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Verano de 1977, plena dictadura. A pesar de que existe prohibición para reunirse en lugares públicos, a la luz del día y en medio de Providencia, un grupo de unas 120 personas espera, algunos sentados en sillas que se han dispuesto para la ocasión y otros de pie. Entre ellos están el escritor Enrique Lihn y el filósofo Juan de Dios Larraín Vial. Se encuentran ahí porque se ha corrido la voz de que se realizará un acto cultural. Hace unos días, manos negras quemaron la carpa de la compañía de teatro La Feria –de Jaime Vadell y José Manuel Salcedo-, donde se mostraba la obra “Hojas de Parra”, basada en textos de Nicanor. Hoy, se espera que el poeta responda.

Entre el público está también Guillermo Cahn, cineasta que, con una enorme cámara de 16 milímetros al hombro, espera para filmar el acontecimiento. Nadie sabe qué va a pasar. Cahn sospecha que algunos asistentes que se ven incómodos frente a su cámara pueden ser infiltrados. De pronto, aparece el actor Jaime Vadell, se para frente a un micrófono y dice:

“Y ahora con ustedes, nuestro señor Jesucristo en persona, que después de 1977 años de religioso silencio, ha accedido gentilmente a concurrir a nuestro programa gigante de semana santa, para hacer la delicia del público con sus ocurrencias sabias y oportunas. N.S.J. no necesita presentación, es conocido en el mundo entero. Baste recordar aquella memorable muerte en la cruz, seguida de una resurrección no menos espectacular. Un aplauso para N.S.J.”.

Desde dentro de la galería Época aparece Parra, vestido con un terno negro, camisa blanca, anteojos de grueso marco negro y su pelo cano. Tiene 62 años. Se para frente al micrófono y lee:

– Que levanten la mano los valientes. A que nadie se atreve a tomar una copa de agua bendita. A que nadie es capaz de comulgar sin previa confesión. A que nadie se atreve a fumarse un cigarro de rodillas. ¡Gallinas cluecas, gallinas cluecas! A que nadie es capaz de arrancarle una hoja a la biblia, ya que el papel higiénico se acabó. A ver a ver, a que nadie se atreve a escupir la bandera chilena. Primero tendría que escupir mi cadáver. Apuesto mi cabeza a que nadie se ríe como yo cuando los filisteos lo torturan.

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Se escuchan unas risas tímidas entre el público, que cuchichea sin entender mucho lo que pasa. Son textos de lo que serían los “Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui”, pero eso nadie lo sabe aún. Parra continúa: “…en Chile no se respetan los derechos humanos. Aquí no existe libertad de prensa. Aquí mandan los multimillonarios. El gallinero está a cargo del zorro. Claro que yo les voy a pedir que me digan, en qué país se respetan los derechos humanos”.

A Cahn le tiemblan las piernas. Además de cineasta es miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y viene saliendo de la cárcel. Tiene 31 años y no sabe nada de poesía. Sin embargo, intuye que algo importante está pasando y se arma de coraje para seguir filmando. Cuando unos días después ve el material, decide que quiere seguir trabajando con el poeta. Para lograrlo, tendría que sortear un par de dificultades.

La primera sería conseguir la autorización del MIR, donde no querían nada a Parra después de la visita que en 1970 -durante la guerra de Vietnam- hizo a la Casa Blanca. La segunda, lograr que el poeta aceptara. “Investigó quién era yo; se contactó con gente y averiguó. Supo que habíamos hecho un documental sobre José Donoso y que estuve preso y decidí quedarme en Chile. Jaime Vadell y Tito Noguera, que me conocían, pueden haber dado un visto bueno”, dice hoy.

Documentalista y mirista

En 1969, Guillermo Cahn tuvo su primer contacto con la obra de Parra. Estudiaba en la Escuela de Artes de la Comunicación de la Universidad Católica cuando Eugenio Dittborn, el director, convocó a un grupo de actores -entre los que estaban Nelson Villagra, Hector Noguera, Anita Reeves y Julia Unger- a participar en un taller de creación colectiva basado en sus poemas. El resultado fue el montaje “Todas las colorinas tienen pecas o solo para mayores de cien años”. “Con esa obra me llegó la primera oleada de su ironía y ambigüedad”, recuerda.

Eran años de efervescencia política y Cahn trabajó en dos proyectos que hicieron converger su interés por el cine con su compromiso político y su militancia en los cuadros de agitación y propaganda del MIR. Ambos fueron dirigidos por el documentalista Carlos Flores: “Casa o mierda” y “Nutüayin Mapu”, sobre las tomas de terreno en Santiago el primero, y sobre las reivindicaciones territoriales de las comunidades mapuche el segundo. “Nosotros empezamos a hacer cine para salir a combatir en las poblaciones y hacer agitación política”, dice. Además, participó en las filmaciones de lo que después sería “La batalla de Chile”, de Patricio Guzmán.

Entonces vino el golpe y el 23 de noviembre del 1973 Cahn cayó preso. Lo llevaron primero al regimiento Buin y después pasó un año y medio en la cárcel pública. Sin embargo, cuando salió libre decidió quedarse en Chile. “A los 18 años viajé por muchas partes y sabía lo que era ser un inmigrante. Estaba casado, tenía gemelos y no tenia profesión, porque no terminé la universidad”, explica. Decidió, por lo tanto, volver a contactarse con el MIR e integrarse a la productora Foco Film, de Carlos Flores.

En el Chile de la dictadura, esos dos ámbitos de su vida no siempre convergían fluidamente, como había sucedido en los tiempos de la UP. Por ejemplo, en 1975 tuvo que viajar a una reunión del MIR en Colombia, para pedir autorización para hace un documental sobre el escritor José Donoso. “Hubo complicaciones, porque cómo íbamos a hacer una película sobre ese burgués, jaja. Pero finalmente nos permitieron filmar”, recuerda.

Habla el (anti)poeta

Cuando empezó a trabajar con Nicanor, Cahn no sabía mucho de su obra. Se fue poniendo al día en el camino e inventó una forma de enfrentar el proceso creativo que funcionaba. Él le planteaba temas al poeta y lo dejaba responder. Se elegía una locación interesante y no se hacía más que una toma. “Yo me preguntaba ¿este gallo es o no religioso? En su casa estaba lleno de crucifijos y relicarios por todas partes, sin embargo cuando uno lee el Cristo de Elqui no le queda tan claro. Pero cómo hacerle la pregunta”, recuerda.

La respuesta en ese caso fue Parra, sentado entre unas rocas, explayándose sobre la presencia de la religión en su poesía, pero evadiendo referirse a su propia fe. “Esta es una poesía que pretende dar cuenta de la totalidad de la experiencia humana y evidentemente que en una empresa de esta naturaleza, lo religioso no puede estar ausente. Porque la religión, y especialmente el cristianismo, es una experiencia fundamental para el hombre de occidente.

Si lo eliminamos se produce inmediatamente un vacío. De modo que hay que pensar también que los elementos que figuran en esta poesía, no tan solo responden a una necesidad de expresión individual, sino que también a una necesidad de expresión colectiva, porque lo que yo propongo no es solamente expresar mi propia vida personal, sino que la historia y la problemática del hombre en este planeta”.

En otros casos, la respuesta a la pregunta planteada por Cahn llegaba en un formato diferente. Así fue cuando le preguntó por el té que se tomó en la Casa Blanca con Patricia Nixon, la primera dama de Estados Unidos, que le significó el rechazo absoluto de la izquierda. “Él sabía que yo era mirista y yo estaba asustado por cómo hacerle la pregunta. ¿Oiga Nicanor, qué nos puede comentar sobre el famoso té con Nixon?”. Entonces, Parra instaló un pizarrón y con una tiza blanca escribió, al mismo tiempo que leía en voz alta:

Por una taza de té
Me echaron un buen café
GG
Parece que K G
“Poema escrito en directo, frente a nuestros ojos”, dice hoy Cahn.

Otra de las temáticas planteadas por el documentalista a Parra fue la pregunta por los orígenes de la antipoesía. Y la respuesta del poeta vino esta vez en la forma de un extendido monólogo, al que da inicio haciendo sonar una campanilla que le regaló el escritor Allen Ginsberg. En un primer momento, Nicanor marca distancia con el surrealismo, el modernismo y el creacionismo; y con Neruda y Huidobro. Y luego se despacha este speech:

– Me pareció que todo venía mal desde el Renacimiento. La poesía que se venía haciendo a partir desde ese momento se podía clasificar de cuello y corbata, o de poesía cortesana. Y me di cuenta de que retrocediendo un poco más, se llegaba a la poesía medieval. Y en el medioevo encontraba yo algo que me llamaba la atención y que me satisfacía, que era una poesía de feria, una poesía inmediata, directa, una poesía popular. Me puse a escarbar y rápidamente me di cuenta de que este producto existía no tan solo en la Edad Media, sino que aquí a un metro de mi propia nariz. Y vi, de una manera ingenua dirán ustedes, pero eso fue lo que ocurrió, que nuestro mundo cultural está constituido por dos líneas de fuerza: una cultura académica u oficial y una subcultura que en realidad es la cultura propiamente tal, la gran cultura, que es la cultura popular, la poesía popular, la vida popular, que apareció ante mis ojos en ese momento como una vida mucho más auténtica, como una vida mucho más real que la vida que hacía yo, por ejemplo, en el Instituto Pedagógico. Descubrí entonces este marco de referencia, esta fuente de energía espiritual que nunca olvidé en mi formación poética. Desde luego me pareció que había un problema lingüístico, un problema de lenguaje que estaba resuelto en la poesía popular.

El documental mezcla estos momentos con escenas de Parra andando en bicicleta, recitando poemas con sonsonete de cura haciendo misa y con imágenes de sus casas en La Reina e Isla Negra. También hay secuencias en las que actores escenifican poemas como “Puta la huevá, compadre” y “Conversación galante”. La película termina con una escena de Parra pedaleando en un camino vacío, mientras se escucha en off: “Señoras y señores, yo voy a hacer una sola pregunta: ¿somos hijos del sol o de la tierra? Porque si somos tierra solamente, no veo para qué continuamos filmando la película: Pido que se levante la sesión”.

Dos gotas de agua

Después de filmar durante siete meses y reunirse con el poeta alrededor de una decena de veces, Cahn se enfrentó al complejo momento de decidir qué hacer con ese material inédito. “Este es un documental de montaje. Fue ahí cuando realmente entendí el valor de lo que tenía. Decidí no usar un narrador, ni poner letras, ni entrevistar a otras personas. Tampoco quise utilizar el color, para no endiosar a Parra. Y no usé la palabra ‘fin’, pensando que a lo mejor podría venir una continuación”.

“En esos malos tiempos, las únicas películas que se podían hacer con una cierta dignidad y sin correr el riesgo de ser detenido eran filmes en los que la manera de decir fuera el decir… películas que no se planteaban la denuncia de la contingencia sino que, recogiéndose en la reflexión y la experimentación, apuntaban a transformar las convenciones”, escribe el documentalista Carlos Flores en el texto “Ver es esperar”, a propósito de este trabajo.

El documental se tituló “Cachureo, apuntes sobre Nicanor Parra” y en su momento no pudo ser estrenado, porque los militares lo censuraron. Se mostró, eso sí, en Nueva York, París y España, siempre frente a grupos reducidos de espectadores. Con el tiempo, fue pasando de mano en mano y convirtiéndose en una película de culto. Cuando se celebraron los 90 años de Parra, fue exhibido en Televisión Nacional. “Pero yo considero que el verdadero estreno de la película fue este año en el ‘Festival Internacional de Documentales’”, dice Cahn.

Con las celebraciones por los cien años de Nicanor, el documental ha adquirido nuevos bríos. Entre el 20 de agosto y el 14 de diciembre será exhibido en el Centro Cultural Gabriela Mistral, como parte de la muestra “Parra 100”. Además, actualmente Cahn trabaja en un libro sobre la experiencia que rodeó a la filmación de la película, después de encontrar viejas fotos que estuvieron perdidas por décadas.

Para ese proyecto, el periodista y crítico Héctor Soto escribió el texto “Apuntes sobre un documental de primera necesidad”, en el que asegura: “Este es un trabajo que no imparte lecciones de coherencia ni articulación, pero que se parece a Parra como una gota de agua a la otra. Es una obra provocativa no obstante haber sido hecha en un Chile donde era un crimen provocar. Es sugerente, a pesar de venir de una época donde solo se respetaban las obviedades. Es más clarificadora del trabajo de Parra que varios sesudos ensayos académicos. Y logra captar en su libertad de perspectivas y estructuras, un soplo de libertad interior que salvó al Chile de entonces y debería seguir salvándolo ahora”.

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