En los 17 años que duró la dictadura de Augusto Pinochet miles de personas fueron torturadas, asesinadas y hechas desaparecer a manos de las fuerzas de seguridad del Estado.

Uno de los lugares donde tuvo lugar la etapa más negra de la historia chilena fue Londres 38, una casa ubicada en pleno centro de Santiago, a pocos pasos de su arteria principal, la Alameda, y a cuatro manzanas del palacio de La Moneda.

“Lo que más llama la atención es que hubiera un centro de tortura y los vecinos no escucharan los gritos”, dice Miguel Ángel Rebolledo, superviviente del “Cuartel Yucatán”, como lo llamaban los militares.

“Todo eso pasaba en pleno centro de Santiago; eso da cuenta del terror que tenía la gente, de que todos callaban. Dentro del dispositivo represivo, la dictadura contó con el silencio de todos”, indica en una entrevista a Efe.

Por este inmueble pasaron cerca de 2.000 personas entre 1973 y 1975, en su inmensa mayoría militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y de las que 96 todavía permanecen desaparecidas.

Durante el día, los secuestrados permanecían amarrados en sillas, con los ojos tapados. Por la noche, eran torturados por miembros de la policía secreta, la DINA, con el objetivo de delatar a otros compañeros.

“Había momentos en los que no nos interrogaban. Entonces, los guardias, que eran militares y estaban aburridos, jugaban de esta forma: tomaban un magneto y cargaban de electricidad una llave”, explica Jorge Flores, que solo tenía 16 años cuando estuvo en Londres 38.

“Se ponían detrás de nosotros y nos decían: ‘¡Saca la lengua!’. Como estábamos en un régimen de terror, había que hacer todo. Entonces ponían la llave con la electricidad (en la lengua) y se reían. Así jugaban. Era un hecho frecuente, entretenerse con el sufrimiento de los detenidos”, narra.

Jorge Flores fue detenido para que delatara a su hermano. Entonces, él no sabía qué era la DINA, “una mafia, un aparato siniestro de muerte”, como la define hoy.

“Éramos conscientes de que estábamos pagando la cuenta de los sueños que tuvimos, de creer en una sociedad mejor. Sabíamos dónde estábamos, pero había mucha gente que pasó por estos lugares que no tenía ni idea de por qué estaban allí”, asegura.

Al respecto, Mario Aguilera relata que “muchas veces los torturados eran familiares de personas con las que ni siquiera tenían afinidad ideológica y que eran a las que estaban buscando”.

Este superviviente de Londres 38 se vio obligado a abandonar Chile en 1975 dejando atrás muchos sueños y anhelos, el principal de ellos el fin de la dictadura.

Aún hoy recuerda con emoción la elección del presidente Patricio Aylwin (1990-1994) apenas un día después de su regreso al país.

“Estaba solo en la Alameda, solo, con miles de personas celebrando el regreso a la democracia, pero estaba solo porque ya no estaban mis amigos, ya no estaba la gente que yo conocía. Yo era un tipo con mucha pena”, afirma.

Añade que “era muy difícil festejar, era muy duro estar con tanta gente sabiendo que hubo otros que dieron su vida para que se produjera ese momento de júbilo en las calles de Santiago”.

Con el retorno de la democracia, la justicia comenzó a actuar. Se produjeron los primeros careos, los primeros juicios contra los responsables, un hecho que, según Miguel Ángel Rebolledo, tuvo un “valor reparador muy importante”.

“Todos los sobrevivientes tenemos el deber moral con nuestros compañeros de lucha de testimoniar lo que nos tocó vivir, para que se haga justicia”, declara.

Hoy, cuatro décadas después del golpe de Estado, Londres 38 es el único recinto empleado por la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) que permanece intacto.

Nelly Andrade estuvo detenida allí en enero de 1974 y todavía recuerda algunos elementos que la retrotraen al pasado.

“Puedo ir en el metro y oler una colonia de hombre que es la que alguna vez sentí en esta casa. Entonces pienso, ¡ah! ¡ya sé! ¡Londres 38! ¿Y eso qué significa? Tortura, violación, vejaciones, sufrimiento, gritos, angustia”, cuenta.

“Muchas veces -continúa- me han preguntado por qué doy este tipo de entrevistas y la respuesta es una sola: no quiero que nunca más vuelva a suceder. La gente que sufrimos tortura, que pasamos por situaciones extremas no olvidamos. Nos queda siempre algo y volvemos una y mil veces”.

Mario Aguilera coincide con Nelly: “Creo que es necesario que esto se sepa, pero que se sepa no por ánimo de venganza, sino para que nunca más vuelva a ocurrir, para que no haya chilenos desaparecidos, familias que todavía andan buscando a sus parientes, viudas que buscan a sus maridos”.

“Yo fui solo torturado, fui solo golpeado, fui solo maltratado, fui solo expulsado de mi país, pero hay gente que no puede decir eso, gente que ni siquiera tuvo la posibilidad de seguir viva”, concluye Aguilera.

Tras su rehabilitación, este antiguo centro de tortura se ha transformado en un espacio contra el olvido. Sus supervivientes lo han convertido en el emblema de la recuperación de la memoria histórica.

En Londres 38 sigue habitando el recuerdo, para que nunca más vuelva a ocurrir lo que allí sucedió.