FOTO: Alejandro Olivares

Binet (París, 1972) estuvo en Chile invitado por la UC y habló con The Clinic sobre su aplaudida y controvertida novela “HHhH”.

Las cuatro haches que lleva por título la primera novela del francés Laurent Binet (1972) son un acrónimo en alemán de una frase: “el cerebro detrás de Himmler es Heydrich”. “HHhH” cuenta, por un lado, la travesía de Josef Gabcik y Jan Kubis, dos soldados –uno checo y el otro eslovaco– a quienes se les encomendó asesinar al creador de la Solución Final, Protector de Bohemia-Moravia y, bueno, cerebro de Himmler, Reinhardt Heydrich. Por el otro lado, sin embargo, el narrador de la novela, el mismo Binet, cuenta lo mucho que le incomoda, e incluso enrabia, deformar o prescindir de los hechos reales para contar una historia verdadera. Participa de la novela como uno más. Se burla de los escritores que, teniendo a una persona de carne y hueso, a alguien que existió o existe, pretenden transformarlo en otra, ignorando la realidad.

La sensación que se tiene leyendo “HHhH” es que la historia ocupó un lugar casi absoluto en tu cabeza durante mucho tiempo.
-Cierto, estaba intrigado. El momento decisivo fue cuando estuve en la iglesia y en la cripta donde Kubis y Gabcik y los otros miembros de la resistencia checa pelearon por última vez con los nazis. Ver en la iglesia los hoyos que dejaron las balas fue impresionante. En ese momento, creo, decidí que tenía que escribir sobre lo que pasó.

Desde la epifanía a la publicación pasaron diez años…
-Lamentablemente, la epifanía, como la llamas, duró diez años. Creo que si quieres escribir un buen libro tienes que ser obsesivo. ¿Significa eso que una obsesión cualquiera hace un buen libro? Claro que no. No es suficiente estar obsesionado, pero es necesario.

Una vez resuelta la historia que querías contar, ¿cuándo se te ocurrió cómo contarla?
-Muy pronto me apareció la pregunta o problemática del libro: ¿cómo contar una historia verdadera? Y descubrí, también muy pronto, que era muy complicado. Para lidiar con este problema, la mejor manera me pareció que era compartir todas mis dudas, dejarlas por escrito para el lector.

Pero, ¿no fue siempre la literatura una disciplina que se tomó con bastante soltura la invención de hechos, o la deformación de hechos reales?
-No, para nada. Es parte de la literatura, pero Montaigne, por ejemplo, no inventó nada. En Francia tenemos la falsa equivalencia donde literatura siempre es una novela, y una ficción. No es así. La literatura no tiene por qué ser una novela, e incluso una novela no tiene por qué ser una ficción.
Los norteamericanos y los ingleses tienen una categoría para esto.

La no ficción.
-Me compró esa categoría.

Yo no estoy tan seguro.
-Si quieres llamar a mi libro uno de no ficción, está bien.

Pero, ¿es un libro de no ficción?
-Por una parte, quería que la historia se pudiera leer tan intensamente como una novela, de un tirón. Quería que las escenas del atentado o de la cripta tuvieran suspenso aunque el lector supiera el desenlace. Es lo que llamo una literatura que sirve a la historia. En la novela cito a Flaubert…

“Salambó”.
-Sí. La historia no tiene que ser aburrida como lo es a veces en libros históricos. “Salambó” no es aburrida. Sé que estoy siendo injusto, pues hay libros de historia entretenidísimos, libros que me provocan más placer que una novela, libros fascinantes. Por otra parte, es cierto que en algunos capítulos no pude resistir e inventé, me pasé a la ficción. Pero cada vez que lo hice le cuento al lector por qué lo hice, para que el asunto de la invención se discuta. Cada vez que crucé la frontera entre la ficción e historia di un paso atrás y lo dije. Me gusta la idea que un libro es una mezcla de géneros.

FLOJOS

En una entrevista dijiste que los escritores franceses eran flojos. Me da la impresión que lo que quisiste decir fue que los escritores franceses son deshonestos.
-No, no, no dije eso.

Sé que no; se lee entre líneas en la entrevista y en algunos pasajes de la novela dónde hablas de Houllebecq e inclusive de Flaubert.
-Para ser preciso, no se trata de la ficción en general, sino del realismo y el psicologismo. Dije que los escritores franceses son flojos porque la mayoría escribe como Balzac dos siglos después de Balzac. El escritor más famoso en Francia hoy es Houllebecq, y todo lo que ha escrito hasta acá no es muy diferente de lo que hizo Balzac. Su último libro era un poco más ingenioso: se metía en el libro y jugaba con la diferencia entre ficción y realidad. Es una novela un poco más coqueta. Todo el mundo en Francia, obvio, pensó “¡qué libro tan inteligente, etc!”, pero Bret Easton Ellis lo hizo mucho mejor en “Lunar Park”.

O Perec antes.
-Seguro. Por eso son flojos. Es realismo. Y el realismo tuvo su tiempo de gloria, pero ya se acabó. Los escritores norteamericanos y sudamericanos son mucho más inquietos, creativos, inventivos, no se limitan a contarte la historia de un tipo miserable con un trabajo miserable y una vida miserable, con un comienzo, desarrollo y final. Ese tipo de novelas me tiene apestado.

Tu libro se puede leer como un cuento moral. No me refiero a los relatos moralinas, por supuesto, sino a las historias donde las decisiones morales de sus personajes son a veces más importantes que otros aspectos de una novela.
-No lo sé. No es gran cosa afirmar que a uno no le gusta el nazismo. No es algo que esté en juego en mi libro. No escribo contra los neonazis. Pero en un punto tienes razón: siento una especie de deber moral hacia la historia. Eso es cierto.

La idea, me imagino, tampoco es convertirse en un esclavo de tu obsesión moral.
-En varias partes de mi libro me burlo de mí mismo, me río de mí mismo, porque me preocupan cosas como si el Mercedes de Heydrich era negro o verde. Sé que no es tan importante. Discutir sobre cuestiones que para otros son pequeñeces sirve para mostrar que, en cierta forma, estoy loco, pero también consciente de mi locura.

Consciente de tus obsesiones.
-Sí. La crítica que hizo de la novela James Wood en “The New Yorker” dice algo así: que soy un escritor postmoderno bien informado, preocupado de asuntos morales clásicos.

Dijo que eras un positivista.
-Lo sé.

Un cliché francés, a todo esto.
-Me comparó a Sebald, y dijo que Sebald lo había hecho mejor. Pero Sebald, en “Austerlitz”, hace algo distinto a lo que yo intenté en mi libro. Sebald se ubica en un contexto histórico específico, se documenta y obtiene una visión artística, onírica, de ese período. Su intención, me parece, no es ser completamente fiel a la historia.

A mí me parece que Wood te llama positivista porque confías más en los historiadores, los científicos por así decirlo, que en los novelistas. Ahora, ¿cómo es posible saber que un historiador no inventa cosas?
-No soy idiota: también desconfío de los historiadores. Pero los historiadores, si bien no alcanzan la verdad, al menos la buscan, esa es su meta. Por eso me molestó mucho que la crítica francesa dijera de “Las benévolas” de Littel que a uno le bastaba leer el libro para saber todo lo que se tenía que saber del nazismo.

Es una tontera.
-Obviamente, pero cuando gente que admiro como Jorge Semprún dice algo parecido sobre el libro de Littel, un hombre con tanta autoridad, o sea, admiro a Semprún pero se equivocó.

Causó cierta polémica que describieras a “Las benévolas” como “Houllebecq se ocupa del nazismo”.
-Lo que quise decir con esa frase, que causó polémica en Francia por las razones equivocadas, es que escritores como Littel, o el mismo Houllebecq, escriben de una época como si esa época fuera la nuestra. Le transfieren a sus novelas los asuntos y motivaciones de nuestra época. ¡Y luego sale la prensa diciendo que en esa novela se puede aprender todo lo que necesitamos saber del nazismo! En realidad, lo único que aprendemos es cómo nos sentimos hoy respecto del nazismo.

Hablando de eso, ¿qué opinión tienes de la situación en Europa, con un aparente resurgimiento de movimientos ultranacionalistas, especialmente en Francia?

-Preocupante. Es una vergüenza, pero al mismo tiempo, francamente, no lo veo como una vuelta del fascismo o la guerra en Francia. No estoy del todo seguro, en todo caso, de qué puede ocurrir.