Pertenezco a esa generación que hoy tiene más de 40 y menos de 60. El día del Golpe de Estado éramos niños, adolescentes o recién comenzábamos la juventud. Yo estaba aprendiendo a andar en bicicleta cuando pasaron sobre mi cabeza los Hawker Hunter que venían de bombardear el palacio de La Moneda. Crecimos en dictadura, con toque de queda (los mayores iban a fiestas de “toque a toque”); leímos libros que compramos en librerías de viejo, porque no llegaban libros nuevos; nos formamos políticamente en “grupos de estudio” que los partidos de izquierda organizaban en las universidades, y ahí leímos a Marx, a los socialistas utópicos, y por nuestra cuenta a Proudhon, a Bakunin, a Daniel Cohn Bendit, a Foucault y a otros desordenados de 1968, pero sobre todo nos hicimos de izquierda yendo a las poblaciones marginales donde a mediados de los años 80 la comunidad se organizaba en torno a ollas comunes y parroquias; cuando comenzaron las protestas en 1983, participamos de ellas activamente: éramos la carne de cañón, y a mucha honra, porque aunque nadie supiera nuestros nombres, se nos iba la vida en acabar con la tiranía. Hasta que se impuso la idea concertacionista de terminar con Pinochet aceptando su institucionalidad, discutíamos sin grandes juicios de valor, sino más bien esgrimiendo razones prácticas, si convenía o no el camino de la violencia. Algunos cayeron en combate, otros simplemente por la crueldad del régimen. Entre 1973 y 1987 la Universidad de Chile tuvo siempre rectores militares. El movimiento estudiantil en contra del rector designado José Luis Federici nos sirvió para coordinar las fuerzas estudiantiles que más tarde conformarían los contingentes del NO. Lejos de lo que algunos cómodamente podrían imaginar hoy, no fue un puñado de publicistas quien consiguió ganar el plebiscito. No sólo cargábamos con una historia de muertes, exilios y torturas, sino que además vivíamos en un país atemorizado, pacato, hipócrita, encerrado. La opinión pública estaba enteramente controlada por personajes afines a la dictadura. No reinaba la post verdad, sino la mentira o el ocultamiento ejercido por los medios de comunicación en manos de la derecha.
Todos votamos por Patricio Aylwin, porque era el candidato de la oposición a Pinochet. El mismo que había apoyado el Golpe, ahora encarnaba la recuperación de la democracia. Es cierto que la Transición reunió a las tropas antidictatoriales, pero también fue un acuerdo histórico entre dos viejos adversarios: la Democracia Cristiana y la Unidad Popular. Aylwin personificó a la DC y Lagos al mundo socialista. Cada uno de ellos cargó con la obligación de demostrarle el otro (y a todos los demás) que habían aprendido la lección: el centrista, que ningún rencor justificaba aliarse con la reacción barbárica, y el izquierdista, que ninguna convicción podía pasar por alto la realidad y la opinión del otro, es decir, la construcción de mayorías para avanzar en cualquier proceso de transformación. La democracia en Chile fue reconquistada el mismo año que cayó el Muro de Berlín.
Mi generación fue testigo del cambio que ha vivido Chile en estos años. Estábamos ahí durante la década de los 90, cuando el crecimiento económico nubló nuestras conciencias y riquezas desconocidas cegaron la memoria. Mientras los familiares de los desaparecidos pedían justicia en las esquinas, nos jactábamos de ser “los jaguares” de América Latina. La construcción de la central hidroeléctrica Ralco marcó un punto de inflexión: el sueño del crecimiento económico fue más fuerte que el respeto por una cultura milenaria, y las aguas del río Biobío inundaron las casas y cementerios de los pehuenches. Pinochet siguió de Comandante en Jefe del Ejército hasta que se convirtió en senador vitalicio. Durante toda la década de los 90 permanecieron los senadores designados. No había ley de divorcio, la sodomía era delito, la derecha se negaba a terminar con los hijos ilegítimos y con la censura cinematográfica, y hasta consideraba inaceptable promover el uso del condón para combatir el sida.
A Ricardo Lagos le correspondió demostrar que un socialista podía llegar al poder sin desmoronar la economía. Llevó a cabo un fuerte proceso de modernización y apertura cultural al mundo. Sólo quien no vivió ese tiempo puede sostener que Lagos entregó un país peor que el que recibió. Al final de su período, Chile no era el mismo. Los diálogos terminaban de normalizarse, las noches eran menos lúgubres, había muchos más bares y restaurantes, proliferaron los conciertos, las películas y las obras de teatro, las novedades literarias se encontraban en las librerías, y a pesar de que hoy aborrezcamos su sistema de financiamiento, se multiplicaron los jóvenes que estudiaban en la universidad.
Mi generación, que para entonces ya tenía hijos, desarrollaba sus propios proyectos profesionales de espaldas al mundo público. Sus padres se habían hecho cargo de la reconstrucción nacional y en lugar de volcar sus mejores inteligencias a la política (como sí hicieron ellos), disfrutaba mejorando su nivel de vida. No tuvimos intelectuales, narradores ni artistas que supieran transmitirle a quienes nos seguían el tremendo cambio que habíamos experimentado. La literatura se refugió en los relatos de infancia en lugar de contar el mundo que acontecía mientras tanto. Los economistas se convirtieron en ingenieros comerciales que intentaban sacarle la máxima rentabilidad a las empresas que los contrataban, porque ni siquiera fueron ellos quienes las hicieron. Y cuando, el año 2011, irrumpió una nueva camada de jóvenes contestatarios, nacidos al alero de un país infinitamente más rico y normalizado, aplaudimos como focas en lugar de hacerlo con responsabilidad. No tuvimos el coraje de decirles que el mundo que les correspondía criticar no era el peor de los mundos. El peor de los mundos lo habíamos conocido nosotros y lo habían combatido esos a los que ahora ellos enfrentaban. Habían envejecido, es cierto, se habían cristalizado, pero llegaban a la edad de jubilar entregando un país imperfecto y próspero, desigual y con menos pobres que nunca, con instituciones democráticas sólidas, aunque sin herederos.
Ahora que esos abuelos, padres del Chile contemporáneo, han sido despedidos de la primera línea en la figura de Ricardo Lagos, veo que muchos de los de mi edad han comenzado a sacar la voz. Es una era la que termina. Supongo que la Historia le llamará “Período Concertacionista”, o algo así. Fueron sus compañeros de ruta los que murieron creyendo en el socialismo, y en muchos casos pudieron ser ellos mismos. Termina el acuerdo entre la izquierda y la DC. Quizás se deba a que concluyó la construcción de los cimientos democráticos que fundaron su proyecto común (aunque también lo soñó Allende), y ahora el que unos estén a favor y otros en contra del aborto baste para separarlos. Quizás sea simplemente que nada dura para siempre. Cada vez más veremos nuevas complicidades, nuevas redes de poder. Era obvio que tenía que suceder. Está por verse cómo se entienden Guillier y Beatriz Sánchez, Elizalde y Jackson, Felipe Kast y Camila Vallejos, MEO y Javiera Parada, Boric y Carolina Goic etc., etc. Pronto aparecerán los nuevos guatones Correa, aunque me cuesta imaginarlos tan zorros. Y al cabo de un tiempo serán ellos los juzgados.
Los que ahora se van –con el tiempo quedará claro- fueron buenos en lo suyo. Entregan un país muchísimo mejor que el que recibieron. Veamos cómo es Chile en 30 años más. Recién entonces sabremos si quienes ahora los reemplazan los condenan con justicia. De momento, como dijo Lagos: “La vida continúa”.