Por Carolina Larriera (*)
Alejandra Matus contribuyó a la redacción de este relato

Una voz para las víctimas de terrorismo

Este año, con motivo del aniversario del atentado contra su Sede en Bagdad, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) rindió homenaje, por primera vez, a las víctimas de ataques terroristas. Quince años atrás, el 19 de agosto de 2003, un hombre-bomba, integrante de la organización Zarqaui (más tarde re-bautizada como Estado Islámico o ISIS), estrelló un camión de cemento, contra la puerta trasera la oficina de la ONU en el Hotel Canal, en Irak.

En pocos segundos, una explosión letal de miles de kilos de TNT redujo a polvo el interior alfombrado de nuestro edificio, matando a 21 de mis colegas e hiriendo a cientos otros. Atrapado entre los escombros estaba mi pareja, Sergio Vieira de Mello, brasileño que también era jefe de las Naciones Unidas en Irak, y Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Derechos Humanos (cargo que acaba de asumir Michelle Bachelet).

Sergio era la persona más experimentada que la Organización podría perder. Él inauguró la nueva política de “reconstrucción de naciones” que implicaba, a diferencia de la metodología anterior, instalarse en las zonas devastadas por la violencia, en vez de dirigir las operaciones desde Nueva York. Él fue enviado, con este propósito, primero a Kosovo y a Timor Oriental (que es, valga recordarlo, la más reciente historia de éxito que puede contar la ONU). Él había construido su reputación para esta tarea en largos años de trabajo con refugiados en todos los grandes conflictos que han definido el mundo en los últimos treinta años.

La vida en las zonas de guerra es inimaginablemente violenta: Timor Oriental en 1999, como Irak cinco años después, era como Alemania en los últimos meses de 1945. Habíamos encontrado los dos países en ruinas: negocios con las cortinas cerradas y las casas con las ventanas cerradas en medio del día; toque de queda, restricciones de movimiento, alimentación a base de conservas. Si destruir es fácil, construir una nueva administración y servicios es dolorosamente extenuante.

Sin conocernos, Sergio y yo teníamos en común haber dejado nuestros natales Brasil y Argentina, respectivamente, con apenas 18 años de edad buscando nuestro lugar en el mundo, trabajando por cuenta propia y sin ayuda de nuestras familias. Eso fue lo que nos unió. El amor que nació entre nosotros en Timor Oriental, a donde yo había llegado como funcionaria de Naciones Unidas, reveló en Sergio una nueva fuerza y sabiduría, y un deseo profundo de comenzar de nuevo. Timor Oriental se levantaba de las ruinas. A los 50 años, le decía a todos, que sentía que se había ganado el derecho a una vida lejos de la violencia y del conflicto.

Un tiempo después, la Guerra de Irak comenzó. En dos ocasiones, Sergio rechazó la petición que le hizo Kofi Annan para designarlo en Irak. Al fin cedió a regañadientes, impulsado solo por su sentido del deber y su respeto a la jerarquía. Sergio consintió bajo la condición de que yo fuera oficialmente ratificada como parte del equipo. Yo ya trabajaba en derechos económicos, con foco en las mujeres.

Sergio y yo conversábamos sobre todo y tomábamos decisiones en conjunto. Todavía recuerdo el momento exacto, un sábado en que extrañamanete tuvimos un descanso, en que Sergio me contó que, tras reiteradas súplicas a Annan, éste había aceptado la idea de reemplazarlo y que tenía la intención de nombrar a Antonio Guterres de Portual (hoy secretario general de Naciones Unidos, entonces exprimer ministro de Portugal) como su sustituto en Bagdad. Nos alegramos. Nos quedaba un mes para partir.

Entonces ocurrió el atentado. Estábamos en oficinas contiguas, en el mismo edificio. Me arrastré sobre las ruinas. Estaba a metros de él, pero no podía alcanzarlo. Le hablé. El no podía liberarse. Tenía sus piernas aprisionadas por las enormes vigas de fierro. Intenté remover los escombros, pero no pude rescatarlo. Yo pedí ayuda, me sacaron a la fuerza. Por ser mujer me sacaron de en medio. No les importó mi voluntad. Desde ese momento desconocieron mi calidad de víctima. Se aplicaron los protocolos machistas. En ese momento, Sergio todavía vivía. Yo me opuse, grité que me dejaran a su lado, que era su esposa. Pero no me dejaron. Crearon un perímetro infranqueable donde yo, aún exigiendo que me dejaran pasar, escuché a un general de alto rango comentarle a otro, que habían encontrado a un muerto. Y supe que era Sergio.

Un aspecto es el problema del terrorismo. Otro asunto son sus víctimas.

En ese momento nadie notó las consecuencias que este y otros actos de terrorismo tienen sobre sus víctimas.

Sin apenas alcanzar a reunir fuerzas para soportar el dolor de perder a mi pareja en ese atentado, me vi envuelta en una segunda trama del ataque. Se obstaculizó mi evacuación de Irak para evitar que pudiera acompañar la repatriación del cuerpo de Sergio, o que llegara a tiempo a su velorio, bajo el pretexto de que no estábamos oficialmente casados. Mi declaración y apuntes sobre las fallas en la seguridad y los problemas en la investigación del atentado, fueron ignorados.

Fui desalojada de nuestro departamento y mis pertenencias personales fueron entregadas, sin mi consentimiento, a otra persona.

Diez años estuve litigando en los tribunales brasileños, hasta que recientemente la justicia corroboró nuestra unión civil y dictaminó que al momento de su muerte, yo era su legítima esposa y que ante la ley, éramos marido y mujer.

Es un acontecimiento nuevo e importante que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil tomó muy en serio y notificó a las autoridades de la ONU para que ese organismo respete no solo a las instituciones de uno de los países que más contribuye a sus misiones de paz, sino para que honre la nacionalidad que Sergio mantuvo hasta el día de su muerte. Este reconocimiento es crucial porque, para quienes sufren un ataque terrorista, en aquel momento de vulnerabilidad extrema, cuando se huye de los destrozos de la violencia y del horror, negar la existencia de la víctima, impidiéndole dar salida al propio luto, es el equivalente a aplastarla una segunda vez. El dictamen fue para mí una la reivindicación de mi relación con Sergio, pero aún hoy cientos de sobrevivientes de terrorismo continúan luchando para que se les reconozcan los mismos derechos.

El terrorismo es una estrategia cruel, que deja cicatrices profundas en los sobrevivientes y en las familias de los que perecieron. Si el objetivo es rendir un homenaje a los que sufrieron ese tipo de violencia, no basta con crear una fecha conmemorativa en el calendario. Como primer paso, hay que admitir que todo sobreviviente es igual, sin importar su orientación sexual o estado civil.

Cuando se limita la definición de familia a una visión tradicional, se ignoran las innumerables combinaciones existentes en una sociedad moderna: las uniones civiles y de personas del mismo sexo, las parejas sin hijos, los niños bajo el cuidado de padres solteros o de abuelos y tíos. La mejor manera de rendir un tributo real a quien sufrió y sigue sufriendo ese tipo de violencia es reconocer a la víctima en toda su dignidad y ayudarla en el proceso de reconstruir la propia vida.

Un terrorista no siente empatía, no se detiene a pensar en la humanidad de sus víctimas, un rasgo que vemos repetido en distintos ambientes devastados por conflictos violentos. Las instituciones internacionales deberían ser distintas. Ver el mundo en blanco y negro, sin admitir la existencia de los diversos tonos de gris que lo componen, es verlo con los ojos ciegos del extremismo. Garantizar la inclusión y el respeto por la diversidad ayudará a superar el odio y la exclusión que alimentan el terror. Esta seguirá siendo la mejor manera de prevalecer bajo la oscuridad. Sé que Sergio Vieira de Mello, mi esposo, que al morir era el alto comisionado de Derechos Humanos de la ONU, habría estado de acuerdo con esto.

(*) Carolina Larriera es economista, y su casamiento con Sergio Vieira de Mello acaba de ser oficialmente reconocido en Brasil.