La sonrisa salva, explica, conmueve y reproduce. En esta historia de 40 años de dolores no siempre compartidos, hay quienes salvaron la vida con esa expresión, son sobrevivientes y, entre ellos, supervivientes que parecen no haberse dado cuenta de la muerte, porque nacieron para vivir. Es el caso de Ricardo Candia Cares quien escapó a los 16 años del Estadio Nacional en 1973.

Su experiencia es la de muchos rotos choros y vivos que burlaron al monstruo y es la de niños como este escritor, cuya sonrisa no se borra aunque no tiene idea exacta sobre qué hizo que saliera del Estadio Nacional ese 19 de septiembre de 1973, hecho pebre por los golpes, pero vivo.

Ricardo Candia Cares tiene en la actualidad 57 años –aunque sostiene que está en la adolescencia-, fue parte de los equipos de autodefensa de la J en la UP, seleccionado como futuro escolta de Allende, elegido como uno de quienes infiltrarían el Ejército para que el PC contara con oficiales y tras el Golpe no sólo pasó por el mayor centro de detención tortura y exterminio de la dictadura. Posterior a eso, tres veces estuvo preso, pero siempre salvó, porque “era inocente”, dice ocultando la mirada radiante que lo delata. En esas experiencias hay, también, una explicación a su actual pasión: escribir. Y, probablemente también, a su único dolor reconocible: no poder estar con todos sus hijos.

Candia es el segundo de 9 hermanos.Su madre era dueña de casa y él un empleado ferroviario. Se vinieron de a poco a Santiago así es que la infancia pasó entre meses en Angol y la capital, con muchas escuelas y poco de asentamiento. Fue dice, una infancia triste, carente, con mucha vergüenza, timidez y miedos. “Por eso en la casa la prioridad era la comida, aunque todos terminamos la secundaria, excepto mi hermana Ximena, porque mi papá la obligó a casarse cuando le pidieron permiso para pololear. En 1970 entré al liceo, allí salí de mi primera infancia. Ese año es clave, me di cuenta que existía otro mundo, otros estilos de vida. Como era entonces, el Liceo 19 de Quinta Normal congregaba jóvenes de todas las clases. Tenía compañeros con TV en cada pieza de su casa, nosotros dormíamos todos en una pieza de 6×3, esas diferencias tuve que empezar a asimilar con extrema rapidez”.

¿Allí entró a militar?
Me desvinculé de mis hermanos, entré solo al liceo y llegaba a dormir a mi casa. Ya militaba en la J. Un día, voy en la micro y veo un grupo de cabros de la J cagaos de la risa que me llamaron mucho la atención. Después de la elección de Allende, al liceo llegó una compañera y formamos una base. La elección de Allende fue una cosa majestuosa, fue una cosa muy grande para todos los pobres que se nos vino encima y de pronto estábamos en trabajos voluntarios, en la campaña del rendimiento estudiantil y mil cosas.

¿Su mamá lo apoyó?
Mi mamá estaba encantada, ella nos contaba que su papá, el abuelo Pedro, le hablaba acerca de los avances que tenían el pueblo en la Rusia soviética. Pedro Cares escribía consignas en las bodegas de las estaciones de Santa Rosa, en el fundo San Ignacio, lo pillaron y lo echaron, pero él le contaba esas historias a mi mamá, entonces ella decía que el destino no era ser pobre, eso nos generaba algo muy rico, combatía el vivir en un estado lúgubre al tres y al cuatro. Entonces yo sabía que no iba a mirar los zapatos nuevos de otros con envidia y dolor, sino con rebeldía y un sentimiento de luchar por la justicia que fue reforzado por la J.

¿Sus hermanos militaban?
Mi mamá ingresó entonces al PC y luego mis hermanos.

¿Qué hacía en la J?
De repente te ves metido en una cosa que inoculaba en la sangre. Una vez estábamos transportando harina a las bodegas de la ECA (Empresa de Comercio Agrícola – estatal-). El desabastecimiento en el país era tan brutal que no había pan y eso generaba una cosa tremenda en la gente y se armó el movimiento Voluntarios por la Patria. Salíamos a los molinos a buscar harina y la repartíamos; era bien complicado porque muchas veces la gente nos agarraba a peñascazos.

Pero, ¿por qué lo hacían ustedes?
Por el desabastecimiento. Otra vez, un compañero nos dijo que había un buque ruso que tenía toneladas de leche. Partimos unos 200 voluntarios en unos cien camiones que el gobierno había comprado en Brasil para enfrentar la huelga de los camioneros chilenos. En Valparaíso, la columna de vehículos cubría desde la bajada de Avenida Argentina hasta la entrada del puerto. Allí, los marinos no nos dejaban pasar porque decían que no sabían descargar un buque. Llamamos al intendente y éste les ordenó. Pasamos no sé cuantas horas trabajando, pero recuerdo que volábamos y en minutos cargábamos los camiones. Volvimos a la ECA en la noche, muertos de cansados y alguien dice que había que descargar los camiones y los descargamos. Las mujeres que trabajaban allí nos hicieron una cazuela de cordero, no habíamos comido ni descansado. Esas cosas son posible por la mística, no hay explicación racional.

A Ricardo Candia le brillan los ojos, ha vuelto a esa felicidad.

-Esa es una de las cosas de centenares que pasaron y por eso es que la UP son los tres años más maravillosos que la gente pobre vivió en este país, es único, todas las cosas tenían sentido. No es que uno se propusiera salir del liceo para entrar a la U. Era: yo voy a ser ingeniero, arquitecto, médico, teníamos la certeza.

¿Cómo llegó al equipo de autodefensa?
Entre el 71-72, la J aumentó la calidad y cantidad de los equipos de autodefensa porque la situación era muy compleja, había un sabotaje tremendo contra el gobierno de la UP, con expresiones muy violentas, con ataques a las marchas, oleoductos y, básicamente, a la economía que creaba un caos comprensible en la gente que no tenía qué comprar. Se agudizaba el enfrentamiento callejero, creo que fue el momento más alto de la lucha de clases, los grupos paramilitares eran frecuentes actores de agresiones y asaltos. Nosotros nos defendíamos con lo que teníamos.

¿Y qué tenían?
Los equipos de autodefensa eran para eso y también si había que enfrentarse a los fachos, lo hacíamos muy eficientemente. Cada Comité Local tenía su equipo, cabros que con equipamiento muy básico hacían lo suyo. Nos dejaban armas, la Lulú, la Margarita y el Huaso. Todas muy viejas, pero con las cuales se pasaba susto. Una vez, a un cabro huevón de 12 años, en el local de Comité Central de la J, en República, cuando yo estaba de jefe de turno, se le escapó un tiro del Huaso, una verdadera pieza de museo. El tiro pasó a no más de 10 cm de mi cabeza.

¿Recibió órdenes especiales?
A mí siempre me mandaban a misiones más o menos extrañas. Una vez, un jefe me dice que tenía que ir a hablar con el paco que estaba en la puerta de la UC y ofrecerle que la J le ayudaba a desalojar la casa central. Él me dijo que ellos podían hacerlo solo. Menos mal, tuve mucho miedo.

¿Estuvo en los equipos de infiltración?
Un día, en el 72, me citan a con el Mao, un obrero, el más respetado en ese terreno (Felipe Rivera, asesinado tras el atentado a Pinochet) y me dice: Tenís condiciones, pero tú tienes que salirte de la J y de todo, la única que puede saber lo que vas a hacer es tu mamá. Tenía que irme en ese segundo a Ñuñoa y me pasa a buscar un tipo, creo que en un Fiat 600, me lleva a una casa muy bonita, luego llegan cinco cabros más, entre ellos una mujer, y el compañero que estaba a cargo, un hombre con ojos vivaces y actitud de espía internacional, nos dijo: Compañeros ustedes han sido seleccionados para asumir una de las mayores responsabilidad de la revolución chilena. Ustedes van a infiltrar al enemigo, irán a la escuela Militar. Se llamaba Raúl, creo. Luego se conoció como “El Fanta”.

¿Y qué hizo?
Yo era el menor del grupo y el único de origen proletario. Nos íbamos a preparar a infiltrar al enemigo. Yo empecé a pasarme toda la película, iba a ir al Ejército de Chile e iba a ser un militar más, pero orientado a que el partido tuviera oficiales. Y empezamos un curso muy básico, teníamos que ir todos los días a esa casa, pero no me gustó. Creo que, simplemente, me dio miedo y al mes le pedí a mi jefe que no quería seguir. Me arrepentí de haber aceptado la misión, me quedaba grande, no sabía cómo se enfrentaba eso, yo veía las marchas, el jolgorio de la UP y ahora, en esta clandestinidad ya no tenía amigos, ni siquiera podía ver tele, porque no teníamos. Raúl me dijo que no se podía y que siempre estaría ligado a ellos, que no podía volver a la J y me fue a dejar en Santa Rosa con Alameda. Nunca supe quiénes eran los otros. Pero no le hice caso y volví a la J. Parece que no era tan riguroso todo, como que estaban jugando, eran cuestiones sacadas de novelas.

¿Y la historia de escolta de Allende?
En mayo me citan a República y me dicen que al otro día tengo que estar en la puerta del teatro Bandera con chaqueta y un pañuelo blanco. Llegué el 20 de mayo al punto y estaba Juan Carlos que era un amigo mío y el jefe creo, y otros cinco que no conocía. Iba a llegar una persona con una contraseña. Al rato llegó, era muy joven. Nos llevó al banco O´Higgins que estaba en la esquina de calle La Bolsa, entramos por unos pasillos y ahí nos dijo que íbamos a colaborar en la seguridad del compañero Allende, que tenían informes de un atentado para el día siguiente, cuando el Presidente pasara frente al diario La Prensa (a unos 20 metros de donde está ahora la Intendencia). Teníamos que estar allí el 21 de mayo, al paso del Presidente teníamos que saltar el cordel, ponernos detrás del auto que iba a continuación del vehículo presidencial. Primero ponernos el pañuelo, un botón de concha de perla con alfiler en la solapa de la chaqueta y una tarjeta que tenía el escudo chileno en colores bien desteñido. Los escoltas nos iban a armar. Otra vez me vino el miedo. Y nos pregunta el tipo si conocíamos un fusil AK, dije que sí, por supuesto, pero no había visto jamás uno. Al otro día, cuando avanzó el compañero Allende y no pasó nada, respiré aliviado.

EL DÍA DEL GOLPE

“Estábamos en San Antonio y vimos cuando un buque se cruzaba, en la madrugada. Los ferroviarios nos dijeron que eso era muy extraño, se cruzó y bloqueó el puerto. Nos vinimos a las 10 más o menos y como las radios decía que había Golpe, veíamos por el camino a Melipilla milicos con unos pañuelos medio rojo y pensamos que eran nuestros. Intentamos llegar a La Moneda, nos fuimos al Regional de Cummings 356 y no había nadie, nos fuimos a mi comuna, la Quinta Normal y nos separamos. Ahí me junté con mi querido compañero el Negro Mario que siempre fue un soldado y me dice: Aquí hay que pelear y buscar a los compañeros. Pero no encontramos a nadie, ese día me quedé en su casa, estábamos muy cerca de la radio estación de la Armada, frente a la villa Portales, y sentíamos el tiroteo. De pronto, el Negro, que fue el tremendo soldado mortero en su generación en el regimiento Guardia Vieja, me ordena: Levántate porque viene entrando un jeep militar. saltamos varios muros y nos refugiamos en una casa a cuyo dueño el Negro amenazó con un formón si nos denunciaba. Nunca supimos quiénes eran, ni nada.

Tras recorrer la comuna buscando a sus compañeros, de recuperar cartuchos de dinamita, de ser atacados con disparos por una patrulla militar, de dar muerte a un pato y guardarlo como comida y de recibir órdenes de un español vestido a la usanza de la guerra civil, ambos decidieron separarse e ir en busca de la gente que no llegaba. Allí empezó su destino al Estadio.

AL ESTADIO, AL ESTADIO
¿Qué hicieron luego?
Quedamos de juntarnos con otros. Yo venía de El Salto y como a las tres de la tarde del 19 de septiembre, caminé a tomar la Bilbao Lo Franco y me doy cuenta que alguien que conocía me seguía. Era un militante de la JDC, pero no me hablaba, se subió a la libre y se bajó cuando yo me bajé. Los compañeros que me estaba esperando lo increpan y él se asusta, sale arrancando con tanta mala cuea que se topa con patrulla militar que nos cerca y este gallo da mi nombre, dice que soy comunista.

¿Qué pasó?
Estábamos justo frente a la casa del Juancho. La mamá sale y se agarra de los pies del milico y salva a su hijo y a uno más. El teniente o subteniente a cargo, entonces, nos lleva al río a los otros dos y baja, y da la orden que nos maten. La gente que vivía ahí gritaba, entonces dice: Mátalos aquí no más y disparaba al aire. ¡Chucha, hay mucha gente, vámonos! Me mira y me dice: Te salvaste conchetumadre. Entonces se sube sobre mis costillas y nos empiezan a pegar a mí y al Pablo Santibáñez.

¿Y los llevan al estadio?
Nos llevan en periplo hasta que, de repente, gritan lo que me pareció una contraseña, y la patrulla se detiene. El milico que me ayuda a bajar era un soldado y le brillan las lágrimas al ver mi estado. Me dice: Ojalá que no hayas hecho nada porque aquí te van a matar. Nos entran bajo el sector de la marquesina y nos vuelven a sacar la chucha.

¿Cómo fue que se salvó entonces?
Ahí pasa que hay órdenes, salen los que estaban y entra un cambio de guardia y cuando eso se tranquiliza uno de ellos se acerca y nos pregunta qué hacíamos allí. Le dije que no sabíamos. Y entonces, armamos nuestra historia. Le dijimos que estábamos en la casa del Pablo, que nos tomó una patrulla militar y de ahí no salimos. El milico a cargo preguntó por nuestros carnets y no estaban, los habían perdido. Yo, en un momento vi el mío, pero me quedé callado. Luego aparecen los carnets y el milico pregunta por nuestras fichas y están en blanco, se enfureció. Entonces nos dijo: Ya, Uds. están de economía (de más), duerman ahí. Pedí ir al baño, de madrugada. Entremedio de cuerpos, gritos y horror, vi mi cara y no me reconocí, hinchado, golpeado, me dio pena, pensé que era otra persona.

¿Qué vio en ese sitio?
Estaba lleno, no sólo dentro de los camarines, sino también en los pasillos, fue terrible; un hombre joven pedía agua y lo hacían reptar, le abrían la llave y le pegaban en la cabeza, creo que él debe haberse muerto porque estaba agonizando. Allí todo duraba poco, pasaban a la gente hacia el fondo, se sentían los gritos horribles y después eran verdaderos cadáveres. Yo me escondía, trataba de no mirar.

¿Pudo dormir?
Creo que dormí algo.

¿Cómo salió de allí?
Al día siguiente, el mismo milico vuelve y ordena que nos den un cacharro con té. De repente nos dice que nos van a sacar los pacos y que tenemos que decir que caímos por toque de queda. Y así fue, nos metieron en una micro de pacos. El milico peleó con ellos para que nos sacaran de allí. Yo no quería decir nada hasta que un paco, al llegar a Catedral con Matucana, nos pregunta: ¿Dónde les queda? Rápidamente le dije: Aquí, y nos abre la puerta del bus y nos bajamos. La gente en la calle se corría, les dábamos miedo. Nosotros nos habíamos salvado del Estadio Nacional y lo sabíamos. No quería que mi mamá me viera así, estaba tan herido que me fui a la casa de una polola (Estela), y hasta la mamá de ella que no me pasaba, me permitió quedarme. Las únicas dos piezas de dentadura que no tengo tuve que sacármelas porque me las partieron.

¿Y cuándo se rencontró con su mamá?
Al otro día, no recuerdo bien, pero ella me dijo que sabía que estaba preso.

¿Por qué cree que se salvó?
No sé si adjudicarlo a la suerte, a haber armado esa historia tan rápido, no sé. El asunto es que se les perdió el carnet, el que me acusaba no dejó la razón en el parte y al milico le era más fácil, parece, dejar a unos cabros chicos irse, porque en ese lugar éramos los únicos menores. Yo creo que lo que me salvó fue que a un milico le incomodó ver a un cabro de 50 kilos que le habían sacado la cresta y éramos los únicos a los que no molestaban, en un lugar donde el gritadero era terrible y sacaba a la gente muerta. Fue una larga noche, la del día de las glorias del Ejército.

Con Pablo Santibáñez se vieron unos días después, pero entre la alegría de sus amigos por verlos vivos, la detención no fue comentada entre ambos. Aunque Candia no duda: “No estaba choqueado, estaba aliviado y cuando volví al liceo, me centré en el estudio, en las notas y comencé a pololear con quien luego sería la madre de mi primera hija”. En esta parte del relato, recién cambia su gesto, se apodera de él un dolor profundo, su pena está radicada en no poder estar con Catalina (32) ni con Camilo (27), el hijo que tuvo luego en Suecia.
“Nunca he tenido los suficientes cojones, a lo sumo le mandaba cartas y regalitos que encontraba por ahí, pero siempre sé de ella. Mi hijo, en cambio, no me quiere ver. Ellos son mis capítulos dolorosos”.

Tras el asesinato de José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Abraham Muskablit, Ricardo Candia se enamoró de Owana Madera, la viuda de Guerrero y madre de Manuela. Se ilumina, nuevamente la sonrisa, aunque ya no con picardía, sí con serenidad, al recordar los años en familia y la llegada de su tercer hijo, Ricardo, con quien vive actualmente.

“Mi concepción de la vida en esta parte alta de mi adolescencia, es ser feliz, al menos una vez al día. No puede ser un estado permanente porque si no te mueres. Como yo lo he pasado muy mal, lo que hay que hacer es conformarse con poquitas dosis de felicidad: Un poema, un libro, un texto, un recuerdo, la foto de una persona querida. Tengo adicción por momentos de felicidad. Sé que todos los días tengo un momento de sufrir por los hijos que no veo. Casi todos los días, además, escribo.

Cuando caímos presos el 86 a la CNI, con Aldo Díaz, en la mítica imprenta Caliche, allí en la cárcel todos, por ocio, escribíamos. Al salir, entonces, Aldo me dijo que como solidaridad con los presos políticos o hacíamos un libro con sus trabajos o un millón de panfletos exigiendo libertad. Y me dio a la tarea de recopilar lo que la gente escribía, era poesía. El libro se llamó “Las Palabras del Chile Prisionero”. Ahí me di cuenta que podía escribir, pero además, la otra parte que coincide con este impulso fue que estando preso conozco a los que hablaban en coa. Y empecé a recopilar eso. Investigué en bibliotecas y me hice experto en el coa, la jerga y sus orígenes e hice mi primer diccionario: El diccionario del coa o el arte del chamullo y la movida, auto editado”.

¿Ud. mismo lo promovió?
Fui a la Feria Chilena del Libro y me dijeron que se iba a demorar, pero un señor me sugirió que llevara copias a los canales de TV. Me fui con un paquete y dejaba ejemplares con una tarjetita con mi teléfono. Así me llamaron primero de ChileVisión y me entrevistó el propio Raúl Alcaíno en Amigos y amigas; y en Rock and Pop, Marcelo Comparini y Marco Silva, en Plaza Italia, junto a Lavín y Julio Martínez. Luego fui con ejemplares a la feria del libro y allí creyeron que yo era socio de la Sociedad de Escritores de Chile y me permitieron dejar unos libros. Me llamaron y me pidieron que llevara más ejemplares y que firmara los textos.

Candia, quien no pudo terminar licenciatura en Física en la UTE, se decidió finalmente, en su “adolescencia”, a escribir y hoy aguarda el momento que la fama le impida visitar a sus amigos, pero “jamás” dejarlos. Por ahora afina los detalles de sus últimas dos novelas, espera el resultado del concurso de cuentos de España, donde es finalista entre 22.150 postulantes del mundo y se ríe viendo debajo del agua en sus columnas de Punto Final y otras publicaciones.