“Camaleón” tuvo su momento de fama en plena dictadura. Dueño de la cadena de tiendas Nadir, con quince locales a lo largo de Chile; vicepresidente de la Asociación de Caballos de Carrera, pareja de las principales vedettes de la época; empresario nocturno y dueño del Flamingo, donde fue socio de Don Francisco para hacer Sábados Gigantes y amigo de toda la farándula fue un auténtico “Rey de la noche”.

Ahí, en medio de los agentes de la CNI, las delaciones, los crímenes y las desapariciones, Mariano guardó fotografías al lado de Wendy, Maggie Lay, Lucho Gatica, sus amigos de la hípica como el “Mago” Cavieres, y hasta con el integrante de la Junta Militar, César Mendoza. Detrás de toda esa vida farandulera, Mariano no guardó ni una fotografía del otro lado de su vida: bodeguero histórico del armamento comunista anterior al golpe de Estado y luego, ya en los ochenta, fachada de parte del aparato militar que traspasaba armamento a través de sus locales de electrodomésticos Nadir.

En el libro, Mariano cuenta bastante. Saca a la luz por primera vez su doble rostro de empresario y comunista infiltrado en las altas esferas de la dictadura. También que, entrados los ’90 y ya lejos de la resistencia, fue estafado por el Partido Comunista de sus amores. Hoy, lejos de esos días de lujos y caretas, y reconvertido en empresario de locales de pool en comunas periféricas, el Camaleón sale a la luz con su verdadero color.

-¿Cómo ha cambiado su vida tras la publicación de “Camaleón”?
-Ya no puedo ir a la hípica -ríe-, porque tendría que dar muchas explicaciones. Y fuera de eso, el libro me dejó un poco mal con las hijas, porque a ellas les pareció muy mal que yo contara el hecho de que su madre padecía alcoholismo. Quizás tienen razón respecto de que en el libro el tema apareció muchas veces. Mejor habría sido suavizarlo con otras palabras, pero ya está hecho.

-¿Cuándo leyó el libro completo, qué pensó que iba a suceder?
-Javier me lo pasó por partes. Primero la narración contada por mí, y luego la segunda, que es su investigación. La verdad es que en el momento no profundicé demasiado, pero luego me di cuenta que repitió muchas veces cosas que me podían causar daño a nivel familiar. La vida se compone de virtudes y defectos. Sería muy bonito que fuera de un solo lado, pero no es así.

-Esta historia que le contó a Rebolledo ¿la sabía alguien antes de la publicación?
-No. Mis hijas conocían mi vida muy a medias. Ellas sabían que yo era comunista porque habíamos estado juntos en las manifestaciones y en las campañas de años anteriores al golpe, pero sólo eso. Jamás la responsabilidad que tenía por haber aceptado guardar las armas del partido desde antes del golpe. Después de eso yo no volví a hablar nada de comunismo, así me lo ordenó la dirección del partido.

-¿Sus hijas conocían su vida nocturna, al lado de Maggie Lay o Wendy?
-Sí, porque salía en los diarios casi todos los días.

-¿Vivía con su segunda mujer en ese momento, Silvia?
-Éramos pareja, pero ella también se enojó con todo esto de mi camuflaje y me dejó solo un buen tiempo. Con razón, en todo caso. Nunca en mi familia entendieron por qué yo me disfrazaba tanto ni por qué mi personalidad cambió tanto desde lo que era antes del Golpe Militar a lo que fue después. En el gobierno de Allende, yo incluso había tenido un puesto sindical mandatado por el Partido Comunista. Y no podía explicarles ese cambio.

-¿Gozó este “trabajo”?
-La verdad es que era un trabajo que a veces gocé, pero en general era para deslumbrar a la derecha. Todos observaban babosos a Wendy cuando llegábamos al casino de Viña del Mar, y los focos gigantes la alumbraban a ella ¿Quién iba a dudar de mí?

-¿Y no pensó quedarse en ese mundo y desligarse del partido?
-No, nunca. Siempre fue con el propósito de resguardar al partido. En los ‘80 una parte importante del FPMR estuvo cubierto de alguna forma por Nadir. Llegaron muchos de los comandantes hasta los locales para hacer encuentros y otros para trabajar en bodegas y como choferes de reparto. Eso hacía que la responsabilidad fuera muy grande. Muchas armas, que tampoco eran como para derrocar al gobierno, pero servían para intimidar y resguardar al partido.

-¿El partido le pedía informes de la CNI o algo parecido?
-No, porque lo mío era solo resguardar las armas. Imagina que una parte del armamento del atentado en contra de Pinochet, salió de las armas de Carrizal Bajo. Por eso no me pedían nada. Durante la primera parte de la dictadura, sólo trabajaba con Óscar Ramos, que no era de nuestro grupo, sino de la Comisión de Organización del partido, quien iba a Nadir y ahí yo le pasaba información, circulares por ejemplo, y cuestiones que nos llegaban a los comerciantes, para que a su vez él traspasara la información al partido respecto de lo que la dictadura estaba instruyendo al comercio.

-¿Se sentía culpable por llevar una buena vida al mismo tiempo que caía gente del partido?
-Cuando Óscar Ramos y su hijo, también llamado Óscar, desaparecieron, lo sentí mucho. Ambos trabajaban en ese momento para Nadir. (N de la R: Ahora se sabe que los mataron en el centro de exterminio Simón Bolívar). Fue un momento de crisis para mí, me sentí muy mal. Se quebraba uno, pero no podía hacerlo delante de la gente, sino que de forma silenciosa. Si esa misma noche tenía una reunión con mis amigos, tenía que ir y beber un poco.

-Se lo pregunto de una forma más humana. Usted pasaba inadvertido, mientras lo pasaba bien y no lo pillaban y a algunos de sus compañeros los torturaban y mataban.
-De nuestro grupo casi no cayó nadie, sólo Gustavo Humberto Castro, uno de los jefes militares y un gran amigo mío desde fines de los años ‘50, cuando entré a militar en La Cisterna, el lugar donde me crié. Si él hubiera hablado en tortura, yo desaparezco. Pero en ese momento no supe qué le pasó. Sólo desapareció. Todo eso es terrible. Pero es verdad, muchos militantes vivieron una tragedia. Yo logré crearme ese camuflaje. Siempre digo que la película “La Lista de Schindler” me representa en aquella escena donde él, recién iniciado el gobierno de Hitler, se pone la piocha del régimen nazi, sin serlo. Y luego su mujer le pregunta si van a poder estar juntos, y él le responde que no. Porque iba a tener que actuar, ser un playboy o lo que la situación ameritara. Después de la Segunda Guerra Mundial se junta con su mujer. Yo ahora estoy con Silvia y voy a morir con ella.

-¿Silvia está enojada con el libro?
-Sí, está enojada. A estas alturas yo lo tiro para la risa y lo niego medio en broma. A las mujeres no es bueno decirles esas verdades. Se lo digo como consejo. Si tiene una aventura es mejor decir que es una aventura. No por machismo, sino porque, si usted miente piadosamente, y ella lo sabe, para ella es una satisfacción. Porque no la deslegitima totalmente. Así mantiene sus jinetas. “Era amiga”, me dice Silvia, “pero conversabas con ella debajo de las sábanas”. Esa hipocresía sucede, porque de alguna manera la estás respetando al decirle que ella sigue en el primer lugar. Imagínese que, fuera de que te pillan, le dices a tu mujer que hiciste esto y lo de más allá. Le destruyes la autoestima.

-Más allá de la visión heroica ¿No pensó que estaba poniendo en riesgo a su familia?
-Sí. Cuando uno elige un camino, está primero el compromiso. Se crea un mundo especial. Yo las mantenía ignorantes de todo para que no les pasara nada en caso de que me descubrieran. Si me pasaba algo, sólo sabrían que su papá había sido un comunista. Las resguardaba a través de todo mi camuflaje.

-¿No tenía pesadillas?
-(Se ríe) No. Ojalá tuviera pesadillas para dormir un poco menos. Soy muy bueno para dormir. Creo que dormía tranquilo porque sentía que estaba contribuyendo a algo.

LAS ARMAS Y LA NOCHE

Parte del camuflaje de Mariano Jara durante esos años, además de mezclarse con la farándula y la “aristocracia” de la hípica, fue acercarse a dos agentes de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE), El Mauro y El Jorge, especie de sicarios a los que contrató para trabajar a su lado, como cobradores de los deudores morosos de Nadir y también como guardaespaldas. Al mismo tiempo, luego del exterminio del que fue víctima el Partido Comunista en 1976, una parte del aparato militar, comenzó a organizarse otra vez dentro de Nadir. Julio Solís llegó a vivir a la sede central y desde ahí a hacer la resistencia.

-¿El partido lo vigilaba?
-Es que se daba solo porque mi jefe trabajaba para mí. Con Julio Solís trabajando como nochero de Nadir, yo aparecía como el jefe en la parte comercial y él me daba las órdenes en la parte militar. Había una dualidad.

-Usted cuenta en el libro que parte del Sábados Gigantes se filmaba desde el Flamingo y que ahí conoció a Don Francisco.
-Sí, incluso estuvimos comiendo unos quesos en una fuente de soda mientras se grababa el Sábados Gigantes en el Flamingo.

-¿Don Francisco era de derecha?
-Nunca conversamos de política. Diría que es de centro. Como Carlos Peña, que tampoco sé de qué lado es. No es de izquierda ni de derecha, creo que Don Francisco es así, un poco acomodado a las situaciones. Pero nunca salí con él. Fue solo una relación comercial.

-¿Y los artistas se mezclaban con los agentes de la CNI?
-Me pareció que no. La CNI tenía su propio negocio en Isidora Goyenechea, donde dicen que iba hasta Pinochet. Pero yo no era amigo de la CNI, sino de los agentes de la DINE, que tenían más alto rango que los de la CNI. De ellos nunca se descubrió lo que hicieron. Me parece que mataron mucha gente en el cuartel ubicado en calle García Reyes donde trabajaban.

-¿Cómo se enteró?
-No me enteré porque en dictadura nunca tuve una cara de izquierdista. No se puede tener dos dioses. Yo llegaba al cuartel a buscarlos, pues eran mis “hermanos”, y si no me atajaban, podía entrar hasta adentro del cuartel, como un derechista charlatán. En una ocasión entré y me pararon en la puerta. “No entres que está lleno de hueones colgados”, me dijeron. Fue la única vez que escuché algo referente a eso, porque mi misión no era esa. Y lo informé.

-¿Escuchó más cosas?
-En otra ocasión, con los agentes de la DINE pasamos a TVN y uno de ellos me pidió que lo esperara porque tenía que pasar a buscar un informe del Guatón (Eduardo) Ravani, en calidad de informante. Pero yo no pregunté, ni ellos me contaron más.

LAS BALAS EN CONTRA DE HERNOL FLORES

Camaleón se detiene un instante y recuerda que, en medio de los agentes de la DINE que le servían de fachada, el famoso preparador de caballos Juan “El Mago” Cavieres y también el mayor de Carabineros, Ricardo Letelier, famoso por salir en la televisión ochentera de la dictadura dando amigables consejos a los conductores bajo el eslogan “Cuídese, queremos que usted viva”, eran parte de su grupo de “amigos” de la noche.

También un nombre que no apareció en el libro: el dirigente sindical Hernol Flores, también fanático de la hípica, parte de ese mundo y presidente de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF), luego de que la dictadura asesinara en 1982 a su antecesor, Tucapel Jiménez.

-¿Usted sabía entonces que a Hernol Flores lo perseguía la dictadura?
-No tenía idea que lo querían asesinar, pero supe que lo estaban siguiendo. Porque después de las carreras de caballos, todo el grupo de amigos, incluido Hernol Flores, íbamos a la oficina del “Mago” Cavieres, que estaba adentro del Club Hípico. Mientras él elaboraba informes de las carreras, antes de salir de juerga, nosotros pasábamos ahí en su oficina un rato. Hernol Flores se ponía a llamar por teléfono desde la oficina a algunas personas y ese fono estaba intervenido.

-¿Cómo supo que el teléfono estaba intervenido?
-Cavieres me lo contó.

-¿Usted le contó a Hernol Flores?
-No. No le di importancia. En primer lugar era parte de mi camuflaje y en segundo lugar, Hernol Flores es muy chueco. Un radical de derecha, un anticomunista declarado.

-¿Por qué estaba en su grupo?
-Es muy hípico. Algún amigo lo unió al grupo de nosotros y por eso me topaba con él en las salidas.

-Un mundo loco el de esa época.
-Muy loco. Nos poníamos a disparar balazos en la calle. Chiquilladas en la impunidad. Una etapa de locos. Una especie de niños medio peligrosos.

-Varios de los que salían con usted, terminaron mal.
-Sí, el Paco Letelier se suicidó. Wendy se tiró de un tercer piso.

EL EMPRESARIO QUE NO FUE

En 1986, luego del descubrimiento de Carrizal Bajo, la CNI comenzó a seguir la pista de Nadir. Después de torturar a los habitantes de la parcela de La Pintana donde se encontró parte del armamento, Álvaro Corbalán llegó a buscar a Mariano y a su nochero, Julio Solís. En esa ocasión, Mariano logró quitárselo de encima gracias a que en la hípica había trabado amistad con el exdirector de la CNI, Humberto Gordon, pero un año después, en 1987, Mariano fue detenido en el aeropuerto mientras dejaba el país rumbo a Argentina.

-¿Le pena que lo hayan pillado a través de la parcela por la que firmó la promesa de compraventa?
-Sí, me pena hasta el día de hoy. Seis meses preso. Envenenado adentro de la cárcel, pero siempre con los mejores abogados de derecha. Apenas me dieron la libertad condicional escapé a Mendoza con mi familia.

-Si no lo hubieran pillado con lo de la parcela y luego, si no lo hubiese estafado el PC, como usted dice, ¿habría contado esta historia a través de un libro?
-Si el partido Comunista no me hubiera estafado no habría contado mi historia, porque yo también quise que se hablara de mí para que se contara la estafa que me hicieron. Por otro lado, el azar está presente siempre. Si yo no hubiera caído preso en la causa Carrizal Bajo, aunque hubiera querido no habría podido contar la historia porque nadie la habría creído. El peso de mi historia y la credibilidad se encuentra en que caí preso. Eso es una constancia de que trabajé con el FPMR. En general, en las entrevistas que he dado la gente no puede creer mi vida.

-Y si eso no hubiese pasado, ¿dónde cree que estaría?
-Sería un Falabella. Entre el ‘76 y el ‘82 yo era más grande que Ripley y un poco más chico que Falabella. Tenía quince locales de La Serena a Chillán. Pero por Carrizal Bajo, el fiscal Torres Silva me canceló el giro comercial. Recién pude reaparecer a mediados de los ‘90.

-¿Usted esperaba que a partir de su denuncia el PC se pronunciara?
-No han dicho una palabra sobre el libro. De que tiene que haberles dolido, tiene que haber sido así.

-¿Ha sabido alguna opinión de los militantes?
-Los viejos militantes están muy contentos. Me han llamado para felicitarme por haber sacado una realidad oculta. Los nuevos, no sé.