Ahora que se murió somos muchos los que salimos a decir que lo conocimos y que estuvimos con él. Entro, por lo tanto, en la disputa por el cuerpo muerto y, por cierto, el peso simbólico aumenta y estamos obligados a escribir de él (y hablar), lo que siempre está de más.

Juntos habitamos el litoral central. Lo recuerdo nítidamente bajo la llovizna en San Antonio y en Las Cruces. Manejando su escarabajo verde. Yo tenía uno color café con leche. Mi amiga Meche también tenía un Volkswagen de esos, azulito, con el que fuimos a comer cazuela a Cartagena. Hablamos de nuestro amor a los escarabajos, de la música mapuche (él ya nos había bailado con su poncho en su casa) y escuchamos a Los Tigres del Norte (se sabía las canciones, tenía una memoria prodigiosa).

Nunca hubo sol cuando nos juntábamos, tampoco fotos, no hay nada más ordinario que sacarse una foto con un “famoso”. Sólo había plática macarrónica y/o lúdica. Le encantaban los juegos de palabras, ojalá sacadas del habla popular. Recuerdo cuando le cité un antipiropo de un obrero de la contru local que le había gritado a una chica desde un cuarto piso: “quien se lo pone mijita, pa’ chupárselo”. Nicanor hizo un gesto de sorpresa enorme, como expresando una certeza que siempre tuvo, que la poesía estaba en otra parte, en un lugar impúdico y perverso. El ingenio popular es más lacaniano de lo que creemos. Es obvio que ahora que viene el momento de institucionalización suprema, es bueno recordar y reflexionar sobre el proceso olímpico en general y el que se nos viene.

Algunos de nuestros encuentros constituían caminatas por el nada glamoroso bandejón central de la calle Barros Luco, en Barrancas (San Antonio). Yo cesante, como siempre, y él, aún no redescubierto por la voluntad institucionalizante santiaguina que lo iría a buscar al litoral. Él sólo se conformaba con ser el mejor poeta de Isla Negra, decía.

Alguna vez fuimos al campo en donde yo vivía en las Chacarillas del Turco en la comuna de Cartagena, en plena cordillera de la costa, en donde obviamente recordamos el poema: “Viva la cordillera de Los Andes (‘muera la cordillera de la costa…’)” de Versos de Salón. También comentamos que en el pueblito de El Turco vivió la viuda de Francisco Contreras (que paradojalmente ya era viuda francesa de guerra); Contreras, un crítico, poeta y diplomático que fue clave en la introducción de la modernidad literaria en América Latina desde Europa.
Estamos frente a una familia, los Parra, que aparece en Wikipedia como un clan, la única familia no vinosa de Chile que diseñó, a fuerza de trabajo cultural, un pedigree potentísimo que a muchas familias de origen popular chilensis nos sirve como modelo ascensional. La cultura puede ser un capital social que nos puede legitimar a nivel de clase. Él siempre decía que ser poeta era buen negocio. A esta estrategia original se le puede sumar su pertenencia a la cultura progre o de izquierda, a pesar de la mítica taza de té en la Casa Blanca y la importancia de la Violeta en la construcción del imaginario cultural comunista, y, además, la academia o discurso universitario (UDP incluida).

Creo que Parra no tiene lectores, tiene vecinos (que es una noción algo más amplia, aunque también restringida), los que por lo general te desprecian y te pelan, hasta que te mueres, ahí te quieren porque te pueden sacar partido. Vamos a tener que soportar que en la zona, y en gran parte del país, todo tienda a llamarse Antipoeta Nicanor Parra, como alguna vez todo se llamó Vicente Huidobro en el barrio, corporaciones, restoranes, calles, liceos, etc. Los operadores político culturales deben estar frotándose las manos: intentarán rentar del nombre y de la palabra del poeta. Uno sólo espera que la familia tome buenas decisiones con relación a proteger un patrimonio que les pertenece, aunque también hay una institucionalidad republicana que reclamará lo suyo, legítimamente. Todo esto implica no sólo buenos abogados, sino un buen diseño político cultural. Tememos que van a tratar de sacarle un partido delirante. Incluso habrá poetisos patéticos que querrán ser sus herederos, sobre todo los de facebook.
Yo que viví mucho en el litoral central, debo decir que esta es la oportunidad en que esa cosa que llaman “litoral de los poetas” (noción inventada por mercaderes del turismo) debe ser denunciada como una estrategia perversa de apropiación cultural, sin pagar ningún tributo. Hay que controlar o instruir a los Cores y a los parlamentarios de la zona al respecto. Recuerdo esto porque Nicanor estaba siempre muy paranoico con el mercachiflerismo culturoso que solía rondarlo. Incluso yo controlaría (o prohibiría) el uso del dispositivo Parra por algún tiempo, para que no sature.

El único lugar que puede reivindicar a Parra es la fuente de soda El Checo del barrio Balmaceda de San Antonio, que es mucho más centro cultural que el que hay en San Antonio, que dicho sea de paso apenas es un centro de eventos. El Checo es heredero de una gran tradición poética musical en la que dejó su impronta el hermano de Nicanor, Roberto, y al que Nicanor solía ir. Incluso él apareció hace unos meses como parroquiano y hasta bailó cueca, cuentan.

Recuerdo una vez que caminábamos casualmente por fuera de la gobernación y justo había una reunión de autoridades nacionales, y fue reconocido por los funcionarios y pararon la actividad para saludarlo. El gobernador y otros lo instaron para que expresara algún deseo que tuviera que ver con el desarrollo cultural de la zona. Él les pidió que escribieran a la entrada de la ciudad el primer verso de La Negra Ester, de su hermano Roberto: “Al Puerto de San Antonio llegué con mucho placer”. Promesa que nunca fue cumplida.

Finalmente, sólo quiero decir que me carga cuando el periodismo culturoso le dice antipoeta. Simplemente, él tomó distancia estratégica de la solemnidad poetizante. Yo tuve una complicidad con él allá en el barrio, que fue compartir cierto modo de habitar el territorio, al estilo de los que venimos del sur, cerca de la tierra (mar incluido). Lo mejor de Parra es que tampoco era un poeta como los que suele haber en Chile. Era más que nada un operador creativo del lenguaje o un compadre bueno para el hueveo, parecido a ser poeta, aunque más amplio y más mejor.