Zapallar

Cuando el aroma de la ficción me cambia mucho los sabores de boca es porque el régimen político cultural está mutando radicalmente. Me refiero al espíritu que está primando en el país y en otros. No necesité ver el Festival de Viña para enterarme de que el humor fue un protagonista irremediable, porque los medios, astutamente, dejan esa válvula semiabierta para que el deseo ciudadano se exprese como malestar lúdico, neutralizador. Yo recuerdo cuando Pinochet “salvó” un deslucido festival post dictadura (según comentó irónicamente la derecha) porque toda la performance humorística estuvo dedicada a él. Podríamos hacer la analogía con Bachelet y su familia. Escribo estas líneas justo cuando el cerderío veraneante abandona la zona que habito y comienza el puto marzo, invento perverso de un orden putrefacto de la mismidad que nos rige como ovejas abusadas por el pastor. Yo tampoco puedo evitar ese efecto de domesticidad institucional. Debo trabajar asalariadamente un par de semanas y luego trataré de hacer como que vacaciono en algún lugar no muy distante, en temporada baja.

En verano me tocó algo de pega, muy poquita, de esa que te dan algunas instituciones o municipios que usan la cultura como entretenimiento veraniego. El asunto es que en pleno febrero me tocó ir a Zapallar invitado por una fundación que quiere hacer algo con el trabajo de Juan Luis Martínez. Fue el único evento estival al que me invitaron, además de la Fiesta del Vino en Rocas de Santo Domingo, que lo organiza una amiga mía. Es como si estuviera vetado en las otras comunas, en las ordinarias y picantes, donde hacen esas ferias del libro rascas organizadas por poetas productores de eventos o parrillistas programáticos que, por lo general, invitan a sus amigotes.

En la mesa redonda zapallarina hablé de lo hablable, es decir, de la astucia literaria y de uno de sus grandes exponentes en el concierto nacional, el poeta viñamarino Juan Luis Martínez. Estaban Jorge Edwards, Arturo Duclos, el decano de arquitectura de la U de Valpo, entre otros. Me acompañaron unos artistas amigos de mi hermano. ¿Cómo leemos el síntoma? Tengo una teoría rara al respecto. Creo que la crisis institucional que padecemos la vamos a salvar algunos ciudadanos picantosos clase medianísticos, pero organizados, aliados con un cuiquerío consciente con espíritu republicano. Porque los pobres mitificados o esos que llamábamos mundo popular, es decir, esos guatacas que comen papapletos con kétchup, buenos para el consumo suntuario (tributarios del imaginario flaite que diseñó la dictadura), no están a la altura de las circunstancias.

Creo que el modo de salir de la crisis va a ser bien doméstico, como que vamos a funcionar un ratito con poca autoridad, cada vez menos, pero con mucha justicia populística, una judicialización al callo y una representación política cada vez más autónoma. Una especie de asociación de amigotes para una nueva democracia, con harto jubilado y vieja barre veredas y lava meados. Nada que ver con el pendejerío anarco que reivindica el delito menor como acto libertario, ahí sólo hay pan comido para el más elemental poder institucional.

Por eso mi ida a Zapallar sellaba, de algún modo, una alianza estratégica necesaria, al menos simbólicamente, para la futura gobernabilidad. A pesar de la desperfilá que uno se pega, porque lamentablemente salí en la revista Cosas y ya me están haciendo bullying los huevones. El rotaje profundo y profuso, arrogante y desclasado, no salva a nadie.