tengo antecedentes detallados sobre lo que pasó, pero sí sé que su demanda es por acoso sexual. Esto es un tema personal de Alberto Leguina. La universidad le ha asegurado la renta mensual que se le paga a los alumnos de doctorado hasta que él solucione su problema legal. El proceso de selección de nuestro doctorado es súper exigente y él cumplió todos los requisitos. Él es un alumno de buen rendimiento académico -contó a The Clinic José Chianale, director del programa de doctorado de ciencias médicas de la UC.

La demanda se hizo efectiva el 27 de julio pasado y ya está en trámite. Según Leguina, Qais Al-Awqati contrató un abogado privado y ahora la universidad también se hizo parte del juicio.

¿Te creen en la UC?
-Es que ellos saben quién soy, porque mi pregrado y mi doctorado los hice en la UC. Me han prestado un apoyo súper importante.

¿Por qué crees que Columbia le prestó ayuda a Qais Al-Awqati?
-Es el doble estándar de una universidad que tiene como bandera el pluralismo y el respeto. No tuvieron ni un mínimo interés por solucionar este problema, ni menos ponerse en mis zapatos. Ahora me amenazaron con llamar a policía de inmigraciones para deportarme. Al principio intentamos una mediación, si la solución más simple era investigar el caso y transferirme a otro laboratorio. Pero no lo hicieron, trataron de ocultarlo. Lo peor de todo es que no solo no siguen su reglamento -porque pasaron cuatro meses y no hicieron el escrito de la queja- sino que protegen, cuidan y apoyan a un acosador sexual. Así de simple.

¿Qué es lo que pides específicamente en la demanda?
-Se está pidiendo que un tribunal público llegue a un veredicto de culpabilidad y que obviamente se me ofrezcan las disculpas correspondientes, y algo que no me gusta hablar mucho, pero que es parte de la realidad, que es la compensación económica. Acá en Estados Unidos están súper de moda las demandas de acoso sexual donde la gente se vuelve millonaria, pero no es mi fin.

¿Cuánto pides de indemnización?
-No estamos pidiendo nada, estamos pidiendo que el juez fije un monto.

¿Ustedes no piden un monto mínimo?
-En la demanda cuando se tiene que enviar hay un mínimo que se pone, que son US$ 75 mil.

¿Por qué crees que Qais Al-Awqati te envió esos mensajes?
-La actitud de este tipo es la de un gallo medio enamorado. Trató de tener algo, después mandó un mensaje de despecho, y después esta sensación de arrepentimiento…

¿Crees que él se enamoró de ti?
-Es una de las hipótesis que tenemos con el abogado, sobre todo después de toda la ayuda que ofreció luego del informe negativo de la UC. Yo creo que la universidad no quiso hacer nada para no dejar en evidencia la condición sexual de este profesor. Él ha dado varias versiones sobre el origen de esos mensajes. La primera versión fue cuando lo reconoció, después dijo que alguien se había hecho pasar por él, y lo último que dijo la abogada de Columbia fue que yo me había automandado los mensajes.
Una pésima experiencia.

-Pésima, pero siento que tengo que sacar algo positivo de todo esto. Uno no puede dejar que te pasen a llevar de esta forma y no denunciarlo. Por más que esta sea una institución poderosa, debe existir justicia. En Columbia ellos pretenden extender esta demanda y esto podría tomar años hasta que el juez lo desestime. Además, Qais Al-Awqati tiene más de 70 años y probablemente se va a jubilar pronto. Hay una gran posibilidad de que esto no llegue a nada, pero yo quiero que esto se haga público.

Columbia y el doctor Qais Al-Awqati ya fueron notificados de la demanda de Leguina y nombraron a sus abogados en el juicio. Hasta el cierre de esta edición, intentamos contactar a Qais Al-Awqati por medio de su correo electrónico, pero no respondió nuestros mensajes.