No descansarán en paz

Desde que volví a Chile hace un mes y medio no había podido ordenar los libros que vienen conmigo. Se acumulan en los escasos muebles que hay en mi cuarto. Libros que traigo con cariño especial, pues otros quedaron desperdigados en México y por ahí. Los tiro al suelo, un tanto polvorientos, los reviso, recuerdo los momentos en que me los dieron o compré. Los hojeo/ ojeo. ¿Cómo se dice? ¿Qué es más importante, la hoja o el ojo? Sea como sea, es algo parecido a viajar en el tiempo, en el tiempo de los libros que se acumula en papel. Me detengo en los que están dedicados. Leo con cierto pudor el tanto cariño de mis amigos. Me encuentro con dedicatorias de escritores que ya partieron como Monsiváis, Walter Curonisy, Blanca Wiethüchter, Toño Cisneros o de la jovencísima Dina Bellhram y me emociona desde el fondo del pecho. Busco también los de poetas de Chile como Gonzalo Rojas, Stella Díaz Varín, Gonzalo Millán, Antonio Silva. ¿Qué es una biblioteca sino un cementerio del futuro? ¿Qué es un libro sino un mausoleo? ¿Qué es una cajita sino un ataúd? ¿Qué es una solapa sino un obituario? ¿Qué es una portada sino una lápida? ¿Qué es una dedicatoria sino las últimas palabras del autor en su libro y las primeras que uno leerá? Una síntesis sentimental de su obra en cuatro o cinco líneas para alguien que también morirá. No es en ningún caso a modo de jactarse, pues un libro de un poeta muerto no es más que el triunfo de la muerte sobre la piel. Es otra sensación que no alcanzo a describir esta noche. La poesía es un arte mortal, es decir, solo escribe el que muere. Dios no escribe, ninguno de ellos ha escrito nunca. El otro día pensaba y ciertamente no dejaba de atormentarme la idea de que cada vez que uno lee a un poeta muerto, aquel regresa a este mundo y no puede avanzar en su viaje cuántico. Muchas cosmovisiones ancestrales prohíben volver a pronunciar el nombre del difunto, pues no se le deja partir. Quizá esta biblioteca y todas las bibliotecas sean un infierno de celulosa para todo escritor con un libro ahí, más aun cuando está muerto y es de su puño y letra tu nombre el que aparece en esa primera página y luego el de él o ella, su firma. Quizá debieran desaparecer todos los libros de uno y borrarse el recuerdo sobre la faz de la tierra para no morir cada vez que alguien lee uno de tus poemas, para no perderse la resurrección en el momento en que alguien no cierra tu libro y lo deja encima de un escritorio sobre un poco de polvo, bajo esporas que entran por la ventana y al alcance de una luz que desaparecerá en unos minutos más. Escribir es un arte de muertos y leerlos probablemente sea lo que los mantiene muertos para siempre. Al parecer Stella tenía razón cuando pedía que nunca sus muertos descansen en paz y estaba queriéndonos decir que nunca dejemos de leerlos a pesar de que su eternidad solo sea entre resecas y amarillentas páginas de papel. Yo sí quisiera descansar en paz, pero creo que ya es demasiado tarde. Es más de medianoche. Es hora de dejar de recordar.

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A dos semanas del fin del mundo y a dos horas de almorzar

Leo libros de entrevistas y conversaciones a escritores. Me dicen mucho más de ellos que sus novelas o poemas. Un escritor, sin importar si el o la periodista sea un pelmazo o un genio en la edición, se enfrenta a un sugerente y peliagudo reto. En segundos debe crear una extensión de su obra, un arte poética, un manifiesto y un locus político siendo brillante, irónico, conmovedor, creativo y sobre todo simpático. Hablar de uno hablando de todo y viceversa. Todo esto en no más de tres o cuatro líneas. Eso es un autor. El resto solo responde preguntas. En lo personal, no creo que los libros que he escrito sean de algún modo autobiográficos. Más bien lo son los libros que tengo, que he comprado, conservado o quemado. Eso dice de mí más que cualquier otra cosa. Tengo la suerte de una gran biblioteca. La mitad está aquí conmigo, la otra se la he regalado a mis amistades. Le dan mejor utilidad. Por ejemplo, me gustan cuando usan los libros para comer, como almohada, como arma de defensa, personal o compartida, para sentarse, para liar cigarrillos de cualquier índole, para regalo de santo, cumpleaños o aniversario, para guardar envoltorios de caramelos y el papel metálico del chocolate, para coleccionar cartas, pétalos de flores o fotografías con las puntas arrugadas, para tomar apuntes, anotar teléfonos o hacerse el desentendido en el metro. Incluso me gustan quienes los usan para lucir más cultos o los coleccionan sabiendo que nunca los van a leer. No hay nada más bonito que un libro protagonice un momento de nuestras vidas, ya sea uno banal o la razón para enamorarse o matar a alguien. Toda historia, suceso, acontecimiento en que esté involucrado un libro es más literario que todas las mentiras que están sucediendo en su interior. Es la paradoja de la ficción y la contradicción de la literatura. Me pienso en esa encrucijada y creo que no podría escribir novelas, novelas chilenas quiero decir, por dos razones. Primero, no sé nada de periodismo. Segundo, mi inocencia de los 19 años ya se la di a la poesía y la única virginidad posible el día de hoy sería escribir mi historia como si fuera la vida de un novelista que todos estos años ha escrito poemas, o una novela autobiográfica de los poemas que nunca quise escribir. No se me da la narrativa de manera naturalista. La novela hoy me parece tan apocalíptica y el cuento tan integrado. Me falta roce, que es una mezcla de clase y colusión. Me basta, en realidad, con ser personaje de algunas de ellas. En Diario de las especies (2008) de Claudia Apablaza la narradora sueña conmigo, que me atropella «el automóvil de uno de los empresarios más influyentes de Chile» y que con ese dinero armo una editorial que se llama Contrabando del bando en contra. En Ciudad Sur (2011) de Luis Antonio Marín me llamo Hemeterio Hernández, «la novísima estrella», «el candidato a doctor en sodomía» y me corto las venas en Temuco con una canción de Gloria Trevi de fondo mientras recibo pifias y botellazos de unos punkis criticándome por «colipato botado a marginal» o me peleo con un escritor sureño y le digo «comunista pajero a cuatro manos y hediondo a cadáver», entre otras bizarras hazañas. En la contraportada Leonardo Sanhueza señala sobre el libro que es un «carnaval de esperpentos culturales: engendros salidos del libertinaje económico, la egolatría demente, las miserias de los artistas y las fanfarronerías literarias» y Álvaro Bisama agrega sobre el autor que «es un cartógrafo del infierno de la provincia, del paisaje de una ciudad en llamas». En Mis documentos (2013) de Alejandro Zambra aparezco como «el chileno dos» (en el cuento «Gracias»). Vivimos en el extranjero por una beca de residencia para artistas iberoamericanos y cuando se refiere a nosotros dice:

En verdad son más bien enemigos, o lo eran en Chile, por- que ahora coincidieron en México y ambos son, a su manera, conscientes de que seguir peleando sería absurdo e innecesario, pues por lo demás las peleas fueron tácitas y nada les impedía ensayar una especie de reconciliación, aunque también ambos saben que no serán nunca amigos y ese pensamiento en cierta forma los alivia y los hermana, del mismo modo que los hermana el alcohol, porque de todo el grupo sin duda ellos dos son los más bebedores.

Después digo que no sé quién es el Chupete Suazo, aunque lo sé y en mi «singular universo de poeta» me identifico con él y agrego: «En verdad es flaco, pero la gente piensa que está gordo». En La regla de los nueve (2015) de Paula Ilabaca me llamo Adrián y en la Facultad de Letras hago una emotiva perfomance llamada «Tumbario», además soy parte del Centro de Estudiantes y me invento el cargo de «embajador cultural», pues soy un joven y rebelde poeta. Leemos el Réquiem de Humberto Díaz-Casanueva, me beso con un amigo en un ascensor, hacemos un trío con otros por mi cumpleaños, me tomo un jarabe en un viaje a la playa y vomito, filmo un video arte drogado y leo un poema frente al mar. Por eso digo, con esto está bien. Escribir una novela sería una redundancia, una pérdida de tiempo. No habría editor que me quiera un poquito aunque sea de mentira. A dos semanas del fin del mundo y a dos horas de almorzar.

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Bolaño y yo

Mi amigo Felipe Ruiz me dijo que leyera a Bolaño. Aseguró con urgente confianza que me iba a gustar. Me prestó Los detectives salvajes. Leí más de la mitad en un solo día. Para el siguiente me había propuesto terminarla. Salí al centro y caminando cerca de La Moneda vi el titular de La Segunda donde se anunciaba que había muerto Roberto Bolaño. Dudé si era el mismo tipo del que estaba leyendo el libro. Así era. Llegué a casa y lo terminé no sin cierta tristeza, pues el libro me había fascinado. El rectángulo y la pregunta «¿Qué hay detrás de la ventana?» con el que cierra me dejó una gran inquietud. Era un enigma de alguien que acababa de morir por lo cual se convertía en un vaticinio. No quise leer nada más de Bolaño. El año 1999 un amigo me invitó a una comida en su casa para darle la bienvenida a un «narrador exiliado». No quise ir. Ese narrador exiliado era Bolaño y yo no lo sabía. Seguro nos habríamos caído mal. Aunque quizá no. Yo era un poeta inédito con cientos de poemas escritos con locura juvenil. Eso tal vez le hubiese simpatizado. En México me invitaron a trabajar en una serie para la televisión sobre la vida y obra de Bolaño pero no quise. Me bajé del proyecto. Me pidieron un artículo pagado sobre Bolaño pero nunca respondí el correo. Me acuerdo de Bolaño hoy porque he visto la entrevista que le hizo Warnken en La belleza de pensar. Yo estuve ahí en la Feria del libro. Me sentí incómodo y salí de la sala. Luego vi Bolaño cercano. Ahora casi termino Roberto Bolaño: El último maldito. En estos 15 años, desde esa cena a la que no asistí hasta este momento Bolaño nunca me interesó mayormente más que por esa primera novela que leí con pasión adolescente aunque un tanto tardía. Luego fue el turno de Entre paréntesis, que me gustó bastante. A pesar de eso, mi relación con Bolaño es conflictiva luego de yo haber sido un poeta chileno que se fue a México y que se juntó con la más joven vanguardia de allá. De algún modo Yaxkin era mi Mario Santiago y yo su Bolaño, aunque nunca lo pensamos ni lo sentimos de ese modo. Jovana Skármeta me dio 2666 hace años. Lo comencé y aún no lo termino. Hay algo en Bolaño que me lleva a que me caiga mal, pero no es su pesadez, de hecho eso es lo que más me gusta. Algo en él me produce un rechazo que no entiendo. Sin duda es una mente literaria brillante. Obras como las de él son las que por lógica deberían gustarme. Quizá sí me gusta, quizá lo envidie, quizá sean las novelas que inconscientemente quise escribir sin ser novelista. En uno de los documentales su viuda habla de sus libros y dice en otras palabras que lo más probable es que eran su único amor. Yo amo a mis libros y por eso los regalo. He pensado mucho estos días en el amor y en la renuncia. Bolaño no renunció y pudo hacerlo. Warnken en una parte le pregunta si hay héroes hoy. Yo creo que un héroe es alguien que puede renunciar. Ese es el gran gesto actualmente, cuando todo es tener, acumular y deuda. Insisto, Bolaño no renunció y por eso creo que murió como narrador y no como poeta. Faltó ese gran momento en que abandona todo lo que consiguió. ¿Qué hay detrás de la ventana?, me pregunto yo ahora. Una casa a la cual uno nunca debiera volver.

BUENAS NOCHES LUCIÉRNAGAS
Héctor Hernández Montecinos
RIL Editores- Ærea, 2017, 428 páginas.
Lanzamiento: jueves 29 de junio, a las 19 hrs, en Centro Arte Alameda. Presentan Mike Wilson y María José Viera-Gallo, además habrá un diálogo con la poeta Alejandra del Río.