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En abril te operaron del hombro derecho por una fractura. Durante tres meses no pudiste agarrar la guitarra.
-Sí. Cuando me avisaron que tenía que operarme, me vino una angustia por no saber si volvería a tocar o no. Fue una noticia horrible. Me bajó una depresión espantosa, enorme. Debo haber estado llorando durante quince minutos adentro del auto en el estacionamiento. Le lloré al doctor, incluso.

¿Cómo te diste cuenta de que tenías problemas?

-Empecé con pequeños problemitas a los 24 años. Es bien común esto. Traté de superarlo con acupunturas y kinies. Pasaba cuatro o cinco años sin nada. Pero cada vez se fue acrecentando en 30 años de carrera: toda mi vida acarreando guitarras, equipos, amplificadores. Claro, mi etapa de rockstar en que te llevan todas las cosas, fue una. Pero se me empezó a romper el tendón supraespinoso y tenía la sensación de que el brazo se me estaba yendo pa abajo. Ya me estaba molestando para tocar. Tenía que operarme. Si no lo hacía, no llegaba a los 70 tocando tranquilo.

¿La operación era riesgosa?

-No sabía si volvería a tocar bien, me sentía con ese miedo. Los doctores me dieron confianza, y me calmaba pensando que esto es normal por todo el esfuerzo. Pero había una sensación de angustia frente a la posibilidad de perder la coordinación. Pero ahora todo está mejor. Hace como tres semanas, recién volví a tocar y ha sido maravilloso. Echaba de menos hacerlo. Todavía siento dolor, porque la recuperación es lenta, dura casi un año.

Debe ser muy doloroso.

-Al principio es siniestro, sobre todo en la noche que es espantoso. Me dolía tanto, que prefería levantarme a las cinco de la mañana, antes que seguir sufriendo en la cama.

En este proceso, no quisiste hacer pública tu operación...
-No quise dar la imagen de un tipo que está medio acabado. Y tampoco pedir ayuda, porque están los típicos beneficios para juntar plata y todas esas cuestiones me causan horror. Y como ya sabía cómo iba a quedar, preferí quedarme piola. Hasta ahora, que estoy de vuelta.

DESDE CERO
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En este tiempo de rehabilitación escribiste una especie de diario, en un proceso también de resetear tu vida. Tu idea es como volver a cero.
-Sí. Ha sido un período de mucha reflexión. Me volví como una especie de ermitaño. Nunca había estado con tanto tiempo para pensar qué estoy haciendo artísticamente o como persona, qué hice antes, cómo sigo pa adelante. Y me obligué a escribir acerca de esta búsqueda. Fue en ese viaje donde comenzaron a aparecer los miedos: miedo a morir, miedo a perder todo, y finalmente miedo a ser honesto, el miedo más grande que uno lleva, pero hay que atreverse.

¿Es primera vez que reflexionas sobre tu vida?
-No. Cuando me terminé yendo de Los Tres pasé por una reflexión. Tenía una sensación de hastío y de claustrofobia. Eso detonó mi salida. Ese fue el gran hito de liberación, el más arriesgado que he tomado en mi vida. Pero antes de eso tuve una parada obligatoria de reflexión.

¿Cuándo?

-Cuando me dio hepatitis, hace 15 años. Fue cuático. Nos estábamos yendo de gira a Italia con Ángel Parra Trío y tuve que suspender todo. Esa fue la primera vez que dejé de tomar. Y, como era joven, fue un golpe fuerte. Pero al menos podía tocar. Sé que puede sonar medio meloso, que uno escriba tanto de sí mismo, pero a uno le puede servir, y se lo recomiendo a todo el mundo. Y puede servir para alguien que quiera conocer mi historia. Y esto que escribí ahora, fue porque mi padre me incitó a hacerlo, y de verdad era una cosa que necesitaba para sacar lo que tenía adentro. Uno podría no escribir nada, pero te sentai y ahí empieza la reflexión. Ha sido maravilloso este proceso de entender esta nueva manera de vivir a mis 50 años. Le he tomado el valor a las cosas más pequeñas. O sea, de partida, a las relaciones familiares. Ha sido intenso.

¿Cuándo empezaste a resetearte?
-En realidad, un año antes de dejar Los Tres empecé a resetearme, cuando dejé de tomar para siempre. Pero ahora ha sido intenso.

¿Te acuerdas de ese día en que dejaste de tomar?
-Sí. Estaba guatón, me sentía feo, me veía mal, tenía que hacer algo… Comía mucho, súmale el carrete y el alcohol. Y la gente se da cuenta, te lo hace ver.

De hecho, en algún momento todos los del grupo estaban bien gordos.
-Estábamos bien asquerosos. La gente se da cuenta, por eso te digo.

Y molestaban mucho al Álvaro Henriquez.
-Ay, sí, qué espanto esa hueá de los memes. Por suerte, la gente me ha querido y no me ha agarrado tanto pal hueveo. Pero sé cómo se han burlado. Me daba rabia –y siempre defendía al Álvaro en todo– cuando lo trataban de guatón y de mil cosas más. Porque sentíamos que habíamos colaborado mucho en la música chilena como pa estar ninguneando. En todo caso, cuando estai en la espiral de carrete, no te dai cuenta y le echai pa delante. Y, como cuento en el diario, el doctor me dijo que no podía seguir a ese ritmo. Y claro, los artistas llegan a la consulta cuando les duele todo y no pueden tocar, y el doctor los mira y les dice: estai con sobrepeso, caminai chueco y, puta, ¿cuántas botellas de whisky necesitai pa subirte al escenario? Porque eso es lo que hay que hacer cuando te agarra esa máquina, pero esa cuestión termina mal.

El cuerpo te pasa la cuenta.
-Y no te das cuenta, porque vives dentro de una inconsciencia infinita. Y me acuerdo que una media hermana, la Claudia, a la que quiero mucho, en uno de mis cumpleaños me dijo que quería hablar conmigo. Y eso me aterró. Me dijo súper simple: Ángel, estoy preocupada por ti. Y cuando te dicen eso, se te viene el mundo abajo. Y en vez de tomarlo mal, le hice caso. Sentí que estaba hablando con mi mamá, porque en muchas ocasiones ella también me llamaba la atención. Cuando nos reunimos con Los Tres, ella tampoco lo tomó muy bien.

¿Por qué no?
-Sabía que venía esta fama de nuevo, pero más viejo. Y le daba terror. Sufrió bastante con eso. Ella era súper feliz de que yo tuviera familia y todas esas cosas. Pero cuando ella era joven también pasó por las drogas y sabía que había un camino que si uno no es fuerte, se te acaba la vida y punto. Yo podría haber muerto. Tenemos el caso de Cerati y mucha gente que no salió bien parada de esta cuestión. Y está claro que a los 50 años, como dice mi papá tan inteligentemente, no te puedes volver a equivocar. Y no se refiere solo a las drogas ni al alcohol, sino que artísticamente y a todo. Y tiene razón. Estos problemas de salud que tiene la gente a los 50, hablan de eso: o te hacís cargo de todo, o no. Y pa llegar a los 70, tenís que hacer cambios. Esa conversación con mi hermana fue súper decidora.

¿Qué hiciste?
-Ese mismo día dije: como me están sapeando por todos lados, voy a dejar de tomar. Y lo hice sin psiquiatras, sin nada de remedios, ni una huevá, a rompe y raja. Y fueron súper terribles los primeros meses. Espantosos, horrendos.

¿Qué hacías para no recaer?
-No salía. Estaba súper encerrado. Seguramente, subí de peso el doble, ja, ja. Y estuve viviendo un momento bonito con la familia. Vieron que hice un esfuerzo enorme de salir del alcohol y las drogas.

Cuando tomabas, ¿cómo te ponías?
-Era jugoso. No conozco a ningún curao que no sea jugoso. Y como tenía este rollo con el pasado y del exilio, con el suicidio de la Violeta, se me juntó una majamama de hueás, que era pa dejarme encerrado en un clóset y ponerme llave para que hablara solo.

Eras un curao latero.
-¡Latero! Porque vivía como en ese pasado oscuro, no, qué lata.

Hay rockeros que se curan para agarrar confianza con las minas.
-Eso te iba a decir. Porque cuando carreteaba, bastaba con que una noche no durmiera, para que al día siguiente, si seguía chupando o drogándome, entraba en unos estados depresivos enormes y que todos se alejaban de mí. Al final, me dejaban como el loquito en la van. Y yo creo que me ayudó a salir de esta huevá no tener el trajín de otras personas que le echan pa delante y después vámonos a almorzar al Liguria.

No eres tan light…
-Exactamente. Me deprimía demasiado. Tampoco me servía subir nuevamente, porque me iba al hoyo de frentón. Y veía en los demás un estado de alegría que yo no lo lograba. Y eso, a lo mejor a los 20, no se notaba tanto. Pero a partir de los 35, esa recurrencia en la cuestión depresiva, era notoria. De hecho, un par de veces fui a un psiquíatra que me hizo escribir la típica escritura de la infancia hasta cuando erís grande. Me sirvió un poco, me dio lata y no pesqué más.

Tambien dejaste la cocaína.
-Sí, definitivamente.

¿Fue muy duro?
-Sí, pero se puede.

Sigue siendo un tabú reconocer que se pasó por la coca.
-El nivel de hipocresía es tremendo. Y es algo que ha estado presente siempre, no solo en la música, sino en todos lados. Tampoco hay que darle tanta importancia.

¿Cómo ves las drogas ahora?
-Como algo natural, como parte de una experiencia. Las drogas abrieron mi mente, porque también aportan algo bueno. Pero pueden llegar a destruirte. Uno empieza a creer que esa hueá te hace tocar mejor o te hace todo mejor. Ese es el problema. Porque te lo comprai y te armai un discurso interno totalmente falso. Ahora que he vuelto a tocar y ya no me drogo ni tomo, me doy cuenta de que era un engrupimiento cerdo sin asidero. En mi grupo de jazz no es que no permita, pero no hay alcohol en los camarines, y no es que me den ganas de chupar, sino que no me gusta que estén los músicos ahí con el vinito y esa hueá que yo mismo hice por tantos años.

Te fuiste al otro extremo…
-Es que la música se resiente… es fatal, la música se va a la chucha y con la marihuana pasa lo mismo. Todo se ve fantástico, pero después cuando te escuchai no hay ninguna diferencia. Entonces, para mí, el estado de conciencia es el óptimo. A mí me gustan las cosas complicadas, que requieren de un orden rítmico, y la música es media matemática en ese sentido. Por eso admiro a la gente que toca bien, y generalmente coincide que no son personas ni drogadictas ni estúpidas ni alcoholizadas.

Pero no es como para satanizar las drogas.
-Claro, no es pa eso. Soy abierto de mente. A algunas personas les hacen bien, también tiene su lado bueno, pero a otras nos terminan destruyendo porque nuestro cerebro se empieza a alterar, como decía Ron Howard el otro día: la cocaína en los primeros años es maravillosa, pero después nunca más provoca lo mismo. Yo creo que con todas las drogas es igual, incluso con la marihuana. Hay una cuestión que me llama la atención ahora de viejo. Cuando un joven ve a Hendrix tocando guitarra dice: qué maravilla, quiero ser como él. Pero después te das cuenta que estaba metido en todas las cuestiones, como que no coincide, como que los ídolos son tan falsos… Por eso hay que tener cuidado. Lo que uno proyecta en el escenario, es para que la gente te admire, y si estás en el escenario reventado, estai proyectando eso. Yo recuerdo haber tocado mil veces cansado, reventado y con caña. Ahora me pasa que esta asociación de tocar música y el trasnoche, me aburrió totalmente. No podría seguir en ese trajín de una tocata tras otra. Y cuando uno está metido en la maquinaria del rocanrol –y esto tiene que ver más con la historia de la fama y la industria discográfica– no te das cuenta de muchas cosas, de que estai arriba con pura gente que te está adulando, pero al final resulta ser todo muy falso.

¿Se te anduvieron subiendo los humos a la cabeza?

-Más que la chucha. Y me siento avergonzado de muchas cosas, de haber pecado de hueón en ese sentido. Siempre me sentí un buen músico y con Los Tres teníamos claro que habíamos hecho algo increíble: hicimos el Unplugged, vendimos 150 mil copias, pero empezó a primar esta cuestión de que somos los mejores. Algo bien rancio. También reconozco una especie de valorización del dinero que me transformó en alguien que nunca fui cuando chico.

Pero seguías teniendo un cable a tierra. Tu familia, tu mujer, tus hijas.
-Sí, desde siempre. Mi mujer ha sido fundamental en todo. Tiene una claridad mental envidiable. Como yo tenía la imagen de destrucción matrimonial de mis papás, siempre he luchado porque la familia no se destruya. Sé perfectamente que si me hubiera separado y hubiera hecho otra vida, quizá estaría muy cagado. Fue lo único que me salvó, yo creo… Yo fui el que primero tuvo hijos en Los Tres, a los 24 años. Siempre me acuerdo cuando les conté que sería padre. Estábamos en nuestra primera tocata en el Centro de Extensión de la Católica y al final les conté. Todos me miraron con cara de horror como diciendo “este hueón cagó”.

Casi como tu funeral.
-Exactamente.Y cuando nació la Viole, fueron solo cosas bonitas desde la presencia de tener una guagua ahí en la cama, haciendo ruido. Después nació la Emiliana. Pero eso era muy diferente al resto del grupo. Seguía siendo el único que tenía hijos y con cierta responsabilidad. Era un poco el fome del grupo. Y también, tal vez, me veían un poco así. Pero no es fácil asumir la paternidad, es complicadísimo.

Hay personas que no están hechas para esa cuestión.
-Sí. Con los años he aprendido cada día a ser mejor padre. Pero hay momentos en la vida en que uno, como padre, deja mucho que desear. Y los papás como que le sacamos el poto a la jeringa. No sabemos ver los defectos. Por eso, en este momento de reseteo, todas estas reflexiones van aterrizando y dejándome en limpio. Estoy en un momento muy sano de energía, que no tiene nada que ver con que “ay, nos vamos a reunir con Los Tres o qué se yo”. Es una sensación de tranquilidad y confianza para hablar cosas con mi familia que nunca había tocado antes, como hablar de todo lo que he hecho en mi vida.

EL CALDO DE CABEZA
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Da la impresión de que te arrepientes de tu época rockstar.
-Sí, de ciertas actitudes que se van pegando y que alteran tu estado cerebral un poco en base a la fama. Uno empieza a sentirse joven y fantástico, que las minas te admiran, que todas quieren estar contigo. Por eso con la fama viene una estupidez mental, nadie se salva de esa cuestión. Porque es súper entretenido estar arriba del escenario, que te pesquen y que todo el mundo ande preocupado de lo que hacís.

Álvaro Díaz, cuando se subió al escenario de Viña con 31 Minutos, quedó alucinado. Decía que el escenario era como una droga.

-Es totalmente así. Pasar por el Festival de Viña o por tantos escenarios latinos son sometimientos a estados de excitación absoluta. Pero cuando uno ve las cosas con calma ahora, no echai de menos eso. Fíjate, porque yo fui famoso o soy famoso, no sé, me da lo mismo, me importa una raja en realidad, pero lo que sí sé es que viví todo intensamente: la industria, la plata, el éxito, después el fracaso. El otro día estaba viendo un documental de tipos que hacen snowboard y me dejó súper pensativo. Salía un tipo joven diciendo que cuando uno en la tele ve un salto increíble, pero resulta que para que ese salto salga bien, salen trescientos mal y los hueones se rompen el cuerpo entero. Eso mismo le pasa a uno. Esa sensación de fracaso, es algo que siempre he querido transmitir.

¿Por qué?
-El fracaso es una de las cosas más importantes para poder salir adelante, porque son muchos a lo largo de una carrera. Hay que convivir con tus propios fracasos. Ponte tú, cuando hago conciertos de guitarra acústica, sin una banda detrás, y no me sale bien una improvisación, es un sentimiento de precipicio por algo que uno no sabe para dónde va y que puede terminar en fracaso: te pifiai la nota, pero sigues para adelante y terminas la hueá. A veces algunos jóvenes me dicen: “quiero ser famoso como tú”, y yo altiro les paro los carros en seco, porque si estás partiendo por ahí, estamos muy mal.

¿Y cuando pendejo no querías ser famoso?
-No. Creo que los rockeros chilenos nos desubicamos en momentos, porque somos una cagada de país y tenemos al lado a Argentina que va cien años adelante. Pero es fácil creerse el cuento.

Ahora estás en la antípodas del rockero que fuiste.

-Totalmente. Puedo ser una lata. Y cuando te das cuenta de que para bajar de peso hay que hacer un esfuerzo tremendo, no te las podís dar de rockero toda la vida. También ahora tengo menos intensidad en las relaciones. Ahora es mucho más reposado todo. Este estado es el que me gusta y estoy muy feliz. Tener menos lucas también es fantástico. Todo el caldo de cabeza quedó en el pasado. Eso no tiene nada especial, pero requiero de un orden en mi vida, o si no todo se va a la chucha. Y eso es lo que estoy logrando ahora.

¿No te agarran para el hueveo de lo “angelito” que estás?

-En las reuniones sociales, la gente te mira raro, porque erís como el hueón fome y yo antes era el alma de la fiesta. Al comienzo me aburría en los carretes, quería irme pa la casa, el típico latero que se está recuperando. Pero hoy no me hago ni un problema. Pero no me molestan. Ellos saben que estuve mal, deprimido, y que estoy demasiado bien ahora. Entonces, me admiran y a veces me piden ayuda. Tampoco es que vean a un hueón moralista. Pero toda esta cuestión, que parece un cliché de cuando uno viene de vuelta, como saliendo del hoyo, de ayudar a otras personas, no lo veo mal. Por eso también he sido honesto contigo y con lo que escribí. Mi papá me lo dice también. Y mis alumnos, que son pocos, me adoran. Porque hay que ser honesto para atreverse a decir todo. No hay nada que esconder. Tampoco es que haya sido un decadente que casi lo atropellaron cruzando Providencia curao. No, siempre tuve un instinto de conservación, tampoco hay tanto escándalo. Pero a la gente le da un poco rabia que haya dejado al cero toda la cuestión. “Pero tómate una cerveza o un vinito”. No, porque sé que tengo que hacer un cambio y si uno no lo hace al cero, no veo que sea posible.

LA VIOLETA
Este tiempo también te ha servido para acercarte a tu abuela Violeta.
-Sí. He aprovechado de acercarme más a su música. Mi cercanía con ella se fue intensificando los últimos diez años. Es un acercamiento tardío. Cuando chico, en realidad, no la pescaba. Tenía una negación con el pasado. La típica historia del exilio. Tampoco quería acercarme al folclor, me daba lata.

¿Por qué?
-Te estoy hablando de los 80, cuando estaba en el colegio. Yo era un cabro que quería jugar a la pelota, era medio hippie y me gustaba la música progresiva. Tampoco me interesaba la política. Cuando me empecé a dedicar a la música, a los 14, lo mío era el roncanrol y el jazz.

¿Tu papá quería que te dedicaras al folclor?

-A él le encantaba que tuviera un mundo jazzero y rockero, pero cuando lo acompañaba yo no tenía consistencia para seguirlo en las cuecas.

De la familia Parra, siempre se ha dejado entrever que se han aprovechado del apellido de la Violeta para armar carrera.
-Claro, siempre me lo van a achacar. Porque yo soy Cereceda y me puse Parra como a los 14, como jugando casi, porque quería ser artista y todo eso. Pero la gente sabe que tengo una carrera que se levanta por sí sola. Tampoco me dediqué a ser acompañante de mi papá. Algunas personas me dicen pero “voh soy Cereceda”. Y sí, a mucha honra Cereceda, compadre. Y si bien el apellido Parra tiene una trascendencia, por la Violeta y porque todos son artistas y todos son especiales, los Cereceda no son así: no son súper especiales. Y por estados de ánimo y personalidad, me siento mucho más Cereceda que Parra.

¿Y cuándo te terminaste acercando al folclor?
-Con mi papá, mucho antes de entrar a Los Tres. Después vino la etapa de Los Tres en que tocabámos rocabilly y partió un fervor por el folclor que teníamos con el Álvaro, y que él tenía súper desarrollado porque vivía con el tío Roberto. Y me conecté con la música de don Robert, pero Los Tres nunca interpretaron a la Violeta. No había una cercanía con su música. Sabía que tenía una deuda musical enorme con ella. Ahí, decidí aprenderme la Música para Guitarra de la Violeta y terminé haciendo el disco Anticuecas. Hoy, de todas maneras, conozco mucho mejor a mi abuela.

¿Con qué imagen creciste de ella?
-Tenía una imagen de ella medio rígida, pero súper bonita. A los 30 años, empecé a entender más la importancia de los textos y ritmos. Y me empezó a afectar seriamente el tema del suicidio de la Viola. También porque yo estaba en esta dinámica autodestructiva. Era un torbellino de sentimientos: de rabia contra que la Viola se suicidó, contra que fue pobre siempre… Y puede que me equivoque, pero la Violeta era bien feliz con las cosas que hacía, entonces no me entraba su decisión. Eso me empezó a molestar y perturbar.

¿Y ese tema se tocaba en la familia?
-Nunca me hablaron mucho. Solamente que estábamos en Isla Negra cuando ella se suicidó. Mi papá con la Isabel habían tomado una distancia de la Violeta, porque era prudente. Ellos estaban desarrollándose como artistas. Y la Violeta, si bien aprobaba todo, también los ninguneaba en algunas cosas, como en las opciones artísticas que tomaban, porque era una mujer que tenía muy claro lo que hacía. Ser hijo de ella debe haber sido difícil. Y cuando tomaron caminos distintos, una distancia saludable, la Violeta quedó más sola. Pero es un tema del que no se habló nunca. Un tabú.

¿Y ya más grande?
-Después también. Como vino el exilio, se juntaron hartas cosas pencas, tristes. La tortura de mi papá, la separación de mis papás… Y los papás, en general, somos medio reacios a hablar de algunas cosas del pasado. Yo también, en este momento, estoy en un momento de dejar atrás el pasado, de pensar hacia adelante, y es súper respetable. Pero uno como hijo quiere saber qué pasó y todas estas cuestiones. Pero tengo la sensación de que fue demasiado doloroso para ellos, como para estar hablándolo a diario.

¿Y ahora cómo ves el tema del suicidio?

-Como una decisión absolutamente valiente y respetable. También me identifica un poco, no es que sea suicida, porque cuando uno ve los achaques que comienzan aparecer con los años y ella tenía 49 años, la entiende.

Ahora estás trabajando en su disco “Las últimas composiciones”. Quieres hacer tu propia versión, entiendo.
-Sí. Yo soy de la idea de que a la Violeta hay que liberarla, dejar que toda la gente haga mil versiones, que los rockeros la toquen. Soy partidario de abrir la llave de Violeta Parra, no dejarla encerrada. Mi idea ahora es usar los mismos instrumentos que ella usó en ese disco, pero con su toque Parrita cibernético de guitarras eléctricas. Será algo súper delicado y suave. Tengo también muchas ganas de invitar a cantores jóvenes, entre ellos mi hermana y Manuel García, a que interpreten este repertorio. Algunos me dicen qué complicado hacer este disco. Bueno, cuando me operaron me memoricé los textos de las 14 canciones, y en eso me entretuve mucho. A partir del 15 de octubre vamos a empezar a grabar y ensayar. También he vuelto a tocar temas de la Violeta con mi hermana Javiera, con la que no tocaba desde el colegio. Ha sido hermoso. Hace poco recibí un mail de Argentina, de los agregados culturales de la embajada chilena, para ser el director artístico y guitarrista de un tributo que se llamará “Violeta 100 años” en el Teatro Colón el próximo año. Todas estas cosas no me las puedo creer. Son cosas importantes en mi vida, que me reafirman en esto de mirar pa adelante. La recuperación del hombro es complicada, pero la hueá está bien. Cuando toco guitarra, está perfecto. Ahora siento una seguridad que nunca había sentido en los últimos años.

¿Cómo estás ahora después de tanta reflexión?

-Me siento con más energía que nunca. Todos los días estoy corriendo una hora, haciendo mucho deporte. No puedo hacer muchas cuestiones, pero partí haciendo bicicleta como los abuelitos. He bajado de peso, lo que me tiene feliz. También he cambiado la alimentación. Pero durante la recuperación, muchas veces me desanimé. Pensé que esto se iba a la chucha. No es rápida esta mejoría, es un camino de espinas. Y creo que por fin ahora podré tocar en paz con el instrumento, sintiendo la música, y con la inteligencia de haber entendido la obra de mi abuela en profundidad y con la sensibilidad que me permite el estado de conciencia en el que estoy. Aunque el estado de seguridad absoluta nunca existe, porque siempre hay problemas y estamos cubriendo cosas. ¿Pero te cuento la verdad? Estoy tocando como nunca. Nunca había sentido esa seguridad y hay una madurez mental como músico. Estoy seguro de que vienen los mejores años como intérprete de la guitarra, y en todo sentido. Por suerte. Porque podría haber sido un accidente cardiovascular.

Sería otra cosa…
-Claro, pero ahora estamos en el otro camino, en el camino del Señor, jejeje. Y también las cosas que estoy haciendo son súper puntuales: estoy trabajando con Ángel Parra Trío, que lo tomé cien por ciento. Ahora voy hacer lo mío y nada más que lo mío. Recuperé ese ímpetu de hacer las cosas por mí mismo. De hecho, voy a sacar un disco con Ángel Parra Trío. Desde 2009 que no lo hacíamos. Se llama “Dulce Compañía”. Fue clave la cuestión de Manuel García, al que ayudé en uno de sus discos, porque en toda la etapa que he estado tocando con él, he entregado como nunca mis conocimientos y mi amor por la guitarra. En Los Tres no era igual, porque las cosas funcionaban de manera ordenada: esto es así, cada hueón en su lugar. Es bueno tomar un riesgo. Cuando te dicen ¿con qué te vai a ganar los porotos ahora que no estás en Los Tres, ahora que tienes 50, cómo lo vai hacer? Se puede, hay que hacerlo.

¿Escuchas de repente la música de Los Tres?
-Nada. Me siento súper identificado con Jorge González cuando dice que se escucha en la radio y cambia de dial. No me hace ningún sentido. Mis hijas escuchaban mucho a Los Tres y cuando me separé del grupo se sentían mal, porque lo seguían escuchando y cuando me veían cambiaban la música. Pero les dije que daba lo mismo. Tampoco reviso mis discos de Angel Parra Trío. Solo miro hacia el futuro. Todo es lo que viene.

LOS PARRA CANTAN A VIOLETA
Ángel Parra Trío, Javiera Parra y Moca
Miércoles 5 de octubre, 20:30 horas, Teatro Oriente.
Entradas en Puntoticket y boleterías del teatro.