¿Dónde están hoy los pokemones y emos de hace una década atrás?, le preguntan al Dr. Alfredo Nateras, maestro en ciencias antropológicas de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, México. Este país, uno de las principales canteras de exportación de éste tipo de tribus urbanas como reacción a un estado invisibilizador de la juventud ha visto como esta evolución ha llegado a cimas extremas cuando se mezclan en la misma olla estas vulnerabilidadades, el crimen organizado, la falta de oportunidades y una violencia de Estado que sólo genera más violencia.

Nateras, lleva una extensa carrera como observador y participante de la dinámica interna de grupos juveniles y pandillas como las maras Salvatrucha y la 18. Una triste, pero oportuna especialización que ha documentado a través de un trabajo fotoetnográfico excepcional. De paso por Chile para presentar su libro “Juventudes sitiadas y resistencias afectivas”, el investigador aborda esta idea del sacrificio de generaciones completas en medio de una guerra cruzada entre el crimen y la política de Estado. Un fenómeno de anomia brutal que Nateras denomina un “juventicidio”.

“Es un “juventicidio” las maneras en que los estados como el nuestro han entendido las metodologías institucionales actuales para lidiar con los jóvenes infractores de ley, pero también con otras manifestaciones recientes”, cree el académico mexicano invitado por la Escuela de Sociología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

“La precariedad es el espectro material que define a estos grupos de jóvenes con déficits de capital social y cultural como una marca de los contextos en toda Latinoamérica. Esas deficiencias también son afectivas y algo de esa evidencia era la que sostenía manifestaciones populares como la de los jóvenes pokemones o emos donde los cortes y laceraciones eran parte de esa cultura”, sostiene Nateras. “Lo esencial es investigar cuáles serían esas mutilaciones hoy, en tiempos en que la situación no ha mejorado para ellos y existen otras formas de paliar esas falencias. Son los jóvenes quienes tienen mayor sensibilidad para denotar las limitaciones y contradicciones del sistema de valores de la sociedad”.

El profesor Nateras cita canciones de pachanga argentina y autores sesudos de la región que identifican en las antípodas un mismo indicador de esta falta de futuro. Para cualquiera con dos dedos de frente, en ese sentido, no existen posibilidades de desarrollo educativo, social ni laboral si persisten las mismas estructuras educativas o de trabajo precario para el adolescente que cruza el umbral de la vida adulta, dice. “A esto se suma el total descrédito de los jóvenes con la clase política y los partidos que han llegado a convertirse en verdaderas franquicias de intereses corporativos. Los jóvenes tampoco quieren formar familias porque el universo simbólico del papá y la mamá presentes, el cuidado de los hijos y la posibilidad de formar un hogar se han convertido en un artificio pasado de moda. Ante este escenario de pobreza que suma violencia y falta de oportunidades, suele aparece la opción de formar parte de pandillas. Una oportunidad de pertenencia, una respuesta momentánea a esa decepción total que hace del crimen organizado una posibilidad de obtener una familia e ingresos aquí y ahora”, explica el autor de “Vivo por mi madre y muero por mi barrio. Significados de la violencia y la muerte en el Barrio 18 y la mara Salvatrucha”.

-Cuando hablas de emos, pokemones y otras tribus urbanas de la década pasada, ¿Cómo crees que han envejecido esos mismos grupos de hace una década?
-Los grupos de pertenencia en general siempre mutan muy identitariamente y en ese tenor hay mucha continuidad y agrupamiento en algunos de ellos. El matiz o la característica es que aunque la situación está muy comprometida por la violencia en algunas de las sociedades de Latinoamérica. En muchas de ellas, hay de una manera transversal, prácticas de interpelación y resistencia popular para reaprovechar los espacios comunes, recuperar los barrios, darles nueva vida, reutilizar las canchas de deportes que eran “propiedad” de los narcos. Hay una tendencia a recuperar el tejido social, pero retejido desde lo colectivo por parte de quienes alguna vez fueron parte de estas tribus urbanas.

-La idea del “juventicidio” que usted plantea, ¿Qué similitudes tiene en uno y otro extremo de América Latina?
–Creo que curiosamente este fenómeno social es funcional a los estados que realizan el “juventicidio” y que es responsable – en mi país- del 88% de los crímenes porque el 12% restante es obra de las maras. El espacio público, el barrio es el primer escenario donde ocurre este “juventicidio” perpetrado por el Estado. En toda la región la criminalización de los jóvenes se acentúa en los cholos, los pobres y las minorías marcadas por la clase social según el hábitat. “Por portación de rostro” como canta el argentino La Mona Jiménez. La muerte artera por la condición social de ser joven es el principal motivo de esta vulneración ante una juventud que finalmente se queda sin futuro ni presente.