La primera carta al Señor Director que mandó Alberto Collados Baines a un medio fue por casualidad. Un día de invierno, a fines de 1977, su amigo Jaime Chacón, quien en ese entonces era ingeniero de la División El Teniente de Codelco, lo invitó a conocer el campamento minero de Sewell en la cordillera de la sexta región. Collados Baines quedó maravillado con ese pueblo que solo había visto en calendarios y postales. Para aquel entonces, Sewell ya no era el mismo: había quedado en el abandono absoluto y los mineros ya no vivían ahí.

Tras su visita a Sewell, a Collados Baines le surgieron las ganas de defender al pueblo del abandono e inició una campaña solitaria en los medios de comunicación. Pero era difícil. En esos tiempos, con una dictadura encima, nadie se quejaba ni estaba preocupado de los temas patrimoniales. “No era demasiado grave que desapareciera Sewell. Había pasado antes con las salitreras y nadie había alegado”, dice. Pero le dio lo mismo y siguió con su plan. Su primera estrategia fue mandarle cartas al Consejo de Monumentos Nacionales y como no tuvo respuesta positiva de las autoridades, fue más allá: empezó a bombardear a los medios con cartas al Señor Director, denunciando “el avance de la picota en Sewell”, con un objetivo claro y político: su intención era que dejaran al poblado minero tal como estaba, en el mismo abandono, pero que no lo destruyeran. Casi todas sus misivas se las publicaron y tuvieron eco a lo largo del tiempo. En 2006, su campaña dio resultado: La Unesco declaró a Sewell como Patrimonio de la Humanidad. A esa altura, Collados Baines se había transformado en un personaje curioso en los medios locales. Era el infatigable escritor de Cartas al Señor Director que se caracterizaba por un estilo irónico y al callo. “Me hice un nombre en el mundo de las cartas”, afirma con orgullo.

EL TUÍTER DE LOS 80

Alberto Collados Baines rápidamente se fue transformando en un atípico personaje que circulaba por los medios chilenos. Uno que siempre prefirió mandar sus cartas a El Mercurio y a otros medios ligados a Agustín Edwards Eastmann, como LUN o La Segunda. Sabía que si llegaba a enviar a la competencia, como La Tercera, sería vetado para siempre. Su nombre nunca más aparecería en la sección Cartas al Director. “Me habrían puesto en la lista negra”, asegura. Su lealtad dura hasta el día de hoy, aunque ya no lo publiquen.

Collados Baines era casi al único a quien le publicaban todas sus cartas. Eso fue creando la envidia de otros lectores que mandaban correspondencia y no se las publicaban. “Más de alguna vez, me pidieron que mandara cartas de terceros para que los pescaran, pero no estaba en mis planes y nunca lo hice”, cuenta. Él ocupaba el espacio de Cartas al Señor Director a su antojo. Parecía que tenía santos en la corte. Pero eso no era así: nunca vio en persona ni habló por teléfono ni le respondió un mail ninguno de los señores directores a lo largo de estos años. “Lo primero que se me pasaba por la cabeza, lo ponía. Para eso el Señor Director seleccionaba. Yo no tenía por qué andarme autocensurando. Sé que brutalidades demasiado grandes no las iban a poner, pero yo las podía mandar. Ellos veían si las publicaban o no. Pero, por lo general, las terminan poniendo. Por ejemplo, en dictadura, las cartas rompían bastante la posición rígida del diario. Yo creo que incluso el diario lo usaba para parecer menos controlado. Muchas cartas iban dirigidas al presidente de la república aunque no se pudiera. Mandé muchas con ese sentido y muchas pasaron el filtro”, relata.

La receta para tener éxito en la sección Cartas, cuenta Collados Baines, es haberse adaptado a los cambios que fueron implementando los medios. Captó, por ejemplo, que era mejor enviar cartas breves de no más de 100 caracteres que las más extensas que corrían el riesgo de no tener cabida por espacio: “Mis cartas eran como el tuíter de los 80”, dice. También se propuso que fuesen entretenidas e irónicas. Muchas parecen ser un poema breve como los haiku. Claramente había un juego con el lenguaje y una inquietud literaria. “Incluso, con Nicanor Parra conversamos mucho las cartas. Tuvimos una relación muy larga con Nicanor como de diez años. Después se puso más ermitaño y ya no conversaba con nadie. Él me hacía sugerencias estilísticas, como usar tal palabra u otra. Me acuerdo que turnio era una palabra fea para él”, comenta. Eran así sus cartas porque a juicio de Collados Baines, la prensa estaba fome. Sus misivas venían a despeinar a los medios. “Gran parte del éxito de las cartas era que al lector lo remecía, lo sacaba de su contexto, de su tranco. Y después de eso reaccionaba y entendía la carta. Tenían esa sentido de sorpresa y de decir una pachotada”, reflexiona. Nadie de salvó de sus ácidos comentarios. “Las cartas mías eran claramente elementos piratas en la sección carta. Porque no eran el estilo del ‘señor director, mando una carta para protestar, porque la municipalidad…’, no”.

Alberto Collado Baines, tras su campaña a favor de Sewell, mutó a otros tópicos de interés público. Ya no con un tono político ni de demanda. Pero sí como un francotirador que manifestaba su opinión liberal como sea. Envió cartas alusivas a la pena de muerte, la iglesia católica, la eutanasia, la arquitectura y su distancia con el mundo intelectual que han sido parte de sus obsesiones a través de los años. “Hay unas bien pasadas para la punta. Pero era darse el gustito de decir una brutalidad y que la pongan en el diario. Es un gustito que cuesta dárselo. Y ahora más aún en un país que se ha puesto políticamente correcto donde todo tiene que ser aséptico. No se puede decir ciertas cosas. Todo tiene que ser con las modas del momento. Tiene que ser ciclista, antioxidante, cosas intocables”.

Muchas veces Collados Baines también mandó cartas a pito de nada, casi como chistes que solo entendía él: “Me carga la construcción”, escribió el 18 de julio de 2008. También inició una campaña personal para que eliminaran el cañonazo del mediodía en el Cerro Santa Lucía que para él, que tenía su oficina en el sector, era casi una tortura. Su estilo directo provocó el surgimiento de impostores que incluso mandaban cartas firmando por él. Más de una vez, tuvo que mandar una nota aclaratoria desmintiendo al impostor. Otras, de frentón, fueron copiadas y firmadas por diversos autores como la carta que mandó cuando Aylwin se candidateaba a la presidencia: “I’II win”, fechada el 12 de junio de 1989 y que fue publicada originalmente en Revista Hoy. “No eran imitadores en el sentido peyorativo, era bien visto lo que yo hacía. Tampoco eran rivales o competencia. Ellos también me estimularon a seguir mandando cartas todos los días durante 40 años”, acota.

Collados Baines tenía una urgencia por escribir cartas. Ocupaba cualquier papel, servilletas, boletos de micro, y de restoranes, para dejar plasmadas las ideas que se le iban ocurriendo durante el día. Luego se las entregaba a su secretaria para que las traspasara en una antigua máquina de escribir. Un empleado suyo era el encargado de ir corriendo a las oficinas de El Mercurio, cuando estaba en Bandera, para que alcanzaran a publicarla en la edición del día siguiente. El repartidor no podía llegar pasadas las dos de la tarde, sino estaba frito. Los empleados de El Mercurio ya lo conocían y a veces lo esperaban. Collados Baires no perdía el tiempo: se sabía de memoria los horarios de cierre de los medios y de la imprenta. No dejaba de lado ningún detalle por mínimo que parezca. Cuando llegó el correo electrónico, se le facilitó la vida. Bastaba mandar un mail con el título de la carta en el asunto y listo. “Y el señor director no tenía que estar inventando un título y yo quedaba conforme con el que mandaba”.

Tampoco Collados Baines descansaba de su vicio. Ni en sus vacaciones. Siempre se las ingeniaba para hacer llegar sus cartas a los medios, aunque estuviera en algún lugar remoto del planeta. Incluso mandaba postales que más de una vez se las publicaron con la imagen idílica del lugar donde estaba. “Como la sección Cartas era árida, le venía bien ponerle un mono. Era un atractivo para el diario y le daba ritmo a la sección”. También mandaba misivas por adelantado para que no perdieran vigencia: para fiestas patrias, la pascua y año nuevo. A veces su intención era simplemente dar señales de vida y que no se olvidaran de su existencia. En El Mercurio del 1 de febrero de 1987, por ejemplo, le publicaron una carta estando fuera de la capital: “Me voy al sur y no regreso hasta los primeros días de marzo, así es que esta semana voy a dejar despachado un buen lote de cartas. Saludos”. La carta iba con una curiosa acotación del director: “La remesa ya llegó. Los carteros están muy contentos, también nos comunicaron que descansarán en febrero”.

EL FIN

La rutina diaria de enviar cartas a El Mercurio y sus medios asociados se vio interrumpida abruptamente hace siete años. No hubo ninguna queja del Señor Director ni le avisaron de la medida. Simplemente, el director dejó de publicarle sus cartas para siempre y sería todo. Alberto Collados Baines no se lo tomó a mal. Era parte del juego. “Aquí uno no se puede enojar. Tampoco me dio pena”, dice. Terco como él solo, siguió mandando cartas sin parar. Aunque terminaran quedando inéditas.

Ahora transformado en un simple lector, ha visto como su querida sección de Cartas ha perdido el horizonte. “Antes eran cartas espontáneas. Era una contraparte a la línea editorial del diario. Pero esto fue derivando a que el aparatique editorial interviniera la sección carta y hoy sean de los mismos editorialistas quienes las escriban. Ahora es una cosa manejada por el medio”.

¿Se imagina cómo es el Señor Director?
-Para nada. El Señor Director es como un ente abstracto. No es una persona de carne y hueso. El Señor Director es una máquina. Un señor que aplica criterios definidos para publicar las cartas. Y había que achuntarle a que la publicara nomás.

Como no le publicaron más sus misivas en los medios, Alberto Collados Baines quiso salirse con la suya y acabó editando el libro “Señor Director. Cuatro décadas de correspondencia periódica”, bajo el sello Archipiélago, con prólogo de la escritora Yosa Vidal. “Siempre me decían por qué no hacía un libro aunque significara interrumpir el juego. Pero el juego lo interrumpió el Señor Director cuando no me las publicó más. Ahora me salí con la mía. No me publicaron las cartas, ahora las publico yo en un libro. Me dan ganas de seguir escribiendo cartas, pero es una etapa superada y la publicación del libro es para cortarla con la lesera de las cartas. Bueno, porque ya es mucho. Además que jubilé hace diez años y es maravilloso no hacer nada sistemáticamente”.

Pero su retiro duró poco. Hace unos días debutó en la sección Cartas al Director de nuestro pasquín: “En castigo a su avidez en el comer, caga el perro con padecimiento”, dice la escueta misiva que fue publicada en la edición que salió justamente en el Día de los Inocentes.

SEÑOR DIRECTOR
Cuadro décadas de correspondencia periódica
Alberto Collados Baines
Editorial Archipiélago, 2017, 387 páginas.