Hasta hace no muchos años, la Democracia Cristiana encarnó mejor que ningún otro partido político el temperamento del chileno. La misa dominical, la sobriedad, la chicha y la limonada. La señora del almacén, el profesor primario, el campesino de ojota, el profesional con conciencia social. El demócrata cristiano empujaba suavemente el carro de la historia, el reformismo sin aspavientos, la medida de lo posible. Ninguna utopía los obnubilaba, y no era la revolución, sino la piedad, el motor de sus reivindicaciones. Como buenos hijos del partido Conservador, procuraron armonizar las demandas de los trabajadores con la paz social, y sustituir la lucha de clases –tan en boga durante esos años- por un acuerdo progresista entre empleados y patrones. Ocuparon el centro del espectro cuando la izquierda era marxista y la derecha oligárquica. En plena Guerra Fría, pretendieron ser el cortafuego entre ambos bandos en pugna. Eduardo Frei Montalva, que no necesitó de alianzas para llegar al gobierno -financiado por la CIA, al igual que Fidel Castro en los comienzos de la revolución-, promovió los sindicatos, la expansión de la educación primaria, y la Reforma Agraria, que la semana pasada cumplió 50 años. Pero la DC ya no es lo mismo. Nada es lo mismo. La alternativa del socialismo se desplomó. La lógica del libre mercado terminó de expandirse urbi et orbi. El catolicismo cayó en desgracia.
Hoy muchos luchan por conquistar un centro que no se sabe dónde está. En realidad, pocos saben dónde están. Como dice el poeta Maquieira: “nos hicimos grandes:/ Aristocracia sin monarquía/ Burguesía sin aristocracia/ Clase media sin burguesía/ Pobres sin clase media/ Y pueblo sin revolución”. Los socialistas dejaron de serlo, pero siguieron llamándose socialistas, y los demócratas cristianos se aliaron con comunistas que ya no creían en el comunismo. Buscaron sus enemigos en la Nueva Mayoría, cuando los tenían en casa. Sus enemigos eran ellos mismos. Hoy luchan contra sus sombras, contra lo que quisieran ser y no son.
¿Qué es la Democracia Cristiana? That is the question. ¿Los seguidores de Frei, Leighton y Tomic? ¿Los socialistas comunitarios, los social cristianos, el ejército de la Rerum Novarum? ¿Cieplan? ¿O los directores de empresa con una pata en el dinero y otra en la política? ¿O los parlamentarios de medio pelo que si no se reeligen deberán andar en micro? ¿O unos viejos que no soportan ser ignorados? ¿Quizás algunos apellidos –Aylwines y Walkeres- que no se resignan a la orfandad? ¿Una banda de descreídos hambrientos?
Es obvio que Carolina Goic no tiene nada que hacer en esta elección. Es obvio que algunos en su partido (pocos) quisieran aliarse con la derecha. Es obvio que otros se sienten parte del proyecto de Michelle Bachelet. Es obvio que sus parlamentarios no quieren perder sus puestos. Es obvio que creen que ganará Piñera la próxima elección y no tienen clara la escapatoria que les renta más. Es obvio que ya no abunda el animus societatis. El núcleo del problema no es el diputado Rincón, pero sí la violencia intrafamiliar. Esa que aparece cuando se pierde el respeto, cuando se pasa del amor al odio y de los sueños a la ambición. De la política al negocio. De la Historia al cuento.