Ex-alcalde-de-Providencia-es-acusado-de-torturas-por-dirigente-pesquero-foto-alejandro-olivares

A pesar de ir con los ojos vendados, las manos atadas en la espalda y la presión de una culata incrustada en los huesos, Cosme Caracciolo jamás perdió el sentido de la orientación. Tendido boca abajo en el piso de la camioneta intentó descifrar cada uno de los signos que pudiera revelarle el camino.

Luego de varias vueltas, el vehículo enfiló en línea recta hacia el sur. Primera intuición. Después sintió tres leves saltos, casi a la misma distancia uno del otro. Dedujo entonces, como si portara una infalible brújula, que acababa de cruzar el puente sobre el río Maipo que separa San Antonio de Las Rocas de Santo Domingo.

Cuando lo bajaron de la camioneta –una Chevrolet C10- sintió sus pies sumergirse en la arena, respiró el olor intenso de las algas y escuchó el sonido del mar donde la noche anterior había pescado junto a su padre casi 300 kilos de congrio. Aquella vez, sin embargo, el atrapado era él. Pocas horas antes, pasada la medianoche del 1 de marzo del año 1975, en pleno toque de queda, Caracciolo despertó con el frío cañón de un fusil apuntando su cabeza. Estaba dormido tan profundamente que ni siquiera sintió cuando el grupo de militares ingresó a su casa, ubicada en la calle Curicó 363, en el puerto de San Antonio. Su hijo mayor tenía sólo un par de meses. “Me sacaron del dormitorio a culatazos y empujones. Alcancé a ponerme los pantalones, una camisa y un chaleco”, recuerda.
En el antejardín volvieron a golpearlo, le vendaron los ojos y amarraron sus manos. Fue entonces cuando escuchó una voz quejumbrosa, arriba del auto, que reconoció de inmediato. La patrulla había pasado poco antes por la casa de sus padres, amenazándolos de muerte si no confesaban el paradero de su hijo de 21 años de edad. “Yo los llevo”, les dijo su hermana resignada, subiéndose a la camioneta en dirección al hogar de Cosme.

Al cabo de un rato descendieron del vehículo. A pesar de haber realizado el recorrido a ciegas, Cosme sabía exactamente dónde estaba: un recinto de veraneo destinado a las vacaciones de la clase trabajadora, ubicado en las Rocas de Santo Domingo, que fue arrebatado por los militares después del golpe transformándose en un centro de detención y tortura.

Nadie supo de él durante largos 20 días.

Otros tiempos

Provenientes de Sicilia, los Caracciolo estaban acostumbrados a navegar en busca de alimentos en las costas del mar Tirreno. Lo mismo hizo su abuelo cuando llegó a Chile, su padre cuando se instaló en San Antonio y el propio Cosme desde que tiene uso de razón. Santos Caracciollo, su padre, fue uno de los fundadores del sindicato de pescadores y del gremio de los fleteros, transmitiendo a sus hijos un carácter inquieto con un fuerte compromiso social.

Cosme, al igual que su padre, se sentía atraído por el socialismo. Cuando Allende llegó al poder comenzó a militar en el PS y participó activamente en la instalación de la sociedad de terminales pesqueros. Una iniciativa que buscaba distribuir los recursos en la población, intentando aumentar el consumo de pescado en Chile. “Nosotros éramos productores, el gobierno compraba, y existía una línea de distribución en las poblaciones”, explica.

Fue un periodo de bonanza para el gremio, mucho antes de la irrupción de la pesca de arrastre masiva y el boom de la harina de pescado. Eran otros tiempos. La palabra sustentabilidad no estaba en el vocabulario y nadie tenía idea en lo que consistía una cadena trófica. “Ni siquiera aparecía en el mapa el grupo Angelini”, agrega Caracciolo.
En el año 1971 Cosme decide ingresar al Movimiento de Izquierda Revolucionaria de San Antonio, fundado por algunos estudiantes provenientes de la Universidad de Concepción. “Era un grupo de análisis político, de generación de ideas y propaganda. Discutíamos lo que pasaba en Vietnam, China o Cuba. Rayábamos las murallas, hacíamos panfletos. No éramos tan numerosos ni teníamos armas. Tampoco existían cordones industriales acá”, recuerda.

Fue en ese periodo que Cosme conoció a Miguel Enríquez, después del famoso discurso en el Caupolicán, en una casa de seguridad en el centro de Santiago: “Nos transmitía que donde hubiera un militante del MIR que tuviese claro el ideal político y social, no se requería una estructura partidaria para actuar en la construcción de una sociedad más justa. Aún creo firmemente en eso”.

Para entonces Caracciolo trabajaba como buzo en una empresa marítima, poniendo explosivos a los cascos de antiguos naufragios antes de la ampliación del espigón de San Antonio, hasta que el golpe militar acabó de raíz con las faenas.

Al otro día, recuerda, apareció un barco de guerra en la bahía apuntando sus cañones a tierra. Las radios locales comenzaron a solicitar la presencia de dirigentes en el Regimiento Tejas Verdes. “Varios de los que se presentaron terminaron muertos o desaparecidos. A otros los sacaron directamente del sindicato y aparecieron flotando en el río”.

La experiencia de Caracciolo como manipulador de explosivos tenía intrigado a los militares. Su nombre apareció en una lista de sospechosos y fue detenido junto a su hermana en marzo del año 1975. Cada vez que lo torturaban, las preguntas siempre apuntaban a lo mismo: ¿Dónde están los explosivos? El temor de los uniformados, entendería luego en las sesiones de tortura, era que un grupo de “terroristas” intentara volar el buque de guerra apostado en la bahía.

Torturas

Cosme sintió un leve murmullo en su oído. Una voz susurrante. Un zumbido. Recién había vomitado luego de una tortura con corriente y estaba tirado en el piso en calidad de bulto. No sabía si estaba alucinando o las voces eran parte de una horrible pesadilla. “Tienes que hacer escándalo y abrir la boca para que no se te rompan las muelas”, escuchó casi de manera imperceptible.

No era un sueño. Un compañero le estaba dando instrucciones para soportar las torturas. “Yo estaba bastante complicado con la corriente porque uno aprieta las mandíbulas y se me había reventado un montón de muelas”. Caracciolo asegura que tomó el consejo al pie de la letra y que los uniformados cuando volvieron a torturarlo se quejaban que “duraba poco”. “Me excedí en el teatro”, dice hoy con una cuota de humor negro.

A medida que avanzaban los días comenzó a perder la noción del tiempo. La venda en sus ojos le impedía distinguir el día de la noche, salvo cuando salía de la cabaña a un nuevo interrogatorio. Generalmente había cuatro militares que se turnaban para golpearlo. Luego de aplicarle corriente en los lóbulos de las orejas y los genitales, en un continuo intento por “ablandarlo”, le preguntaban por el supuesto plan que se traía entre manos: poner una bomba a un barco de guerra que custodiaba el puerto de San Antonio.

Si bien Caracciolo era buzo y tenía conocimiento en el manejo de explosivos, realizar una operación de esa envergadura le parecía un acto suicida. “Ni que fuera kamikaze”, dice. A tal punto llegaron los apremios que los militares intentaron que firmara un documento para inculparse. “Me preguntaban por gente de Cartagena que ni siquiera conocía y que iba a poner una bomba conmigo”, recuerda. Se negó rotundamente a firmar. Eso, asegura, le salvó la vida. “Era mi sentencia de muerte”, dice.

El hambre también era parte de los tormentos. Al cuarto día recién les dieron comida. Cosme cuenta que los sentaron en una mesa, les soltaron las amarras y pusieron un tiesto con porotos vinagres para todos los detenidos. Recuerda el episodio con vergüenza: “Comencé a pegar manotazos hasta que agarré la fuente, los otros trataban de quitármela, me pegué un par de cucharadas y recién ahí me di cuenta de lo que estaba haciendo. Había actuado de manera totalmente irracional como un animal hambriento. Me sentí muy mal”.

Las torturas no cesaron. A veces los sacaban al patio a limpiar la maleza, cosa que los prisioneros agradecían, intentando cambiar el encierro por un poco de aire fresco. De repente escuchaban una voz que les ordenaba tirarse al suelo y a continuación una ráfaga de metralla sobre sus cabezas. “Ahora van a cagar todos nos gritaban, eran falsos fusilamientos, sentía como zumbaban las balas en el aire”.

Para algunos soldados las torturas eran casi parte del esparcimiento. Inventaban juegos, recuerda Cosme: “Teníamos que adivinar con los ojos vendados si tenían o no un cigarrillo en las manos. Si le achuntábamos nos convidaban uno, si no lo hacíamos nos pegaban una cachetada, un combo o una chuleta”. Era tanta la ansiedad que tenía que prefirió aguantar los golpes con tal de conseguir un pucho. “Me sacaron la chucha hasta que conseguí uno”.
A medianoche, solían oír los gritos de las torturas a las mujeres, y se abrumaba pensando que podía ser su hermana. Todos los días preguntaba a los guardias si todavía se encontraba en el recinto. Al sexto día, asegura, le comunicaron que había abandonado el lugar.

En una de las tantas torturas que recibió, Cosme reconoció una voz que había escuchado antes. Fue la primera vez que alguien lo llamaba con un seudónimo que usaba a diario con sus compañeros. “Caracho – le dijeron- acuérdate que anduvimos juntos, así que larga no más”. La voz era de un antiguo camarada del MIR, miembro del comité central en la región, que todos conocían como Joel. “Nos infiltraron”, pensó Cosme.

Joel era un compañero capaz de aleonar a las masas, definir estrategias y encarnar el discurso del partido con desplante y lucidez. “Un revolucionario ejemplar”, recuerda. De ahí que le costara tanto digerir que estuviera al frente suyo, interrogándolo y presenciando las torturas a la que era sometido.

La participación de Joel, sin embargo, siempre le generó dudas. “Nunca me preguntó cosas comprometedoras, casi siempre pedía nombres de compañeros que se habían ido el año 73 del país, y jamás mencionó que antes del golpe estábamos haciendo trámites juntos para a ir a Cuba”.

Después de salir del campo prisioneros, Cosme y otros sobrevivientes solicitaron la extradición del oscuro personaje a través del Departamento Quinto de la Policía de Investigaciones. No alcanzaron. Joel murió en Estados Unidos antes de poder verse las caras con sus antiguos camaradas.

Sí, señor

Con la vista siempre vendada, era más fácil concentrarse en las conversaciones de los guardias. Así fue como Cosme se enteró que visitaría el recinto un teniente de apellido Labbé.

Cuando lo llevaron a conocer al oficial, tras un intenso forcejeo con un par de militares, la venda que cubría sus ojos cedió pudiendo reconocer a quien tenía enfrente. “Era una persona joven, nada de gordo y más bajo que yo”.
-Así que tú eres el conchesumadre bueno para los combos- le habría preguntado de entrada Labbé.

Acostumbrado a los monosílabos de la jerga militar, Cosme contestó escuetamente: “Sí, señor”. El puño del uniformado, cuenta, de inmediato se incrustó en la boca de su estómago. “Después caí al suelo, recibí golpes en la cara y en todo el cuerpo”.

Caracciolo asegura que el mismo hombre que se transformaría en guardaespaldas del dictador, último ministro secretario del gobierno militar y alcalde de Providencia, fue quien lo golpeó atado de manos en el suelo. “Para mí fue tortura porque lo hizo cuando yo estaba amarrado”.

Caracciolo no es el único en reconocer a Labbé como uno de los oficiales que pasó por Rocas de Santo Domingo y el Regimiento Tejas Verdes de San Antonio. Anatolio Zárate, expresidente de la Pesquera Arauco, declaró en el año 2004 ante el juez Alejandro Solís, en el marco de la investigación por la querella presentada por las víctimas de Tejas Verdes, que uno de los principales torturadores en el recinto militar era un hombre “macizo, rubio, pecoso, pelo liso, muy salvaje, que se llamaba teniente Labbé”.

En un reportaje publicado en La Nación en el año 2006, Zárate asegura que “desde el momento en que él estaba en la sala de tortura, independiente si ponía o no la corriente, él participó”.

Labbé reconoció en su declaración que había pasado por el cuartel ubicado en Las Rocas de Santo Domingo “para hacer clases de educación física”, permaneciendo sólo “dos o tres días”. Caracciolo asegura que “la única gimnasia que se hacía ahí era la tortura”.

-Yo no voy a mentir. No puedo asegurar que estuvo interrogándome cuando me aplicaban electricidad porque estaba vendado. Pero sí participó en interrogatorios de otros compañeros. De hecho hay personas que estuvieron en Tejas Verdes, como Olga Letelier, que van a presentar una demanda contra él- asegura Caracciolo.

Hace poco más de un mes, después de 41 años, Cosme Caracciolo y Cristián Labbé Galilea se vieron las caras nuevamente en un careo en la Corte de Apelaciones de Valparaíso, frente al escritorio del ministro Jaime Arancibia. “Yo no lo veía desde ese tiempo. Negó todo. Mantenía su mirada hacia abajo. Lo vi nervioso. Lleno de contradicciones”.

-Lo único que busco es que se haga justicia, nada más que eso. No quiero que me paguen un veinte. Él fue un agente del Estado que estaba supuestamente para cuidar a los chilenos, no para torturarlos. Si cometió delitos de lesa humanidad tiene que pagar su deuda- exige Caracciolo.

A las cinco de la madrugada del miércoles 9 de noviembre, cuatro detectives de la Brigada de Derechos Humanos de la PDI, llegaron al domicilio de Labbé en la comuna de Lo Barnechea, para hacer efectiva la orden de detención que dictó el ministro en visita de la Corte de Apelaciones de Valparaíso Jaime Arancibia. El ex alcalde de Providencia fue interrogado y a la salida de la corte dijo que nunca había estado en el lugar en la fecha indicada y acusó una persecución política en su contra.

Luego fue derivado al regimiento de infantería Maipo y dos días más tarde fue liberado previo pago de una fianza de 50 mil pesos.

Caracciolo aún recuerda cuando estuvo con él en la oficina del ministro Arancibia. Allí, después de 40 años, sentados uno al lado del otro, sintió que por primera vez se encontraba en igualdad de condiciones con Labbé. A pesar de sus tres by-pass al corazón y sus 65 años a cuestas, Cosme tuvo unas ganas locas de pegarle “un par de puñetes” y decirle “ahora tengo las manos libres, enfrentémonos a ver qué pasa”. Obligado a reprimir sus emociones, reconoce a regañadientes: “Tuve que aguantarme”.