Para hablar de la Concertación de Partidos por la Democracia, que por estos días cumplirá 30 años desde su creación oficial, es necesario trasladarnos mucho más atrás en el tiempo. Es que la Concertación no fue una entidad creada por decreto en un día; más bien podríamos definirla como un proceso o un fenómeno político, cuya génesis se remonta casi al momento mismo en que se rompió violentamente la democracia en Chile.

Ante el drama que vivía el país y la necesidad de terminar con la dictadura que se había instalado, sectores que históricamente habían estado en pugna comenzaron a acercarse para buscar posibles salidas a la crisis institucional. Había acuerdo en el diagnóstico, pero los caminos que se proponían eran diametralmente opuestos: mientras unos preconizaban la vía pacífica y la desobediencia civil, otros justificaban la confrontación violenta, sin importar los costos.

En ese escenario, ya a mediados de la década de los ’70, se gestaron los primeros esfuerzos visibles por parte de dirigentes del mundo socialdemócrata, la Democracia Cristiana y el sector de izquierda, ligado a un socialismo en vías de renovación. Algunos desde el exilio, otros en la clandestinidad. Todos con comprensible temor, pero todos con irrenunciable convicción.

Con el tiempo, más personas y organizaciones se fueron sumando a la causa de recuperar la democracia, lograr la renuncia de Pinochet al poder y defender los derechos humanos, que eran brutalmente conculcados. Así, en 1983 se formó el Movimiento Democrático Popular y la Alianza Democrática, coalición que dos años después firmó el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia, liderado por el entonces Arzobispo de Santiago, monseñor Juan Francisco Fresno. 1983 marcó también el inicio de masivas protestas callejeras en todo el territorio nacional y de una creciente participación de trabajadores y estudiantes en la elección de sus dirigentes.

Ya disuelta la Alianza Democrática, y pese a las posturas más radicales, las fuerzas opositoras convinieron que la mejor forma de enfrentar a Pinochet no era ir contra la institucionalidad, sino derrotarlo dentro de ella. Esto es, participando en el plebiscito contemplado en la Constitución de la dictadura y que la ciudadanía decidiera si quería o no la continuidad del régimen militar.

El Comando Nacional por el No derivó posteriormente en la Concertación de Partidos por el NO, fundada en febrero de 1988. Ésta reunió al mundo socialdemócrata, la Democracia Cristiana, parte de los socialistas, independientes e incluso sectores liberales que habían defendido el golpe de Estado, pero que estaban conscientes de la urgencia de restituir el régimen democrático. El plebiscito fue, entonces, una acción política que logró unir la voluntad decidida de sectores que venían de posiciones muy opuestas, de rescatar la democracia por la vía pacífica, aprovechando la propia institucionalidad de Pinochet.

El rotundo resultado del 5 de octubre de 1988 dio el impulso necesario para pensar en el futuro, mutar hacia la Concertación de Partidos por la Democracia y definir una candidatura presidencial de unidad. Este proceso no estuvo exento de tensiones, pues los dos conglomerados más importantes de la coalición -la DC y el PS- aspiraban a que alguien de sus filas, con los matices que ello involucraba, representara los postulados del bloque en su conjunto. Finalmente, se optó por el nombre de Patricio Aylwin y, al mismo tiempo, se consolidó una alianza programática y de gobierno que entre 1990 y 2009 obtuvo grandes logros para el país en materia política, económica y social.

La Concertación fue un caso ejemplar de cómo hacer una transición pacífica a la democracia en un contexto particularmente difícil y complejo, con el dictador sentado en medio del sistema, con senadores designados y todos los enclaves autoritarios heredados del régimen militar aún vigentes. Fue una tarea épica que, pese a sus defectos, errores y omisiones, quedará registrada en la historia de este país.

Hoy, 45 años después del quiebre de la democracia y 30 años desde la creación formal de la Concertación, es preciso hacer una valoración real del aporte de este conglomerado de partidos, particularmente desde la mirada de quienes vivieron la dictadura y, de una u otra forma, lucharon contra ella. Tal vez no se hizo todo lo que se hubiera deseado o lo que los sectores más radicales hubiesen esperado, pero si el país hace un análisis reposado y sin pasiones, habrá de reconocer que fue un período de grandes avances en la unidad nacional y en la recuperación de derechos, no sólo en beneficio de quienes fueron protagonistas de esa época, sino también de las futuras generaciones.