A Rodrigo Saavedra le decían “El calmadito”. Llevaba seis meses preso cuando sus compañeros de celda, en el Módulo A de la ex Penitenciaría, le preguntaron por qué estaba allí. Con su habitual calma, de ahí su apodo, les respondió lo mismo que le había contado a todos: “por robar autos”, les dijo. Esta vez, sin embargo, nadie le creyó. No era lógico que un ladrón estuviera en un módulo en el que sólo hay narcotraficantes y violadores. Sus compañeros le volvieron a preguntar. Saavedra, entonces, tuvo que decir la verdad: “Me acusaron de violar a mi hija, y estoy condenado a quince años, pero soy inocente”. Sus compañeros, satisfechos por la respuesta, replicaron con obviedad: “Acá, todos somos inocentes”, le dijeron entre carcajadas.

Tres años después de esa conversación, el 28 de julio de 2011, mientras Saavedra jugaba ajedrez con los mismos incrédulos, un gendarme se le acercó con un papel en sus manos. Traía su absolución: Saavedra efectivamente era inocente. De los 320 presos que allí cumplían condena, 300 se acercaron en romería a su pieza para despedirlo. Varios de ellos eran amigos y otros tantos conocidos con los que compartió en los 1.302 días que estuvo en la prisión. Allí, entre narcotraficantes y verdaderos violadores, Saavedra aguardó con paciencia a que la justicia llegara.

ACUSADO

La historia de Rodrigo Saavedra es un drama por donde se le mire. Para entenderla, hay que partir cuando tenía 17 años y vivía en Laja, en la Octava Región. Allí, durante un verano, conoció a Romina Arratia, de 21 años, la prima santiaguina de su mejor amigo, de quien se enamoró e inmediatamente dejó embarazada.

Aunque la pareja estaba feliz, Marta Navarrete, la madre de Arratia, estaba disgustada, y los obligó a casarse y a vivir en la misma casa de ella. Su excesiva autoridad sobre su hija, convirtió el romance en un problema. Tanto, que apenas nació su nieta, de iniciales S.D.S.A., ella trató de quedarse con su tutoría, ya que nunca aceptó la relación de ambos. Ese hecho hizo que Saavedra y Arratia se fueran a vivir solos con su hija a Macul, donde tuvieron a su segundo hijo. En ese tiempo, Saavedra trabajaba como guardia de seguridad y, aunque aparentaba solvencia económica, las cosas con su esposa no iban bien. La tensa relación familiar hizo fracasar el matrimonio. También asuntos domésticos, como que a Saavedra le molestaba mucho llegar a la casa y no encontrar a su esposa allí, o que ella fuera mucho a la casa de su mamá. Un día, a modo de advertencia, cuenta que le dio un ultimátum: “Le dije: si tanto quieres estar donde tu madre, mejor te vas a vivir con ella”. Romina se fue de la casa al día siguiente, con sus dos hijos a cuestas.

Saavedra se fue a vivir con un amigo y al tiempo se enamoró de la hermana de éste, con quien tuvo una hija. Mientras vivía con su nueva pareja, dice que nunca dejó de cumplir con el pago de la pensión de sus otros dos hijos, aunque no los veía regularmente. Fue en ese tiempo, a fines de 1999, cuando programó un viaje a Laja para que todos sus hijos visitaran a su abuela. Romina, sin embargo, sólo dejó que S.D.S.A., que en ese tiempo tenía 10 años, viajara con su padre. En Laja estuvieron cuatro días y luego todos regresaron a Santiago. En la capital, la relación con Arratia empeoró sin explicación alguna, y el contacto con sus hijos se redujo a algunas visitas mensuales y un par de llamados telefónicos. Así se mantuvo los tres años siguientes, hasta que en julio de 2002 una extraña denuncia le llegó a Laja, donde se fue a vivir luego de terminar su anterior relación. El papel, recuerda, no daba luces de ninguna acusación, salvo la orden de presentarse en el 29 Juzgado del Crimen de Santiago. Saavedra pensó en la pensión de alimentos que no pagaba hace unos meses. Estaba equivocado.

“VIOLADOR”

“Tú sabes por qué estás detenido”, le dijo el detective que lo atendió en el cuartel de la PDI. Rodrigo Saavedra lo miraba con cara de incredulidad. Aún no caía en cuenta de lo que ocurría, cuando un comentario lo dejó helado: “estás detenido porque violaste a tu hija”, le dijeron.

A Saavedra lo acusaban de violación reiterada entre los años 1999 y 2002. Recuerda que por su cabeza pasaron todos los encuentros que tuvo con su hija S.D.S.A. entre esos años, y no contó más de diez, y todos en una plaza pública que quedaba cerca de la casa de su suegra. Ante los policías aseguró completa inocencia, pero nadie le creyó. Sobre él pesaba una denuncia que Romina Arratia había realizado el 29 de septiembre del 2000, y que servía de base para procesarlo –dos años después- como autor del delito de violación. El 9 de julio de 2002 Rodrigo Saavedra entró a la cárcel de Puente Alto. No pudo hablar con un abogado, ni menos con un juez. Simplemente, se fue detenido.

El expediente en su contra decía que Romina Arratia lo había denunciado por violación luego de que S.D.S.A. regresara del viaje a Laja “alterada y agresiva”, y que al bañarla “le encontraron la vagina abierta, anormal para las niñas de su edad”, dice la causa. Seis meses después de eso, en el Hospital Luis Calvo Mackenna, cuatro ginecólogos llegaron a la misma conclusión, y los exámenes de flujo vaginal arrojaron que además tenía gonorrea. En su declaración, Arratia dice que ella trató de hablar con su hija, pero ésta no le dijo nada. Asegura, además, que su marido era muy mujeriego y que tenía “un amor enfermizo por su hija, no común en un padre”.

Aunque la declaración de S.D.S.A. no involucraba a su padre en ningún delito, haciendo referencia sólo a que no recordaba nada de lo que había pasado, las suposiciones de Romina Arratia y los exámenes del Calvo Mackenna fueron argumentos suficientes para que el 29 Juzgado del Crimen de Santiago dejara preso a Saavedra, quien sólo después de dos meses y previo pago de cien mil pesos de fianza, pudo salir en libertad. Así aguardó la sentencia, que llegó el 5 de agosto de 2004. El proceso comprobó la existencia de la violación. A las pruebas anteriores, se sumó un informe del Servicio Médico Legal, de mayo de 2002, que determinó que S.D.S.A.

presentaba “desgarros antiguos del himen, ya cicatrizados, o sea, está desflorada en fecha no reciente”, decía el documento, que también enfatizaba en que no era posible determinar la fecha exacta en que se produjeron los desgarros. Al leer el veredicto, sin embargo, los argumentos esgrimidos por el juez Fernando Monsalve dan cuenta que a Saavedra, que insistía en su inocencia, se lo condenó simplemente por la incriminación directa de Romina Arratia y por el informe médico legal de ginecología forense que decía que la niña no era virgen. Son –dijo- “presunciones graves, precisas, y concordantes”, cuando bastaba darle una leída rápida al expediente para darse cuenta que allí nada era preciso ni concordante.

Un abogado que su madre pagó evitó que Saavedra fuera inmediatamente a la cárcel. La causa, esta vez, llegó a la Corte de Apelaciones, que se pronunció el 21 de septiembre de 2007. El revés judicial esta vez fue peor: La Corte no sólo confirmó el fallo anterior, sino que además consideró que las atenuantes estaban mal aplicadas y le subió la condena a 15 años y un día. Nuevamente nadie creyó en su inocencia.
Cuando el 5 de diciembre de 2007 entró a la ex Penitenciaría a cumplir con su condena, Rodrigo Saavedra ya tenía otra pareja en Laja y una nueva hija de un año y medio.

EL INFIERNO

Rodrigo Saavedra sabía del infierno que significaba entrar a la cárcel con el cartel de violador, más aún cuando el abuso era sobre su propia hija. Por eso, siempre mintió, y a todos les dijo que estaba allí por robar autos, incluso cuando por un “error” de Gendarmería se pasó los primeros meses con reos reincidentes de la Calle 14, y no con los primerizos, como le correspondía. En un documento que redactó mientras duró su prisión, y que tituló como “Historia de mi vida”, Saavedra cuenta detalles de esos días: “Pasé mi primer cumpleaños detenido y conviviendo con 20 delincuentes en una habitación. Recibí golpes, amenazas, improperios y fui denigrado. También pasé hambre, frío y no se podía dormir por los chinches y las vinchucas”.

Luego de eso vivió cinco meses en la Calle 1. Allá lo apesadumbró la depresión. “Lloraba, no entendía lo que pasaba, para mí nada tenía ni pies ni cabeza”, recuerda. Estando allá descubrió que en el pasillo había una descuidada grutita. La limpió y –dice- encontró a la Virgen. No pasó mucho tiempo y los mismos presos de la Calle lo nombraron delegado de la pastoral católica y una monja le trajo biblias, estampitas y rosarios para cautivar a las almas perdidas. Allí se aprendió el salmo 91, el de la protección, que rezó hasta que salió de la cárcel: “El que habita al abrigo del altísimo, morará bajo la sombra del omnipotente”, dice la plegaria en sus dos primeras líneas.

Luego de casi siete meses, Gendarmería recién encontró un lugar para Saavedra. Lo mandaron al Módulo A, donde están los narcotraficantes y los violadores. En su escrito, Saavedra describe así el nuevo lugar al que fue destinado: “Vivía hacinado con cinco personas más en una pieza de 2 X 3 metros. El agua sólo llegaba a las 21:00 horas y el encierro era a las 18:00. Sentía que no había justicia en Chile. Me sentía solo. Aunque me apoyé en la pastoral católica, muchas veces pensé en quitarme la vida para no sufrir más aquel calvario, que no sólo lo llevaba yo, sino que también mi madre, mi pareja, y mis hijos”.

Su familia trató durante todo ese tiempo de probar la inocencia. Mónica Conus, la madre de Saavedra, vendió su casa en Laja con todo lo que tenía adentro y se vino a arrendar una pieza a Santiago. En los 1.302 días que duró el encierro de su hijo, sólo faltó a dos visitas. Su pareja de ese tiempo, la misma de hoy, nunca dejó de visitarlo tampoco, y financió con créditos bancarios gran parte del costo de los abogados que durante tres años trataron de obtener la libertad de Saavedra. Un abogado de la Corporación de Asistencia Judicial fue el primero en presentar un recurso de revisión, en febrero de 2008. En octubre de ese año, sin embargo, la solicitud fue rechazada por la segunda sala de la Corte Suprema, por cuatro votos contra uno. El único ministro que le creyó a Saavedra fue Hugo Dolmestch, quien se dio cuenta de las falencias del proceso anterior, argumentando que había llegado a la convicción que el delito existía, pero que no habían pruebas para inculpar al padre: “la menor fue abusada, pero en fecha anterior a la que se le atribuye al padre y también en una época posterior”, redactó Dolmestch, quien unos meses después le envió una carta a Saavedra diciéndole que él le creía.

Saavedra recuerda esos años con vacíos temporales. Su relato es como el de alguien que se ha propuesto olvidar una parte de su vida. Habla con pausas y evita entrar en detalles. La única razón por la que está vivo –dice- es porque se agarró a la religión. Cuando no estaba en eso, jugaba ajedrez y a veces se pasaba tardes enteras mirando por la ventana de la pieza, haciendo un recorrido mental de una fuga que nunca se atrevería a realizar. También le dedicaba tiempo a la “Historia de mi vida”. Allí escribió unas líneas para su madre: “Mi madre perdió todo. Tuvo que vender su casa y todos sus bienes para pagar los abogados. Tuvo que afrontar vivir en condiciones denigrantes, en una pieza. Su vida tuvo un cambio radical, pero fue un apoyo incondicional, un apoyo que sólo una madre puede entregar”.

En la cárcel se pasó el terremoto y luego de eso recibió una buena noticia. A mediados de 2010, S.D.S.A. fue detenida luego que su madre Romina Arratia la denunciara por una pelea. Fue encerrada en un calabozo con prostitutas, y S.D.S.A. llamó a su abuela paterna para decirle que quería vivir con ella. Al verla, le confesó que ella nunca había acusado a su padre de violación, que durante mucho tiempo creyó que él estaba preso por pensión de alimento, pero que estaba dispuesta a declarar para que saliera en libertad. La espera, sin embargo, se volvió una eternidad. S.D.S.A. tuvo que cumplir los 18 años para declarar sin la autorización de su madre, que se oponía a tal decisión. En marzo de 2011, la familia presentó un nuevo recurso de revisión. Allí se adjuntó una declaración notarial en donde S.D.S.A. dijo que no había sido abusada por su padre y que había mentido influenciada por una compañera de curso, que había hecho lo mismo para que sus padres no se separaran. En la causa también declaró un sicólogo, que dijo que la joven le había contado que su padre estaba preso por su culpa, por haberlo acusado de violación sin ser verdad.

El 28 de julio de 2011, la misma sala de la Corte Suprema que antes había negado la absolución, decretó unánimemente la libertad de Saavedra. El fallo, además, deslegitimó el informe del SML por el que fue inculpado. El doctor Fernando González Campano realizó un peritaje reconociendo que no había indicios de actividad sexual y un estudio médico estableció que la infección vaginal que se le detectó a la niña durante el proceso, y que también fue una de las pruebas con las que se inculpó a Saavedra, era una enfermedad anterior no tratada, que le fue diagnosticada a los 3 años y que había sido contagiada en el parto.

A la medianoche del 29 de julio de 2011, Rodrigo Saavedra abandonó la ex Penitenciaría.

INJUSTICIA

Rodrigo Saavedra no le encuentra lógica a lo que ocurrió. A dos años de haber salido de la cárcel –dice- aún no logra entender cómo se pasó diez años de su vida como si estuviese dentro de una película surrealista, donde nada tenía patas ni cabezas, y ningún juez lo escuchó. Saavedra a veces se pregunta qué es lo justo y le cuesta dar con la respuesta. Más bien, nunca llega a convencerse de que la justicia existe. Su última desilusión ocurrió a comienzo de año. Como si lo suyo fuese un pesado karma, la Corte Suprema se negó a declarar que su caso había sido producto de un “error injustificado”, paso clave para el eventual pago de una indemnización. Los jueces argumentaron, extrañamente, que Saavedra había sido condenado en una primera instancia porque había antecedentes para hacerlo, que era imposible saber que era inocente sin la confesión de su hija. Otra injusticia para su larga lista.

Su caso hoy espera número en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, donde hace seis meses que tienen una carpeta con todos los antecedentes del caso. Saavedra dice que quiere doblarle la mano al Estado: “No pueden meter preso a una persona porque simplemente alguien dijo ‘él fue’. Yo me fui preso y a mí nadie me escuchó. Durante cinco años ‘yo fui’ el violador de mi hija y eso no era verdad. Pero para todos yo era culpable”.

El paso de Saavedra por la cárcel está lleno de deudas que nadie podrá pagarle: el tiempo que estuvo preso, las comidas de las que se privó, los lugares que dejó de visitar, las fiestas que se hicieron en su ausencia, los partidos de fútbol de los que nunca se enteró, y todo el tiempo en que no vio a sus hijos.

El reencuentro con S.D.S.A. ha sido lento. Saavedra dice que ama a su hija, que no siente rencor por nadie, y que sólo espera que la justicia reconozca que el sistema falló. También espera separarse lo antes posible de su pareja que lo acusó. “En la actualidad vivo agradecido de Dios y la Virgen María por haberme protegido… les pido a ellos que cuiden de todas aquellas personas que habitan en ese oscuro y horrible lugar”, dice el último párrafo de “Historia de mi vida”, el testamento con el que Saavedra espera no olvidarse nunca que con él la justicia fue terriblemente injusta.