Parece inverosímil pensar que en un mundo (y en un vecindario, como me lo hizo ver una joven profe de historia) que de a poco va virando a la derecha, el Obispo de Roma nos empuje hacia la izquierda. Es evidente que juicios de este tipo merecen un análisis más acabado –y que a esa nomenclatura habría que darle sepultura-, no obstante nos salta a los ojos un Papa que habla de una Iglesia pobre y para los pobres, de la urgencia de cambiar nuestros estilos consumistas y destructivos de vida y de acoger al migrante, al indefenso, al excluido; palabras que poco o nada tienen que ver con lo que las autoridades neoliberales asumen en sus discursos y prácticas. Aunque muchos estén afectivamente distantes de la Iglesia Católica, defraudados o simplemente desinteresados de ella, vale la pena oír las palabras de Francisco. Animando a la humanidad enmurallada a construir puentes; increpando a los lobos de la economía; visitando a los postergados; acercándose y escuchando a los pueblos indígenas, buscando el encuentro religioso, preocupado por el presente y el porvenir de nuestra Casa Común.

Sin duda y con todo lo que se pueda decir, Francisco ha asumido la bandera de la misericordia (esa de verdad, esa que no se refugia en palacios de comodidad). Nos convoca a mirar al otro y reconocerlo en su necesidad, como la demanda legítima de mar para Bolivia. En su visita a Colombia insistía en la verdad, en la justicia y en la importancia de la reparación para una verdadera paz social. Palabras que nos vendrían bien a nosotros en Chile. Pero, con todo, el Papa no goza de tanto cariño, ¿Cómo entender eso? Por un lado, lo tenemos afirmando que esta economía mata y, por otro, lo vemos blando frente a situaciones de abuso de poder y de abuso sexual. Para algunos un Papa “rockstar”, para otros una esperanza e incluso una luz en un mundo tensionado por la violencia, el odio y la inequidad. Para unos motivo de escándalo en una institución en crisis, para otros un líder carismático cercano a los pobres y con espíritu reformador. Coqueteando con la Teología de la Liberación y con una clara orientación evangélica hacia los desposeídos, los desconectados, los sinderechos, los outsiders de la máquina moderna. Como sea Francisco causa algo, provoca, mueve, agita. Y lo hace desde lo que es: religioso jesuita y obispo de la Iglesia Católica. No es una autoridad política (solamente) ni un activista social. Es un religioso, un consagrado, un discípulo de Jesús. Desde esa óptica deben ser leídas sus palabras, sus gestos, sus textos, sus discursos.

Cuesta entender a Francisco porque no estábamos acostumbrados a una figura así: espontánea, de un lenguaje coloquial, creativo y contextual, lejos de protocolos exacerbados y burocracias agotadoras (o eso parece); distante de elucubraciones intelectuales, y concreto en lo práctico pastoral. Un hombre sencillo criado en Argentina, un hombre –¡cómo millones!- de mate diario. Ese hombre (no más, ni menos) es el que viene a Chile a animar y compartir una esperanza que no le pertenece, pues es la esperanza de Jesús y su Evangelio. En un Chile herido y cansado; un Chile en donde la Iglesia parece perdida y la sociedad más preocupada del progreso (personal) que de la vida buena (para todos); nos viene bien un aliento, un soplo de alegría profunda y sentida. Nos viene bien un poco de esa utopía (¡qué palabra obsoleta!) llamada Reino. Porque Francisco a eso viene, al menos eso esperamos. No a sacarse selfies ni a saludar a mandatarios civiles o religiosos o a embobarnos por su inteligencia. Sino, a hablarnos de bondad y misericordia. Francisco debiera ser portador de una Memoria, la del Hijo. De una Palabra, la del Dios de los pobres. De una Entrega, la que brota del amor y la promesa. En nuestra sociedad del consumo individualista y la especulación financiera idolátrica qué bien nos hace una palabra refrescante que cale hondo y nos despierte de ese estado de zombies para volver a mirar a los ojos al hermano sufriente y decirle: ámame y enséñame a amarte.

*Cura de los Sagrados Corazones.