Haber vivido en París como estudiante de Doctorado bajo la dirección de Alain Touraine, en la época de Mayo del 68, fue sin duda una de las experiencias más importantes en mi vida. Y siempre pensé que alguna vez escribiría sobre ello, más que un artículo académico, una reflexión personal que vinculara las vivencias con la conceptualización sociológica. Los cincuenta años de esos acontecimientos o eventos (la palabra évenemts- eventos en francés- era la más utilizada en los momentos que estalla la revuelta con sus acontecimientos más dramáticos, más tarde vino la palabra “movimiento”). Pero al hacerlo hoy, no puedo dejar de relacionar lo que vi en ese movimiento que lo acerca a las movilizaciones feministas estudiantiles en nuestro país. Ya me había ocurrido hacer una relación entre Mayo 68 y las movilizaciones en Chile de 2011-2012, por lo que será necesario aclarar más adelante de qué tipo de relación de significado hablamos en ambos casos.

No pretendo en lo que sigue describir y analizar sistemáticamente lo que fue el movimiento de Mayo del 68, sino que a partir de un mínimo y parcial recordatorio, hacer un conjunto de reflexiones, probablemente desordenadas, sobre cómo veo hoy esa época y las relaciones que siento tiene con lo que ocurre hoy en Chile.

Recuerdo que en los primeros meses de 1968 las encuestas mostraban un clima de satisfacción entre los estudiantes de Nanterre, lugar donde estallará unos meses el movimiento conocido como el Mayo del 68 o el Mayo francés, y que en el diario Le Monde aparecía un editorial de su editor político con el título “Cuando Francia se aburre” (traducción) para señalar la estabilidad y conservantismo de la sociedad gobernada por De Gaulle desde hacía diez años. Una demanda de los estudiantes de Nanterre para terminar con la segregación por género en las residencias universitarias desencadenará movilizaciones, a la que se sumarán prácticamente todos los sectores de la sociedad que paralizarán el país. El desencadenante de la masificación fue la acción represiva de la policía a la que los estudiantes calificaban de SS en sus gritos. Por prácticamente un mes Francia vivió una revuelta, a veces con barricadas en las calles, permanentes asambleas en los lugares de trabajo y estudio con demandas que apuntaban no sólo a mejorar la situación en estos ámbitos, sino a cambios radicales en el conjunto de la sociedad pero en que el componente discursivo utópico antiautoritario y participativo sustituía una estrategia y proyecto político. En el plano político, los partidos de oposición de centro e izquierda intentaban reformular los planteamientos reivindicativos de los sectores movilizados en torno al planteamiento que los diez años de gobierno de De Gaulle habían significado crecimiento pero no redistribución y que eran necesarias reformas modernizantes en diversos ámbitos, especialmente la educación. El gobierno respondió al inicio con cierto desprecio por las movilizaciones y las demandas de participación y ante la incapacidad de doblegar las movilizaciones disolvió la Asamblea y llamó a elecciones que ganó. Tiempo después llamó a un Plebiscito sobre regionalización que perdió, con lo que se terminó la época del general De Gaulle.

Más allá que los acontecimientos de mayo no volvieron a repetirse del mismo modo aunque varios años después hubo movilizaciones importantes, entre otras de los estudiantes secundarios que recordaban Mayo 68, en que se hicieron varias reformas en la educación universitaria que correspondían parcialmente a lo planteado por los estudiantes, los mejoramientos en la sociabilidad de los franceses, creo que el gran significado de Mayo 68 es el surgimiento de un nuevo tipo de movimiento social y la redefinición de la problemática de las sociedades contemporáneas.

Es cierto que hay tantos significados posibles como los que cada grupo, persona u organización que participaba le daba: sin duda que hay insatisfacción con el tipo de crecimiento, y la falta de oportunidades y horizontes de nuevas generaciones en las diversas instituciones, entre ellas la educación y las universidades, con el gobierno gaullista de tipo autoritario dentro de un régimen de gobierno, entre otras. Cada una de ellas tenía algún grupo detrás y algún eslogan creativo por delante. Durante el movimiento mismo surgieron nuevas reivindicaciones como aquellas contra las discriminaciones (“somos todos judíos alemanes” se decía en las calles cuando el gobierno calificó así a uno de los líderes del movimiento). No había un liderazgo único y preciso y uno de los eslóganes principales era “tomar la palabra”. Tampoco hay una ideología única aunque se recurra a determinados autores. Así, la suma de todas las reivindicaciones, formas de organización y lucha (desde barricadas con adoquines y rememoraciones de la Comuna de Paris hasta las tomas de salas de clase y teatros oficiales oficiales para darle la palabra a todos en asambleas interminables, liderazgos e incluso la de las expresiones y frases célebres y movilizadoras, atrapadas en un cierto narcisismo colectivo, no pueden por sí mismas dar cuenta del significado del movimiento porque muchas de ellas son minoritarias y el conjunto es contradictorio o ambivalente. Si uno quiere descifrar un principio utópico (y Alain Touraine habló en su libro sobre el movimiento de “comunismo utópico”) creo que es el anti autoritarismo de la civilización industrial cualquiera sea su modelo de desarrollo histórico, capitalismo, socialismo u otros (en ese sentido la exaltación de Mao en la época era profundamente contradictoria). La utopía era un orden social sin autoridad y el contra principio de lo autoritario era la participación, lo que llevaba a proponer esto para todo, partiendo por las universidades.

Pareciera que con los movimientos sociales ocurre un drama: desencadenan un cambio en el espacio político cultural pero no pueden por sí mismos llevar a cabo los planteamientos que hacen y dependen del poder de otros. Hay siempre un fracaso y un triunfo. Y con los movimientos con principios utópicos este drama es aún mayor porque hay siempre una contradicción entre estos principios y sus demandas concretas. Si estas no existen, el movimiento termina encerrado en sí mismo, aislado y sin capacidad de movilizar. Si estas existen, siempre se considerará que ellas nunca se realizan completamente y que “la lucha debe continuar” indefinidamente o se transará de modo que el ideal utópico se irá alejando o será simple retórica. En estos casos los movimientos tienden a descomponerse. No estamos frente a una ley de la historia sino frente a un desafío. Y por eso pienso que movimientos con principios utópicos tienen su gran triunfo, en parte por sus resultados y en el de Mayo 68 hubo significativos cambios en las universidades y también políticos y en la sociabilidad, pero sobre todo por el hecho de haber existido y con ello haber cambiado intangiblemente la sociedad, sus imaginarios y sus proyectos: la sociedad industrial y Francia siguieron siendo las mismas y dejaron de ser las mismas a la vez. Las frases “el significado del movimiento es el movimiento mismo”, “es necesario que el grano muera para que surja la vida” cobran aquí su sentido: es el movimiento en acto que vive la realización de la utopía.

Todo ello me da vueltas cuando miro la sociedad chilena de hoy y el inmenso avance del movimiento feminista (principalmente estudiantil por ahora, porque en el último tiempo las movilizaciones han sido desde ahí, pero esta vez es de los sectores que son en su mayoría, las mujeres). Las movilizaciones de 2011-2012 nacieron de demandas concretas para expresar un principio utópico, permítaseme la paradoja, relativamente concreto: superar el orden neoliberal (que incluía una dimensión político institucional) heredado de la dictadura y corregido solo parciamente por los gobiernos de la Concertación. Su núcleo organizacional, como siempre, fueron las federaciones y confederaciones de estudiantes con una enorme capacidad de convocatoria. Pero respecto de las metas planteadas si bien aspectos de ellas fueron alcanzados, muchas perdieron el apoyo de masas que tuvo en un comienzo, y otras junto con mejorar condiciones de vida de muchos, consolidaron el orden mercantil y el predominio de lo privado sobre lo público.

El movimiento feminista estudiantil de Mayo 2018 en Chile, parte de una reivindicación precisa y concreta respecto del acoso en las universidades a las mujeres, se organiza en forma inédita fuera de las organizaciones formales estudiantiles y en un par de semanas se transforma en el tema central de la sociedad. Y ello a mi juicio porque detrás de estas demandas y reivindicaciones está la búsqueda de un nuevo orden social, de nuevas relaciones en que el principio utópico ya no es el antiautoritarismo del Mayo francés ni el antineoliberalismo del 2011-2012, sino un orden sin abuso de poder. Ello puede expresarse en términos de terminar con el machismo o la sociedad patriarcal, pero más allá del discurso, hay una utopía fuerte. Y la sensación que hay que revisarlo todo. La misma que sentí en Mayo 68 pero desde otro ángulo, la sensación que el suelo en que estamos parados tiembla. Y eso se vivió como una fiesta en aquella época y menos ahora porque nace de una tragedia estructural. Sin duda que muchas de estas reivindicaciones se materializarán en protocolos o normas, pero ello no puede agotar el debate y la lucha por otra sociedad en que la relación de poder hombre-mujer cambie. ¿Existe ese orden social, cómo se construye? Lo cierto es que de nuevo ni la sociedad ni las vidas de la gente podrán ser las mismas. El movimiento triunfó.

Pero este triunfo que es también sólo el comienzo no está exento del desafío que planteábamos respecto de la tensión entre demandas y principio utópico y de la capacidad de un movimiento de, en cierto modo, distanciarse de sí mismo para que toda la sociedad se identifique con su principio utópico y no usen sus errores para volverse contra él. Las dos cuestiones centrales aquí son, primero, cómo cuando se nace de un principio utópico no general, como en el caso francés (que englobó a todos en el discurso y en las manifestaciones pero no en los resultados que favorecieron más a unos que a otros) sino de un sujeto muy preciso, el movimiento no vive de su auto referencia y se vincula con las otras demandas y movimientos de la sociedad. Segundo, cómo se resuelve la relación del movimiento con la política a la que tendrá necesariamente que recurrir.

No enfrentar desde estos ahora estos dos problemas, no aceptar que ningún movimiento puede por sí solo, sin otros actores sociales y político, cambiar efectivamente la sociedad, o identificar la propia ideología y organización con el sentido profundo del proceso desencadenado estableciendo una sola verdad o visión oficial, puede  afectar la solución a las demandas concretas. Pero sobre todo, cancelar la dimensión utópico transformadora y condenar a un movimiento a su encierro, lenta desaparición o irrelevancia futura.