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Opinión

22 de Julio de 2025

Ozzy Osbourne, la escoria que se convirtió en leyenda

Foto autor Felipe Rodríguez Por Felipe Rodríguez

La existencia del líder de Black Sabbath fue una declaración de exprimir la vida, luchar contra un destino gris y frío como su ciudad de origen, Birmingham, y desaparecer de este plano en uno de los finales más emotivos y radiantes que recuerde la historia del rock.

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A modo de presentación, en la primera página de su autobiografía, I am Ozzy (Confieso que he bebido), Ozzy Osbourne apela a su sinceridad habitual. “Durante los últimos cuarenta años he ido ciego de alcohol, cocaína, Quaalades, pegamento, jarabe para la tos, heroína, Rohypnol, Klonopin, Vicodin y otras muchas sustancias. En más de dos ocasiones, me las metía todas a la vez”. Cuesta entender como una persona con esa cantidad de drogas en el cuerpo pudo vivir 76 años”.

Pero más que referirse a esa improbable estadística -en que el único rockero con que podría rivalizar es Keith Richards, todavía un sobreviviente-, la existencia del líder de Black Sabbath fue una declaración de exprimir la vida, luchar contra un destino gris y frío como su ciudad de origen, Birmingham, y desaparecer de este plano en uno de los finales más emotivos y radiantes que recuerde la historia del rock.

Como un niño nacido en la postguerra, John Michael Osbourne creció con carencias brutales. Aunque sus padres trabajaban, el dinero no alcanzaba y, en muchas ocasiones, su familia debió reemplazar el papel de diario por el papel higiénico. El pequeño Ozzy usó botas de agua en verano ante la imposibilidad de adquirir zapatos. En esa época se sentía una escoria. Pero el cantante siempre se movió por la intuición. Recordaba una corazonada de su padre sobre su futuro. Acabarás haciendo algo muy especial o terminarás en la cárcel, le decía. Aunque estuvo en ambos bandos, el primer presentimiento pesó más. En una fiesta familiar, vino su primer impulso. Se sintió feliz -y celebrado- interpretando Living Doll, un clásico de Cliff Richard. Poco tiempo después, vino la confirmación. La explosión de The Beatles, una revolución a nivel nacional, lo hizo convencerse que podía dedicarse a la música. Sobretodo, porque Lennon y McCartney declaraban un orgullo obrero y experiencias similares a las suyas.

La fortuna jugó otro papel fundamental. Lo unió a Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, otros aspirantes a músicos con ambición. Como Ozzy, sus compañeros eran tipos con calle. Aficionados al blues, un estilo en expansión en Inglaterra de los 60, Iommi observó una particularidad. Las películas de terror eran masivas, con filas en los cines que se extendían por cuadras y se le ocurrió darle un toque maligno a las canciones que preparaban. Ese detalle lírico de oscuridad y tinieblas fue el germen de un nuevo estilo que, sin querer, inauguraron: el heavy metal. Apoyados, por cierto, por el sentido de la oportunidad. Muchas veces, el grupo cargaba con instrumentos su furgoneta en las afueras de locales donde bandas conocidas tocaban con la esperanza que no se presentaran y poder ofrecerse. Y sucedió. Un día, Jethro Tull no actuó por problemas en la ruta y el cuarteto se propuso a los productores. Bastaron quince minutos en el escenario para que llegaran nuevas ofertas de actuación.

El fin del hippismo había llegado con dos hechos. La masacre en el concierto de Altamont y la matanza de la secta de Charles Manson. El ocultismo, Satanás y las películas de terror de la compañía Hammer estaban de moda. El debut homónimo de Black Sabbath, en febrero de 1970, llegó como anillo al dedo. Fue una exhalación de rock contundente, oscuro y demoledor con temas extraordinarios como N.I.B, The Wicked World y The Wizard. Antes de finalizar ese mismo año, publicaron otro hit: Paranoid. Pocos meses después, llegó Master of Reality (1971), una excelente muestra de metal y sicodelia. Con esos inspirados álbumes, la banda llegó a los primeros lugares de los rankings y llegaron las invitaciones al extranjero. Pero también el descontrol. Entre 1970 y 1972, Sabbath cruzó a Estados Unidos en seis oportunidades, el agobio de las giras se aplacaba con excesos de drogas y alcohol y hubo mucha locura. Ozzy recordaba que, en varios conciertos en Estados Unidos, asistentes acudían con dagas ocultas en capas para tratar de matarlos en vivo.

Si la fama y el dinero cada vez eran más altos, también era la dependencia de las drogas y el alcohol para Osbourne. Consumía de todo en grandes cantidades -salvo heroína, que había visto destrozar a muchos amigos como Phil Lynott de Thin Lizzy- y varias veces no sabía que día era ni que canciones habían grabado por la desproporción. El ego enfarlopado de las estrellas de rock pronto les pasó la cuenta. Ozzy pasaba tres días sin dormir por el consumo de cocaína o se “topaba” con caballos que le preguntaban cómo se sentía. Lo peor era que el grupo ya no era una familia.

Despedido tras otra monumental borrachera en la época de Never Say Die (1978), Ozzy conoció a su nuevo representante: Don Arden. Había realizado un magnífico trabajo con Electric Light Orchestra y trabajaba con su hija, Sharon. El cantante, que estaba casado, quedó maravillado con ella. Sintió que era su alma gemela porque le gustaba la diversión en exceso. Y aunque fueron amigos -y colaboradores- durante tres años, iniciaron un romance. La mujer fue su tabla de salvación. Diseñó su debut en solitario, Blizzard of Ozz (1980), a la perfección. En lugar de ser telonero de Van Halen -como era la idea primaria-, le sugirió tocar como cabeza de cartel en lugares más pequeños, pero siempre con sold out. Eso tendría más impacto a nivel periodístico. Así, su vigencia y protagonismo en el heavy metal se mantuvo. Lo que se acrecentó con sus excentricidades. Mordió a un murciélago en un concierto creyendo que era de utilería -y tuvo que ser vacunado de inmediato-, descabezó a una paloma en una reunión en su casa discográfica harto por el trato que recibía y en Alemania remojó sus testículos en un vaso de whisky de un ejecutivo por lo que su música fue borrada de las radios de ese país por varios meses.

Pero así como su personalidad lo convirtió en leyenda, también le jugó en contra. El 3 de septiembre de 1989 -el mismo día que el Cóndor Rojas se cortó en el Maracaná- fue acusado de querer estrangular a su mujer y estuvo en la cárcel. Estaba completamente drogado y no recordaba lo que había sucedido. Sharon retiró los cargos y lo perdonó.

Tuvo dos resurrecciones. La primera fue a comienzos de siglo con su reality, Los Osbournes, una desternillante comedia familiar donde manifestaba sus primeros indicios de problemas de salud, y que él mismo reconoció como el momento de “mayor popularidad en mi vida”. Luego, vino el nuevo disco con sus ex compañeros, 13 (2013), otra excelente evidencia de su calidad artística. Entre medio, el parkinson, fracturas en el cuello, varias operaciones a la columna y unos últimos años durísimos –“he pasado seis años en la cama”, afirmó en su show de despedida-, fueron el saldo de sus abusos.

Sin embargo, el adiós a comienzos de julio en su ciudad natal fue un acto conmovedor pocas veces visto en la historia del rock. Con decenas de artistas contemporáneos y antiguos brindando un tributo a su banda -aunque en términos comerciales todo se centraba en la despedida de Osbourne-, el cantante tuvo el adiós de un precursor. Nombres como Slayer, Tom Morello, Gojira, Metallica y Guns and Roses, entre otros, reverenciaron una música extraordinaria, original y decisiva. Observar a fanáticos de todo el mundo llorando mientras actuaba Ozzy Osbourne junto a sus compañeros fue el mejor testimonio para despedir a un artista auténtico en su amor por la música y único en su capacidad de crear un arte tan singular como eterno.

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