En marzo me publicaron un libro llamado Se vende humo. En el segundo cuento hay un guiño a Pepe Mujica: “Raimundo consideraba a Pepe Mujica un vendedor de humo que no le había cambiado ni siquiera una coma al neoliberalismo. Decía que era parte del cotillón de esa izquierda posmoderna que piensa que la austeridad lo es todo. En madrugadas preñadas de alcohol, siempre le preguntaba a sus defensores: “¿Por qué Mujica tiene tan buena prensa? ¿Por qué los grandes consorcios comunicacionales siempre levantan su figura?”. Nunca supieron qué responderle”.

Anoche me estuve tomando unas cervezas con unos amigos. Hablamos de la segunda vuelta, del técnico de la selección, del último libro de Germán Marín, del apoyo de Pepe Mujica a la campaña de Guillier. Las opiniones eran dispares, pero para nadie su visita era indiferente. Algunos lo considerábamos la challa rockstar de cierta izquierda latinoamericana; sin embargo, la gran mayoría lo consideraba un revolucionario que con su consecuencia estaba transformando Occidente.

Después de varias chelas –y ya bastante ebrio- me fui caminando por la calle Condell. Justo en la esquina con Rancagua había una reunión de chicos reality; saqué un pucho de una arrugada cajetilla y le pedí fuego a Eugenia Lemos, con una sola mirada me mandó al carajo. Seguí caminando. La noche era calurosa y oscura; en un árbol me puse a mear, la hice muy corta por si venían los pacos, mientras me estoy subiendo el cierre veo que me está mirando un
anciano encorvado que fuma con placer: era Pepe Mujica. Pensé que la borrachera me estaba distorsionando la realidad, y me puse recto para enfocar mejor la visión; después de un par de segundos lo pude corroborar, era Mujica.

Estaba sentado solo, con los jeans arremangados y capeando el calor de la noche santiaguina. No me acordé del presidente. No me acordé de la austeridad. No me acordé sus múltiples –y a veces irritantes- discursos que habitan en las redes sociales. Me acordé de que estuvo preso por más de quince años, y que junto a un grupo de compañeros se fugaron de la cárcel de Punta Carretas.

Fue por estas razones por las que me acerqué. Le di la mano. Le pedí fuego. Le pedí una foto. Mujica accedió con amabilidad y respeto. Antes de irme me tomó del brazo y con ese eterno tono río platense me dijo: “mirá que hay que votar el domingo, eh”; le sonreí de medio lado y me fui caminando con un pucho encendido por Pepe Mujica. Hay noches en que las coincidencias, están de nuestro lado.