Odiaba a la derecha por putera y a la izquierda por pornográfica y borracha. Partió insinuando que solo los hombres casados debían tener derecho a voto y terminó maldiciendo a las jóvenes pervertidas y a las cataratas de alcohol que Salvador Allende hacía correr por Tomás Moro. Desde sus columnas periodísticas, escritas con la sangre que de su cuerpo sacaba la flecha roja de la DC, Picotón comparó a la geografía chilena con un reptil entre dos precipicios, y a la política de este país con un colegio tan santurrón como el Santiago College o el Villa María. Capaz de redactar libros que llegaban a vender ocho mil ejemplares en una semana, el maulino pareció anticiparse a la non-fiction de Norman Mailer y David Foster Wallace, y así se internó en los miserables rancheríos de Lota, sollozó ante las catedrales quemadas por el peronismo y vio morir a Ramona Parra en la masacre de la Plaza Bulnes. Los lectores lo tuvieron por un “cóndor en su observatorio cordillerano”, un “ojo insomne y siempre vigilante”, cuya clarividencia ni siquiera se agotaría cuando el autor –pese a los esfuerzos de su oftalmólogo– se fue quedando efectivamente tuerto y visionariamente convencido de lo bien que pintaban por entonces los planes de Pinochet.

Nació como Ricardo Boizard Bastías, en Constitución, y de su espacio natal retuvo algunas de las imágenes marinas que integraría después a su único poemario: “La senda inútil” (’29). Ni el pseudónimo ni el tono de aquel debut (versos un poco romanticones, firmados por “Lys”) sobrevivieron a su posterior conversión a la ironía y a la polémica. En 1946, no obstante, Boizard recayó en inutilidades literarias con una especie de cosmogonía galáctica al estilo Kubrick: soles, planetas y nebulosas que Eduardo Frei Montalva, dándoselas allí de prologuista, optó por desviar hacia los temas de su directa incumbencia, como la pasión de Cristo y los dramas del pueblo de Chile. Por esos años el talento de Picotón ya se había volcado al servicio público, rubro en el que consiguió sobresalir desde los cargos de embajador en Yugoslavia, director de Informaciones y parlamentario por Lontué y Teno. De dichas provincias vio emerger un impulso de autonomía que gozaba riéndose de los pijes capitalinos y que en general concordaba con sus propias ideas acerca del territorio: vivir en las afueras, ojalá en los cerros de Chena o en un pequeño predio de Peñaflor, y burlarse de cómo prosperaban simultáneamente –en las inmediaciones del Parque Bustamante– la usura y la depravación, los bancos y los burdeles.

Para quien se autodefiniese como antiburgués, antisoviético, antipituco, antiplutócrata y antirradical, entre una docena de otros antis, no hubo ideología que estuviera libre de vicios. A los tres tercios electorales los concebía más bien como una Malignísima Trinidad, compuesta por los “chupabufandas” de Alessandri Rodríguez, los “chupanarices” de su compadre Eduardo y los “chupabarbas” de la Unidad Popular. Montones de crónicas suyas atacaron frontalmente al momiaje derechista y a sus reformas de bolsillo, en especial cuando estos ángeles o hadas madrinas (“ellos, los lindos, los que van a defender la democracia”) insistían en hacerse pasar por “hombres de centro”. Ya desde “Muros Interiores”, de 1948, y aún en su antología “Picotazos de Picotón”, de 1965, el columnista repudió las mamonas prácticas de quienes continuaban ofreciendo yerbas y pomadas milagrosas en los tiempos de la penicilina y los trasplantes. Ser de centro, pensaba Boizard, equivalía a ser un cobarde: un cobarde dominado por el poder de los especuladores y por el pavor a las barricadas.

La trayectoria filosófica de Picotón daría su primer vuelco relevante a principios de la década del 30. Aunque a la fecha seguía creyendo en el Orden y en “la disciplina terrible de amarnos los unos a los otros”, comenzó a sentirse incómodo dentro de las juventudes peluconas y decidió sumarse a las piadosas filas de la Falange Nacional. Lo animaba una furia dirigida tanto a la vieja beata como al fariseo del capitalismo, tanto al gringo que se robaba el cobre como al engominado que utilizaba la cruz para aplastar al roterío. Pese a su medio siglo de militancia democristiana, Boizard no titubeó en echarle las choreadas a Frei todas las veces que quiso, ni en poner en entredicho los verdaderos alcances de la revolución en libertad. ¿Se puede dejar volar a una paloma –especulaba el de Conti– si previamente le han amputado las alas? Insidias de este toque irritaron con frecuencia a los tribunales del partido, de donde Picotón salió diciendo que mejor la cortaran de creerse “la pílsener en el desierto”, puesto que a esas alturas ya no había más opciones que la de comportarse como un comunacho.

Tal crossover izquierdoso resultaría truncado por el “despiporre” upeliento. Boizard Bastías denunció a las falsas guerrillas que confundían su tarea con una mezcla de “lecho, manjar y whisky”, al paso que se iba transformando a sí mismo en un tenaz detector de Allendicosas. Al compañero presidente lo subió al columpio por incitar al consumo de liebres y conejos (ante el desabastecimiento de vacunos) y por bajarles el voltaje a los pobres (con el fin de iluminar sus propias orgías). Perpetrado ya el golpe milico, y mientras sus antiguos fans exclamaban ¡quién te leyó y quién te leyera!, Picotón certificó la veracidad del Plan Zeta, felicitó a la Junta por hacer que las chilenas se pusieran más bellas, se deshizo en injurias contra el Calígula que acababa de suicidarse en La Moneda, y sólo dejó tranquilo al general Bachelet porque a los muertos había que respetarlos.
Las razones de la voltereta podían ser rastreadas, quizás, en aquel temprano poema donde “Lys” mimaba a unos soldaditos de plomo que iban y venían de su cama.

El caso es que el otrora certero francotirador de El Clarín derivó en un fachísimo Joe Pino que colaboraba para La Segunda. Con dos matrimonios, seis hijos y quince libros en su prontuario, a Picotón lo acusaron de inexacto, de loco y de senil, sin que importaran sus innegables aportes a la construcción de un “periodismo levantado” (elegante hasta el punto de trascender más allá del mediodía), ni los proyectos utópicos que intentase implementar en las riberas del Maule y del Perquilauquén. Lo que nunca estuvo en duda fue su colosal entrega al oficio, y a esta virtud se consagrarían los discursos y las misas con que lo despidieron. Nadie más que Ricardo Boizard –diría el cura en su parroquia de El Golf– hubiera escrito una crónica sobre el mérito de las visiones parciales o borrosas, apenas cuatro horas después de que los médicos le arrancaran literalmente un ojo de la cara.

(lectura de fotos)
“Picotón redactó libros que llegaron a vender ocho mil ejemplares en una semana”