Eran las 13:30 del martes 13 de junio, cuando Eduardo (30) pudo tomar a su hijo recién nacido y presentárselo a su pareja, Antonia (25). Acababan de terminar un proceso agotador: las contracciones habían empezado el viernes, pero ambos sabían que aún no era tiempo. “Acuérdate de mí”, le había dicho la madre de Antonia días antes, “el martes empieza la luna llena, tu guagüita no va a salir antes”.

Antonia apoyó a su hijo en su pecho, y una hora después de haberlo dado a luz, dejó entrar a los abuelos del bebé a la habitación. Estaba extenuada. Acababa de tener un parto natural autoasistido.

Hacía meses, la pareja había optado por tener un parto Lotus, el cual consiste en dejar conectada la placenta al bebé mediante el cordón umbilical, y dejar que este se desprenda de manera natural, en un proceso que puede tardar días. Uno de los libros que leyeron durante el embarazo lo describe así: “Se sabe que es practicado por chimpancés y es considerado el parto ecológico, (…) cría y placenta se mantienen unidos de manera natural, donde la espiritualidad del proceso del parto sigue una orgánica de respeto y atemporalidad”.

Durante la gestación, además de leer libros, la pareja se preparó consultando con conocidos que hubiesen vivido un proceso similar, practicando ejercicios de yoga y alimentándose a base de una dieta especial que dos parteras le habían confeccionado a Antonia.

Ninguna de las dos estuvo presente en el alumbramiento.

Cerca de las 18 horas, algo preocupó a la pareja: no era usual que la placenta tarde más de una hora en bajar luego de un parto natural, y la de Antonia llevaba tres. Decidieron consultar con Valentina, una de las parteras que habían conocido hace algunos meses, y quien había asumido la misión, sin condiciones o dinero de por medio, de aconsejarlos en lo que quedaba de gestación y durante el alumbramiento.

A las 18:47, Eduardo le envió un mensaje a través de Messenger de Facebook: “¿Es normal que la guagua no pesque la teta?”. Apenas vio el texto, Valentina los llamó de vuelta. “Váyanse al tiro al hospital”.
Eduardo, asustado, cortó el cordón, apretó a su hijo recién nacido contra su pecho y partió a buscar un vehículo afuera de la población en donde vivían. Antonia seguía sangrando profusamente cuando bajaron corriendo la rampa de entrada del Hospital. La placenta aún no se había desprendido de su útero.
Lo que siguió, recuerdan, fue lo más parecido a una pesadilla.

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Eduardo no se llama Eduardo, y Antonia tampoco. Ambos viven en una de las poblaciones más conflictivas del sector sur de Santiago. Su calle –que más parece un pequeño pasaje de casas apretadas- aparece con cierta frecuencia en los noticieros: allanamientos, ajusticiamientos a balazos y narcotráfico son los motivos más recurrentes. El bajo precio del arriendo, dicen, les permitía ahorrar para eventualmente buscar “un lugar mejor” en el que vivir.
Aunque el embarazo de Antonia los tomó por sorpresa, no tardaron mucho en tomar dos decisiones: querían tener el hijo, y querían hacerlo de forma natural, lejos de un hospital. “A mí me dan mucho miedo. El proceso con los médicos es frío, impersonal, violento en muchos casos. Si no estás dilatando como ellos quieren, van y te meten oxitocina química para que desocupes luego la camilla. Para ellos, cuando una está embarazada, está enferma, lo ven como algo patológico”, sostiene Antonia, varias semanas después del alumbramiento, en una fuente de soda en avenida Irarrázaval.

Tanto para ella como para Eduardo, quien ya había tenido una hija años atrás, el proceso del parto institucionalizado era algo que querían evitar a toda costa. El problema estaba en encontrar a alguien que pudiera “atenderlos” en su casa. “Existen grupos de matronas que hacen partos en la casa, pero que te cobran de $600 mil para arriba. Nosotros no teníamos esa cantidad de plata, entonces empezamos a preguntar entre amigos, ir a talleres”, dice Eduardo.

Durante los primeros meses de embarazo, la pareja conoció a Daniela, una joven profesora de enseñanza básica que organiza talleres de yoga dirigidos a mujeres en gestación. A través de una amiga en común, se enteraron de que Daniela había recibido otros partos de personas cercanas. “Ella venía de la experiencia, no de una medicina tan occidental, sino de la alternativa. Por ejemplo, sabía mucho de medicina china”, recuerda Eduardo.
El perfil de Daniela es similar al de otras mujeres que, en los últimos años, han comenzado a atender partos en las principales zonas urbanas del país, principalmente en Valparaíso y Santiago. Un fenómeno que representantes de organizaciones que velan por el derecho de las mujeres a parir en casa, han denominado como “parteras urbanas”.
Pía Villarroel es miembro de Maternas Chile, una organización de matronas que, según dicen, “busca defender el derecho de la mujer chilena a parir donde, cuando y con quien ella desee”, siempre y cuando se trate de profesionales “que no pongan en riesgo la salud de la madre o el bebé”.

“Muchas mujeres ven en la matrona riesgos de intervención innecesaria, y prefieren acompañarse por mujeres parteras”, afirma Pía, quien establece una diferencia entre su organización y el oficio de la partería: “Las matronas estamos entrenadas para detectar señales de riesgo, y derivar oportunamente a las madres a recintos hospitalarios. Obviamente las parteras tienen un conocimiento terapéutico, pero no uno sobre medicina formal”.
En un comienzo, Daniela no estuvo segura de tomar la responsabilidad de recibir al niño. “Yo les comenté que no era una partera propiamente tal, que sólo había cumplido la labor de doula, en los partos de varios de mis amigos, y había recibido una o dos guaguas”, afirma hoy al otro lado del teléfono.

A diferencia del rol de una partera, una doula es lo que se conoce como una acompañante. Su labor, explican las personas que se dedican a esto, es el de prestar acompañamiento emocional y contención a la madre durante su embarazo y al momento de dar a luz. “Nuestra esfera no es el hacer, sino el ser”, resume Lucía Lecaros, doula y fundadora de la ONG Criamor, organización perteneciente a la Coordinadora por el Parto Respetado en Chile.
La labor de las doulas es reconocida por el Estado, el que a través del programa Chile Crece Contigo (dependiente del Ministerio de Desarrollo Social y del que participan Salud y Educación) ha organizado charlas, talleres y la visita de exponentes mundiales, como el obstetra francés Michel Odent.

A pesar de su primera reticencia, la pareja ya le había tomado estima a Daniela, a tal punto, “que si no era conmigo me dijeron que no iban a parir con nadie más”, recuerda. Pocas semanas después de aceptar, Eduardo y Antonia le hicieron llegar a Daniela 150 mil pesos, los que habían juntado organizando tocatas hip hop en una casa ocupa de La Florida.

Era el precio acordado para dar a luz a su hijo.

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Una idea recurrente entre quienes promueven el parto natural acompañado por parteras y no por profesionales, es el de la recuperación del cuerpo como un territorio –el “primer” territorio- de lucha. “Y no hay territorio más históricamente dominado para la mujer que su útero”, afirma María Quiñelén, sanadora y partera tradicional mapuche.

Quiñelén es una excepción a la regla. Gracias a un reconocimiento estatal, es una de las pocas parteras tradicionales que puede ejercer libremente su oficio en Chile. Como el Código Sanitario establece como ejercicio ilegal de la profesión a “todo acto realizado con el propósito de formular diagnóstico, pronóstico o tratamiento en pacientes o consultantes, en forma directa o indirecta, por personas que no están legalmente autorizadas para el ejercicio de la medicina”, la gran mayoría de las parteras en Chile trabajan en la clandestinidad.

Ruth es una de ellas. Vive en Santiago, y hace algunos años decidió recuperar una historia familiar para transformarse en una “partera urbana”. Su abuela, quien llegó a Santiago desde la IX región en los años 60’, comenzó a atender partos en la capital a través del sacerdote André Jarlan de La Victoria. “Este hombre, sabiendo que ella había recibido partos allá en el sur, comenzó a pedirle que la acompañara a hacer unas ‘visitas’. Mi abuela empezó a atender a mujeres embarazadas, en su mayoría comunistas, cuyos maridos eran presos políticos, o desaparecidos”, relata.

Según Ruth, el actual movimiento de partos domiciliarios comenzó a tomar fuerza hace aproximadamente siete años. “Todo parte por mujeres que deciden parir en libertad”, afirma, “son mujeres que de alguna forma tienen mayor soberanía e identidad con relación a su cuerpo: mujeres que ya no toman anticonceptivos, que no creen en el sistema de salud”.

Ruth sabe que su oficio se ubica al margen del margen. Si hace años trabajó junto a agrupaciones que buscaban revindicar y promover el parto domiciliario acompañado por profesionales de la salud –como Maternas Chile-, sostiene que poco a poco estas organizaciones fueron dejando a la partería de lado.

Según los registros de Maternas Chile, desde el año 2009 a la fecha han realizado 450 partos domiciliarios. “Aunque pensamos que son muchos más que esos, ya que hay matronas que llevan 30 años haciendo esto”, afirma Yennifer Márquez, matrona miembro de la organización. En Maternas se enorgullecen de que el 96,7% de los casos que acompañan resultan en partos vaginales exitosos, muy por sobre el promedio nacional, donde según cifras de la OCDE, las cesáreas conforman casi la mitad de los nacimientos en Chile (47,1%).

Eso sí, en el historial de la organización existen dos casos de muerte, “que no se produjeron en la casa, sino en clínicas luego de haber derivado el parto”, explica Márquez. Ninguno de los casos llegó a ser judicializado. “Otras muertes de las que nosotras sabemos, y hemos escuchado, han sido partos realizados por parteras urbanas o doulas”, agrega.

Otra idea recurrente es la trascendencia del momento del parto, como un hecho determinante en el desarrollo del hijo o hija. El libro Rabo de Zorra –uno de los títulos que Antonia y Eduardo más leyeron mientras esperaban a su hijo-, lo menciona constantemente en sus páginas: “El parto es una bienvenida, es la historia de tu nacimiento y de ahí en más los cambios inevitables de la vida”.

Junto a la trascendencia espiritual, existe una política: “Entre más fusionados estén madre y cría, más libres seremos”, dice el libro. “Esta sabiduría del cómo nacemos, de cómo nace el ser humano, fue tomado y sacado del saber común, y llevado a la institución. Se medicalizó, y se transformó en un mecanismo de lucro”, afirma Ruth. De ahí que muchas de las parteras afirmen que su labor busca erradicar el acto de parir de las manos del capitalismo.

“Vivir la experiencia del parto”, dice otro extracto del Rabo de Zorra, “es una reconciliación con la muerte”.

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Tras algunos meses de trabajo, Eduardo y Antonia tuvieron una discusión con Daniela. Ella se había mudado a las afueras de Santiago, y la pareja no estuvo de acuerdo en pagarle un vehículo en caso de que el trabajo de parto comenzara de noche. “Se notaba que ella no tenía ‘población’, que le daba miedo entrar así nomás”, recuerda Eduardo. Daniela lo ve de otro modo. “Hubo situaciones incómodas, nos fuimos alejando de a poco, hasta que pasó lo del auto. Pienso que ellos se tenían la confianza para recibir a la guagua solos”, sostiene.

Como fuere, a un mes y medio de la llegada de su hijo, la pareja se encontró sin partera. Decidieron contactar a Valentina, a quien habían conocido en el departamento de una doula en Las Condes, en un taller organizado por la visita de la matrona italiana Marta Cambioli a Santiago. “La primera vez que los vi”, rememora Valentina, “fue durante la visita de Marta, quien vino a aprender de la realidad del parto en casa en Chile. Antonia tenía algunos meses de embarazo, y fueron la ‘pareja de prueba’ del taller”.

Más tarde, los tres coincidirían en talleres organizados por Valentina, sobre temas como paternidad consciente, la violencia de género y medicina de la placenta, en una casa en Peñalolén. Una vez más, la pareja tuvo la confianza suficiente en una partera para pedirle que los asistiera en reemplazo de Daniela.

Como Ruth, Valentina también heredó el oficio de partera. “Mis abuelas y sus hermanas eran las ‘meicas’ (curanderas) de un pueblo al sur, Rauco”, dice. A sus 30 años, tiene dos hijos, el segundo nacido mediante un parto autoasistido. Según recuerda, en los últimos dos años ha recibido aproximadamente 50 recién nacidos. “Creo que en Santiago, fácilmente, habrán nacido 500 niños con parteras en los últimos 5 años”, reconoce.

“Luego del incidente que tuvieron con su primera partera, ellos se sintieron discriminados, por vivir en la población en que vivían. Yo les dije que tenía la agenda ocupada, pero igual podían irme preguntando cosas”, dice Valentina. En el registro de mensajes de su celular, aparecen algunas consultas hechas por Eduardo durante el trabajo de parto.

Valentina lo orientó a través de Facebook.

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Luego de ingresar al hospital, Antonia, Eduardo y su hijo fueron separados. A ella la vistieron con una bata y la llevaron en silla de ruedas a un pasillo a la espera de un quirófano. “Estaba llorando, no entendía nada, y llegó un doctor a decirme ‘vos lo mataste, ¿te creís tan chora por parir en tu casa, conchetumadre?’”.

Aún agitada, Antonia recibió la epidural e inyecciones de oxitocina, las que tanto había luchado por evitar. Estaba aterrada. “Yo ya había botado la placenta, pero decidieron hacerme un raspaje, por las dudas ¿Las dudas de qué? Yo lloraba mucho, preguntaba por mi hijo y no me decían nada. Me dejaron en una camilla, sola, hasta que llegó la PDI en la noche, a tomarme declaración”, recuerda.

Tras la intervención, Antonia fue llevada hasta la sección de maternidad. “Me dejaron en el lugar donde estaban todas las mamitas con sus hijos. Yo estaba sucia, no me limpiaron después de todo: dijeron que era evidencia. Dormí toda la noche en una cama llena de sangre, lejos de Eduardo, sin saber qué le había pasado. Me quisieron poner esposas en la camilla, pero yo les dije que a dónde me iba a ir, si tenía una epidural. No sentía las piernas”.

Horas antes, apenas entraron a Urgencias, Eduardo había entregado a su hijo a dos enfermeras. Solo, sin Antonia, se sintió perdido.

A las 00:02 del miércoles 14 de junio, tras varias horas sin saber de la pareja, Valentina, la partera, recibió un escueto mensaje en su celular. “Murió el bebé. Estamos en la posta”.

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No pasarían muchas horas para que el caso de Eduardo y Antonia comenzara a ser comentado en los distintos círculos de parteras de Santiago. Una publicación en Facebook de una persona cercana a la pareja -la que luego sería borrada-, las alertó.

Al menos cinco de ellas se contactaron con The Clinic para entregar su visión de lo que pasó ese día. Ninguna de ellas -excepto María Quiñelén- aceptó usar su nombre real para este reportaje.

La visión del ministerio de Salud sobre la tendencia de los alumbramientos en casa, afirma Patricia Navarrete, jefa de la división de gestión de Redes Asistenciales, es la de propiciar el parto institucionalizado y profesionalizado. Es decir, atendido por matronas y en hospitales. “Por ello se están implementando los partos humanizados en la red pública, a modo de favorecer y no perturbar el proceso del nacimiento y el encuentro de la madre y el niño. La idea es asegurar la seguridad de la atención, sin poner en riesgo la vida del paciente”, argumenta.

Una visión que no es compartida por la comunidad de parteras. “Si el parto en los hospitales no fuera violento, sería maravilloso parir ahí”, afirma Valentina. “Pienso que la mejor posibilidad de supervivencia de la partería sería a través de instituciones de salud, pero no negando este saber, como lo han hecho hasta ahora”, concluye.
Misma opinión de Ruth: “debería existir un engranaje entre la partería, la matronería, las doulas y el sistema de salud, una instancia convocada por el Estado. Porque ninguno de estos roles va a dejar de existir, y el querer parir en casa tampoco”.

“Lo peor que puede hacer el gobierno es hacerse el ciego”, concluye Quiñelén. “Las mujeres no van a dejar de parir”.

Luego de varios días, la única señal que daría Antonia a sus conocidos en sus redes sociales fue el posteo de una canción de Luis Alberto Spinetta: “Plegaria para un niño dormido”.

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El 11 de agosto pasado, Eduardo y Antonia fueron formalizados como autores materiales del delito de infanticidio consumado, en el 12° Tribunal de Garantía de Santiago. Fuentes al interior de la investigación dirigida por el fiscal metropolitano sur, Guillermo Adasme –reconocido por su trayectoria investigando abusos sexuales a menores, afirmaron a The Clinic que el caso ha complicado al Ministerio Público, el cual no tiene antecedentes de otra formalización similar. Al menos en Chile.

En mayo de 2011, una pareja de la provincia de Neuquén, Argentina, llevó a cabo un parto domiciliario en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad. Pero algo salió mal. Los padres, de entonces 26 y 34 años, llegaron hasta el hospital con su bebé ya fallecida en brazos.

La Fiscalía argentina abrió una investigación –la autopsia consignaba que la recién nacida presentaba diversas fracturas- e imputó a los padres por el delito de homicidio culposo, es decir, sin intención. El fiscal estimó que ellos “pudieron imaginarse que había riesgos, entre ellos de muerte, pero confiaron en que lograrían evitarlos”.

Finalmente, los padres sortearon la prisión. Aunque la jueza estimó que “los padres tienen derecho a elegir su culto, estilo de vida, alimentación y cuestiones médicas, pero acá estamos hablando de los derechos de un tercero, de un bebé que no tuvo, ni pudo, decidir dónde nacer, ni le brindaron los controles médicos necesarios para resguardar su vida”. Desde la fiscalía consideraron como atenuante la clara intención de los padres de recibir a su hijo.

En Chile, el Código Penal señala que el infanticidio se comete cuando el padre, la madre o los demás ascendientes matan al hijo “dentro de las cuarenta y ocho horas después del parto”. Figura que, a juicio de diversos abogados penalistas, constituye un “tipo privilegiado” en relación con otros delitos en contra de la vida, ya que conlleva una menor penalidad que el homicidio.

Sin embargo, desde el interior de la Fiscalía, aseguran que el caso podría dar un vuelco si se comprueba la presencia o no de “profesionales que a última hora habrían desertado”. Ello, dicen, podría ampliar el número de personas formalizadas, “con graduaciones de participación” en el mismo delito.

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Sentados del mismo lado del mesón, en una fuente de soda de avenida Irarrázaval, Eduardo y Antonia se toman de la mano. De fondo, suena un disco con los éxitos de George Michael.

Ha pasado casi un mes y medio desde aquel martes 13, y sólo algunas semanas desde que les permitieron enterrar a su hijo. “Luego del parto, el hospital y todo lo que pasó con el SML, sólo pudimos verlo el día de su funeral”, dice Eduardo. Actualmente, los restos de su hijo descansan en un pabellón especial del Cementerio General destinado a los recién nacidos.

Hace pocos días, la pareja se enteró del caso de Adriana Palacios, una iquiqueña de 19 años quien tras acudir numerosas veces al SAPU de Pozo Almonte durante su trabajo de parto, terminó perdiendo a su guagua por lo que considera fue un caso de violencia obstétrica. “A ella los doctores le dijeron que volviera después, que aún no estaba dilatada, y cuando se la llevaron al hospital de Iquique en ambulancia, porque habían pasado dos días y estaba grave, se dieron cuenta que su guagüita estaba muerta”, dice Antonia. El caso, que hoy ha generado la reactivación de campañas en contra la violencia obstétrica y el parto respetado en Chile –incluyendo la propuesta de creación de una “Ley Trinidad”- ha tranquilizado en algo a Eduardo y Antonia con su decisión de parir en casa.
Sobre la investigación de la Fiscalía, ambos coinciden en que se les está discriminando por su lugar de origen. “Nos están estigmatizando, porque vivimos en un lugar marginal y porque no damos con el contexto de personas que alguien podría catalogar de ‘normal’”, dice Antonia. Eduardo complementa: “ha habido más casos similares, pero como han pasado en la Comunidad Ecológica o en el Cajón del Maipo, a gente con más lucas, judicialmente no les ha pasado nada. No como a nosotros al menos”.

Eduardo mira por la ventana y dice: “El parto de la Antonia no era uno riesgoso. Si en el consultorio nos hubieran dicho que lo era, hubiésemos ido al hospital. La matrona siempre supo que lo íbamos a tener en la casa, si hasta teníamos todo preparado para ir al otro día. La asistente social nos había ayudado para hacer bien todo eso”.

Eduardo continúa: “Yo no sé si el niño tenía que morir o no. No tengo ninguna certeza. Eso lo van a dar después los resultados, los exámenes. A pesar de todo, yo no siento una culpa. Sé que él nació libre, y que todo el trabajo de parto que vivimos con él, fue una de las experiencias más hermosas que he tenido en la vida”.
Antonia complementa: “El Eduardo me acompañó un montón. Todo el rato haciéndome masajes, dándome duchas. Comíamos, yo me movía, escuchábamos música. Fue todo muy animal. Me sentí como nuestra gata, que había parido un mes antes. Fuimos los doulos del otro, un trabajo en equipo. Le gritábamos dale, que aquí te esperamos”, rememora.

— ¿Ustedes volverían a hacer un parto así?
— Sí, aunque con un resguardo máximo. Ni cagando vamos a tener un hijo en el hospital—, reconoce Eduardo. —Nosotros igual queremos tener un hijo, o varios – dice, buscando la mirada de su pareja.
— Sí, yo igual volvería a elegir parir en mi casa—, le responde ella.

* Salvo en el caso de María Quiñelén, los nombres de las parteras que participaron en este reportaje fueron cambiados, ya que solicitaron proteger su identidad.