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Hace unos meses en el Barrio Yungay, Nicolás Raveau Feliú (aún debe llevar ese nombre en su cédula de identidad), llegó con su metro noventa y su delgadísima silueta a la Plaza Yungay. Vestida unisex, y acompañada de diferentes organizaciones ciudadanas izó la bandera de franjas celeste y rosa que representa al mundo trans, cuando fue presentada como candidata a concejala por la comuna de Santiago.

Semanas después un conocido periodista de TVN, cuestionado por organizaciones LGTBI después de un bufo reportaje de una marcha gay, hace ya unos años, le preguntó de forma poco sutil si se había hecho una vaginoplastia. También si sus apellidos eran de buena cuna. Niki, personalmente, pidió que esa entrevista no se emitiera.

“No me interesa aparecer caricaturizada como la trans abc1. He recibido agresiones en la calle igual que mis compañeras. He pasado hambre también porque he perdido trabajos, pero me he vuelto a levantar”, advierte la también directora de la fundación Transitar. No le gusta hablar mucho de ese tema, dice que nunca se sintió cómoda en el mundo que nació y con el que hace mucho tiempo, perdió vínculos.

Fue en 2015, a sus 38 años, que Nicolás tomó una decisión que cambió, en forma y fondo, toda su vida: ser transgénero. Su trabajo como artista se acabó. Le devolvieron un cuadro tratándolo de fleto y otro más porque su firma ya no valía. Pero también puso fin a un sinnúmero de crisis de pánico, depresiones varias y todo el historial psicológico que viven muchas personas en Chile.
Niki fue la primera persona en Chile en realizarse una cirugía de feminización facial, gracias a un programa de bajo costo que implementó el cirujano plástico más famoso del país, el Dr. Héctor Valdés, y comenzó un tratamiento hormonal para tener más pechos y menos vello. Sin embargo, para ella lo que la hace transgénero es su decisión, no el bisturí o el carnet. “Hablo de la transición definitiva cuando cambio el nombre y el pronombre”, dice.

Antes de su decisión, Niki vivió en una dualidad mientras buscaba respuestas en libros y experiencias que le ayudaran a entender su deseo de tener una identidad femenina. En sus viajes en los años noventa a Sao Paulo, ciudad donde nació, se ponía tacos, usaba rouge y vivía como travesti. En Santiago volvía a masculinizarse. “Conocer chicas trans en Brasil no me ayudó a encontrar mi identidad y de regreso boté mi ropa más femenina. Pero llegó un día en que supe, en un segundo, que debía hacerlo. Me miré al espejo y no me reconocí. Ahí te das cuenta de que ya no hay pie atrás, que dar pie atrás es dejar de vivir”, reflexiona.

DISCRIMINADO EN EL VERBO

El verano pasado, cruzando un puente sobre el río Mapocho en Recoleta, Niki fue acechada por dos hombres jóvenes. Eran las 4 de la tarde, llevaba dos libros en la mano y en ese tiempo ni siquiera tenía pechugas. En la mitad del trayecto le llegó un combo, el forcejeo terminó en el intento de lanzarla de cabeza al río. Al final los agresores se asustaron y huyeron. Ella quedó con una lesión en el hígado. Nadie hizo nada. Hace unas semanas la escena se repitió en pleno centro de Santiago con unos trabajadores de la construcción.

La violencia es parte de la vida de la comunidad transgénero. Durante 2014 los casos de violencia y discriminación hacia personas LGTBI crecieron un 65% y cinco personas murieron a causa de la homofobia. El 7% de los abusos afectaron a transexuales, uno de los grupos de la disidencia sexual más golpeado, discriminado y precarizado.

Niki ha sufrido la discriminación desde su infancia en el Verbo Divino, el mismo colegio donde Sebastián Piñera conoció la frase “Deutschland über alles” (“Alemania por encima de todo”), texto del himno alemán antiguo y omitida en el actual por ser considerado nazi. “Me hacían mucho bullying hasta que decidí pegar de vuelta. Me molestaban porque me encontraban maricón, porque me hacía peinados, porque era el único de dos mil hueones que usaba aro y porque me cosía mis pitillos de metalera-punky. Era un colegio con mucha violencia, con mucha agresión física”, sostiene.

Luego recuerda el caso de Pelayo Flórez, uno de los secretos más horrendos del colegio de la elite económica de Chile. El alumno de 3ro medio, víctima de bullying, decidió suicidarse con cianuro dentro del laboratorio de química. “Tiene que ver con el modelo cultural de lo que se puede entender ser varonil. Uno tiene que sobrevivir en este colegio, lidiar con la heterogeneidad”, dice el profesor Jorge Rojas en un documental del ex alumno Fernando Ramírez, según cita Ciper en un reportaje “Verbo Divino: Los secretos y el poder del colegio favorito de la elite”.

“Todos lloraban por las calles. Toda esa gente que ahora son gerentes de banco, tienen cuatro hijos y van a misa el domingo, lloraba, pero no por arrepentimiento, sino porque se iban a ir al infierno. Después pasó el rector jefe pidiendo que nadie hablara fuera del colegio, el mismo que años después protegió a un cura acusado de abuso sexual en el Liceo Alemán de Chicureo. Todo ese sistema se sostenía en juicios peyorativos hacia los alumnos que eran diferentes. Un inspector me preguntaba ‘¿eres fleto Raveau?’ o te decían cosas que te hacen crecer con culpa. Después te das cuenta de la pérdida de tiempo que significó haber tenido a esa gente a cargo de tu educación”.

En ese tiempo, recuerda Eduardo Lira, amigo y compañero de colegio, Raveau tenía fama de seductor, además de ser un ávido lector de filosofía y política, y de ser fanático del death metal. Muchas veces llegaba con novias a las fiestas. Chicas estupendas y envidiables para sus compañeros. Tenía algunos amigos del colegio, pero no se atrevía a compartir lo que le pasaba con ellos. Ni siquiera él lo tenía claro.

“Mi identidad aún era muy dubitativa para hacer la transición hacia una identidad femenina, que no es lo mismo que identidad sexual. Con algunas personas la demostraba, con otras me hacía más hombre. Mi orientación sexual es variada, he tenido principalmente parejas trans y mujeres. Las chicas trans nunca me hicieron espejo, no me reflejaba en ellas, pero a mis parejas hétero les gustaba esa androginia, que me pusiera su ropa. Era un juego que a mi también me gustaba, el problema es que después había que devolver la ropa”.

En su adultez experimentó sexual e intelectualmente, devoró libros y artículos en internet. Tampoco encontró la respuesta en estas experiencias. Sentía que no terminaba de ser hombre, que debía resignarse a ser una mujer disfrazada de hombre. En los últimos años, tuvo una pareja trans, la actriz Daniela Vega, y eso le ayudó a aclararse.

En la casa de sus padres nadie sospechaba. En una familia conservadora, católica, del sector oriente, simplemente era el artista de la familia. Eso hasta hace un año, precisamente el día en que se emitió una nota en Canal 13 sobre la cirugía de feminización facial que le realizó el Dr. Valdés. El rechazo fue inmediato. Niki dejó de visitar a su familia. La discriminación mostró su peor cara y ni su hermana ni su hermano lo aceptaron. Se acostumbró a escuchar frases del tipo “mis amigas me preguntan por qué”, “cuando vengas ven de hombre”, “si pololearas con un hombre como Pablo Simonetti sería más aceptable”, “te puedo recibir pero en la plaza”. Niki se convirtió en un factor de vergüenza.

“Lo que me duele de verdad es que cuando en el verano me pegaron y me trataron de matar, mi familia no me llamó. Esa desprotección y el peso del rechazo familiar es muy común para las personas trans. Duele que se mantengan en la ignorancia, que no entiendan que tenemos derecho a existir. Ellos tienen que educarse también”, afirma.

A algunas expololas también les ha costado entender, otras lo encontraron obvio. Hay gente que se ha enterado y ha reaccionado torpemente. “Lo veo como un excelente filtro social, aunque me cuesta entender que una familia o un amigo te deje botado. Con mi mamá he retomado un contacto mínimo, con mi padre se ha creado un nexo para arreglar asuntos pendientes. Espero que nos reencontremos mientras vivamos”, dice.

CANDIDATA DE LAS MINORÍAS

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Sus pocos amigos del colegio coinciden en que Niki siempre fue intelectual, de mucha lectura. Cuando salió del colegio, estudió Arte y Pedagogía en Educación Media en la Universidad Finis Terrae, luego hizo un Magíster en Historia del Arte en la Universidad Adolfo Ibáñez. Como profesional expuso en la celebración de 10 años del MAVI, trabajó en la Bienal de Sao Paulo y escribió el libro “Revista Cal. Una historia”, una investigación archivística sobre las vanguardias de los 80 en Chile y que se encuentra en universidades como Harvard, Wisconsin y Princeton.

“El metal, la lectura y el dibujo fueron mi mayor refugio en ese tiempo. Desde chico investigué harto en política. Siempre me sentí de izquierda, aunque igualmente transité por todo un espectro de ideas y hasta disparates”, cuenta. De hecho, su candidatura independiente es apoyada por el Partido Ecologista Verde, organizaciones barriales y otras como el Sindicato de la Mina Los Bronces, organizaciones y colectivos LGTBI, y el periodista y activista homosexual Víctor Hugo Robles, más conocido como el Che de los Gays.

Robles tiene experiencia de campaña con una candidata trans, Alejandra González, actual concejala en Lampa. Sin embargo, para él la candidatura trans disidente de Raveau es una provocación al sistema político y un avance en la lucha del activismo histórico.

“Las primeras candidaturas gay son recién de hace 20 años y eran solo varones homosexuales que no integraban las demandas de la comunidad trans, lésbica o con VIH. Niki viene a radicalizar la lucha por visibilizar esas voces con una candidatura independiente, transfeminista y cercana a grupos estudiantiles y de trabajadores. Trabaja con la niñez trans y tiene posiciones mucho más de avanzada que profundizan la crítica al modelo binario, al capitalismo, a la clase y al propio movimiento de la diversidad sexual que se ha conformado con leyes normalizadoras”, apunta.

Niki, junto a Evelyn Silva crearon la Fundación Transitar. Evelyn es la madre de Selena, la niña que hizo la transición más temprana en Chile. Sus conocimientos pudieron volcarse a un proyecto colectivo. “Cuando iniciamos la fundación nos enfocamos en la niñez trans. Internacionalmente había pocos antecedentes, como las organizaciones Chrysallis y Daniela. Empezamos a hacer actividades de visibilización, acompañados por las familias, decidimos no escondernos. El 15 de agosto de 2015 realizamos la marcha por la Ley de Identidad de Género Administrativa para menores de edad”, comenta.

El trabajo en la Fundación ocupa gran parte de su vida. Está levantando investigaciones, realiza capacitaciones en salud pública y desarrolla programas de convivencia escolar trans con el ministerio de Educación. También participa en el colectivo Travestis Rabiosas generando un espacio de debate e intervención social, y con el Observatorio Petra levantaron una plataforma de escritura sobre temas de transgenerismo, arte y veganismo. Su mirada está puesta en Argentina, donde una niña de 6 años realizó su transición de manera legal y el sistema de salud no discrimina.

“En Chile, la circular 21 del Minsal obliga a que en los centros médicos te llamen por tu nombre y pronombre social, pero muchas veces los doctores no lo hacen o no nos atienden; otros te dicen ‘cómo no se va a resfriar si anda vestido de mujer’. Un caso grave ocurrió en el Hospital Van Buren, donde se pararon los tratamientos hormonales, lo que es peligroso para quienes se los realizan. Ni hablar de las cirugías, o tienes 6 millones de pesos o esperas en una lista por 4 años”, reclama.

El 23 de octubre de 2016, Niki irá en la papeleta como Nicolás Raveau. La causa por su cambio de nombre está estancada hace un año en el 26º Juzgado Civil de Santiago. Presentó testigos, diagnósticos psicológicos, pero lo enviaron al Médico Legal, donde antes les tomaban fotos. “El estado vende el derecho legal a la identidad con el derecho a la salud y el trabajo. A ninguna otra persona le hacen pruebas para determinar su género y con los niños es peor, porque no se consideran sujetos de derecho. Que se cite la biblia en las reuniones de la comisión de DDHH del Senado o que Jacqueline van Rysselberghe sea su presidenta y que diga que la Ley de Identidad de Género es un matrimonio homosexual encubierto, es una ofensa”.

La relación con otras organizaciones de las minorías sexuales tampoco es fluida. “El Movilh no cuenta con una comunidad trans participativa y por lo mismo su programa ‘Chile Trans’ corre con una década de retraso. Movilh e Iguales tienen visiones exclusivamente homosexuales, hegemónicas e higienizadas. Lo único que hace el Movilh es lobby oficialista”, afirma. De ahí a que su candidatura haya buscado nexos con organizaciones de migrantes y pueblos originarios, además de la diversidad sexual que trabaja con comunidades reales.

“Hay que educar que la vida es diversa y para nosotros, el desafío es no poner tanto el foco en el asistencialismo sino que en politizarnos. Cuando miro atrás veo a alguien que le faltó una respuesta en particular, pero también veo a alguien que emprendió muchas otras reflexiones. No me representa el sector donde nací, no me interesa hacerle un favor a un grupo social que debería disolverse, pero si mi experiencia puede servirle a alguien, bien. Debemos exigir nuestro lugar en el mundo”.