Via Pijamasurf.com

El pasado lunes 15 de abril el tradicional Maratón de Boston se vio sorprendido por una explosión que, hasta ahora, ha dejado un saldo de 3 personas fallecidas, entre ellas un niño de 8 años, y poco más de 100 heridos. La bomba, según se empezó a denominar a las pocas horas de lo sucedido, estalló pocos metros antes de la línea de meta, afectando tanto al público que se encontraba en las inmediaciones como a algunos participantes de la carrera.

Las reacciones a lo sucedido han sido variopintas, pero sin duda las dominantes son el lamento, la condena y el asombro temeroso. A este respecto una de las respuestas más elocuentes —en varios sentidos— ha sido la de una serie de mensajes luminosos desplegados en el edificio de la Academia de Música de Brooklyn, creados por NYC Light Brigade y The Illuminator, los cuales expresaban la solidaridad de Nueva York hacia Boston (sin duda una elaboración un tanto abstracta que hace ver algunas de las aristas relacionadas con este asunto).

Sin embargo, como es obvio, este sentimiento no es unánime, y entre las opiniones adversas en torno al hecho hay un conjunto en especial que se distingue por comparar esta tragedia con otras que se viven en otros países, en muchos de ellos cotidianamente y, lo que es un tanto peor, provocadas por acciones del gobierno estadounidense. Concretamente se citan, por ejemplo, las muertes de niños que a cada tanto suceden por causa de los drones del ejército de Estados Unidos o, en general, de personas inocentes cuyos fallecimientos se cuentan por decenas, en ataques o atentados que lamentablemente son periódicos y que de alguna manera se encuentra relacionados con la política exterior estadounidense.

En Irak, por ejemplo, apenas el día anterior al Maratón de Boston varios coches bomba explotaron en distintas provincias del país, dejando como saldo 42 personas muertas y 250 heridos. Igualmente a inicios de abril un ataque aéreo de la OTAN en Kunar, al este de Afganistán, provocó el derrumbe del techo de una casa con el consecuente deceso de 10 niños y 2 mujeres.

Si se hace torpemente, esta comparación responsabiliza a Estados Unidos de su propia tragedia, en una suerte de versión simplista de una malentendida ley de la causalidad. Si el asunto se toma con un poco más de calma, se observa que comparar el dolor de una persona o de una sociedad con otra es, por decir lo menos, imposible, incluso en términos filosóficos (esa sería, tal vez, la opinión de Wittgenstein).

En cualquier caso, parece claro que existe un desequilibrio entre las tragedias que se despliegan en la opinión pública y, con mayor profundidad, en las reacciones que suscitan estas: por un lado, de manera un tanto confusa, tenemos muertes que se repiten frecuentemente y, por otro, otras que ocurren esporádicamente, ambas de personas inocentes en situaciones injustas, pero una no genera la misma respuesta pública que la otra. En términos generales, las sociedades occidentales desdeñan lo que pasa a miles y miles de kilómetros, tanto en un sentido literal, geográfico, como en uno metafórico, cultural; y, por otro, lamentan hondamente lo que de inicio parece más cercano. Algo que sucede en Medio Oriente no parece tener el mismo peso específico emocional que un hecho trágico en Estados Unidos. “Equivocado o no, probablemente sea la naturaleza humana, o al menos de instinto humano”, escribe Glenn Greenwald en The Guardian.

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