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Ya pasaron exactamente 30 días desde que Eduardo Guillermo Bonvallet, el “Gurú”, fuese encontrado muerto en la cocina del departamento de un hotel capitalino en el que vivió sus últimos meses tras la dolorosa separación de su tercera mujer. El exfutbolista padecía de depresión desde hacía muchos años y venía de enfrentar un cáncer gástrico que lo tenía devastado en lo anímico y físico.  La revista Sábado reconstruyó los últimos 60 días del querido y odiado comentarista deportivo, echando mano a las versiones de su familia, amigos, cercanos y compañeros de trabajo. Esta es la historia.

La debacle, el aviso de que se acercaba el final, vino después de la Copa América, el momento más feliz de su vida como él mismo lo dijo después de que la Roja alzara el trofeo continental, el primero en la historia de una selección acostumbrada a los fracasos, a las victorias morales, a los casi casi.

Bonvallet estaba cansado, tenía un vacío grande, uno que lo acompañó desde su niñez, según se desprende del testimonio de su hermano Gabriel recogido por la publicación.

El cáncer estaba controlado, pero las consecuencias de éste empezaban a aparecer, del mismo modo en que lo hace el mar que se retira de un pueblo que abatió, y que tras su retroceso evidencia el daño, la devastación de su furia.

Al “Gurú”, el hombre que pregonaba que había que vestirse bien, que había que lustrarse los zapatos, que había que afeitarse, se le estaban cayendo los dientes por efecto de la quimioterapia.

“Estaba cansado de eso (….) en su mente no quería verse como un viejo derrotado sin dientes”, sostiene su hijo Jean Pierre, fruto de su primer matrimonio.

En julio, luego de la Copa América, Bonvallet se fue de vacaciones con su tres hijos menores a los que no veía desde hacía casi un año. Al regreso, hubo dos episodios que comenzaron a desestabilizarlo, acaso como presagio del fin.

El primero, en testimonio de sus amigos, tuvo que ver con un viaje de su última mujer, María Victoria Laymuns, mientras que el segundo con una agitada visita a su hijos a la casa donde vivió con ellos hasta el año pasado.

Del primer hecho, dicen que resultó una pelea por teléfono con Laymuns en términos durísimos. El segundo, quizás la escena más dolorosa de la última parte de su vida y la que aparentemente lo tenía triste.

Resulta que llegó el viernes 20 de agosto a su excasa a eso de las 10 de la noche. Su exmujer no estaba, los niños se encontraban al cuidado de la madre de ésta. Su suegra no quiso dejarlo entrar, pues lo encontró muy alterado. Tras llamar a María Victoria consiguió entrar unos minutos, pero acompañado de un carabinero. Al parecer el hecho le tocó muy fuerte, tanto así que el siguiente lunes en su programa radial contó que su hijo Yayo le dijo: “papito, la vida es cruel” y “quiero vivir contigo, papito”.

Ese último episodio provocó un tira y afloja desgastante entre Bonvallet y su ex mujer, relata su compañero en radio por 20 años Cristián Peñailillo.

De igual manera comenzó a crecer el rumor de que no lo dejaban ver a sus hijos.

En palabras de su hija Daniela, quien manejaba su agenda de charlas, a Eduardo le dolía no vivir con sus hijos, no que no podía visitarlos.

Su exmujer narra una versión similar y asegura que “era falso que no podía verlos”.

Junto con el daño emocional por un separación que no lo terminaba de convencer, según María Victoria, Bonvallet se encontraba muy apretado en términos económicos, pese a que su ingreso era de unos 5 millones de pesos mensuales.

El asunto es que era precisamente ese el monto que destinaba para mantener a su familia, por que la plata se acababa rápidamente. Aparentemente estaba atrasado en el pago de varios dividendos de la casa que había comprado con María Victoria en Los Trapenses.

Con la llegada de septiembre, el mes que da comienzo a la primavera, periodo del año más propenso a los suicidios, indican los estudios siquiátricos, Bonvallet comenzó a evidenciar señales de su agotamiento, relata el artículo de Sábado.

El primero de ese mes refirió en la radio una metáfora sobre los tres caballos que habitan en él, motor, intelecto y emoción. Según dijo, este último estaba dañado.

Además ese mismo día contó sobre un libro que le pedía a sus seguidores escribir para de esa manera él darle la puntada final. El título escogido era “Me arrancaron el alma.

Al día siguiente llegó mal a la Radio, modulaba con dificultad, señala la crónica.

Durante esa jornada habló de su padre minero y contó un sueño relacionado con él. “Cuando apagué la luz del velador vi una sombra, para mí que era él. Apago y siento un descanso. A mi papá le gustaba el juego, pero a mí no. Solo dos veces dijo groserías, por eso yo soy grosero. El era perfecto, por eso yo soy imperfecto. Pero nos amábamos. Me ensenó a tener los dientes siempre perfectos, porque cuando no se tiene dientes, un pueblo está en la pobreza. Me enseñaste a tener los zapatos lustrados. Muchas de mis frases son de él (….) Lo que no he podido plagiarte es ser un tan buen hombre. No me enseñaste cómo enfrentar el demonio y hoy tengo ganas de no ser papá, de ser hijo en tu regazo y tocarte las orejas”.

Días después se fue solo a la playa, a Algarrbo, compró ropa con la intención de salir, de volver a conocer gente y zapatillas para correr, hábito que había abandonado. Estuvo cerca de una semana en aquel balneario.

El lunes siguiente vuelve a la radio con intenciones de volver. Al día siguiente llegó una ambulancia para llevárselo pues se había tirado en calzoncillos a nadar a la piscina.

El terremoto del 16 lo pasó solo en el hotel.  Después preguntó si seguía en pie la celebración en la Radio, cuyas oficinas se encuentran en el mismo hotel, con motivo de las Fiestas Patrias. No asistió, y esa noche, la del 17 escribió duros mensajes en Twitter alusivos a dos compañeros de la radio. Al parecer había caído en cierta paranoia de que alguien lo quería perjudicar.

El desenlace

La madrugada del 18 estuvo en el teléfono y el internet. Escribió y borró mensajes. Fumó hartos Malboro, por la colillas encontradas.

Un empleado del hotel lo vio dando vueltas por los pisos de arriba.

A las 8 de la mañana se conectó por última vez a WhatsApp. Dejó cargando su cel en el baño.

Según la PDI, el testimonio que dejó en las nueve cartas que dejó a sus afectos tenía ciertas frases inconexas.

En 45 minutos, entre las 10:30 y las 11:15 Bonvallet se ahorcó con un cinturón en la cocina. La escena estaba acompañada por un vaso de alcohol hasta la mitad.