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La internet vino al mundo para multiplicar la información y la desinformación. Para llegar con verdades y mentiras a individuos que permanecían aislados de todo saber antes de su existencia. Para multiplicar lectores y espectadores atentos y desatentos, críticos e ingenuos, bien y mal intencionados. Puso bibliotecas millones de veces más grandes que la de Alejandría al alcance de individuos que hace quince años, con suerte, tenían un libro en la casa. Prácticamente todas las películas creadas por el hombre están ahí, y hoy pueden ser vistas en el teléfono, camino del potrero en que su portador cosechará el maíz mientras clarea. Fue un milagro democratizador. Pero es también el paraíso de la pornografía, de las teorías conspirativas, de las estafas y del sapeo. De la ilusión del conocimiento. La internet es una soledad compartida por muchos, pero no suele construir proyectos colectivos (aunque podría), y en las redes sociales acciona causas en función de deseos individuales y genera la ficción de un cuerpo social. Ha dado lugar, para ser precisos, a pequeños cuerpitos sociales, y por momentos a encuentros y manifestaciones maravillosas, pero a la luz de la política – quizás Obama sea su logro más admirable- no ha sido portadora de buenas noticias. En los EE.UU, Trump le habló a millones de gringos resentidos. Tipos que lo último que hallarían en los teléfonos que miran día y noche, es un poema. Les dijo todo lo que querían oír para sentirse mejores: que si sus vidas son tan mediocres es por culpa del gobierno, por culpa de unos negros y unos indios mexicanos que les quitan el trabajo y hasta las mujeres, les dijo que Barack Obama era musulmán y Hillary Clinton una delincuente, como todos los políticos de Washington, y que por su culpa ellos no eran millonarios. En lugar de proponer los caminos para llegar a un mundo amable y de conquistar a la audiencia con ideas luminosas, insultó, denigró e infamó a quien se le puso por delante. Él no era bueno, pero los demás eran peores que él. “¡Y si le meto la mano en la raja a una mina exquisita y se queda quieta, weá mia!” Todos queríamos oírlo. En los debates, era siempre él quien brillaba, así fuera por su vulgaridad, su falta de rigor apabullante, o ese factor sorpresa que envicia en los descarados con tribuna. Hillary estaba ahí para decir lo que los bien pensantes y responsables querían escuchar, mientras que Trump, como los trolls, para dar en el gusto a los amargados de derecha, a quienes creen que merecen más que los otros, a ignorantes que, como todo ignorante, se jura poseedor de la verdad. No le importó lo que pensara o dijera el partido republicano de Abraham Lincoln, porque él se entendía directamente con los votantes y no con una historia que desconocía y despreciaba. Si la prensa lo desenmascaraba, la cara debajo de la máscara era igual: una completa sinvergüenzura. El egoísmo orgulloso, la tontera ensoberbecida.
La democracia en tiempos de internet vivirá días aterradores e inevitables, salvo para las mentalidades autoritarias que verán la solución en controlarla. De pronto son millones los humanos interconectados sin la mediación de ninguna iglesia, partido político u organización social que los oriente. Sin la mediación del periodismo, que cuando es vil manipula, y cuando es fiel a sí mismo esclarece. Donde el que grita más fuerte gana, y el respeto es sinónimo de sumisión. Quizás entonces nos demos cuenta por qué es importante contar con una buena educación para todos y no sólo para mí. Un discurso político que incluya la cultura, es decir, esa historia que nos reúne. Será un asunto de sobrevivencia: el único modo de combatir al imperio de los trolls.