El-Programa-foto-alejandro-olivares

El barrio era feo, pero emblemático. Cochino a más no poder y lleno de vagabundos, porque funcionaba una hospedería aledaña a la iglesia, pero todo muy patrimonial. Lugar ideal para fundar un proyecto político autónomo e independiente, porque ahí estaban las bases de la ciudad, la primera piedra; alguien recordó eso, quizás el mismo cura, gentil y dispuesto con esta feligresía variopinta, y no muy creyente que digamos.

Yo estaba en uno de esos malos momentos de mi vida, siempre he estado así. Era el tiempo en que la política pasaba por la selfie, el facebook y el tuiteo delirante. Todo eso tenía un espesor empalagoso para los fóbicos y nihilistas de mi generación, más cercanos a la palabra impresa. Igual la política me acomodaba sicológicamente, porque la única democracia que impera en esa práctica discursiva es la del desprecio y el odio, aunque a veces es matizada con la soberbia académica de algunos de sus gestores; todo esto sumado a la construcción de escenas conversacionales, tácticamente determinadas, en las que afloran diversas patologías napoleónicas o simplemente histéricas, muy útiles como crónicas posibles. Pero lo demás es la fidelidad chupapiquística y la traición perpetua, lo que la hace latera y predecible.

En ese contexto me metí, me involucré o me comprometí con unos vecinos de la ciudad en que habito por ahora –una ciudad portuaria y bohemia, muy a mal traer– a participar de un movimiento ciudadano que pretendía superar la noción de representatividad política de los partidos tradicionales, pero sobre todo defender algo que ellos llamaban un “hábitat”. Eso me fascinó porque me pareció algo tan abstracto y genérico que coincidía con mi personalidad. Además, mi madre siempre me había dicho que yo necesitaba hábitos y eso era muy parecido, y yo a mi mamá siempre la quise mucho y, por eso, le creo.

Eran chicas y chicos, y algunas(os) adultas(os), de las capas o clases más ilustradas de la sociedad local o, al menos, con pretensiones de dejar huella visible en la ciudad donde les tocó armar su hogar. También había gente de origen popular, en honor a la verdad, que matizaba las asambleas. Todo fascinante y bien intencionado, buena gente, sonriente, de buenos hábitos (no sé lo que quiero decir con eso, quizás que las abyecciones propias de la humanidad no se les notaban demasiado). El objetivo era alcanzar el municipio de la comuna, para desarrollar un programa estratégico centrado en la cuestión ciudadana. La comuna era más que la ciudad, porque incluía un entorno semi rural, y llevaba muchas décadas secuestrada por un par de grupos de interés o políticos tradicionales que tenían una especie de convenio de gobernabilidad perpetua, al que nuestro movimiento llamaba, despectivamente, el duopolio. En el fondo, la política era tributaria de la corrupción y la criminalidad, tanto la de cuello y corbata como la picante y ordinaria (en realidad son la misma). Es decir, nuestra lucha tenía un sentido de justicia; eso me ponía muy conforme conmigo mismo.

Antes se luchaba por la revolución, hoy se lucha por la decencia más elemental o contra la corrupción, o sea, por objetivos de vieja barre veredas; a ese nivel hemos llegado, le escuché decir a un exdirigente portuario en una de nuestras reuniones. Alguien también comentaba, casi con llanto en los ojos, que lo nuestro era lo más parecido a la campaña del NO.

Sí, la cuestión se parecía un poco a la época de la dictadura, cuando la Iglesia chilensis se jugó por las víctimas de un régimen oprobioso; así, me imagino, fue interpretada la decisión del cura de prestarnos la casa parroquial para funcionar. Alguien, con la sospecha a flor de labios, comentó irónico que la iglesia estaba con poca clientela, dado el momento crítico que enfrentaba, pero toda la institucionalidad occidental está en crisis, me dije.

Lo concreto es que todo comenzó por un par de vecinos obsesionados con el borde costero de la ciudad, puesto en peligro por los especuladores de turno o por los equívocos planes de desarrollo portuario de un gobierno antinacional, por decir algo. Cuándo chucha se habían preocupado de eso los vecinos, me preguntaba; era sin duda una paradoja política. Cambiaron los paradigmas, dijo uno que era arquitecto. Qué mierda es eso. Y aunque la participación ciudadana estaba en el mínimo, en ese nivel precario que ilegitima cualquier proceso social, nuestro grupo se hizo a la mar, por cierto en un sentido metafórico. Muchos habían sido revolucionarios de la vieja escuela, pero ahora, con el cambio de paradigma antes mencionado, habían asumido que el camino es más restringido y doméstico, sin dejar de sentir nostalgia por ese relato épico.

En la asamblea surgió la necesidad de implementar o desarrollar un espacio reflexivo que sustentara la cuestión programática. Y los que venían de la academia, que no eran pocos, le pusieron un color que ni te cuento, así que el programa agarró un perfume discursivo muy sofisticado e interminable, tipo sicoanálisis. Un sector no menor de la asamblea consideraba que esto era paja molida o un sistema de apropiación autoral del programa, para dejar huella curricular en el asunto. Legítima reivindicación de los intelectuales.

El programa, además, debía contener ciertos ejes o pilares conceptuales y basamentos éticos que lo sostuvieran; por ahí escuché probidad, inclusión y participación, desarrollo sustentable, borde costero y delegado por cerro, limpieza de muros y suelas de zapatos con caca, harta medida que implique respuesta inmediata a la demanda y muchos etcéteras. Para nadie era un misterio que un programa político es una carta de navegación que sirve de guía a un proyecto de gobernabilidad y que surge de un trabajo participativo e inclusivo de una ciudadanía empoderada, y la conchetumadre, solía agregar yo para mis adentros, como una forma de no perderme en la pretensión powerosa. Mi mamá no me lo hubiera permitido.

Todo esto a pesar de los dardos que siempre nos mandaba un tuitero anal, la María Kuleba, un lameculista que, creo, trabajaba para una organización que se llamaba Valpo Ahuevonado, que le copiaba a la capitalina Ciudadano Inteligente y que igual que el DJ es un perkins de Lagos Webas. Basura política que tanto descompone a la Rosa y a mi amigo Leo, que no pierde la esperanza de pisar menos mierda en su trabajo de guía peatonal, toda una utopía. Y esto que lo escuchen todos los funcionarios del Consejo y de la Intendencia, que se sienten obligados por el régimen imperante a apoyar la oferta indecente de la continuidad, y que tienen el hocico deformado de tanto succionar esa nervadura levemente erecta del poder político (y del otro), según he escuchado decir.

En eso estábamos, poco antes de la épica electoral, poquito antes de ir a las urnas, luego de haber realizado esos seminarios y conversatorios eternos. Justo en esos momentos apareciste tú, a la hora del café, a compartir esos deseos que no están en las políticas públicas, pero sin los cuales la vida social no llega a convertirse en un acontecimiento. Uy, me le relajó el esfínter afectivo. No sé si esto alcanzará a salir en el texto programático.